Sunday, January 9, 2011

Disparates que revelan la verdad

Debo confesar que al escribir mi última novela, Pájaro de Cuenta, nada me dio más placer que transgredir la verdad histórica; sobre todo, quizás, por lo poco que ésta tiene de verdad y de historia.

Parece, de hecho, la antítesis de los dictados del periodismo serio que abracé como profesión durante décadas: atenernos escrupulosamente a hechos comprobables, respaldados por documentos, citas precisas e investigaciones infatigables. Pero la ficción se rige, en realidad, por dictados diferentes, que nos permiten inventar –y hasta mentir en aras de la literatura- para descorrer el velo de una verdad superior, indemostrable quizás, pero también evidente.

Pájaro de Cuenta no pretende en absoluto describir eventos, sucesos y personajes reales. Más bien, su trama y sus personajes nos remiten a una realidad que fue tal como yo la relato, pese a todos los eufemismos y endulcorantes con que ha sido distorsionada por los testimoniantes, críticos e historiadores.

Basta con remitirnos al mismo período en que la novela pretende desarrollarse, el Quinquenio Gris. El término fue acuñado en Cuba por el crítico literario Ambrosio Fornet, para referirse a un período bastante siniestro de la vida cubana que tuvo lugar en la década del 70, y durante el cual –si vamos a creer a Fornet- los escritores cubanos se desentendieron de los asuntos sociales complejos y potencialmente conflictivos, para optar por versiones más simplistas y domesticadas de la realidad a que aludían en su discurso.

¿Verdad histórica o mentira piadosa? Ustedes dirán. Algunos se han atrevido incluso a poner en duda que este quinquenio haya durado, en efecto, sólo cinco años, y de que haya sido precisamente gris. El propio Fornet ha tenido que defender su postura, y hasta reconocer, a su manera, que los pretendidos cinco años de literatura fácil y aquiescente, pueden haber sido más. Diez, veinte. ¿Quién sabe?

Pero cualquiera que haya vivido en Cuba esos años duros y esos tiempos difíciles sabe que el período de marras no se limitó a los cinco años que normalmente abarca un quinquenio, y que pudo haber empezado mucho antes del injustificable arresto del poeta Heberto Padilla. Incluso pudo haberse prolongado también mucho más allá de esos años, hasta nuestros días posiblemente, a juzgar por la multitud de castigos que por delitos de opinión se siguen imponiendo en la isla a intelectuales, escritores, periodistas y disidentes.

Algunos argumentarán, no sin mucha razón, que para presentar esta verdad histórica bastaría una exhaustiva indagación semejante a la que hizo Alexander Solzhenitsyn para su monumental libro Archipiélago Gulag. Pero el acceso a esta verdad no sólo tropieza con el obvio obstáculo de una censura y una represión sin límites; también se topa con hechos a los cuales los propios intelectuales pretenden cerrar los ojos. No quise, por lo demás, escribir un libro tan "serio", porque en Cuba todo es puro relajo... hasta el dolor.

Y es que, irónicamente, el llamado Quinquenio Gris –esa mentira que ha cobrado curso lícito, como legitimación semántica- es algo más que el simple producto de un régimen totalitario que, de manera absolutamente irracional, se dio a intimidar y a devorar a sus propios intelectuales durante cinco o diez años, entre las décadas de los 70 y 80.

El terror desnudo en que se vio envuelto el mundo literario y artístico cubano en esos tiempos tuvo un insólito puntal más allá de la cúpula dirigente y sus policías. Paradójicamente, la fascinación de gran parte de la intelectualidad cubana con la versión de socialismo marxista preconizada por Fidel Castro jugó un extraordinario papel impulsor de la represión en este período sin aparente comienzo ni fin. Sólo así puede explicarse que, aún a estas alturas, deba Fornet recurrir a eufemismos y falsedades para explicar la esterilidad del Quinquenio Gris, cuando la más clara explicación no es otra que el miedo, la cobardía y la complicidad de los propios intelectuales.

Quisiera creer que el protagonista principal de Pájaro de Cuenta, el dramaturgo Virgilio Piñera (o mi versión de él), es realmente el Virgilio que muchos conocimos; pero la realidad es otra. Virgilio Piñera, es decir, el nombre del autor de Electra Garrigó, sólo me sirve de pretexto para ejemplificar el profundo miedo, el narcisismo profesional y la ignorancia política que desafortunadamente caracterizaron a los escritores cubanos de esa época, facilitando de hecho al régimen cebarse en sus filas impunemente.

De igual manera, yo mismo me presento en la novela como personaje secundario –Manolo Ballagas, el hijo del poeta- pero no soy remotamente en esa ficción el que realmente fui en ese entonces. Ciertos rasgos y hechos triviales aluden a la realidad, a la sustancia del personaje en que me convierto, pero malamente podría decir que soy yo, en efecto, el que suplanta al trovador Silvio Rodríguez en una tertulia que describo en el segundo capítulo del libro.

“Mendaz, homofóbico, insolente, ofensivo” serán algunos de los terribles epítetos que caerán sobre mí cuando publique este delicioso libro. Cada nombre real que he introducido en Pájaro de Cuenta (Antón Arrufat, Pablo Armando Fernández, Alfredo Guevara, Roberto Fernández Retamar son algunos de ellos) saltará, indignado, para descalificar mi novela como un sacrilegio o un libelo.

Me importa un bledo. Sé que Virgilio Piñera, donde quiera que esté, se va a reír de lo lindo con este enredo satírico que he creado, y donde hasta el fantasma de mi padre es protagonista. A veces, es preciso que la ficción violente la verdad, para que la mentira elegante, justiciera, llene los huecos que los represores y sus cómplices han dejado abiertos, a la vista de todos.

Para una muestra de la mistificación con que se presenta el Quinquenio Gris desde una perspectiva oficial en Cuba, pinchen aquí y lean esta entrevista con el ministro de Cultura Abel Prieto. No tiene desperdicio.

No comments:

Post a Comment