Thursday, February 3, 2011

La muerte no tiene remedio

He titulado así esta parte de un libro en proceso de escribirse, donde se siguen las aventuras de Manny, mi personaje preferido. Describe un estado de ánimo muy común entre quienes tenemos enemigos allá que a menudo afloran de este lado, olvidados de todo el daño que nos hicieron. Como funciona como relato, me decido a colgarlo aquí, como aperitivo de un festín que podrán disfrutar completo más adelante.

La muerte no tiene remedio
Por Manuel Ballagas

Llegó de noche y me pidió la pistola. Parecía ansioso. Le dije que no la tenía, y era verdad: la había vendido hacía tiempo, no me acordaba de cuándo. Creo que me cansé de pasar las noches en vela, pensando en volarme la tapa de los sesos con ella. Era una tortura, demasiada angustia. Omaygá, mejor no andar ahí.

-¿Para qué la quieres? –le pregunté.

-No sé, Manny, no sé –contestó.

Me dio lástima y lo invité a pasar. Después, me achanté en el sofá, prendí un Marlboro y le miré directo a los ojos. Parecía confundido y casi al borde de las lágrimas. Medio melancólico. ¿Se querría suicidar también?

Le dije: Mira, Pitaluga (creo que así se llamaba, si mal no recuerdo, no tengo buena memoria para los nombres). Mira, brode, tú no quieres buscarte una desgracia ahora que te estás anivelando. El era nuevo en el barrio; yo era el único amigo que tenía en La Sagüesera. Trabajaba de dependiente en un discaun; ganaba poco, pero le alcanzaba más o menos para pagar los biles. Ya tenía su carrito, lo había visto. Pronto se buscaría una mujer. ¿Qué más podía pedir? ¿Pajaritos volando?

-Rézale a los santos para que te quiten esa mala idea de la cabeza –le dije.

-Tú no entiendes –repuso él.

-Explícame –dígole.

Me contó que lo había visto unas horas antes, tomándose tranquilamente un café en una fondita de la Ocho, a pocas cuadras de su casa. Gordito, bien vestido, sonriente. Con una prenda de oro al pescuezo y hablando hasta por los codos, haciendo chistes. Tenía incluso amigos que se reían de sus gracias, cuando alguien así no merecía tenerlos, ni mucho menos respirar el mismo aire que nosotros. Nunca pensó que se lo iba a encontrar aquí, tan campante, después de todo el daño que le había hecho allá. No era justo.

No me molesté en preguntarle más. Era algo que pasaba a menudo, pero nadie se resignaba. El mismo modefoca que te había hecho la vida un yogur en tu barrio, y que te había mandado a meter preso para cogerse tu casa y acostarse después con tu mujer o aprovecharse de tu hija, un buen día se montaba en un avión, aterrizaba aquí, hacía un montón de declaraciones tremebundas en la QBA y después se mudaba al lado tuyo, como si tal cosa. A veces, ni los buenos días te daba, ni las buenas noches tampoco. Ni una simple satisfacción, ni una disculpa. Nada.

-Por culpa de él tengo esto –me dijo entonces Pitaluga.

Se levantó la camisa y me enseñó sus cicatrices. Tremendos verdugones. Le cruzaban la espalda y el pecho. Me dijo que eran de presidio. Yo tenía unas parecidas, pero no se lo dije, ni se me ocurrió enseñárselas. No me gusta alardear de los planazos que me han dado, ni de las bofetadas, ni de los empujones, ni de los gritos, ni nada. Uno no debe jactarse nunca de sus heridas. ¿Para qué? Eso es cosa de pendejos. Pero me dolió mirárselas; siempre me pasa. Parece que soy un foquin comemierda.

-¿Estás seguro que es él? –le pregunté.

-Casi seguro, Manny –respondió.

-¿Por qué casi?

-No sé –dijo- Lo vi de lejos y se me pareció, pero estaba oscuro.

-Si quieres matarlo, no te puedes equivocar –le advertí- La muerte no tiene remedio.

-Yo sé –dijo él- Por eso no quería matarlo.

-¿Y qué quieres entonces?

-No sé, Manny –contestó- Asustarlo, recordarle todo lo que me hizo, que se arrodillara y me pidiera perdón por lo menos.

-¿Y para eso tú necesitas una pistola, brode?

-¿Qué tú crees?

-Que esto hay que arreglarlo hoy –le dije.

-Por eso te vine a ver.

Lo pensé bien. Apagué el Marlboro en un platico plástico que tenía cerca y eché mano al pomo de pastillas. Estaba al pie del sofá, medio vacío ya. Me espanté una, y después de pensarlo mejor, me espanté otra. Eran de las mismas que yo vendía entonces: para la digestión, el mal de sueño, la memoria, el dolor de cabeza, la garganta, el hígado, las arrugas de la piel y un montón de cosas más. Tengo el fondo de la casa y el maletero del carro lleno de cajitas, folletos y tarjeticas; la gente a veces me compra. Es cuestión de suerte y maldad. Le tendí el pomo a Pitaluga.

-¿Para qué son? –preguntó

-Para los nervios –dígole.

Se tomó dos también. Parece que le gustaron. Ni agua me pidió. Dicen que hay que tomarlas con líquido, pero a mí no me gusta abrir el refrigerador sin camisa. Una vez me dijeron que era malo para los pulmones.

-¿Te sientes mejor?

-Sí, Manny, más sereno, cómo no.

-Son buenas.

-Yo sé, todo el mundo te compra.

-Ojalá.

-¿Te sale negocio?

-Casi siempre –respondí- Aquí todo el mundo tiene algo y nadie quiere ir al médico.

-Sale demasiado caro.

-¿Me lo dices a mí?

-Estoy más calmado.

-Menos mal –le dije.

En eso, me levanté, busqué en el clóset y lo encontré enseguida, debajo de un montón de camisas y pantalones sucios. Sabía que estaba en alguna parte, pero no me acordaba. Cuando se lo enseñé, Pitaluga puso los ojos como un par de platos. Seguro que nunca había visto algo así.

-Nunca saques una pistola cuando te alcanza con un machete –le dije. Para demostrarle lo que decía, di dos planazos sobre la losa del piso y se lo tendí por el mango.

-No sé, Manny, no sé –dijo él, todavía impresionado con la pinta de aquel Collín larguísimo, muy afilado. No lo quiso ni tocar, así que volví a tomarlo por el puño. Lo envolví después en una toalla azul que había sobre el mostrador de la cocinita.

-Pensé que querías asustarlo –le dije entonces.

-No estoy seguro, brode.

-¿Se te quitaron las ganas?

-Es que no guardo rencor...

-¿Ah, no? ¿Y qué guardas tú entonces? ¿Cariño por ese modefoca?

-Tú no entiendes... –empezó a decir.

-¿No te desgració la vida? ¿No te tiró un paquete de mierda en la cara cuando te fuiste? ¿No se cagó en tu madre? ¿No te trató como a una escoria, como a un perro?

-Te digo que no estoy seguro, Manny.

-Seguro-seguro no hay nada en esta vida, brode.

-Si me hubiera dado tiempo...

-Entonces, vamos a verlo –lo interrumpí- Vamos a verle bien la cara a ese maricón.

-Ya estoy más calmado –insistió él- Mañana voy a averiguar y después te cuento.

El muy cabrón se estaba agarrando a las pastillas que le di para justificarse. La gente es así. Primero, me viene a pedir una pistola, quién sabe con qué intenciones, y después quiere que le dé tiempo para reflexionar y olvidarse de los agravios. Decía que estaba calmado. ¿Y quién me iba a devolver la calma a mí? ¿Para qué despertó en mí tanta furia, tanto enojo, tanto empingue que tengo en esta vida? El horno no estaba para galleticas. Nogüey.

-No, brode –le dije- Esto hay que resolverlo hoy.

-¿Hoy?

-¿Dónde lo viste?

-En el Pub, pero no estoy seguro.

-¿Dónde tienes el carro?

Faltó poco para que me dijera que estaba roto o que no lo había traído. Estuvo a punto, le vi la intención. Pitaluga era tremendo zorro, y además, por lo que se veía, un gran pendejo. Pero el carro estaba allí, parqueado en el draigüey, casi oyendo la conversación: un Ford largo y hocicudo, viejísimo, con un par de parches de chapistería en el capó, pero en buenas condiciones. Lo vi por la ventana, no me pudo engañar.

-Vamos –le dije.

Arrancamos y salimos de culo para la calle. Pitaluga iba al timón; a mí no me gusta manejar de noche, tengo mala la vista. Sin pedirle permiso, apreté el botón del aire acondicionado y prendí el radio. Tremendo aire, fuerte, frío, instantáneo como un cañón. En el radio estaban dando un programa de micrófono abierto.

-Dobla aquí –le dije cuando llegamos a la esquina.

-Manny, plis...

-Manny, nada. Sigue recto.

-Seguro que ya sé fue, es tardísimo...

-¡Sigue recto!

Después de un semáforo, enfilamos para la Ocho. La luz se puso roja ahí y tuvimos que esperar. No fue mucho. A aquella hora no había demasiado tráfico. Las luces cambian rápido, de un minuto para otro. Otras estaban blinqueando. De noche, La Sagüesera parece la boca de un lobo. La gente decente no se atreve a salir. Hay demasiado delincuente, borracho y violador por ahí. Después, hicimos izquierda y tomamos rumbo norte. Bajamos hasta la Catorce o la Trece, qué sé yo. Le dije a Pitaluga que se parqueara por allí.

-Todavía falta –me dijo él.

-No importa –repuse- Tú no sabes lo que va a pasar.

-Manny, plis...

-Aquí, Pitaluga. Parquea aquí.

Avanzamos un poco más y nos arrimamos a la acera. Toda la Ocho estaba llena de parquímetros; parecían maticas de metal con caritas transparentes, pero a esa hora no había que pagar. Ni falta que hacía tampoco. Aquello se iba a resolver pronto. Así que abrí la puerta y me moví rápido, caminando, con el Collín envuelto en la toalla pegado a una pierna, para no llamar mucho la atención. Pitaluga iba detrás, más despacio. No paraba de hablar. Manny, plis. Manny, por Dios. Manny, deja eso. Manny esto y Manny lo otro. Omaygá. Caminamos así un tramo, hasta llegar a esa esquina. No le hice el más mínimo caso. El café estaba abierto todavía. Había un grupito allí, hablando mierda y comiendo pastelitos de guayaba. De vez en cuando, se reían de algún chiste. Qué buena vida. Nos acercamos más y le pregunté a Pitaluga:

-¿Es uno de estos?

El aguzó la vista, hizo como si mirara, pero nada.

-No creo –dijo al fin- Seguro que vuelve mañana.

No le presté atención. Le pasé el brazo por arriba y lo acerqué un poco más al grupito, hasta que pudimos distinguir las caras.

-¿Es ése? –le pregunté entonces, apuntando discretamente a uno que se parecía a la descripción que me había dado: bien vestido, con la guayabera abierta y tremendo cadenón de oro. Una medalla de San Lázaro o algo así; no sé mucho de santos, pero tenía unas muletas. El tipo no paraba de hablar. Todos le reían sus gracias.

-Creo que sí –contestó Pitaluga de mala gana.

-Tú crees, ¿no? Mira bien.

-Me parece que es él, pero no estoy seguro, ya te lo dije.

-Ay, Pitaluga...

-Manny, plis.

Habíamos llegado a tiempo, por lo visto, porque se estaba despidiendo, muy alegre. Era verdad: seguramente volvería mañana y todos los días de su puta vida por aquel lugar si alguien no le daba antes una buena lección. Se tomaría un montón de cafés y se reiría de lo lindo. Seguiría haciendo chistes y los otros riéndole las gracias. ¿Por qué no? Aquí la gente cambia de pellejo enseguida, como el camaleón, y al cabo del tiempo hasta le ponen una placa de bronce en cualquier acera, como si fuera un héroe o un personaje famoso. A lo mejor hasta lo eligen alcalde o le dan su nombre a una calle de la ciudad. No sería ni la primera ni la última vez.

En eso, veo que el tipo ya va camino del parqueo, que está por detrás del Pub, y es muy oscuro y peligroso. No sé ni cuánta gente han matado allí. El no lo sabía bien. Dígole a Pitaluga: Vamos.

-Manny, plis –me dice.

-¿Vas a venir o no? –le pregunto, ofreciéndole el machete.

-Ya te dije que no; no estoy seguro –contestó.

Lo miro y le digo: Pues yo sí estoy seguro, brode. Esto se resuelve hoy.

-¿Qué vas a hacer, coño?

-Lo que tú debías hacer pero no te atreves, maricón –contesté- Darle un buen par de planazos y llenarle el pecho y la espalda de verdugones, como te hicieron a ti. Y como me hicieron a mí también, cojones.

-¿Y si no es él?

-Que se joda –contesté.

-Manny, plis...

-A mí la pinga –le dije, y salí de allí que jodía. Los del grupito se quedaron mirándonos. Pensaron que la bronca era entre nosotros.

-¡Manny! –gritó Pitaluga detrás de mí. Pero casi ni lo oí.

Caminé rápido, a pasos largos, para que no se me fuera a escapar. En el camino, solté la toalla y aferré el Collín por el mango. Me parecía a un tigre, un lince, una bestia hambrienta de la jungla, moviéndose rápido en la noche entre la maleza y las estrellas y los cocuyos. No aguantaba más tanta furia, tanta hambre de sangre enemiga que había acumulado sin darme cuenta. No sé cómo no empecé a rugir o a darme puñetazos en el pecho como un gorila. Es raro, porque nunca fui vengativo. Nunca se me había ocurrído culpar a nadie por mis cicatrices, por mis penas, de las que no tenía memoria...

No creo que me haya divisado, pero me olió, estoy seguro. Todas las alimañas tienen buen olfato; es lo único que tienen para protegerse. Aflojó el paso, casi se vira, pero no lo hizo. Yo aproveché para esconderme detrás de un poste y darle más cordel, y en efecto, siguió caminando, y yo detrás él. Entonces, cuando menos lo esperaba, me le acerqué por detrás y levanté el machete. Casi ni me vio, el pobre. No le di tiempo ni a meter la llave en la puerta del carro.

© Copyright Manuel Ballagas. Prohibida la reproducción por cualquier medio sin autorización expresa del autor.

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