Thursday, April 1, 2010

My book in Amazon.com and a short preview of a work in progress

It was shocking to learn that Spain's publishing industry -for a long time the Mecca for all Spanish-language authors- experienced a substantial drop last year both in the number of titles published as well in printed copies (http://www.creatividadinternacional.com/). These are certainly bad signs, and there's no easy fix for the disease. Should the Spanish publishing industry fail to act fast, writers -especially the new, unpublished ones- may be facing soon an absence of outlets for their works. Print-on-demand and electronic publishing may be the solution. Yet the absence of an Spanish equivalent of Amazon.com seems to compound the problem more.

Anyway, speaking of Amazon, my novel Descansa Cuando te Mueras just made it there (http://www.amazon.com/Descansa-Cuando-Te-Mueras-Spanish/dp/0557352444/ref=sr_1_3?ie=UTF8&s=books&qid=1270137107&sr=1-3). It's available for the same price ($22) as in Lulu (http://stores.lulu.com/store.php?fAcctID=28320018). For an e-book edition, the price is only $6.49.
Having a couple of books already selling on line doesn't mean I've been relaxing and waiting for readers to flock to them. I continue to write and the results will be available soon enough. All I can tell you is it's a novel -and quite a different one both in language and subject.

Here's a peek at this as yet untitled work in progress. I hope you like it:

De repente, un día, le dio por jugar con candela. Se robaba las cajetillas de fósforos que encontraba en la cocina o en cualquier lugar de la casa donde alguien las hubiera dejado olvidadas o las diera por perdidas. Después, a escondidas, encendía los fósforos uno a uno, mirándolos consumirse hasta que empezaban a quemarle los dedos. Adoraba aquellas llamitas amarillas y azules, de apariencia inofensiva, que ardían ante sus ojos. Primero, fuertes, erguidas, desafiantes; después, más débiles y vacilantes a medida que se iba quemando el palito de cera y papel de cuya punta habían surgido. Una vez morían, aplastaba el fósforo cuidadosamente y lo escondía en una cajetilla vacía, para encender enseguida otro, y después otros más, hasta que agotaba su provisión del día.

Nadie en la casa pareció percatarse, de momento, de la desaparición fortuita de tantas cajetillas de fósforos ni de sus prolongadas fugas hacia cierto rincón de la casa. Y a medida que fue creciendo su curiosidad por las virtudes del fuego, descubrió nuevas maneras de conjurarlo y disfrutarlo. Tomaba hojas de periódicos viejos y las convertía en pelotas, para despúes darles fuego y contemplarlas mientras ardían lentamente, hasta extinguirse en pequeños amasijos de sustancia parda y quebradiza. Tenían una vida útil más hipnótica y extensa que la de los fósforos, y le animaron a llevar adelante otros experimentos. Fue así que dio con el alcohol, la bencina y muchas de sus combinaciones. Súbitamente, el fuego adquirió, ante sus ojos atónitos, la naturaleza fluida de los riachuelos. Impulsada por la fuerza de gravedad, la llama azul corría sobre el desigual piso de mosaicos, abriéndose paso en un breve cauce que se fragmentaba, al final, en sinuosas y resplandecientes ramificaciones. Si dejaba caer el prodigioso líquido de la punta de un gotero, la llama se multiplicaba en gotitas flamígeras que sólo se extinguían después de chocar con la fría superficie del piso, estallando en diminutas y efímeras estrellas. Adherido a cualquier cosa que se allegara, el fuego licuado se convertía en una especie de leve y reluciente piel que, por un lapso de segundos, transformaba un tubo de metal cualquiera, una tacita de café o un simple lapicero en un mágico y sobrenatural objeto. Era como si Dios –o un espíritu elevado semejante- les hubiera tocado con su luz.

Quizás debió ser más cauto. Aun cuando logró, por un tiempo, contener dentro de un estrecho y oculto círculo personal el alcance de su pasión incendiaria, y se las arregló, además, para esconder de todos el humo, la chamusquina y los olores que provocaba en secreto, alguien ha de haber tomado cuenta, sin duda, de aquellos juegos pirotécnicos, porque una tarde, inopinadamente, sus padres irrumpieron en su reducto y le pillaron en plena faena, rodeado de un montón de impresionantes y extravagantes artefactos. Resolvieron, pues, ponerlo en manos de un especialista que explicara y pusiera coto a aquella rara atracción por el fuego que le había poseído inesperadamente, como un demonio. Era éste un siquiatra famoso cuya consulta se hallaba instalada en un moderno y alto edificio, casi frente por frente con el complejo, más antiguo, de la cárcel municipal. El siquiatra solía afirmar, orgulloso, que muchos de los que guardaban prisión allí hubieran sido ciudadanos libres, productivos y sanos si alguien les hubiera puesto a su cuidado cuando aún eran niños. “¡Otro gallo cantaría!”, sentenciaba. Muchos le creían y reverenciaban; su palabra era como una escritura sagrada. Pocos se atrevían a contradecirle y quienes lo hacían eran dados por ignorantes o locos.

Empezó a acudir a la consulta semanalmente. Sus padres le llevaban a una hora puntual de la tarde y le dejaban a cargo de una secretaria muy seria, vestida de blanco almidón, que le hacía pasar enseguida a una pequeña sala privada, donde el siquiatra aguardaba siempre, sentado a una mesa de sólida y barnizada caoba. El siquiatra era un hombre alto, enjuto y narizón. No vestía como la mayoría de los médicos; no se ponía un batín blanco ni usaba ninguno de sus habituales instrumentos, ni estetóscopo ni termómetro ni paleticas de madera para escudriñar la garganta. Le contemplaba siempre con exagerada atención desde su silla de espaldar más alto, ajustándose de cuando en cuando unos espejuelos de cristales gruesos, que distorsionaban el color y la forma de sus ojos.

Las primeras veces sólo conversaron: sobre sus padres, la escuela, sus amigos, su estado de ánimo. También le pedía a menudo que le contara sus sueños. Los inventaba casi todos, porque casi nunca soñaba, y cuando lo hacía, casi siempre no se acordaba del sueño. El siquiatra tomaba nota de todo cuidadosamente, escribiendo en un block rayado que siempre tenía a mano. Usaba para ello una pluma Parker dorada, reluciente, cuya fina punta apenas rozaba el papel mientras plasmaba en letras menudas, bien formadas y claras, los pormenores de cada sesión. Sólo una vez indagó aquel hombre sobre la peculiar fascinación que el fuego ejercía sobre él. Le contó una vez que, de niño, a él le ocurrió algo semejante, sólo que el fuego con que él jugaba era más bien de tipo imaginario, inventado con propósitos prácticos. Lo empleaba para casi todo: con él destruía las guaridas de sus enemigos y anulaba a quienes se atrevían a desafiarle en las guerritas ficticias que él y sus amigos escenificaban a menudo en el vecindario, dividiéndose en bandos de buenos y malos. Aquellos jueguitos se le antojaron a él tontos y carentes de todo sentido, quizás demasiado gregarios para su gusto, pero se cuidó mucho de decírselo al especialista, quien le provocaba una honda desconfianza.

Le preguntó, al fin, si nunca se le había ocurrido que, al enfrascarse en sus secretos experimentos, incurría en el grave peligro de morir abrasado o incluso incendiar su propia casa. Como nunca había pensado en eso, tuvo que encogerse de hombros. El siquiatra tomó inmediatamente nota de su reacción y declaró concluida la sesión de aquella tarde. Antes de que se marchara, le regaló, como siempre, uno de muchos caramelos azucarados, multicolores, que conservaba en un pomo transparente, al borde de su mesa de trabajo. A él no le gustaban; tenían un sabor artificial y desvanecido. Los botaba disimuladamente, en cualquier parte, no bien sus padres asomaban a la puerta de la consulta para recogerle. Por alguna razón, se le antojaban también una suerte de solapado soborno.

Tiempo después, el siquiatra cesó de interrogarle y le propuso, en su lugar, una especie de juego que le pareció en extremo ridículo. Le mostró una de esas casitas de juguete con que las niñas de su vecindario solían entretenerse. Estaba destapada por una parte, dejando ver todos los aposentos y salones de aquel hogar inventado. En ella habitaba, según el especialista, una familia muy parecida a la suya, compuesta por la mamá, el papá y el niño, representados por tres burdas figurillas de plástico gastado que, además, se hallaban completamente desnudas. El juego consistía en escenificar la vida de aquella familia. Mientras lo hacía, se suponía que él le fuera explicando al siquiatra cada una de las cosas que hacían aquellos personajes. Debía darles nombres y referirle todo lo que se dijeran, o describir en detalle cualquier acto de sus vidas en aquella morada de latón estampado. El no atinaba qué hacer, por lo que el especialista pasaba la mayor parte del tiempo preguntándole: “¿Qué hacen? ¿Qué van a hacer? ¿Qué le dijo la mamá al niño? ¿Y el papá adónde fue?”. Y así por el estilo. Al siquiatra le frustaba que la mayor parte del tiempo él guardaba silencio, limitándose a mover las figuras de una parte a otra sin sentido alguno, siguiendo el rumbo que se le ocurriera en algún momento. A veces, incluso le incitaba a inventarles argumentos, desacuerdos, conciliábulos, secretos personales. El lo intentaba, pero nunca acertaba a componer una trama lógica. Guardaba silencio, como de costumbre, mientras movía las figurillas de un espacio a otro de la casita. ¿Cómo explicar lo que hacían aquellos seres ficticios, si él mismo no lo sabía?

Al fin, una tarde le dijo al siquiatra que quería vestir aquellas figuritas desnudas. También quería dotarlas de espadas. Se le había ocurrido escenificar una guerra en aquella casa aburrida, como las que había visto en algunas películas de temas antiguos, donde los personajes eran diestros espadachines y se enfrentaban al final en defensa de alguna causa noble, como rescatar a un prisionero de una oscura y fría mazmorra. El especialista pareció complacido y le preguntó de qué color quería confeccionar las ropas y de dónde sacaría las espadas. Se le ocurrió que las vestimentas debían ser de color escarlata, preferiblemente de seda o alguna otra tela reluciente, y así se lo dijo. Las espadas podían fabricarse con tijeras corrientes, desarmándolas. Serían más bien lanzas largas; no importaba. El siquiatra tomó nota de todo, asegurándole que encargaría la ropa a una costurera que conocía, y que buscaría alguna tijera vieja que desarmar. “¿No te hace falta algo más?”, le preguntó. “¿No quieres que tengan antorchas?”

Las sesiones acabaron poco después. En ausencia suya, el especialista se reunió con sus padres una tarde. Les explicó enseguida que ninguna patología, ni mental ni física, contribuía a la peligrosa fascinación de su hijo con el fuego y las sustancias inflamables. Por el contrario, siguió diciéndoles, ambos tenían un hijo de salud e inteligencia excepcionales que sólo buscaba atraer la atención sobre sí con toda clase de extravagancias, aun las más letales. Llegado el caso, hubiera sido capaz incluso de enfrentar a sus propios padres en una enconada pelea intrafamiliar con tal de lograr sus fines. El color escarlata de las vestimentas y el uso de armas afiladas denotaba tal propósito, afirmó. Eran un claro substituto del peligroso fuego con que jugaba. Su madre quedó muy consternada. Exigió saber inmediatamente si se trataba de alguna tendencia involuntaria de su hijo o una simple crisis de majadería.

-La majadería puede ser involuntaria también, señora –repuso el siquiatra con tranquilidad y misterio. Pero esto no pareció convencerla, ni a su padre tampoco.

-¿Qué podemos hacer entonces, doctor? –indagó ella, angustiada- ¿Cómo podemos inculcarle mejores sentimientos, más disciplina?

El especialista aseguró que el mejor método –el más juicioso quizás- consistiría en privarle de todos los instrumentos conducentes a perpetuar aquel peligroso pasatiempo suyo: fósforos, líquidos inflamables, papelería vieja, trapos, mecheros, velas... y, sobre todo, del tiempo ocioso en que daba rienda suelta a su febril imaginación en detrimento de las tareas escolares y otras distracciones más sanas, propias de su corta edad. Luego, le recetó unas píldoras que debía ingerir diariamente. Servirían, según él, para frenar un tanto los bríos mentales del muchacho, manteniéndole en un estado de plena conciencia atemperado por un cierto grado de estupor cotidiano que le pondría a salvo de cualquier extravío.

Nunca sospechó, al principio, que las pastillas que desde entonces le empezaron a administrar puntualmente a la hora de la cena fueran otra cosa que un potente complejo vitamínico, uno de los muchos que ya le habían hecho tomar para fortalecerlo año tras año: para los músculos, el cerebro, la sangre, el hígado, los bronquios; para abrirle, en fin, el apetito. Tampoco le asombró la súbita desaparición de las antaño ubicuas cajetillas de fósforos o de cualquier otro ingrediente de sus pasadas aventuras pirotécnicas. No tenía por qué hacerlo, ni se le hubiera ocurrido tampoco protestar. Amaba a sus padres y le hubiera resultado imposible suponer que mentían.

Sólo se percató, al cabo de algunas semanas, del profundo sopor que le embargaba no bien terminaba la cena y el reloj daba las siete o las ocho de la noche. Los bostezos –prolongados y repetidos- acababan por derrotarle; los ojos, perezosos, se le iban cerrando poco a poco, hasta caer rendido y ser cargado en brazos hasta la cama. No tenía razón, de momento, para intuir el vínculo entre las píldoras que ingería junto con los acostumbrados alimentos y el profundo sueño que éstas inducían en él a esas horas, así como el peculiar letargo que le perseguía implacablemente después que despertaba, durante el día y las tediosas jornadas en la escuela. Sus padres le halagaban y continuaron riéndose de sus ocurrencias, y haciéndole pequeños obsequios de cuando en cuando, como siempre habían hecho.

Tardó un poco, pero fue a través de sus mismos padres que logró enterarse. Una noche, cuando le depositaban tranquilamente en su lecho, creyéndole totalmente dormido, atinó a escuchar una conversación entre ambos que le reveló sus ocultas intenciones. Supo, así, no sólo del embrutecedor efecto de las pastillas que le hacían tomar a diario –que ellos juzgaban estupendo- sino también de sus bien calculados propósitos de internarlo pronto en una escuela “especial”, una suerte de asilo para niños conflictivos, de donde no saldría hasta hallarse completamente curado de sus malsanas inclinaciones. Fue un descubrimiento liberador, muy repentino, pero doloroso. Se sintió de pronto abandonado y huérfano, como si nunca hubiese tenido progenitores y su vida hasta entonces hubiese sido sólo una farsa tan ensayada como pérfida. Y aunque le costó esfuerzo sobreponerse a las consecuencias de este hallazgo, al fin logró aliviar su corazón de aquella carga y purgar su alma de todo apego a su familia inmediata. Resolvió, pues, ponerse a salvo de aquella trama de manera tan subrepticia como sus padres habían planeado anularle y desaparecerle.

Comenzó por fingir que no sospechaba algo del plan que se urdía en su contra, y que tomaba cada noche las malditas píldoras, que aprendió a ocultar cuidadosamente debajo de su lengua, para enseguida, con un gesto de apariencia casual e inofensiva, traspasarlas a un viejo pedazo de cartucho que conservaba siempre a buen recaudo, debajo del colchón de su cama o en un bolsillo de su uniforme. Poco a poco, fue acumulando de esta forma una potente pasta blanquecina que pronto, supuso, le vendría bien. Fingió también el sueño, los bostezos, el letargo a las horas y momentos de costumbre, poniéndose a salvo de cualquier suspicacia mientras tramaba sus planes de evasión. Casi al mismo tiempo, se dio a apetrecharse nuevamente de sus armas preferidas. Mendigó los fósforos a las puertas de las tabernas, donde los borrachos se los regalaron entre hipos y tropezones, o los halló botados en cualquier calle del vecindario, en los bordes de las aceras sucias y polvorientas, y hasta en los rincones más hediondos de los baños públicos. Nunca imaginó que abundaran tanto, ni que se le ofrecieran con semejante obviedad en casi cualquier lugar. Le había bastado con aguzar un poco la vista para dar con ellos inmediatamente, o con alguien que de buen grado se los obsequiara. Los fue acumulando así, pieza a pieza, hasta reunir por fin los que consideró suficientes, apenas un puñado que cabía en una simple cajita.

Llegado el momento propicio, una noche de sábado y en un lapso de afortunado descuido, deslizó subrepticiamente una buena dosis de la pasta soporífera en el vino que sus padres consumían con la cena. Agitó un poco la fórmula y aguardó; comió y bromeó con ellos, atento a sus gestos, crecientemente torpes, y a sus reiterados botezos. El efecto no fue del todo fulminante y sólo pudo constatarlo al rato, cuando abandonó la cama y se encaminó en silencio hacia la sala y pudo verlos entonces profundamente dormidos, hundidos en las butacas que ocupaban habitualmente a esa hora frente a la resplandeciente pantalla del televisor. No contento con esta simple observación, se acercó a ellos; palpó con suavidad sus pieles frías, acarició sus párpados y se cercioró enseguida de que aún respiraban pesadamente. Por toda despedida, besó entonces sus frentes y se dirigió después con tiento hacia el fondo de la casa y luego a la cocina, donde sabía que en los elevados anaqueles se hallaban escondidas, desde hacía tiempo y lejos de su alcance, las botellas repletas de alcohol de bodega y querosene. Trepándose en una escalerita, logró tocarlas con las puntas de los dedos y luego, empinándose con dificultad en las puntas de los pies, las fue derribando una a una, viendo como se hacían añicos al caer sobre el piso.

Un solo fósforo bastó para inflamar el combustible esparcido así, como un pequeño mar de fuego. Se espantó primero. Por puro impulso, casi echa a correr; pero la cautela dictó que se apartara sólo lo suficiente, a unos pasos apenas de las llamas y el fuerte calor. Las llamas fueron creciendo y avanzando, hasta apropiarse de maderas y cortinas, consumiéndolas golosamente, para envolver después las paredes y el mobiliario. Los pomos reventaban. El linóleo y el plástico se derretían en gruesos y negros lagrimones. La madera crujía y cedía, quebrándose. Fue entonces que juzgó prudente ponerse a salvo y salir calladamente del lugar, cuidando mucho de cerrar la puerta a su espalda.

Sentado en cuclillas en el quicio de un portal cercano, del otro lado de la calle, contempló más tarde con curiosidad cómo ardía y se carbonizaba su casa. No prestó atención a la algarabía de los vecinos, que en vano trataron de sofocar el incendio a puros cubos de agua y arena; tampoco a los trajines y gritos de los bomberos, que acudieron al lugar demasiado tarde, empuñando hachas y apuntando inútilmente sus mangueras al humo, las ascuas y las cenizas.

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