Friday, January 14, 2011

Mi conversación con Cabrera Infante

Recuerdo aquella tarde claramente. (Es un milagro, porque de esa época conservo ya pocos recuerdos, quizás porque me he vuelto viejo y mi memoria, a su vez, se ha hecho más selectiva). El Gran Timonel había fustigado mi librito de cuentos en una charla informal con un grupo de estudiantes universitarios y eso había bastado para transformarme en un verdadero rompegrupos. Donde quiera que me presentaba, se producía un repentino vacío. Uno a uno, los que ocupaban mesas o sillas en el sitio adonde yo llegaba empezaban a despedirse bajo diversos pretextos. Nadie quería contagiarse, por lo visto, de la mala racha por la que yo pasaba. Tremenda carga emocional para el adolescente que todavía era. Caramba, no creo que había cumplido aún 18 años.

Pero no todos rehuían mi compañía. Todavía había locos que deambulaban conmigo. Y aquella tarde de comienzos de 1965 me movía por La Habana con el fotógrafo Fernando Lope –más conocido como Chino Lope- en busca del novelista Guillermo Cabrera Infante, que estaba de regreso en Cuba para asistir a los funerales de su madre, y que presuntamente debía partir pronto hacia Europa, donde desempeñaba un cargo diplomático.

El Chino buscaba a Cabrera Infante, porque éste –según él, que siempre desvariaba- le había prometido usar una fotografía suya como portada de su novela Tres Tristes Tigres, ganadora, poco tiempo antes, del Premio Biblioteca Breve, de Seix Barral. Quería entregarle la foto –y como buen obsesivo- darle instrucciones precisas, muy minuciosas sobre cómo usarla, pero sobre todo, cómo no usarla. Quería también, como buen pedigüeño que era, obtener algún adelanto del pago en divisas que supuestamente debía rendirle aquella portada. Total, aspiraciones tontas a las que yo no hacía demasiado caso.

Pero dimos al fin con Cabrera Infante, que se estaba quedando en el apartamento que su padre ocupaba en un edificio de la calle G, en el barrio habanero de El Vedado. No fue fácil, porque se decía que la Cancillería cubana estaba considerando no dejarle regresar a Bruselas, y el novelista no quería ver a absolutamente nadie, por temor a complicar las cosas. Yo estaba feliz, porque admiraba a Cabrera Infante desde que había leído su libro de relatos Así en la Paz como en la Guerra, y sobre todo, desde que había escuchado una serie de conferencias suyas sobre la Nueva Ola del cine francés. No podía esperar el momento de que alguien me lo presentara.

Con gran misterio, conseguimos que el padre de mi admirado escritor nos abriera la puerta del apartamento, tras advertirnos seriamente que Guillermo no podría dedicarnos más que cinco o seis minutos. “¡Gracias, mi viejo!”, repuso el Chino, antes de irrumpir en la casa como una verdadera tromba, llamando a Guillermo a gritos.

Cabrera Infante estaba sentado en la terraza del apartamento, con las manos cruzadas en su regazo y los ojos fijos en el vacío, meditando seguramente sobre el destino que le tocaría sufrir si no le dejaban regresar a Europa, pues, como ahora sabemos, en ese preciso momento ponderaba ya buscar asilo no bien pisara tierras libres. Eso no lo sabía yo, por supuesto, ni mucho menos el Chino, que corrió a abrazarlo y enseguida empezó a darle las instrucciones sobre el uso de su fotografía y a “hacerle un disparo” por cincuenta o sesenta pesitos que necesitaba como adelanto, “para no morirse de hambre”, como dijo en tono desesperado.

El autor de Tres Tristes Tigres lo escuchaba azorado, palpándose los bolsillos y pretextando que carecía de fondos en ese momento con que darle semejante adelanto al fotógrafo. De cuando en cuando, me dirigía miradas inquietas, preguntándose seguramente quién era aquel chiquillo raquítico y silencioso que se había sentado sin más ni más en la otra silla que había en aquella terraza. Cuando, al fin, el Chino logró sonsacarle un billete de 20 pesos, el fotógrafo se volvió hacia mí y le dijo a Guillermo: “Mulato, te presento a Manolo Ballagas”.

El mulato palideció, si es que eso es posible para alguien de tez tan aceitunada. Mi nombre era como lodo radiactivo para aquel entonces y la sola mención de éste debe haberle hecho pensar que su regreso a Bruselas colgaba de un hilo más fino todavía, ahora que nos habían presentado.

El Chino de pronto salió corriendo, gritándole algo al padre de Cabrera Infante, que andaba por la sala. Creo que después le dijo, con tremendo vozarrón: “Viejo, haga un poco de café, que estamos partidos del hambre, nos han condenado al hambre, viejo”. No sé si alguien hizo café, porque nunca llegué a tomarlo. El novelista y yo nos quedamos solos en la terraza. El no me miraba; no hacía más que ajustarse sus espejuelos al tabique de la nariz.

“Entonces, ¿usted es el hijo de Ballagas, el poeta?”, me preguntó al fin, para cerciorarse.

“Sí”, contesté. Después, se me ocurrió preguntarle si pensaba quedarse o si volvería a Europa.

Fue una pregunta inocente, de esas que aquí llamarían ice breaker, pero le puso los pelos de punta, estoy seguro. Ni se molestó en contestar, por supuesto. Pretextando algo, Cabrera Infante se levantó de pronto y fue adonde el Chino, que atormentaba a su padre con alguna historia. De lejos, vi al novelista decirle algo al oído. El Chino le contestó en voz baja, manoteó un poco, pero enseguida le estrechó la mano en una clara señal de despedida. Cabrera Infante desapareció por el fondo de la casa y ya no volvió a la terraza, ni para despedirse. Así terminó nuestra plática. Ahora que he hecho memoria, recuerdo este recuerdo como un pasaje de Tres Tristes Tigres que leí mucho después: la parte en que Arsenio Cué, después de hacer antesala ante un magnate y entrevistarse con él, acaba muerto de un disparo que le hace éste, sin razón (y sin consecuencia) aparente.

Cuando llegamos a la calle, caminando cerca del restaurante Puerto de Sagua, el Chino me dijo que Guillermo se había puesto muy nervioso con nuestra visita. Nervioso, no; muy asustado. Me contó que le había reprochado haberme traído a su casa sin avisarle, sabiendo los muchos problemas que él tenía, y los muchos más que yo podía traerle en ese momento. “Esto es muy inoportuno, Chino”, fue lo que le dijo, según él.

“Coño, Ballaguita, me jodiste”, concluyó él. Seguramente se refería a los míseros 20 pesitos que Cabrera Infante le había dado, después de mucho rogarle.

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