Sunday, March 7, 2010

De vuelta al infierno, pero contento

Los libros que uno relee son como parcelas de vida que resucitan por arte de magia. Me corrijo: No por arte de magia, sino por arte de la memoria, que es mejor.

No me pasa lo mismo con las películas que vuelvo a ver, aun cuando sea muchos años después. Hace poco, se me ocurrió encargar a Netflix una joya de antaño, Lust for Life (en español, Sed de Vivir), una biografía filmada del pintor Vincent Van Gogh y un himno la genialidad delirante, diferenciada y dolorosa.

No ha dejado de ser una excelente película, y aunque recordé que la vi en un cine de La Habana allá por los 60, en compañía de un amigo que ya no nos acompaña en este mundo, nada de aquel tiempo ni de aquel entorno revivió para mí. Tampoco rememoré las razones por las que Pepe Hernández y yo acabamos por comprar boletos en el cine La Rampa, para dedicar más de una hora a ver a Kirk Douglas canalizar dramáticamente los demonios personales del genial pintor holandés.

Sin embargo, hace unas semanas se me antojó hacer una nueva visita a un libro que leí hace mucho tiempo, El Primer Círculo, de Alexander Solzhenytsin. Lo encontré en una edición en inglés, en la biblioteca de este pueblecito floridano donde vivo ahora, por lo que quizás debiera decir The First Circle. No es por novelería (valga la redundancia, hablando de novelas); la realidad es que la primera vez que leí este libro fue precisamente en una edición en inglés.

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Me la pasó el difunto José Rodríguez Feo, que como encargado de la biblioteca de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba guardaba en más de una gaveta ciertos libros codiciados por prohibidos. Era una edición de bolsillo, y Rodríguez Feo me dio un plazo ridículo para leerla –apenas cinco días, me parece- ya que según él había una enorme fila de interesados esperando por mí. Con su habitual ironía, Rodríguez Feo me aseguró que se había saltado a algunos para cederme el libro a mí, por lo que debía considerarlo un gran favor.

Es curioso como aun hasta estos días persiste en Cuba esa costumbre de circular clandestinamente la literatura. Me dicen que las últimas obras de Guillermo Cabrera Infante y otros escritores exiliados pasan así, de mano en mano y en el mayor silencio cómplice, quizás como un gran favor. Bueno, es público a fin de cuentas, y como dirían acá, un público muy motivado. Motivado por la ausencia de verdadera literatura, me atrevería a decir.

En todo caso, me dispuse a leer The First Circle entonces a un ritmo relámpago de 30 ó 40 páginas diarias. Pero no hubiera hecho falta que Rodríguez Feo me empujara a hacerlo. La lectura me resultó fascinante, pese a los impronunciables nombres rusos. Hay algo en la literatura de tema carcelario que atrae e hipnotiza. Yo no había experimentado aún la cárcel. Corría el año 70, creo; faltaban todavía tres años más o menos para que la Seguridad del Estado tocara a mi puerta, para llevarme.

Claramente, hubiera entendido mejor la sustancia dolorosa de aquella novela si hubiera sido una víctima. Pero aun sin haber conocido la cárcel, la desesperanza de aquellos presos “especialistas”, reunidos en un círculo más fresco de aquel infierno creado por Stalin, me conmovió en extremo, vacunándome contra cualquier perspectiva optimista del rumbo que seguía el país por aquel entonces.

Devolví el libro a Rodríguez Feo puntualmente y los dos intercambiamos sonrisas cómplices: la de él, feliz de haber extendido un mensaje urgente; la mía, puramente agradecida. No podíamos decir más.

Mi regreso al libro de Solzhenytsin, casi 40 años después, se produce con un trasfondo completamente diferente. Esta vez, una bibliotecaria aburrida me lo entregó después de un trámite sencillísimo. El sistema de datos de la biblioteca me cedió el libro en préstamo por tres semanas completas, renovables, por cierto. Pero el lector, esta vez, fue otro.

Otro soy yo, como es lógico. Un viejo de 62 años, comparado con el chico de 22 que yo era entonces. Un viejo, además, que ha conocido varios círculos del infierno que describió Solzhenytsin, incluido ese primero en que sitúa a los personajes de su novela.

Porque una vez en el Gulag tropical castrista me tocó vivir una experiencia semejante a la de Gleb Nerzhin. Después de pudrirme en una cárcel cerrada, y de cortar caña y dar pico y pala un año entre La Habana y Matanzas, acabé en Camagüey –la provincia natal de mi padre- como parte de un pequeño equipo de presos excepcionales: un experto naval, un contador, un abogado y un literato (yo). Entre los cuatro –y a veces cinco, hay alguien que no recuerdo- llevábamos las cuentas y las estadísticas de un enorme plan de construcción de vaquerías en la Siberia cubana.

De noche, cuando no teníamos que bregar con calculadoras, tablas de números y otras lindezas, preparábamos en nuestra minúscula oficina una “templa” de azúcar prieta y nos sentábamos a debatir los más increíbles temas, desde filosofía y economía hasta lo más escabroso de la moral y la política, cuando no hablábamos de mujeres (es decir, la mayor parte del tiempo).

Solzhenytsin fue para mí un profeta de mi amargo destino, pues acabé como él, seguido por una fiel esposa hasta los lugares más remotos, encarcelado por algo que dije, o pude haber dicho o escrito, es decir, sin causa alguna, soñando con ser libre en algún momento, si Dios quería, compartiendo con un grupo de hermanos de cautiverio ideas y penas. El Primer Círculo de mi primera vida me alcanza, al fin, por segunda vez, en otro tiempo y otro mundo. Y de nuevo sonrío agradecido.

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