Saturday, January 29, 2011

Romance de la nostalgia y el suicidio

Releo con inusitado deleite un libro que ya casi había olvidado, Islands in the Stream, de Ernest Hemignway. No el libro entero, claro. Tengo demasiado que leer, que escribir, para embarcarme en lecturas (o relecturas) semejantes.

Más allá de las intenciones del Papa con la totalidad de esta sabrosa novela, el fragmento cubano del libro, que se desarrolla en la misma época en que Hemingway perseguía submarinos alemanes a lo largo de las costas cubanas, abre una nostálgica ventana a una Cuba desconocida para mí, cuando Hemingway podía acudir al Floridita, sentarse a leer tranquilamente un periódico Crisol o Alerta, sorbiendo un helado daiquirí, y hasta alternar y jugar cubiletes con los cubanos en esa barra, vedada hoy en día para los cubanos de a pie.

Pese a todas las descripciones de carencias y miserias, y el tono paternalista que asume el autor muchas veces, con su comparsa de obsequiosos lacayos cubanos, no puedo evitar, al releer Islands in the Stream, experimentar esa rara añoranza que uno siente, sin saber por qué, por una época que nunca vivió ni mucho menos sufrió. Estoy seguro, con la certeza que da un claro conocimiento del presente, de que aquellos fueron tiempos mucho mejores y más amables, aun para el más pobre de los pobres, cuando apenas un corto vuelo en clipper separaba a La Habana de Cayo Hueso.

Con la proustiana evocación que provoca cualquier relectura, realizo un inevitable flashback. No a los tiempos del general Manuel Benítez y a los de los submarinos alemanes que persiguía Hemingway, sino a una época más reciente, cuando Islands in the Stream acababa de publicarse, allá por los años 70, y yo todavía vivía en Cuba.

Alguien, no recuerdo quién, me sopla al oído un trágico chisme: un ex funcionario cubano, medio disidente él, se había suicidado poco antes, en medio de la lectura de la novela de Hemingway, a la que sólo muy pocos en Cuba habían tenido acceso. Yo no estaba entre ellos.

Aun después de haberla leído con cierto atraso, me pregunté muchas veces por qué el funcionario había envuelto una pistola en una vieja toalla, y después de emborracharse como un perro, se había llevado aquel bulto a la boca, y se había quitado la vida de un disparo. Ahora, que vuelvo a leer el libro, al cabo de tanto tiempo, entiendo perfectamente por qué esas islas en la corriente le pusieron tan triste.

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