Monday, January 24, 2011

Un adelanto de lo que escribo

La lejanía –y en particular la del exiliado- es siempre procreadora de graves y disparatados mitos. Este relato, aunque no se fundamenta en experiencias demasiado directas, me lo sugirieron los numerosos chismes que escuchaba de cuando en cuando sobre amigos y conocidos que habían partido de Cuba en diferentes circunstancias. A una, por ejemplo, le atribuían haberse casado con un millonario texano que la mantenía en una mansión de Dallas a base de puros mimos y billetes. De otro, un infeliz poeta, afirmaban que después de abjurar de sus juveniles ideas progresistas, se había pasado al bando enemigo y era colaborador cercano de la CIA, para la cual cumplía las más siniestras misiones.

Y aunque nunca he tenido el placer de enterarme de las leyendas que sobre mí, estoy seguro, se han tejido en Cuba desde que me fui hace 30 años en un bote, sí me contaron un gracioso rumor que se corría en Miami sobre este servidor, después de que nos mudamos a Nueva York en 1998. Supuestamente, mi esposa y yo vivíamos en la más absoluta opulencia, teniendo por vecinos nada menos que a Bill y Hillary Clinton. Como siempre, todo rumor o chisme tiene su ápice de verdad, pero el producto de las buenas y malas lenguas es siempre excelente ingrediente para las carcajadas literarias.

De modo que aquí les va este sabroso cuento, muy al margen de las aventuras de Manny, mi personaje preferido, de quien seguiré escribiendo. Quizás éste se convierta en parte de un futuro libro con un tema común; todavía no sé. El título me encanta:

Malas Lenguas
Por Manuel Ballagas

En su ausencia, sus amistades y colegas corrieron toda clase de rumores tremebundos sobre sus andanzas en el extranjero. No le olvidaron, pero le convirtieron a veces en un cómico personaje de leyenda.

Unos le atribuyeron una escala relativamente prolongada en Madrid, donde, obligado por las circunstancias, tuvo que recorrer las calles vendiendo cigarrillos de contrabando, cuando no mercancías de lujo espurio y falsas etiquetas. Según algunas versiones, luego de una infructuosa carrera de delitos y estafas menores, fue a parar finalmente a la cárcel de Carabanchel, de donde fue rescatado por un capo mafioso de origen árabe y nombre casi impronunciable. Este, que por puro azar resultó ser un amante de las bellas letras, se compadeció de su destino y le encargó la escritura de sus memorias de rufián, tarea mucho más fácil y remuneradora que emprendió enseguida desde un cómodo y elegante piso que el pandillero puso a su disposición en el centro de Málaga. Allí, entre tragos exquisitos y caricias de mujeres fáciles, estaba a punto de concluir aquel espantoso recuento de crímenes y engañifas, cuando la Guardia Civil echó el guante a su mecenas, obligándole a huir nuevamente con rumbo desconocido, esta vez con un maletín repleto de dólares y piedras preciosas.

El relato de sus peripecias parece interrumpirse brevemente en esa época, como si los chismosos le hubieran perdido de pronto la pista, para reiniciarse varios años después, a fines de la década de los sesenta, época por la cual, según las malas lenguas, se había establecido ya del otro lado del Atlantico, en Miami, y hasta comprado allí una mansión antigua en el exclusivo vecindario de Coral Gables. Disponía también en ese entonces, de acuerdo con estas versiones, de una pequeña flota de autos de lujo, hechos a la medida de su refinado gusto, y de una amante japonesa que regenteaba juiciosamente sus negocios desde una lujosa oficina ubicada en una torre donde se podía divisar la bahía a toda hora e incluso su tierra natal en las mañanas claras de verano. Políticos y potentados acudían a todas sus fiestas y saraos, contagiándole el dulce imán de su prestigio y brindándole la protección que todo pillo encumbrado siempre necesita. De su vieja pasión por la escritura, decían, no quedaban ya sino tenues vestigios, habiéndola abandonado en su apresurada fuga hacia la opulencia. Sin embargo, de acuerdo con ellos mismos, la nostalgia por su antigua vocación no cesaba de acosarle, sobre todo cuando repasaba con los dedos los innumerables volúmenes de libros antiguos que había ido acumulando en su biblioteca, adornada, además, por valiosas obras de arte adquiridas en subastas internacionales.

Tiempo después, aseguraban algunos de sus conocidos de antaño, había caído súbitamente en desgracia. Su amante japonesa, amenazada por la policía con una larga condena de cárcel, había plagado de micrófonos ultrasensibles su mansión, su casa de verano en las montañas, su oficina y su yate. Una vez descubiertas sus turbias tramas de contrabando y ciertas operaciones financieras inexcusables, se vio obligado a convertirse en testigo de cargo en uno de los tantos procesos escandalosos que empezaron a seguirse en aquella ciudad contra personalidades del clero, los negocios y la política. Todas sus propiedades, entre ellas los autos de lujo, las cuentas bancarias, la biblioteca y la colección de obras de arte, fueron confiscadas como parte del trato hecho con los fiscales. De acuerdo con estas versiones, un poderoso cacique criminal de Sudamérica puso entonces precio a su cabeza, por lo que, concluido el largo juicio, no le quedó otro remedio que asumir una nueva identidad en una ciudad distante y secreta, donde empezó a malvivir con la magra pensión que el gobierno asigna a los delatores protegidos, siempre con el temor de ser alcanzado en la nuca por una bala vengadora.

No es de extrañarse, pues, que el siguiente chisme le sitúe, años después, en un vetusto motel en las afueras de Las Vegas, calentando sopa enlatada con una mano y espantando ratas con la otra. Cuentan que una tarde, aterrado, escuchó que alguien tocaba a la puerta de aquella infecta habitación e instintivamente llevó su mano diestra a la Magnum calibre .44 que guardaba en su cartuchera como precaución. Con ensayado estoicismo, se dispuso luego a morir con las botas puestas, seguro de que le había tocado ya el turno. Pero su triste existencia cobró pronto un giro tan inesperado como aquella provindencial visita. Una figura encumbrada de Washington había tomado en ese entonces nota de su situación desesperada, pero sobre todo, de los numerosos contactos que todavía poseía en las altas esferas del gobierno en su país natal, por lo que se le brindó la oportunidad de recorrer el mundo para ofrecer a sus viejos amigos y conocidos la posibilidad de una deserción fácil y bien remunerada en cualquiera de las capitales extranjeras que estuvieran visitando en misión oficial. Tomando en cuenta lo arriesgado de estas tareas encubiertas, los servicios especiales estadounidenses no escatimaron en gastos, incluyendo una transformadora cirujía plástica, así como nuevos e inescrutables documentos de identidad. Se rumoró, a partir de entonces, que era asiduo de los círculos más exclusivos de la diplomacia y el oficialismo en países diversos, desde los puntos más recónditos de Asia hasta el resto de América, sin excluir a Europa, donde parecía tener su cuartel general. Literatos, embajadores y hasta funcionarios de poca monta que le habían conocido alguna vez denunciaban, a su regreso, haber sido objeto de sus cortejos, aquí o allá. Aseguraban que se había aproximado a ellos, zalamero, y portador de una valija repleta de billetes, en una boîte de París, en uno de los tantos recovecos del aeropuerto de Roma o simplemente cruzando el Puente de Londres, donde se hallaba dizque “por pura casualidad”. Su cinismo era tan transparente como su afán de lucrar con aquellas deserciones, por las cuales le pagaban con cuantiosos fondos que la agencia de espionaje depositaba a su nombre en una cuenta suiza numerada. Uno incluso juró haberle visto bañarse, ebrio, delirante y vestido de esmoquin, en la Fontana di Trevi, imitando, por cierto, una escena de una de sus películas italianas preferidas. Celebraba, sin duda, la vergonzosa capitulación de un viejo amigo.

Ya para entonces, de acuerdo con estos relatos, se había extinguido completamente en él su antiguo y profundo amor por las letras. No sólo no escribía ya; tampoco leía. Y en una clara señal de su desprecio por la cultura y la civilidad, se había sumado a algunas de las bandas sanguinarias que asolaban por aquel entonces distintos países de América Latina, liquidando a disidentes y desafectos de izquierda, entre ellos numerosos escritores y aspirantes a serlo, infelices y talentosas víctimas a quienes –según ciertas versiones- había interrogado con saña antes de matarles de un disparo en la cabeza o lanzarles al mar desde un helicóptero en pleno vuelo. Juraban otros que existía también una foto en blanco y negro en que se le ve claramente, sin lugar a duda alguna, arrojar libros en una pira incendiaria en pleno centro de Santiago de Chile, durante los primeros días del golpe militar. Su rostro, distorsionado por un rictus de odio salvaje, parece encarar con orgullo la cámara, como si someter al fuego las obras del intelecto humano le proporcionara un extraño y profundo placer. “No hay peor furia que la de un escritor frustrado”, afirmó uno de sus antiguos allegados al tener noticia de aquel acto de indecible vesania.

Nadie ha sabido decir a ciencia cierta si fue antes o después, ni siquiera cuándo exactamente, pero llegó a atribuirsele en algún momento una participación marginal en el publicitado escándalo que provocó la renuncia del presidente Richard Nixon. Estas versiones le excluyen con toda certeza de la corta nómina de “plomeros” de Watergate, bastante conocida en virtud de toda la información publicada en los periódicos más respetados, para asignarle, sin embargo, el papel más embozado y siniestro de coordinador no inculpado, de facilitador en la sombra. Sus viejas relaciones con los servicios de inteligencia y los numerosos instrumentos documentales de chantaje que había ido acumulando hasta entonces a lo largo de su ya extensa carrera criminal le habrían valido esta rara muestra de clemencia por parte de las autoridades. Sólo se le exigió discretamente que abandonara el país hasta que la curiosidad de la prensa y la paciencia del público se aplacaran, algo que hizo sin mucho ruido, para sentar plaza enseguida en sitio desconocido.

Fue allí precisamente, según los chismosos, que conoció y contrajo matrimonio con una acaudalada dama española que se enamoró de su facha, su intriga y sus versos; porque en aquél, su nuevo exilio, había renacido en él el amor por la música de las palabras, y él supo servírselas en bandeja de plata. Instalado tiempo después en una mansión señorial y playera de Mayorca, y rodeado de lujos, más que burgueses, plenamente aristócraticos, se dio a anotar sus pensamientos en un diario de tapas de cuero, donde también plasmaba, de cuando en cuando, algún que otro poema. Se diría, aseguraban sus viejos colegas, que tras una ausencia tan larga de los misterios gozosos de la escritura, su antigua vocación había resucitado con bríos tan potentes como inexplicables, ahora que no tenía que dormir con una pistola debajo de la almohada y su flamante esposa le colmaba de todos los incentivos y comodidades para armar su obra e incluso publicarla en algunas de las editoriales más prestigiosas de la península. Según estas versiones, para protegerse de cualquier fantasma de su turbulenta vida pasada, sus libros ostentaban sólo un seudónimo guardado bajo estricto secreto.

Al año siguiente, empero, uno de sus viejos conocidos trajo de un viaje al extranjero una curiosa historia suya que alguien le contó de muy buena tinta, y según la cual su muelle existencia de conde o de marqués ibérico se había visto interrumpida trágicamente con el estallido de una potente bomba que le privó, a la vez, de mansión y esposa. De pura suerte, salió de este difícil trance con vida. Se trataba seguramente de una venganza tardía por sus viejas andanzas y traiciones, concluyeron algunos de sus antiguos colegas, para quienes su pista se desdibuja a partir de entonces en una serie de anécdotas conjeturadas y posiblemente imaginarias, en que algunas veces se le ve derrochar la herencia de su esposa muerta en un suntuoso casino de Madrid, rodeado de pillos y aprovechados que saquearon completamente su patrimonio, o entregado a las drogas y el alcohol en un tugurio de Marrakech, de donde se le expulsa finalmente tras verse involucrado en un sonado escándalo sexual con la joven sobrina de un emir.

Cansado, triste y derrotado, de acuerdo con rumores que empezaron a circular más adelante, volvió renuentemente a Estados Unidos a bordo de un avión privado que alguien –quizás uno de los tantos rufianes con que había trabado conocimiento a lo largo de muchos años- puso a su disposición a fines de los setenta. Dado que se hallaba en la mira de un sinfín de acreedores y sicarios, buscó refugio poco después, aseguraban, en el mismo y apartado convento de Kentucky donde el sacerdote Thomas Merton escribió sus famosos libros sobre la vida monástica. Desde allí, consiguió cobrar con la ayuda de un tercero los cuantiosos honorarios de sus libros publicados bajo seudónimo, lo que le permitió restablecerse sin mucha dificultad en la vida pública. Pagó sus deudas, sobornó a sus viejos enemigos con enormes desembolsos, hasta que al fin, sin temer ya por su vida y hacienda, regresó a Miami pocos meses antes de un acontecimiento insólito y escandaloso en que, al poco tiempo, sus colegas y conocidos de antaño empezaron a atribuirle un importante y crucial papel.

Según estas versiones, se le habría visto en ese entonces merodear por la dársena a la que acudieron miles de embarcaciones estadounidenses a recoger familiares y refugiados en uno de los éxodos más masivos de la historia, en compañía de altos funcionarios y militares con quienes parecía sostener un trato de absoluta cordialidad y entendimiento. Trepado a uno de aquellos barcos, y dotado de un altavoz, impartía a menudo órdenes y divulgaba comunicados oficiales, mientras miles de sus compatriotas hacían fila para hacerse a la mar y al exilio. Algunos han asegurado que una palabra suya en aquellos momentos bastaba para privar a cualquiera del ansiado viaje, o para colocarle, si así se le antojaba, en el más veloz y seguro de los barcos. Todo a cambio de una generosa retribución que alimentaría aún más sus arcas de bandido, aunque del monto de su fortuna, y aun de su destino final, nunca se ha llegado a conocer cifras o datos muy precisos.

En todo caso, el comienzo de la década de los ochenta parece pillarle con escasos recursos pecunarios, porque otros chismes y rumores le sitúan para entonces en Bangkok, adonde ha debido huir, oculto en la bodega de un barco de carga, por no saldar una vieja deuda con el fisco estadounidense, siempre implacable y codicioso. Privado de acceso a sus cuentas y con todas sus propiedades confiscadas nuevamente, se entrega, nos cuentan, a toda clase de excesos en la capital tailandesa, lugar donde habría de tomar –si hacemos caso a sus viejos conocidos- la trágica decisión de quitarse la vida. De acuerdo con estas versiones, un conserje anciano descubrió su cadáver una mañana, cuando se disponía a entregarle una orden de desahucio, tendido en su cama junto a una prostituta de catorce años que no se había percatado de la frialdad de su cuerpo. La noche antes, había ingerido una abundante mezcla de ajenjo y medicamentos sicotrópicos con que seguramente logró conciliar el sueño eterno.

Las leyendas tejidas sobre sus peripecias y aventuras en tierras foráneas cesan, muy previsiblemente, por esa época, y no vuelven a hablar de él sus antiguos colegas y amigos con la misma frecuencia de antes. Poco a poco, postergan referirse a él, y cuando lo hacen, es casi siempre al final de una tanda de tragos en una taberna o como tema marginal de sobremesa. Algunos, eso sí, dudan que haya muerto. “¿Se ha sabido algo más de él?”, pregunta uno, casi somnoliento, y los demás cabecean, sin saber qué contestar ni agregar a lo mucho que ya se ha hablado. “Qué personaje”, aventura otro al fin, seguro de que no le volverá a ver.

Pero sucede que un día se atreve a regresar, viejo, calvo, barrigón y contento. Nadie le pide explicaciones en el aeropuerto por su deserción en Europa, más de treinta años antes; tampoco a la entrada de la sede del gremio de escritores y artistas que solía frecuentar antes de su fuga y donde pocos ya le conocen. Se pasea por el lugar con la mirada ausente y el aire de un turista aburrido, hasta que alguien, un pintor de muchos años pero con vista de águila, le reconoce de pronto, a pesar de lo mucho que ha cambiado. Y así, en cuestión de minutos se halla sentado a una mesa de la cafetería con un grupo de viejos conocidos y colegas, a quienes convida a beber y comer bocadillos con la generosidad de un pachá. Ninguno le pregunta por aquellas andanzas suyas, ni osa indagar tampoco si escapó una vez de Madrid con una maleta llena de dólares, ni si fue el coordinador oculto de los sucesos del Watergate, ni si quemó libros en Santiago, ni mucho menos se atreve a mencionar la exagerada versión de su suicidio. Se limitan a escucharle, embelesados, mientras les cuenta que después de trabajar muchos años en un periódico mediocre y aburrido, se retiró al fin, y ahora vive y escribe tranquilamente una novela en un aletargado pueblecito de la Florida.


© Manuel Ballagas. Prohibida la reproducción por cualquier medio sin autorización del autor.

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