Saturday, March 6, 2010

A taste of 'Cuando Llegué'

Un amigo vale más que un resumé

Cada vez que oigo a alguien quejarse de lo difícil que es la vida en Estados Unidos, no puedo evitar sonreírme. No es que me alegre; es que me acuerdo de las muchas veces que me lamenté de lo mismo. Imagínense: cuando llegué, no tenía idea de cómo se conseguía empleo en este país.
Mi currículum era un desastre. Para empezar, no era verificable en Estados Unidos. Desesperado, acudí al santo patrón de muchos latinoamericanos: el gobierno.
La agencia estatal de empleos estaba en un edificio enorme, cerca de otros templos de la burocracia. Como muchos acudían allí a tramitar los pagos por cesantía, los latinos lo llamaban el desemployment. Allí funcionaba también una bolsa de empleos, adonde iban los candidatos a cualquier puesto en el gobierno estatal.
A una americana se le antojó que yo podía ser examinador de licencias de conducir. Le expliqué que ni siquiera tenía licencia, pero ella me aseguró que eso no era importante. Me advirtió, eso sí, que tenía que pasar varias pruebas, incluyendo una de mecanografía.
cuandolleguefront Pese a ser pésimo mecanógrafo, vencí los exámenes en un tercer intento. Pero la avalancha de citaciones que recibí después no me trajo más que nuevos desencantos. Al cabo de un tiempo concluí que el gobierno me había tomado el pelo.
Qué difícil es la vida aquí, volví a decirme. Había llegado meses antes y estaba en una parada de ómnibus, con un par de dólares en el bolsillo y unas ganas enormes de que me partiera un rayo, cuando de pronto alguien me habló.
Era un hombrecillo uniformado. Me preguntó si era recién llegado y si buscaba trabajo. Cuando le dije que sí, se ofreció para recomendarme en el restaurante donde trabajaba. Necesitaban lavaplatos. “Pagan $4 la hora”, me dijo. No lo pensé dos veces.
Esa tarde llegué a casa eufórico, pero mi mujer frunció el ceño: en mi país, lavar platos es el estereotipo del fracaso. Con todo, me sentía triunfante. Estaba seguro de que aquello era el umbral de un alto cargo en una cadena hotelera.
En eso, sonó el teléfono. Un amigo llamaba para decir que en el periódico donde trabajaba su esposa había una vacante. No era en la redacción, pero al menos estaría cerca del papel y la tinta.
“¿Y de qué es el puesto?”, pregunté.
“Peistopista”, dijo mi amigo.
Pronto descubrí que el paste-up era una de las tareas más tediosas: pegar tiras cromadas de texto sobre las planas vacías de un periódico; pero al menos tenía empleo... y hasta seguro médico.
Desde entonces, he tenido varios trabajos, cada uno más remunerado que el anterior. Ya no maldigo mi suerte. Al contrario, me doy por afortunado de vivir aquí. He alcanzado niveles envidiables en mi profesión. Mi capacidad y perseverancia me ayudaron, y también mi inquebrantable fe en Dios y en mí mismo, pero... ¿saben qué? Todos los empleos que he tenido aquí los he conseguido gracias a la intercesión de un buen amigo.

Copyright: Manuel Ballagas, 2009. All rights reserved.

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