Monday, April 26, 2010

A fragment of my autobiography

From time to time, as I scribble for other projects, I pay some attention to a long-range work in progress of which I am posting now the first part. I am sure, when it's finished, some will be delighted to have shared with me some of the events I will be narrating in it. Others, however, will curse the day they crossed paths with me, I promise. Well, here it is -the first part, that is:

Mi vida no tiene nada de extraordinario. Aun así, no faltarán quienes me la envidien. Así de estúpida y mezquina es la humanidad.

Basta que nazcamos en el seno de una familia educada y decente para que la chusma enfile contra nosotros sus cañones, cargados de maledicencia y resentimiento. No importa si en la balanza de nuestra existencia pesa más la amargura que el dulzor; así y todo, codician nuestra historia, nuestras esencias vitales. Quieren ser nosotros, pero no pueden. La canalla aborrece su propia estirpe, pese a que siempre finge, en lo externo, un desaforado desdén por las jerarquías. ¿Qué se va a hacer? Nadie es dueño de escoger su linaje. Son obras de la Providencia.

Yo, por ejemplo, nací a la aristocracia de las letras. Mi padre fue un poeta y escritor famoso, además de un prestigioso catedrático. No tuve tiempo de conocerlo bien y no pasa un día sin que lo lamente. Tengo entendido que era brillante y, sobre todo, una persona de bondad extrema. Algunos de sus versos están entre los mejores de la poesía castellana. Murió muy joven, casi de cuarenta y cinco años, y a su sepelio asistieron ministros y embajadores. También –hay que decirlo- algunos revolucionarios y comunistas, amigos de su juventud.

Mi madre, sin ser una intelectual, tenía dos doctorados, había estudiado griego y latín, y además hablaba sin traza de acento el inglés, idioma que siempre fue, más o menos, su primera lengua. Jamás publicó un libro, ni siquiera alguno de esos vanos intentos literarios a los que son tan dadas las esposas de los escritores; pero siempre alentó en mí el afán por la lectura y el conocimiento. “Tienes que ser un hombre culto”, me decía a menudo.

Huelga decir que me crié entre libros, en el mejor y peor sentido de la palabra. Y es que todo lo que importa no está encerrado entre las tapas de un clásico ni en la avalancha de palabrería que colma nuestra memoria al cabo de muchas noches de insomnio, sumidos en la lectura. Las bibliotecas suelen darnos perspectiva y conocimientos, pero sólo la vida y la experiencia nos dotan de la astucia necesaria para sobrevivir en un mundo plagado de gente malvada y torpe.

Yo tuve quizás la desdicha de leer demasiado, demasiado pronto. Cuando otros apenas eran capaces de recitar la cartilla, yo ya me sumergía en el fabuloso laberinto de la mitología griega; reverenciaba a Atenea e idolatraba a Aquiles, como otros vivían fascinados con Marvila y Supermán. Mientras algunos de mis contemporáneos todavía trataban de descifrar las palabritas que adornaban las cubiertas de sus cuadernos escolares, yo me deleitaba con una versión infantil de El Quijote.

No puedo decir exactamente cuándo aprendí a leer. Fue como un rayo que me fulminó de pronto. Una especie de epifanía precoz.

Una mañana estaba en casa de mi abuela, tomando una taza de café con leche en el comedor y repasando con ojos curiosos las páginas de un periódico, cuando aquel amasijo de letras y signos impresos cobró para mí un repentino sentido. Atónito, me escuché decir en voz baja: DIARIO LA MARINA. Todavía sin creerlo, repetí despacio: DIARIO... LA... MARINA... Pasé rápidamente a otra página, llena de esquelas mortuorias y filigranas sombrías. DIOS... SACRAMENTOS... PAPAL... SEPULTURA... MISA... Brincaba ahora de palabra en palabra, seguro de que me había equivocado. Pero no. Los grupos de letras se repetían en distintas partes de la página y se escribían igual. ¡Eran las mismas palabras!
Entusiasmado, pero todavía incrédulo, eché a un lado aquella parte del diario y tomé la única que verdaderamente me gustaba, llena de colores, personajes graciosos y aventuras: los muñequitos. Conocía los temas, y hasta tenía mis preferencias (Aguilucho, Fulanita y Zutanito), pero siempre me los tenían que leer. Ya no.

De pronto, arrojé todos aquellos papeles y salté de la silla dando gritos estentóreos.

-¡Sé leer! ¡Sé leer!

Mi abuela me hizo repetir la proeza varias veces, poniéndome como prueba distintas páginas, diferentes frases. Casi sin dificultad, leí los titulares de la primera plana, trabándome sólo en las palabras más complicadas. Después, leí los diálogos de los muñequitos. No lo entendía todo, claro, pero lo que no comprendía, podía repetirlo como una cotorra. Tendría en ese entonces tres o cuatro años. ESTA… DOS… UNI… DOS… TRU… MAN…

Como premio, mi abuela me compró mi primer libro ese mismo día. Nos fuimos, pues, como se decía entonces, “a La Habana”.

En aquella época, La Habana era una ciudad por la que daba gusto pasear. La mayoría de la gente se movilizaba en los cómodos autobuses que recorrían la urbe de una punta a otra, haciendo paradas frecuentes por cada vecindario. El pasaje costaba sólo ocho centavos, y por dos centavos más se podía hacer transferencia de una ruta a otra cuando el viaje era más complicado de la cuenta. Había puntos de cambio que eran famosos, como la Esquina de Tejas, la Esquina de Toyo, y 23 y 12, donde abundaban los cafés y los vendedores ambulantes. Las “guaguas” (como se les llama en Cuba y otros países) casi nunca venían repletas y siempre había en ellas asiento para las damas, los ancianos y los niños. Un empleado, al que llamaban, no sé por qué, conductor, recorría el ómnibus cobrando el pasaje y sacando las monedas del vuelto de un curioso aparatico de metal que llevaba colgado al cinto. Cuando alguno de los pasajeros se quedaba rezagado en la parte delantera del ómnibus, obstaculizando el paso, el conductor lo animaba a moverse con una frase que todavía algunos recuerdan: “Pasito alante, varón”. Otras veces, alguna mujer se ofendía cuando un pasajero le rozaba intencionalmente el fondillo o cualquier otra parte tentadora de su anatomía. Solía armarse entonces un pequeño escándalo que terminaba inevitablemente con la total humillación del infractor, a quien en muchas ocasiones expulsaban del ómnibus en medio de las más pintorescas vociferaciones. “¡Jamonero! ¡Descarao!”, le gritaban. Viajar en guagua era muy divertido.

Mi abuela, sin embargo, prefería moverse en autos de alquiler, cosa que a mí me encantaba, y a mi madre, con razón, le parecía un soberano derroche. Un peso con cuarenta o cincuenta centavos, por sólo desplazarse de nuestro vecindario a La Habana Vieja, era en aquel entonces una pequeña fortuna, pero mi abuela, sin ser rica, favorecía, como yo, la comodidad. Cuando tenía que salir a hacer una diligencia, o cualquier compra, llamaba a la piquera y en cuestión de minutos venía a recogerla un automóvil resplandeciente, a veces uno de esos largos y grandes, de último modelo, que llamaban “colepatos”.
Para mí, por esos años, ir de paseo a La Habana, al mismo centro de la ciudad, era una aventura extraordinaria. Yo casi nunca salía de La Víbora, el suburbio de clase media donde me crié y viví más de veinte años. No me hubiera hecho falta tampoco. En ese vecindario, aunque modesto, no escaseaban las tiendas, las iglesias, los restaurantes y toda clase de diversiones. Había varios cines, algunos incluso de lujo; también parques maravillosos, llenos de árboles y espacios para jugar. La escuela a la que asistía estaba a diez minutos de mi casa. Mis amigos todos vivían cerca. Ese era mi universo.

De todas maneras, aquel día tuvimos que ir a La Habana, donde se hacían todas las gestiones de importancia.

Llegamos a los alrededores del Parque Central en un santiamén y, después de pagarle al chofer del taxi, mi abuela me tomó de la mano y atravesamos la Manzana de Gómez, un edificio antiguo de aspecto sombrío, que adentro tenía una galería comercial fabulosa. Había allí joyerías, tiendas de sombreros y sastrerías, todas de aspecto sobrio y elegante, muy europeo. Los clientes entraban y salían por sus puertas constantemente, cargados de bolsas y paquetes. Había también muchos curiosos que, como nosotros, se limitaban a contemplar la costosa mercancía que adornaba las vidrieras. Yo llevaba puesto mi único par de zapatos de charol y caminaba en medio de aquel gentío con mucho cuidado, temeroso de que alguien me los fuera a pisotear.

El libro que mi abuela me compró, al fin, como premio, se llamaba Corazón. Era un novelón patriótico y llevaba por subtítulo Diario de un Niño, así que a todos los que empezaban a leer o ganaban una medalla en la escuela les regalaban un ejemplar de esa obra, quizás para estimular en ellos el ansia de aprender y los sanos sentimientos. Su autor era un italiano, Edmundo D’Amicis, y no faltaba en la biblioteca familiar de muchas casas. Sin embargo, pese a ser casi un bestséller, dudo que, en la práctica, se leyera demasiado. A mí, por lo menos, se me antojó aburrido, y con excepción de cierto pasaje sobre un “pequeño patriota paduano”, no pude soportar lo demás.

A pesar de que nunca terminé de leerme Corazón, como seguramente hubiera querido mi abuela, aquel viaje a La Habana tuvo un significado muy especial para mí. Era la primera vez que visitaba una librería y en cuanto entramos a ella quedé fascinado. Se trataba nada menos que de La Moderna Poesía, un almacén enorme que ocupaba toda una esquina en la céntrica calle Obispo, umbral de la Vieja Habana, y donde uno podía pasar horas revisando la enorme provisión de libros que se exhibía en sus estantes. Había de todo, desde aburridos volúmenes de texto y manuales cargados de consejos morales, hasta novelas y graciosos cuadernos de colorear. Venían de muchas partes (España, sobre todo, pero también de México y Argentina), y traían consigo olores tan exóticos y diversos que daba gusto repasar sus páginas para absorber el aroma que despedían. Desde entonces, conservo el hábito de olfatear cualquier libro, nuevo o viejo, que cae en mis manos. Me trae buenos recuerdos...

Pero la memoria es muy traicionera. Casi nadie se acuerda de las cosas como son, o mejor dicho, como fueron. La nostalgia suele cubrir nuestras remembranzas con un velo de piedad y encanto. Como ser humano, y sobre todo, a la edad que ahora tengo, no soy del todo inmune a tales hechizos. Estoy seguro de que a nuestro paso por la calle Obispo mi abuela y yo nos cruzamos con una legión de mendigos, matarifes, carteristas, marihuaneros y otras gentes de baja estofa, pero yo, francamente, no logro conjurarlos en este sueño. Ni falta me hace tampoco.

Me veo andar, pues, con los ojos encandilados por aquella calle larga y estrecha, y sólo puedo recordar, como en una postal pintoresca, los vendedores de billetes, con sus largas ristras de números colgadas al pescuezo (“Qué bonito es ese número”, oí decir a mi abuela, pensativamente), o quizás el consabido manisero cargando sus latas calientes, llenas de cucuruchos. Tampoco falta el vendedor de periódicos que grita a voz en cuello a cada tramo: “¡Información, Marianemundo!”. Caramba, no quisiera despertar...

No lejos de La Moderna Poesía, calle abajo, se encontraba uno de los sitios más deslumbrantes que un niño hubiera podido visitar en aquella época, La Sección X. A diferencia de otras jugueterías, pletóricas de todas las modernas distracciones y artefactos que Estados Unidos fabricaba, la Sección X se especializaba en juguetes de especialidad, algunos traídos de Europa. Había de todo, desde cajitas de música y telescopios de apariencia impresionante hasta imitaciones sumamente realistas de pistolas alemanas y pajaritos mecánicos, fabricados de madera y metal, que piaban como canarios vivos. Un niño que paseara por esa tienda tenía que quedarse absorto contemplando tantas maravillas. Desde luego, era una tienda de mercancía cara y sólo un número pequeño de mis juguetes había sido comprado allí. Pero nada se perdía con mirar.

Después de comprar Corazón en La Moderna Poesía, mi abuela me preguntó si quería tomarme un refresco. Le dije enseguida que sí. La tarde era calurosa, como solía serlo en esa época del año, y el aire acondicionado sólo se disfrutaba en aquel entonces en ciertos establecimientos. Ni la Moderna Poesía ni la Sección X lo ofrecían, que yo recuerde, aunque sí lo había en las tiendas grandes y algunas cafeterías. Yo tenía ya una sed horrible, y como todos los niños, una avidez permanente por algo dulce a toda hora. Más abajo, en la misma calle Obispo y en las inmediaciones de la Sección X, había una cafetería bastante concurrida, y nos dirigimos enseguida allí. Mi abuela andaba despacio –tenía ya como setenta años- y yo me acomodaba a su paso. También me detenía por un rato cuando se paraba a saludar a algún conocido.

En aquella zona abundaban los edificios de entidades oficiales, llamados por aquella época genéricamente “ministerios”. Sus empleados y funcionarios deambulaban por allí a menudo, apresuradamente, con cartapacios debajo del brazo. Otros, quizás menos atareados a ciertas horas, se dirigían a cualquier restaurante para almorzar o algún café cercano, para lo que en estos tiempos y en Estados Unidos llamarían un break. Mi abuela había tenido alguna vez un alto cargo en el Ministerio de Educación, y quienes se detenían a saludarla lo hacían siempre muy efusivamente. Casi todos tenían algún favor que agradecerle y enseguida que la veían exclamaban su nombre y se apresuraban a recordar su pasadas atenciones. Los hombres –si lo tenían- se quitaban el sombrero y le daban un fuerte abrazo; las señoras la abrazaban también y luego intercambiaban con ella repetidos besos en las mejillas.

Nunca se me olvidará cómo lucía mi abuela en aquellos años: alta, erguida, bastante ágil, a pesar de su edad; muy elegante también en sus vestidos largos de tejidos floreados y, sobre todo, recuerdo su cabeza, una mota grande de pelo muy blanco y bien peinado. Sólo se ponía gafas para leer, y aunque no veía bien de lejos, rehusaba usarlos la mayor parte del tiempo, quizás –ahora que lo pienso- para no aparentar los setenta años que tenía. Mi abuela merecería un libro aparte. Su vida es una historia fascinante, de ésas que algunos considerarían inspiradora, pero no podría escribirla; confieso que carezco del talento literario que requeriría esbozar una biografía que abarca desde los últimos años de la etapa colonial, la República, el socialismo castrista, y por último, el exilio. Ya hablaré más delante de ella. Haré lo que pueda por resucitarla en estas páginas de las que afortunadamente soy protagonista.

Después de caminar un poco mirando vidrieras y dejar atrás a varios de los conocidos de mi abuela, con los que ella conversó un rato, dimos al fin con una cafetería pequeña. No me acuerdo de su nombre, aunque sí del agradable fresco que nos envolvió en cuanto entramos a ella. No sólo había allí aire acondicionado, sino viejos ventiladores de paleta que seguían funcionando desde el techo, revolviendo el grato olor a fruta que se respiraba en el lugar. Mameyes, mangos, papayas, anones y guanábanas se amontonaban en los estantes que había detrás del mostrador. Como de costumbre, los aromas me abrieron enseguida el apetito. Nos sentamos en unas sillas giratorias de madera, en el mostrador, y un dependiente acudió de inmediato a atendernos. Mi abuela se alarmó cuando pedí un batido de anón; a juicio de ella, aquella fruta era “demasiado fría” y podía indigestarme, pero a fin de cuentas no quiso privarme de aquel gusto y pidió para ella un batido de mamey. Allí –recuerdo- los hacían deliciosos, cremosos. El empleado cortaba rebanadas de la fruta, las ponía en una batidora con abundante azúcar, una pizca de sal, hielo y mucha leche. Después de batido, el líquido espeso pasaba de un colador al vaso del cliente, hasta llenarlo. El recipiente del batido quedaba cerca, para colmar de nuevo el vaso, si el cliente lo quería, sin cobrar un centavo más. Nunca he probado, ni siquiera en Miami, un néctar semejante. Mi batido de anón, en efecto, estaba muy frío, gélido, pero no me hizo sentir enfermo. Al contrario, compensó el calor de la calle –que podíamos observar a cierta distancia, desde nuestros asientos- y calmó inmediatamene mi sed, aunque no la curiosidad que me embargaba cada vez que paseábamos por aquella calle, sobre todo por los juguetes que vendían en la Sección X.

Mi abuela, que conocía mi predilección por aquella tienda, me llevó de la mano hasta ella no bien terminamos de refrescar en la cafetería. Estaba al cruzar la estrecha calle, por la que transitaban escasos autos y sólo muy despacio. A la entrada, un señor que, por lo visto, conocía ya a mi abuela la saludó y empezó a hablarle de su hija, que era maestra normalista. Le enseñó una fotografía que guardaba en su billetera; mi abuela sonrió con aprobación. El hombre era dependiente del lugar y nos acompañó adentro, donde yo enseguida empecé a deambular por los pasillos y a manosear los juguetes. Algunos estaban fuera de sus cajas y podía accionarlos, darles cuerda, verlos cobrar vida y moverse. La atmósfera del lugar era muy apacible; casi no había clientes en aquel momento y, por alguna razón, no era una tienda muy iluminada, por lo que el sitio permanecía en una semipenumbra agradable y acogedora. Mi abuela me siguió con la vista un momento, pero luego siguió conversando con aquel señor. Era uno de tantos que le debía un favor, quizás el puesto que ahora tenía su hija como maestra. Conversar y rememorar con mi abuela otros tiempos y amigos comunes era su forma de agradecerle.

En eso, no sé cuándo, la tranquilidad se quebró de repente. Había perdido la noción del tiempo curioseando y el ruido me despertó del ensueño infantil. Me quedé helado de pronto, con un microscopio de fantasía entre las manos y la mirada extraviada, buscando el origen de la algarabía. El grito, el primero, llegó desde la puerta de entrada, era la voz de mi abuela. Un grito de asombro y de dolor. Luego, un forcejeo y otro grito, bronco, fuerte, estentóreo: “¡Quítate, vieja!”. Los pasos de carrera hicieron eco entre las paredes de la tienda. Vi entonces a alguien, una silueta, una sombra, corriendo por los pasillos: un hombre joven, en mangas de camisa y pistola en mano buscaba llegar al fondo, mirando hacia todos lados, sudoroso, jadeante, con la desesperación pintada en el rostro. Una sirena de auto-patrulla se oía cada vez más cerca.

-¡Manolito! ¡Manolito! –mi abuela gritaba de lejos. Solté el microscopio y corrí hacia la puerta. El dependiente ayudaba a mi abuela a ponerse de pie en ese momento; estaba tendida de costado en el piso, y al verme se echó a llorar.

Cuatro o cinco hombres uniformados de azul, policías, irrumpieron entonces en la tienda, revólveres y toletes en mano. “Fue para atrás”, les dijo el dependiente, haciéndoles un gesto con la cabeza, siguiendo el rumbo del fugitivo. Los policías se lanzaron a darles caza, mientras mi abuela se ponía de pie y me abrazaba. Me fijé que tenía rasponada una rodilla, sangraba de una mano. Me eché a llorar en sus brazos.

-Ese es revolucionario –dijo el dependiente- Mejor llamamos a la casa de socorros.

-No, no –dijo mi abuela- Estoy bien.

Al verme seguro y abrazarme, sentí a mi abuela más tranquila. Temblaba, respiraba hondo, pero no temía. Del fondo de la tienda se escuchaban gritos, maldiciones, malas palabras. “¡Parecen bestias!”, exclamó mi abuela, apretándome más contra ella. “¡Abajo Batista, coño!”, alguien gritó allá atrás. Luego, se oyó un ruido sordo, seco: un disparo, nunca había oído uno fuera del cine, y me estremeció. Pero no hubo otro más; se escuchó después un forcejeo, pasos fuertes, otras maldiciones. Y luego, a voz en cuello, que se iba acercando, llorona: “¡No me maten! ¡No me maten, cojones, por su madre!”. Los policías traían al fugitivo acogotado y amarrado. Uno lo sujetaba por detrás, por el pescuezo; otro le tenía clavada la punta de una pistola en las costillas. Era un hombre joven; estaba bañado en sudor y en lágrimas. Temblaba, mirando hacia todos lados, como una fiera enjaulada.

-¿Este es el que empujó a la señora? –le preguntó un policía al dependiente.

El dependiente asintió con un gesto de la cabeza, mirando al preso con desprecio. El muchacho bajó la cabeza y rompió a sollozar. Un policía lo calló de un pescozón. “¡Cállate, sopenco!”, le ordenó.

Otro policía se acercó a mi abuela y le preguntó si estaba bien. Ella le dijo que sí, sin dejar de abrazarme. Una pequeña multitud se había formado, entre tanto, a la entrada de la tienda. Algunos miraban al preso con cara de burla; otros le gritaban insultos, la mayoría miraba con curiosidad. Me fijé de reojo en el preso: tenía la cabeza gacha y sangraba por la frente, en una de las cejas. De vez en cuando, alzaba los ojos y dirigía una mirada lastimera a su alrededor. Los policías se lo llevaron, empujándolo; uno de le dio una patada por el fondillo, obligándole a apretar el paso. Lo metieron en un auto-patrulla que había cerca y desaparecieron, haciendo sonar la sirena, un largo aullido que se fue apagando hasta extinguirse, lejos.

-¿Está segura de que no quiere ver a un médico? –insistió el dependiente. Mi abuela se miró la mano; la sangre era de otro raspón y se le había secado ya con la ayuda de un pañuelo. Le dijo que no, y nos fuimos caminando.

Afuera, sólo quedaba un grupito mirándonos. Nos abrimos paso fácilmente entre ellos; se retiraban al ver a la señora de edad avanzar con un niño de la mano. Mi abuela miró después hacia un lado y otro de la calle, buscando un auto de alquiler. En aquel entonces, sólo se identificaban por un letrero que decía “Alquila”; no tenían un color especial, como en otros países.

-Abuela, ¿quién era ese hombre? –pregunté- ¿Por qué se lo llevaron preso?

Mi abuela no me atendía mucho. El taxi no acababa de aparecer en el horizonte.

-Es un revolucionario –me dijo, entretenida.

-¿Y eso qué es? –insistí.

Al fin, la vi hacer una seña con una mano. El carro con el letrero de “Alquila” se fue acercando, hasta quedarse quieto al borde de la acera y frente a nosotros.

-Un pobre equivocado –contestó ella entonces, distraídamente.

El chofer nos abrió la puerta y nos acomodamos en la parte de atrás del auto, bastante cómodo y bien cuidado, con asientos de cuero reluciente. Yo estaba pensativo; no entendía que alguien “equivocado” fuera capaz de arrojar al suelo a una señora mayor de aquella manera, ni mucho menos hacerla sangrar de una mano. Me pareció un cobarde, sobre todo por lo mucho que lloriqueó cuando la policía intervino. Tenía más pinta de delincuente que de otra cosa. Pero no pregunté más.

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