Friday, May 17, 2013

Una parodia, con permiso de Nicolás

Escrito sobre los escombros del Muro de Berlín

No me dan pena los comunistas vencidos.
Y cuando pienso que van a darme pena,
aprieto bien los dientes, y cierro bien los ojos.

Pienso en mis dieciséis años sin música ni diversión,
pienso en mis largos días sin melena ni especdrum,
pienso en mis largos años de cárcel y pico y pala,
pienso en mis días y días perseguido por mi pantalón,
pienso todos aquellos años Y

Momento, ciudadano, identifíquese.
¿Usted estudia o trabaja?
¿De dónde sacó esa camisita, señor?
Dígame, ¿usted cree, por casualidad, en Dios?

Servicio Militar Obligatorio.
No más extravagancias.
A ganar la batalla de la producción.
La universidad es para los revolucionarios.

Aquí no tú estudias, cabrón.
Guerra en Angola. Cien años de lucha.
Y si te reviras y no cortas caña, el paredón.
En fin Y

Que todo lo recuerdo y como todo lo recuerdo,
¿qué carajo me pide usted que haga?
Además, pregúnteles, pregúnteles,
estoy seguro de que también
recuerdan ellos.

Thursday, May 9, 2013

Relato del ir y venir

La sirimba

–Así que esta casa era suya...

El visitante se sentó en el sillón desfondado que había en el centro de la sala, posándose incómodamente sobre el cojín que había reemplazado las rejillas deshechas del asiento. Colocó luego entre sus pies, sobre el piso de losas rajadas, la bolsa de cuero que contenía su cámara y un mapa de la ciudad, además de otras cosas.

–De mi padre y antes, de mi abuelo –repuso.

El otro encendió un cigarrillo, se rascó un sobaco y le miró con risueña curiosidad desde el cajón de madera en que estaba sentado.

–A mí me dijeron que fue de un millonario –dijo al fin, con cierta presuntuosidad.

El visitante se echó a reír.

–Ojalá –dijo– Mi padre era doctor y mi abuelo, abogado. No eran ricos.

–Pero tenían dinero –dijo el otro.

–Un poco, sí. Pero millonarios, no sé...

–A la mitad más o menos –bromeó el otro.

–Más o menos, sí –dijo el visitante, sonriendo.

–¿Y usted qué hace allá?

–Contratista.

–¿Construcción?

–Sí, ponemos techos, hacemos arreglos, cambiamos ventanas...

–Yo trabajé un tiempo en la construcción –dijo el otro.

–No me diga.

–Es fuerte...

–Bastante –dijo el visitante.

–¿Le trae recuerdos? –preguntó entonces el otro, abarcando con un gesto la sala y, por extensión, el resto de la casa de paredes despintadas.

–No muchos, yo era muy niño entonces.

–¿Cuando se fue?

–Hace mucho –contestó– Casi al principio.

–Ah... –dijo el otro– Yo también tengo familia fuera, un sobrino.

–¿Lo ha venido a ver?

–¿Ese? –respondió el otro– Na. Ni se acuerda de uno. A lo mejor está preso.

–Es la primera vez que vengo –dijo el visitante.

–Ahora vienen muchos.

–Yo lo pensé bastante.

–¿Por qué?

–No tengo familia aquí, ni amistades siquiera –respondió el visitante, moviendo la cabeza– Me quedaban unos primos, pero se fueron también hace unos años.

–Y esta casa –se apuró a decir el otro.

–Bueno, sí –dijo el visitante, mirando a su alrededor– Tenía curiosidad por verla, pero ya no es mía.

–Está en muy mal estado.

–Se ve.

–No es fácil encontrar los materiales para arreglarla. Todo se está cayendo –dijo el otro.

–Esas vigas están peligrosas –dijo el visitante, apuntando al techo.

–Sí, me lo han dicho ya.

–Y esa pared, rajada, ¿la ve?

–Claro que sí.

–Necesita una inyección de cemento. Sin pintura, los muros se deterioran, se van quebrando.

–Es verdad, se ve que usted sabe.

–¿No puede buscar otra?

–¿Otra casa?

–Sí.

–Estoy en una lista. Ya me hicieron una inspección, dicen que es inhabitable. Está sujetada con puntales. ¿Ve allá atrás?

–Es peligrosísimo.

El otro se encogió de hombros y apagó el cigarro en el piso. Se volvió a rascar un sobaco.

–Mi mujer siempre me lo dice –dijo al fin, resignado.

–¿Cuánto tiempo hace que vive aquí?

–¿Yo? –preguntó el otro– Hace como cinco años. Me mudé del campo, mi hijo me la resolvió. Era de alguien importante, un militar, creo.

–Ah... –dijo el visitante.

–Se la quitaron. Parece que lo metieron preso, por matar a la mujer.

–¿A la mujer?

–Sí, por celos. Lo estaba engañando –contestó el otro– Por lo menos, eso me dijeron. La gente es muy chismosa.

–Es verdad. ¿Y cómo la mató?

–Qué sé yo. Parece que le cortó el pescuezo y después llamó a la policía.

–¡Uf!

–¿Usted tiene casa propia allá?

–Oh, sí, tengo tres –dijo el visitante.

–¿Tres?

–Sí. Una donde vivo, otra para las vacaciones, cerca de la playa, y un apartamento que tengo alquilado.

–Vaya –dijo el otro– A ver si un día me lo alquila.

El visitante se echó a reír.

–¿Quién sabe? El mundo da tantas vueltas.

–Verdad que sí –dijo el otro.

El visitante se agachó entonces, abrió la bolsa y sacó una cajita plástica. Luego se la extendió al otro, abriendo la tapa.

–¿Quiere? –le preguntó.

–Muchas gracias –dijo el otro, mirando con curiosidad las dos pastillitas en la palma de su mano.

–Son de menta –explicó el visitante– Para el mal aliento.

–Mire usted –dijo el otro, saboreándolas. Sus ojos se posaron después en el largo lente de la cámara fotográfica, que sobresalía por la abertura de la bolsa.

–¿Le gusta la fotografía? –preguntó.

–Si no le molesta, quería retratar la casa. Por eso vine –dijo el visitante.

–Cómo no –dijo el otro– Retrate lo que quiera. Total.

El visitante se puso de pie. Apretó un botoncito y el lente de la cámara se estiró y se retrajo, con un leve zumbido.

–¿Se puede? –preguntó entonces.

–Claro –dijo el otro, levantándose del cajón– Esta es su casa, ¿no?

Los dos se echaron a reír.

El visitante se empezó a desplazar por la vivienda, como si conociera de memoria todos sus pasillos y rincones, pero en realidad, recordándolos a medida que se iba tropezando con ellos. Retrataba puertas, ventanas, paredes. Se alejaba ligeramente a veces de su objetivo, para captar la sala entera, y la extensión completa del pasillo que daba al interior de la casa y a un patio que sí recordaba bastante bien, porque había jugado y perseguido insectos entre sus losas y hierbas muchos años antes. El otro no paraba de observarlo, divertido, atento a lo que hacía y al colorido chillón de sus ropas de turista.

Aunque el visitante tendría unos sesenta años, y era medio calvo y barrigón, se movía con mucha agilidad. Se inclinaba, torcía la espalda, se arrodillaba para captar mejor este o aquel detalle insignificante. El otro no cesaba tampoco de preguntarse qué podía encontrarle a aquellas paredes agrietadas y sucias, a aquel techo carcomido, o a aquel patio en que se movían ahora, inquietas, un par de gallinas blancas, acompañadas por un cerdo joven que se solazaba en el fango de un improvisado corralito. Pero en cuanto lo vio acercarse a la puerta del baño, se creyó obligado a advertirle que no había agua corriente desde hacía días, y estaba sucio. Al visitante no pareció importarle. Entró al baño y lo retrató todo: las paredes descascaradas, el espejo de luna rajada y turbia, el lavamanos, la bañadera de grifo oxidado, y hasta el inodoro sin tapa.

–Usted disculpe –le dijo el otro– No le he ofrecido ni café.

–No importa, no tomo –repuso el visitante, apuntando el lente de la cámara hacia el fondo de la casa, a través del patio interior. Retrató también las gallinas y el cerdito. Al parecer, le causaron gracia, porque se sonrió.

–No se pueden tener aquí, está prohibido, pero los cuidamos como cosa buena –dijo el otro.

El visitante no le hizo caso. Se había quedado mirando con curiosidad la cocina, donde un par de hornillas de carbón, rebosantes de cenizas y trozos de madera quemada, resaltaban sobre otras que en un tiempo habrían pertenecido a una cocina de gas. Enseguida, alzó la cámara y apuntó. El estallido del flash iluminó varias veces las paredes y el techo manchados de hollín. También retrató un viejísimo refrigerador que ronroneaba en un rincón y cuya puerta se mantenía sujeta con un alambre retorcido.

–¿Se acuerda de éste? –preguntó el otro, dándole unas palmaditas al aparato– Es lo único que funciona en esta casa.

–Creo que sí –dijo el visitante– Es un milagro que haya durado tanto. Ha de tener como cien años.

–Mete tremendo frío –dijo el otro con orgullo.

–¿Y aquello? –preguntó el visitante, apuntando a una especie de repisa de concreto y ladrillos que podía verse al final del pasillo principal de la casa. Después, oprimiendo un botón de su cámara, empezó a retratarla de cerca, de lejos y de costado.

–No sé bien –contestó el otro– Antes del militar, aquí vivió una señora mayor, de color. Me contaron, yo nunca la conocí. Allí tenía sus santos, su altar, cosas de brujería.

–Ah... –dijo el visitante, sin dejar de tomar fotos.

–Usted sabe lo que es, ¿no? ¿La brujería?

–Oh, claro.

–¿Allá también hacen brujería?

–Hacen de todo –dijo el visistante ensimismado, mirando en una ventanilla de su cámara digital las fotos que había tomado– Brujería, lechón asado, arroz, frijoles negros, yuca, tostones, carne con papas, batido de guanábana...

–¿De guanábana?

–¿La conoce?

–Oh, sí, pero hace qué sé yo cuánto que no la veo.

–Muy sabrosa.

–Sabrosísima, muy rica, de lo mejor.

–¿Y qué pasa? ¿No hay?

–Aquí no hay ni vergüenza ya –dijo el otro.

Los dos se echaron a reír. Caminaron de regreso a la sala después. El visitante estaba asombrado, pero no se lo dijo al otro. Le había parecido que la casa era mucho más chica y oscura que la que guardaba en su memoria. Se la había figurado muy diferente todos esos años: amplia, luminosa. Nunca pensó tampoco que se hubiera deteriorado tanto.

–Cuidado –le dijo el otro de pronto, al pasar debajo de unos puntales de madera que aseguraban el techo y un arquitrabe en el pasillo, a un costado del patio interior. La madera de los puntales estaba húmeda y medio rajada, como todo lo que sostenían.

–Es muy peligroso, tiene que arreglarla, mire ese techo– dijo el visitante.

–Ya veremos, por ahora no se puede –dijo el otro.

–Mete miedo.

–Es verdad.

El visitante volvió a sentarse en el sillón desfondado. El otro encendió un cigarrillo y se acomodó en el cajón de madera, del otro lado de la sala. Se rascó un sobaco y miró al visitante otra vez con risueña curiosidad.

–Sacó un montón de fotografías –le dijo al fin.

–Son para mis hijos. Para que sepan dónde se crió su padre.

–Se van a horrorizar.

–No creo, a la juventud no le importa nada –dijo el visitante– Tienen demasiado que hacer, están en su mundo.

–Qué lástima.

–Así es.

–Debieran interesarse.

–Yo se las enseño de todas formas. Para eso vine a sacarlas.

–¿Y usted las puede ver ahí?

–Oh, claro. Es una cámara digital, sin película.

–Oiga eso. Ya me habían dicho.

–¿Las quiere ver?

–Si usted es tan amable...

El otro se acercó al visitante y se inclinó para ver las fotos pasar por la ventanilla de la cámara. El visitante oprimía un botoncito y las fotos iban pasando, una a una, muy nítidas, a todo color.

–Tremendo, se ven perfecto –dijo el otro al fin, agitando la cabeza.

No le dijo al visistante que su mujer se iba a enfadar mucho si se enteraba de que había permitido que un extraño retratara la casa en aquellas condiciones. Ella era así, demasiado presumida, como su familia. Se veían todas las grietas, las paredes descascaradas, los remiendos, los puntales, las vigas corroídas, el inodoro sin agua, la cocina de leña, las gallinas, el cerdito, las ventanas tapadas con planchas de madera y la repisa de la brujería. Nunca se había imaginado que la casa pudiera parecer tan vetusta y fea en unas simples fotografías. Se le ocurrió, además, que el visitante se habría llevado una impresión mucho peor y pensó que, después de todo, hubiera sido preferible no dejarle tomar las fotos, o esperar a que su mujer llegara en todo caso. Ella se hubiera encargado de inventar cualquier pretexto. Pero ya era demasiado tarde. Mejor ofrecerle algo, pensó. Al menos agua, para no quedar mal.

–Hace tremenda calor –le dijo entonces, para empezar.

El visitante pareció no prestarle atención. Ni siquiera le dio tiempo a sugerirle que tomaran un vasito de agua. Como si hubiera adivinado lo que iba a decirle, se agachó y sacó de la bolsa un par de botellitas plásticas. Le arrojó una a él y abrió la suya enseguida. Eran de un agua mineral extranjera. El visitante cerró los ojos y la saboreó como si fuera un licor delicioso, muy dulce.

–Me advirtieron que no tomara agua en la calle –explicó.

–¿Quién le dijo eso? –preguntó el otro.

–En el hotel. Dicen que está contaminada con microbios, como en México

–Oiga eso, como en México nada menos.

–Sí señor.

–¿Y usted ha estado en México?

–Varias veces –dijo el visitante– Es un país muy lindo, pero el agua no se puede tomar, igual que aquí.

–¿Por qué?

–Te enferma, te da cagaleras, hasta te puedes morir. Le dicen la Venganza de Moctezuma.

–Oiga eso. La venganza. Y yo que la tomo todos los días.

–Es diferente, ustedes están acostumbrados.

–A todo se acostumbra uno –dijo el otro. Probó dos buches del agua mineral y le pareció que sabía mucho mejor que la que tomaban del grifo cuando había agua en las cañerías.

El visitante volvió a colocar la tapa a su botellita plástica y echó después la cabeza hacia atrás, contra el espaldar del sillón. Desde que le habían prohibido el café –por la presión– y los refrescos –por el azúcar– el agua inducía siempre en él una especie de sabroso letargo. Se había sentido cansado de pronto, como si la corta caminata desde su hotel hasta la casa de su infancia hubiera agotado una cuota demasiado grande de sus energías. Sintió después su piel sudada y fría, y no le gustó. También un raro palpitar en las sienes y un dolorcito demasiado conocido en el pecho. Aunque ya le había pasado otras veces y tenía a mano el remedio, no pudo evitar el pánico.

–No se asuste, pero me siento mal –le dijo de pronto al otro, sin moverse.

–¿Cómo dice?

–Oigame bien –siguió, extendiendo una mano.

El otro ya se había levantado. Aplastó el cigarrillo de un pisotón y se le acercó corriendo. Lo miró alarmado, sin saber qué hacer. No podía creer que el visitante se hubiera puesto tan pálido y cenizo. Casi no podía hablar.

–¿Quiere que llame a una ambulancia? La vecina tiene teléfono –fue lo que se le ocurrió decir. No podía creer que este hombre fuera a morirse así, de repente, y en la sala de su casa. Su abuelo se había muerto así, de un momento a otro. A veces pasaba. Los turistas también se mueren.

La mano del visitante apuntó entonces a la bolsa donde guardaba la cámara fotográfica y el mapa de la ciudad.

–Busque ahí... Son unas pastillas… Apúrese –murmuró, respirando como un asmático.

El otro buscó, impaciente. Encontró primero la cajita de las pastillas de menta, pero la echó a un lado. Hacia el fondo de la bolsa, sus dedos tropezaron entonces con otro frasco más grande y color naranja. El visitante asintió, con un leve gesto, al ver pomo que le mostró. Se llevó después la cápsula transparente a los labios y se quedó quieto. Demasiado quieto, pensó el otro.

–¿Quiere que llame a la ambulancia? –volvió a preguntar.

Pero el visitante abrió los ojos y sonrió casi enseguida. También se abrió la camisa de colorines y se pasó la mano por el pecho.

–No, está bien –dijo, enderezándose un poco. Movió después la cabeza y se secó la cara con un pañuelo.

–¿Está seguro? –indagó el otro.

–Sí –dijo el visitante.

–No se mueva, descanse.

–Está bien, me ha pasado otras veces.

–Qué cosa.

–Si no fuera por las pastillas...

–Repose, no tiene que hablar.

–Me siento bien.

–No se vaya a morir. ¿Me oyó? Aquí las funerarias son muy malas.

–El día menos pensado.

–No diga eso, hombre. Descanse un poco.

–Estoy mejor, gracias.

–No se apure.

–Ya me voy, disculpe –dijo el visitante con súbita determinación. Se levantó, cerró el zíper de la bolsa y se la echó sobre el hombro de un tirón.

Los dos caminaron después hasta la puerta sin decirse nada. Como esperaba que su mujer asomara por allí en cualquier momento, el otro se alegró de que el visitante se fuera, y sobre todo, de que no se hubiera muerto en la sala de su casa.

–¿Usted padece del corazón? –le preguntó cuando alcanzaron el umbral de la casa.

–Del corazón y un montón de otras cosas –dijo el visitante, saliendo– Esta va a ser mi última visita, porque el médico no me recomienda los viajes.

–No me diga.

–Ni viajes ni café ni refrescos ni demasiado trabajo. Nada.

–Oiga eso. Qué se va a hacer.

El visitante se encogió de hombros.

–Gracias por dejarme retratar la casa –dijo entonces.

–Qué gracias ni gracias. Esta es su casa, compadre.

–Ya no –dijo el visitante– Pero gracias de todas formas. Y perdone por hacerle pasar este sofocón.

–No es culpa suya –repuso el otro.

–A eso le dicen allá una sirimba.

–Aquí también. Sirimba, sí señor.

El visitante le tendió una mano entonces, para despedirse. Antes de estrecharla, el otro le advirtió con un gesto que se separara del quicio de la puerta. La faltaba una losa; podía tropezar. También apuntó arriba al puntal, que estaba rajado.

–Cuide la casa –dijo el visitante, apartándose con cuidado de los peligros– Es bonita, arréglela.

–Ya veré –dijo el otro– El día menos pensado esto se derrumba y no hacemos el cuento.

–No diga eso, hombre.

–Cómo no lo voy a decir.

–Eso llama desgracias –repuso el visitante.

El otro lo miró, se encogió de hombros, y le cerró la puerta en la cara.

–Total –dijo después.

© Copyright By Manuel Ballagas. Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio, sin autorización escrita del autor.

Monday, April 29, 2013

En la Revista Hispano Cubana

En su última edición, correspondiente a noviembre-diciembre del año 2012, la Revista Hispano Cubana, publicada en Madrid, incluye un breve relato mío, divulgado rhcanteriormente en este blog.

Si desean adquirir un ejemplar de la publicación, o suscribirse a ella, pueden hacerlo en su página web. Para acceder a ella, sólo tienen que hacer clic en la imagen de portada.

Sunday, April 28, 2013

La imagen de quien fui

Me alegra haberla encontrado en eBay, donde ahora se vende por ¡US$28.88! Me la tomaron para un artículo de The Miami Herald, circa 1980, acabadito de apearme del bote:

manolito

Tuesday, April 23, 2013

In memoriam: Ahí viene el sol

Años ha, en Cuba, a veces tarareaba para animarme una tonadita que George Harrison popularizó. Here Comes the Sun. Pero otro cantante que la interpretó fue Richie Havens uno de los mejores artistas folclóricos estadounidenses de los 60.  En Cuba, su nombre no sonaba mucho, pero me gusta mucho esta versión de Ahí viene el sol. Havens falleció ayer a los 72 años, nada menos que en Jersey City, una ciudad donde viví varios años. Ahí tienen este pequeño homenaje:

Monday, April 22, 2013

¿Quién voló El Puente? I

Confesiones de un joven viejo

En aquel país todos o casi todos idolatraban al Comandante. Acudían a sus actos públicos y le aplaudían con fervor. Repetían sus consignas como papagayos y colgaban su retrato por todas partes. Pero yo, en secreto, cuando nadie estaba mirando, le aborrecía profundamente y no cesaba de planear su muerte a diario.

Soñaba a menudo que penetraba en su casa y lo abatía a puros balazos. O que, haciéndome pasar por su mayordomo, echaba una cucharada de tósigo potente en su cotidiano café con leche. Una vez incluso, cuando me enteré de que iba a visitar mi escuela secundaria, me armé de una afiladísima cuchilla para centrársela en medio del pecho no bien le tuviera cerca. Le odiaba tanto... Pero él pasó por allí con su séquito solo fugazmente, y demasiado lejos para cumplir mis propósitos. Fatalidad.

Hice, entre tanto, cuanto pude por largarme de aquella isla infernal. Tramité solicitudes, me apunté en listas interminables. Soñé. Incluso, una noche me eché al mar con un grupito, en una frágil balsa, pero nos hundimos pronto en las negras aguas del Caribe. Sólo yo sobreviví. Mi fe y astucia me salvaron, aferrado a unas tablas, pero tuve que resignarme a vivir de momento en aquella cloaca.

Aplacé, pues, mis planes de magnicidio y oculté toda mi aversión al comunismo bajo una máscara de amable y juvenil aquiescencia. Me sumí en los estudios como un niño aplicado. Acudía a los trabajos “voluntarios”; practicaba el silencio. De noche, a escondidas, escuchaba a los Beatles en la radio extranjera. Supuse, sin embargo, que algún daño, grande o pequeño, podría hacer mientras aguardaba el momento apropiado para dar mi zarpazo final.

A la chita callando, hacía pequeños sabotajes cotidianos, como romper puertas en mi escuela o cualquier otro edificio público, arrojar cerillos encendidos en los basureros para propiciar incendios que parecieran accidentes, o echar tierra y piedras en los tanques de gasolina de los autos oficiales o de aquellos ómnibus espantosos que en ese entonces llegaban de “los países amigos”.

Esto me divertía mucho. Me creía en medio de una de esas películas de la Segunda Guerra Mundial y la resistencia contra los nazis. Como eran los actos aleatorios de un niño majadero, los órganos represivos jamás pudieron detectarme. Seguramente se los achacaron a un inocente y le condenaron a muerte. Con todo y estos frecuentes desahogos, yo no lograba aplacar el rencor que anidaba en mi alma hacia aquel sistema inhumano y su repulsivo líder.

Fue en esa época precisamente en que conocí a la gente de El Puente. Los pobres, no sabían el ciclón que les esperaba. Yo era –como diría un mal traductor de inglés- malas noticias.

Una de esas tardes, en 1964, creo que leyendo el periódico Revolución, un pequeño titular me llamó enseguida la atención: “Corazones ardientes en el Gato Tuerto”. Era parte de la columna farandulera que en esa época escribía un personaje llamado Orlando Quiroga, amigo de todas las vedetes sabrosonas y aparente zar de la vida noctura habanera. No sé qué se habrá hecho de él. Supongo que murió. Pero era muy popular.

La notita anunciaba un recital de poesía y filin auspiciado por las Ediciones El Puente la noche siguiente en ese club nocturno, y citaba varias veces a José Mario, el aparente cacique de aquel grupo literario y jefe de su correspondiente editorial, algunos de cuyos libros había leído ya. César Portillo, Ela O’Farrill, José Antonio Méndez, Elena Burke y otros iban a cantar allí.

Yo no conocía personalmente a José Mario -a José Mario Rodríguez Pérez, como se llamaba en verdad- pero me había leído su Torcida raíz de tanto daño, junto con los libros de relatos de Guillermo Cuevas Carrión y Ana María Simo; también libros de poesías de Gerardo Fulleda León y Ana Justina. Una vez había hablado por teléfono con José Mario, a raíz de la publicación de un cuento mío en la revista Casa de Las Américas. Habíamos quedado en vernos, pero nunca lo hicimos.

La verdad es que lo que publicaba El Puente no me entusiasmaba mucho. Se me antojaba demasiado oscuro y subjetivo, alejado de las realidades horribles que ya vivíamos y que yo aspiraba a ver plasmadas en la literatura.

Lo de Cuevas Carrión, un libro de cuentos que se llamaba Ni un sí ni un no, sí me pareció de valor. También el libro de una poetisa menos joven, Georgina Herrera, cuyos versos eran de un misterio extraordinario y sencillo. Lo demás, pensaba, era absolutamente prescindible. Eso sí, me intrigaba y atraía la existencia de un grupo como aquel, a contrapelo de la mediocridad general que imperaba en los medios culturales castristas. Al menos, parecían buenas gentes.

Así que acudí a la cita de los “corazones ardientes” con una mezcla de aprehensión y curiosidad. Pensé que iba a tropezar primero con el muro de la consabida capillita; pero con lo que me topé fue con una pequeña multitud que no permitía entrar al emblemático club nocturno fundado por Nicolás Guillén y Felito Ayón.

Había gente, demasiada gente, a la puerta del lugar, tratando de entrar al recital de El Puente. Yo me había disfrazado de adulto, con saco y corbata, pues solo tenía poco más de 16 años. Estaba parado a la puerta del Gato Tuerto, en medio del gentío, viendo lo difícil que me iba a resultar entrar. Ya no cabía un cristiano más allí y había un empleado a la entrada anunciando que solo podían entrar quienes tuvieran invitación.

Se me ocurrió decir entonces, en un vago acento latinoamericano, que había sido invitado por José Mario personalmente y no me iría de allí antes de verlo, pues debía entrevistarle para una revista mexicana. El empleado dudó un poco y se viró después a un señor melenudo, achinado y de nariz aguileña, que acababa de asomarse a la puerta del club, con un jaibol en una mano.

-José –le dijo- Acá el señor...

José Mario no le dejó terminar.

-¿Cuántas veces te voy a decir que no cabe nadie más? –le espetó, como si fuera a irse otra vez.

-Es un periodista mexicano... –murmuró el empleado disculpándose.

José me miró entonces con soberano desdén. De arriba abajo. Salió completamente y se echó hacia atrás el negro mechón de pelo que le caía sobre la frente, y me dijo después, sin mucha convicción:

-¿Mexicano?

-Manolo Ballagas –repuse, muy secamente.

-¡Ballagas! –exclamó él- ¡El hijo de Ballagas! ¿Y mexicano?

-Sí –contesté. El se echó a reír.

-Yo quería invitarte, amigo, pero perdí tu teléfono –dijo José entonces. Y con un gesto me invitó a pasar enseguida al Gato Tuerto, adonde nadie más podía entrar aquella noche. Tuve suerte.

Adentro, pedí un Carta Blanca con ginger ale y contemplé el espectáculo de pie, porque no había un solo asiento disponible. José Mario andaba de un lado a otro del pequeño escenario de aquel sitio, declamando un poema suyo, moviéndose y gesticulando como si le hubieran metido un cohete en el culo o fuera presa del mal de San Vito:

-Has muerto dentro de mí y esta aridez del crimen me hace ávido y terrible...

Quedamos en vernos la semana siguiente en el local de la Unión de Escritores. Me presenté allí un día de esos por la tarde, con un cartapacio que contenía mi primer libro de cuentos, al que había titulado Con temor, no sé por qué. Este libro incluía el relato que había publicado en la revista Casa y otros que había ido acumulando.

Había entre aquellos cuentos adolescentes uno muy fuerte, titulado El recluta, que describía la angustiosa inadaptación de un soldadito a la marcha forzada de un batallón, narrada sarcásticamente por su propio jefe. Me lo había inspirado la reciente instauración del servicio militar obligatorio, una de las tantas cargas que sobre la juventud de aquel tiempo había echado el régimen comunista.

José Mario era una persona culta y a ratos también amable. Cuando no estaba ebrio y no actuaba movido por alguna insidia, podía ser muy agudo y certero en sus juicios literarios. Era igualmente generoso con su tiempo y el dinero que tuviera.

Se leyó mi libro de un tirón esa misma tarde, mientras compartíamos unas cervezas en la cafetería de la Unión, y me dijo después que Con temor era claramente un exabrupto adolescente del que me arrepentiría alguna vez, pero a pesar de todo, a juicio suyo, era merecedor de publicarse.

Nunca había soñado que una editorial de aquel gobierno infame fuera a divulgar aquellos textos concebidos desde la más profunda rebeldía, y por lo mismo, me llené de contento.

El grupo El Puente, sin embargo, se me antojaba demasiado contradictorio. Me costaba trabajo creer que unos jóvenes tan ilustrados, tan críticos de todo, fueran capaces de colocarse de parte de un régimen tan sanguinario y cruel. Su único punto de contención con la dictadura castrista parecía ser su política represiva hacia los homosexuales. Eso era lo único que les oía criticar abiertamente.

Los “puenteros” tenían, aparentemente, una comisaria política que los visitaba de cuando en cuando, para aleccionarles y opinar sobre sus escritos. Era una lesbiana atorrante, de voz bronca y modales torpes, llamada Josefina, Cristina o algo así. Vestía siempre de miliciana y hacía gran ostentación de su deficiente higiene, destilando siempre una peste horrible a sexo mal lavado.

Entre los libracos que esta comisaria siempre llevaba a cuestas estaban un manual soviético de marxismo, de un tal Nikitín, así como folletos de unas señoras llamadas Isabel Monal y Edith García Buchaca, a quienes mencionaba como si fueran la última palabra en materia de estética e ideología.

Hablaba aquella buena señora como si estuviera en posesión de la verdad más absoluta: superestructura, infraestructura, lastre ideológico, filisteísmo, contradicciones antagónicas, conceptos clasistas... Eran fórmulas que manejaba a toda hora. Los de El Puente la escuchaban inexplicablemente embelesados. A mí me daba ganas de vomitar.

En general, los integrantes de El Puente eran autores de indudable talento. Ana Justina era uno de ellos. Me simpatizó mucho por su poesía intimista, muy bien cincelada, y porque no tenía ese afán de ponzoña y chisme que los demás “puenteros” parecían tener.

Gerardo Fulleda era el más convencional de todos. Un negro alto, casi siempre vestido de saco, pretendía ser una especie de T. S. Eliot tropical, moviendo en sus textos sutilezas y asomos de sus experiencias vitales. También escribía obras de teatro que nunca enseñaba a nadie.

De Ana María Simo entendía poco. Hablamos algunas veces, pero solo de temas superficiales. Me gustaba su libro Las fábulas, pero siempre me pregunté qué tipo de literatura aspiraba a escribir: si simples divertimentos a lo Julio Cortázar o algo más hondo y original. Hizo guardia vestida completamente de miliciana, en la Unión de Escritores, hasta el mismo día en que abandonó el país rumbo a Francia, años después.

Y hablando de Francia, nunca llegué a tratar a Guillermo Cuevas, porque para cuando me reuní con José Mario aquella tarde en la UNEAC, en 1964, ya éste se había marchado a París, gracias a una gestión que hizo a favor suyo una amante uruguaya que tenía Fidel Castro por esa época.

Me contaron que una vez, encueros pero con las botas puestas, el Comandante se disponía a clavársela a la urguaya, cuando entre unas cortinas salió Cuevas con las manos encajadas en la cintura, y una pluma de pavorreal en la cabeza, y le preguntó:

-Fidel, ¿usted cree que alguien como yo puede seguir viviendo en Cuba?

El dictador le miró de arriba abajo, con evidente desprecio y asco, y le dijo que no, y al día siguiente dio órdenes de facilitar a Guillermo lo que necesitara para irse. Fue, creo, el más afortunado de todos. Quizás ni él mismo lo sabía.

Otro que se movía en aquel grupo era el amante de José Mario, un petimetre llamado Heberto Norman. No sé de dónde salió. Dudo si llamarle escritor. Un día me contó que vivía cerca de la calle Ayestarán y que su padre le pegaba. Parece que andando en compañía de tantos poetas, se sintió obligado a escribir sus propios versos, para no desentonar. Un día se apeó con un poema que empezaba así:

“No sé si la noche eres tú o un gran culo que nos aniquila...”

La reacción fue tal, que jamás se le ocurrió compartir sus obras líricas otra vez. José Mario, en particular, solía repetir esos versos cada vez que quería verle furioso, y fácilmente lo lograba. Hace poco alguien me dijo que Norman trabaja ahora para el Departamento de Historia del Comité Central del Partido Comunista, por cuya cuenta ha escrito al menos un par de libritos. Lindo final.

Pero el más ridículo de todos los miembros de El Puente era uno de cuyo nombre no me acuerdo ahora, por alguna razón. Será que me estoy volviendo viejo o que no es una información tan importante. Pálido, alto y flaco como un ave zancuda, andaba siempre con una maletita a cuestas, citando a St. John Perse mientras se impulsaba, para avanzar, con la mano que cargaba el maletín.

El andar de La Grulla parecía un ejercicio cómico de ballet que José Mario imitaba a menudo, dando zancadas y saltos por las aceras, para diversión nuestra. “¡Miren, miren a La Grulla!”, gritaba, brincando.

Entonces, una noche de esas, José Mario me dijo que lo acompañara a una reunión importante. Le pregunté de qué era, porque hubiera preferido irme al cine. Acababan de estrenar Rocco y sus hermanos, creo. Pero él insistió en que debía asistir. “Ya verás”, me dijo.

El pequeño encuentro tuvo lugar en unos bancos de mármol, casi a los pies de una estatua de Tomás Estrada Palma que todavía había en ese extremo de la Calle G, entre el Hotel Presidente, de un lado, y el edificio del Ministerio de Relaciones Exteriores, del otro. Poco a poco, empezaron a llegar todos.

Estaba Ana María. Y Gerardo. Ana Justina llegó y se puso a leer, apartada. Poco después llegó La Grulla, con su maletita a cuestas. Se sentó, y de cuando en cuando echaba una mirada a su reloj pulsera, obviamente inquieto.

Creo que más tarde apareció Lilliam, una poeta de breves y finos versos, muy hermosa, con un rostro resplandeciente que recordaba, de lejos, a un joven Rimbaud. Conocí allí, por cierto, a Lina de Feria, otra poeta, en ese entonces muy dulce y tímida, acabada de llegar de Santiago de Cuba con el libro Las quejas metido en un sobaco. Vino con Nancy Morejón, la más afrancesada de aquel grupo, y al parecer, buena amiga suya. No recuerdo quién más estaba allí.

La atmósfera era tensa, aunque yo no podía saber por qué. Parecía que todos echaban chispas. Pronto supe que estábamos aguardando la llegada de la comisaria para que empezara la bronca. Por lo visto, nadie se hubiera atrevido a comenzar la reunión sin contar con ella. Lo que yo no podía imaginarme es que de aquel encuentro, en pleno septiembre, iban a surgir decisiones que marcarían mi carrera literaria -y la de algunos otros- y hasta mi vida, casi para siempre.

Y de qué manera...

¿Quién voló El Puente? II

Confesiones de un joven viejo

La reunión que escindió y cambió de golpe al grupo El Puente no quedó registrada en ningún libro, que yo sepa, pero fue bastante efervescente. Habrá otras versiones por ahí. La mía es la única que me interesa contar. Que otros cuenten las suyas, si es que las tienen o las recuerdan.

Para cuando la comisaria llegó con su peste insoportable, y empezó la discusión, me di cuenta fácilmente de que allí había dos bandos en pugna: el del control y el de la libertad. Ninguno de los “puenteros” parecía darse cuenta, pero era así. ¡Que se iban a dar cuenta! Ninguno se atrevía a pensar en términos de libertad en esa época. Era una palabra “contrarrevolucionaria”, ni se mencionaba.

La comisaria, que trajo consigo un cartapacio que contenía manuscritos de libros en preparación supuestamente plagados de “irresponsabilidades”, “falacias” y “errores”, estaba claramente aliada a Ana María Simo, que al verla llegar, corrió a sentarse a su lado.

Ambas empezaron enseguida a reprochar a José Mario el que usara las Ediciones El Puente como “forma de promoción personal”. Me percaté de que para ese momento La Grulla se había puesto de pie y daba vueltas, calladito, al parecer indeciso sobre qué puesto ocupar o qué bando respaldar. Miraba y miraba su reloj.

Hasta entonces, yo había percibido a José Mario como alguien a quien el mundo y sus ocurrencias le importaban un puro carajo, y nunca hubiera imaginado que ante ataques semejantes fuera capaz de hacer tal acopio de energía, fuerzas y elocuencia para aplastar intelectualmente –y casi hasta físicamente- a sus adversarios.

Reconoció sin ambivalencia que las ediciones le servían de medio de promoción personal. “¿Por qué no? ¿POR QUÉ NO?”, preguntó y se preguntó. Y no tuvo empacho tampoco en decir que lo hacía porque eran su obra, obra que levantó con su propio dinero y esfuerzos cuando ni la comisaria ni Ana María asomaban por el horizonte.

-Esa etapa está quemada, ¿no te das cuenta? –repuso la comisaria, muy seria, sin atreverse a ir más lejos- La nueva etapa exige más responsabilidad, puntería política, ateniéndonos al momento histórico desde el que nos expresamos ahora con nuevas voces.

-¡MIERDA! –rugió José Mario, casi pegando su cara a la de ella- ¿Que me vas a venir a hablar tú de historia y de responsabilidad? ¿Dónde tú estabas cuando yo tenía que suplicarle a Arquimbau que me fiara el dinero de la impresión? ¿Dónde estabas tú cuando había que salir a fletear como una puta las librerías donde colocar los libros? ¿Desde cuándo empezaste a vestirte de miliciana, eh? ¿Quién te da autoridad a ti ni potestad para exigirnos nada a nosotros? ¿Nikitín? No seas atrevida. Somos escritores, creadores, y tú eres.... ¿Sabes lo que eres? NADIE, ¿ME OISTE? ¡NADA!

En medio del silencio sepulcral que se produjo entonces, al final de esa sucesión de frases lapidarias, La Grulla pidió, en voz muy queda, permiso para irse, alegando que al día siguiente tenía que levantarse temprano para una clase en la universidad. Todos le miramos como si fuera un extraterrestre, y él, convencido de que nadie le iba a contestar, se fue de prisa, dando zancadas, hacia una cercana parada de ómnibus, impulsándose siempre con su consabida maletita.

-Me alegra que estén de acuerdo –dijo José Mario sarcásticamente- Porque nosotros pensamos seguir haciendo nuestros libros sin asesoramiento de ustedes y sin permiso de nadie, porque no lo queremos. Y el que quiera hacer otro puente, que lo haga. Yo no me entrometo. Pero éste es el mío, lo he sudado mucho y fleteado mucho, para que alguien me venga a dar lecciones de responsabilidad y política.

Comprendí casi enseguida que José Mario se había anotado una aplastante victoria sobre quienes hubieran querido convertir a El Puente en una de tantas editoriales sumisas y mediocres que abundaban por ese entonces en Cuba, donde el gobierno controlaba ya todas las imprentas. Fue el triunfo de la libertad sobre el control ideológico que se pretendía imponer.

Nadie –ni sus dos contrarias, cómodamente apertrechadas de la superstición marxista y sus manuales rusos- se atrevió a contradecir a aquel embravecido poeta. Algo muy determinante había sucedido en las Ediciones El Puente esa noche de septiembre de 1964. Y en ese momento también, aunque no podía saber claramente por qué, me percaté de que yo personalmente iba a jugar un papel de importancia en el destino de aquel grupo literario y sus publicaciones. ¿Cuál sería éste? Pronto lo supe.

-Quiero que te ocupes, Manolo, de seleccionar toda la narración que se publique en El Puente a partir de ahora –me dijo José Mario unos días después.

No pude creer lo que escuchaba. No había cumplido 17 años y alguien me otorgaba semejante responsabilidad. También se me antojó que ésta podía ser la oportunidad de dar el fuerte golpetazo político que quería a la tiranía... y usando sus propios recursos nada menos. Pero si me sentí feliz, no quise exteriorizarlo mucho. Sabía de sobra que solo malograría cualquier propósito mío.

Unos días antes, la Gaceta de Cuba había publicado la nueva composición del comité de redacción de Ediciones El Puente, y en él me encontraba yo, junto con Fulleda, el teatrista José Milián, Lina de Feria y otros más.

Faltaban de la lista la comisaria apestosa y Ana María. La Grulla no estaba tampoco, y José Mario, en medio de burlas y visajes, me había explicado por qué.

Justo cuando estaban a punto de publicarse los nombres del nuevo comité de redacción, La Grulla se presentó una tarde en la redacción de la Gaceta, muy nervioso y agitado, exigiendo que se publicara una nota que especificara que, por razones personales, él había renunciado a todo cargo en las Ediciones El Puente.

Pese a que le explicaron que su nombre no estaba incluido en el nuevo comité, insistió, casi hasta el llanto, que quería dejar en claro que rompía todo vínculo con el grupo. Y así se hizo, al fin, para evitarle un ataque de nervios peor. Aun así, Nicolás Guillén casi tuvo que llamar a una ambulancia para recogerlo. Quería que le dieran absoluta seguridad de que su renuncia se iba a divulgar.

No bien José me asignó aquella responsabilidad –que en verdad me asustaba un poco entonces- quise demostrarle que era merecedor de su confianza, trayendo a las Ediciones el mejor de los libros posibles. Me acordé entonces de que tenía un conocido que ya era un escritor de elevada talla, aunque casi no se daba cuenta.

Corrí, pues, a la planta baja de la Biblioteca Nacional, donde trabajaba este conocido mío. Se llamaba Reinaldo Arenas y era un simple empleado de la sección circulante, donde en sus ratos de ocio se daba a escribir y escribir.

Le expliqué a Reinaldo que tenía ya la posibilidad de publicar una novela que había terminado y le pedí el manuscrito, que me dio allí inmediatamente. Era nada menos que el libro que años después ganaría mención honorífica en un concurso literario nacional y se publicaría bajo el título de Celestino antes del alba. Empezaba así: “Si tú supieras”...

A José Mario no le hizo falta leer más que las primeras seis páginas para darse cuenta de que aquello era un verdadero hallazgo literario. Aun así, me dijo:

-Es excelente, Manolito. Pongámoslo en la lista, pero antes de publicarlo hay que sacar primero tu libro, que va a ser el inicio de esta nueva etapa de las Ediciones. Vamos a dar un gran escándalo.

-¿Mi libro primero, entonces? –le pregunté.

-Sí –respondió José- Pásalo bien en limpio. No te olvides de numerar las páginas con cuidado. Y por favor –agregó- Saca ese cuento problemático del libro. No lo necesitamos.

No tenía que decirme cuál era.

-¿El del recluta?

-Ese mismo –contestó él- ¿Para qué condenar un libro de antemano por solo uno de sus cuentos? ¿Para qué condenar también a las ediciones? ¿Y el libro de Reinaldo, que es tan bueno? Bastante escándalo vamos a dar, Manolito.

Me encogí de hombros, dándole a entender que estaba perfectamente de acuerdo. Pero la semana siguiente, cuando entregué el manuscrito de Con temor en una imprenta de la zona vieja de La Habana, el cuento del recluta seguía en él. Es más, lo había mejorado, haciéndolo más punzante y conflictivo. Por mis cojones no lo iba a quitar, pasara lo que pasara.

Desde luego, yo no era más que un jovencito inmaduro que actuaba movido por impulsos sin sosiego, y aunque me parecía que estaba haciendo una travesura al desobedecer a José Mario, lo cierto es que todo aquello solo podía tener las peores consecuencias. Pero no me importaba, con tal de satisfacer las ansias de revancha que sentía yo hacia aquel ámbito oprobioso en que me desenvolvía.

Una noche, cuando me disponía a tomar un ómnibus bastante tarde, después de ver una obra de teatro en una salita del vecindario del Vedado, una sombra salió de entre unos árboles y se acercó a mí con aire amenazante. Enseguida me di cuenta de que vestía uniforme. Policía o algo así.

-Identifíquese, ciudadano –me ordenó

No era la primera vez que me ocurría esto. Cualquiera que haya sido joven en aquel tiempo puede relatar experiencias parecidas. En todo lugar, en cualquier parte, estaban acechando para pedirte papeles. No se sabía por qué. Eran como hienas. Si no tenías documentos, estabas preso. Y si los tenías también, dependiendo de cómo te vieran.

Si el caso es que andabas en bluyín y con el pelo medio largo, y para colmo con sandalias y un librito debajo del brazo, como yo en aquella época, la cosa pintaba bastante mal. Podías ir a parar a los tribunales, y de ahí a un cayo apartado, a purgar tus extravagancias, por “elvispresliano”.

No chisté, pero sentí que estaba perdiendo la paciencia, que mi sangre hervía. Aquel guajiro vestido de verde que tenía ante mí me contemplaba con visible desprecio, pero yo no estaba dispuesto a soportar un maltrato más. Había llegado al límite, creo. Así que me agaché e hice como que iba a sacar mi billetera de una media, un lugar muy común en aquel entonces para llevar incluso una caja de cigarrillos.

Pero cuando me levanté no tenía en mi mano un carné precisamente, sino un grueso seboruco que había recogido de pronto al agacharme. Aquel pobre diablo no tuvo tiempo de revirarse, porque de golpe le aplasté la cara con aquella piedra. Se la centré bien centrada. Ni cuenta se dio el muy hijeputa, creo, porque el cuerpo le dio un giro brusco y se desplomó a mis pies, expulsando sangre por la frente y la nariz.

No me contenté con eso y le clavé la piedra otra vez en la cabeza, por detrás. Bien duro, coño. Una vez. Y otra vez. Y otra. No sé de dónde saqué tanta fuerza. Ha de haber sido de la gran rabia que me daban aquellas injusticias, lo mucho que odiaba a los esbirros de aquel régimen. Por fortuna, a esas horas no había un alma en aquella parada de las calles G y Tercera. Nadie me vio.

Cuando hube saciado al fin mis impulsos, me cercioré de que nadie me veía y arrastré el cuerpo inerte y ensangrentado bajo unos matorrales que había en un jardincito cercano. Me parece que oí respirar a aquel infeliz, por lo que deduje que aún vivía, y esto, aunque parezca extraño, me alegró. Lo acomodé bien a la sombra y me aparté de él, justo cuando por la esquina asomaba el ómnibus que esperaba, el último de esa noche, la conocida “confronta”, que me llevaría a mi casa en la Víbora. Así, escapé, asustado incluso de mí mismo.

No había pasado un mes de haber entregado el manuscrito de Con temor en la imprenta cuando me enteré de que algo no marchaba bien con mi libro. Lo supe por boca de un teatrista amigo con quien me tropecé una tarde en la UNEAC.

José R. Brene, autor de la obra teatral Santa Camila de La Habana Vieja, me llamó aparte con mucho misterio y me hizo caminar con él hasta un rincón del patio de la Unión. Brene era bastante más viejo que cualquiera de nosotros, pero un tipo chévere y solidario. Una vez a salvo de los indiscretos, miró para todos lados, prendió un cigarrito y me dijo :

“Flaco, hay tremenda intriga con un libro de ustedes. No me preguntes cuál ni por qué, porque no lo sé ni quiero saberlo, ¿me oíste? Pero el tipógrafo que lo estaba parando, que es secretario del partido en la imprenta, puso el grito en el cielo. Dice que es un libro contrarrevolucionario, inmoral, y él no va a parar hasta que se investigue bien quién lo escribió y quién lo autorizó”.

Yo tragué en seco, aunque aquel desastre era algo que debí haber previsto. De todas formas, me hice el muy enterado, como si no me hubiera estado diciendo algo nuevo, y le prometí a Brene comunicárselo a José Mario tan pronto lo viera. Ni loco lo iba a hacer, claro; pero le dije eso para que Brene no fuera a hacerle el cuento a él, y se descubriera así el forro que yo había metido con el libro.

-El libro ahora está en manos de Fayita; él se lo pidió a la imprenta enseguida, tú sabes cómo es él –siguió diciendo Brene.

-¿Fayita? –pregunté.

-Fayad Jamís –aclaró él, refiriéndose al poeta y pintor conocido familiarmente por “El Moro”. Era un alto cargo de la UNEAC, organización matriz de El Puente, y encima de eso un connotado extremista, que había pedido paredón para su propio hermano, porque éste había conspirado contra el gobierno y estaba preso. Así que arreglados estamos, pensé.

Opté, pues, por guardar silencio absoluto sobre el tema, seguro de que si le comunicaban algo del asunto a José Mario, no tendría ni idea de cuál problema político podía tener el libro. El creía, con toda razón, que yo había suprimido el “cuento conflictivo”.

Yo estaba seguro, desde luego, de que la crisis iba a estallar pronto, y de qué manera. Todos íbamos a salir, como se decía entonces, envueltos en llamas. Estaba tramándole una salida elegante al asunto, pero en medio de todo eso aterrizó en La Habana, procedente de México, el poeta norteamericano Allen Ginsberg, invitado como jurado al Concurso Casa de Las Américas de ese año.

La cosa se iba a poner más complicada todavía.