Tuesday, February 15, 2011

Los regresos de Wifredo Lam

Mi padre solía relatar una anécdota muy graciosa sobre Wifredo Lam.

El gran pintor había regresado a La Habana a comienzos de la década de los 40, energizado por experiencias europeas y dotado, eso sí, de un acento español inconfundible. Pronunciaba escrupulosamente las “c” y las “z”, como si en vez de haber nacido en Sagua La Grande fuera un nativo de Madrid.

Contaba mi papá que en cierta ocasión Lam perdió el rumbo mientras andaba por la zona antigua de La Habana, e incapaz de orientarse pidió ayuda a un policía que se hallaba cerca.

“Escuche, gendarme”, le preguntó Lam al vigilante. “¿Podría deCirme, por favor, cómo llegar a la PlaZa de la Catedral?”.

El policía, asombrado de sus modales y pronunciación, pensó que Lam le quería tomar el pelo, y le respondió sin mucha ceremonia: “Oye, mulato, bájate del caballo”.

Algo parecido le ocurrió al genial pintor en su segundo regreso a La Habana, a mediados de la década de los 60. Un conocido mío, reportero ocasional para el diario Granma, debía hacerle una entrevista y me pidió que le acompañara. Suponía que si se hacía acompañar del hijo del poeta Emilio Ballagas Lam accedería más fácilmente a hablar con él, aunque fuera en el vestíbulo del hotel Capri, donde se hospedaba.

Debemos recordar que ya eran los tiempos en que a cualquier ciudadano cubano de a pie le estaba vedado moverse libremente por un hotel, por lo que debimos llamar a Lam desde el lobby. Ignorante de estos detalles sin importancia, el pintor nos pidió que subiéramos, de modo que tuvimos que explicarle que debía venir a buscarnos primero.

Minutos después, Lam apareció en el vestíbulo. Nos saludó y enseguida le pidió al carpetero –un cubanazo calvo y de bigote- que nos extendiera un pase para que subiéramos a su habitación. Al hablar, Lam afectaba no ya el acento peninsular de otros tiempos, sino un acento francés sólo comparable al de Alejo Carpentier, que es mucho decir.

“Por favorrrr, compañerrrro”, le dijo al carpetero. “Sírvase extender un pase a estos jóvenes, porque de lo contrario tendré que descenderrrrr para que me entrrrrrevisten”.

El carpertero alzó la vista, miró a Lam de arriba abajo, y enseguida le dijo: “Pues, mire, señor, me parece que usted va a tener que descender, porque aquí no se le da pase ni a mi madre”.

Resulta curioso apuntar que más de una década después Lam volvería a Cuba, esta vez muy enfermo. Fue a comienzos de 1980, coincidiendo con el asilo masivo de la Embajada de Perú en La Habana, y al pintor se le vio desfilar en silla de ruedas frente a la Embajada, gritando consignas de repudio a quienes habían buscado refugio allí para hacer lo mismo que él hizo toda su vida: vivir en el extranjero.

Lam murió dos años después. En París, por supuesto.

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