Saturday, January 8, 2011

Historia antigua

“Ese puente lo vuelo yo”. Eso dijo el Gran Timonel aquella noche, sosteniendo en sus manos las pruebas de galera de Con Temor, un librito de cuentos mío que la editorial El Puente se proponía publicar aquel mismo año, creo que 1965.

(Pruebas de galera, me digo, casi sonrojado de cuánto tiempo ha pasado desde entonces. Es casi la prehistoria, caramba. El tiempo en que los libros “se paraban” en plomo, y primero se imprimían en larguísimas hojas de papel bagazo, para hacerles una primera corrección y luego seguir el arduo proceso que llevaba el linotipo. El tiempo en que me tocó empezar a escribir y disponerme nada menos que a publicar un libro, teniendo apenas 17 años. ¿Será posible? ¿Seré tan viejo? Pues sí, han de haber sido pruebas de galera, concluyo, porque las conservé como una reliquia en el apartamento que abandoné en Cuba hace 30 años. ¿Quién las tendrá? ¿Sabrá que, después de pasar por las manos del Gran Timonel, volvieron a las mías?)

Fue una noche a mediados de 1965, no puedo recordar exactamente el mes, pero en todo caso no pasó de la primavera de aquel año. Debía acordarme mejor, ser más preciso, pero es verdad, me he vuelto viejo, como las pruebas de galera, y sólo puedo hacer aproximaciones imprecisas de esa época que, por lo demás, ya me importa un comino. Sé que el Gran Timonel Fidel Castro calificó mi librito de “intolerablemente morboso” y decretó el fin de la editorial El Puente en una conversación informal con un grupo de estudiantes en la Plaza Cadenas, de la Universidad de La Habana, porque el poeta Guillermo Rodríguez Rivera se lo contó con pelos y señales al día siguiente, muy preocupado, al poeta José Mario, fundador y director de El Puente, que me repitió, igualmente preocupado, lo que Rodríguez Rivera le dijo.

Pero las pruebas de galera de mi librito de cuentos no llegaron por puro soplo del azar a las manos finísimas, casi femeninas, del Gran Timonel. Tampoco el tema de la literatura había surgido por casualidad en aquella informal charla con un grupo de estudiantes aquella noche de mediados de 1965. En esa época, la literatura no se contaba entre los temas predilectos del Gran Timonel, que privilegiaba con su verbo otros campos menos ilustres, como la agricultura, en la que –se decía- era todo un experto.

Meses después, al entregarme las mismas pruebas de galera que el Gran Timonel había alzado en medio de la Plaza Cadenas aquella noche, José Mario me relató el rumbo que éstas habían seguido antes de convertirse en el eje de mucha y tonta controversia. Al parecer, un tipógrafo con clara conciencia revolucionaria le había manifestado al cuentista campesino Onelio Jorge Cardoso su inquietud en torno a un libro de contenido extraño que le había tocado “parar” en plomo. Después de pasarle la vista por encima, el cuentista coincidió con el tipógrafo en que el librito titulado Con Temor era verdaderamente extraño, y le pidió permiso para trasladárselo a un amigo suyo de las altas esferas, el comandante René Rodríguez. Fue este último, me explicó José Mario, quien llevó las pruebas de galera al Gran Timonel, como claro indicio de que no todo andaba bien entre los escritores cubanos.

“Miren lo que escribe uno de los más jóvenes”, dijo el Gran Timonel a los estudiantes aquella noche. “Es intolerablemente morboso. Ese puente lo vuelo yo”.

Y lo voló, figurativamente hablando, claro está. Tanto, que algunos acabamos muy lejos, lejísimo, para ser precisos. Y la onda expansiva se siente todavía, a juzgar por lo que se escribe y se dice ahora en Cuba sobre aquellos tiempos y eventos. En un entrevista publicada hace pocos años, la poetisa Nancy Morejón, miembro del grupo original de El Puente, se lamentaba de que cada vez que pedía la palabra para hablar en una reunión pública, le parecía que alguien iba a decirle: “Cállate la boca, porque ustedes, la gente de El Puente...”

No es para menos. Yo podría acabar esa frase ominosa que ella dejó en suspenso, porque puedo hacerlo sin atenerme a grandes consecuencias: “...porque ustedes, la gente de El Puente, se atrevieron a mandar a imprenta un libro extraño, intolerablemente morboso, que el Comandante Jefe exhibió como prueba de lo mal que iban las cosas entre los escritores cubanos”.

¿Le parece poco a Nancy?

De los tiempos de las pruebas de galera regreso, pues, a la época de las ediciones impresas a pedido y los libros digitales. Ha pasado demasiado tiempo. No tengo casi memoria de aquel librito, ni quiero tenerla. A los 17 años, salvo que uno sea un genio, no se escriben obras maestras precisamente. Sin temor a equivocarme, desde la perspectiva que da una relativa madurez, doy ahora por sentado que fue un libro malo que tuvo la buena suerte de quemarse en el fuego de la historia, entre las llamas que cocinan todos los mitos. Eso, al menos, es algo que puedo agradecer al Gran Timonel.

No comments:

Post a Comment