Sunday, March 13, 2011

El día que casi me matan

La obra de aquel pintor me parecía detestable, no sé por qué. Bueno, lo sé, pero es algo tan arbitrario e inexplicable como el gusto propio. Quizás haya sido el surrealismo trasnochado de sus cuadros en aquella época, mezclado en algunos casos con un oportunismo político demasiado transparente. El hecho es que lo único que me parecía bien de aquel artista era su mujer, una mulata achinada, joven y esbelta que a muchos hipnotizaba con su hermosura. (Por cierto, era pintora también, pero esos son otros cinco pesos).

Yo nunca acudía a una exposición suya, pero aquella noche me vi de pronto ante un cuadro de él. Fue durante una exhibición colectiva en una galería de La Habana, no me acuerdo cuál, sólo que estaba en el vecindario de El Vedado y alguien había puesto en una de mis manos un vasito de refresco. Conversaba animadamente cuando, al volver los ojos en algún momento, tropecé con aquel cuadro espantoso, de tonos muy oscuros y desagradables. No hice comentario alguno. Me limité a separar rápidamente mis ojos de aquello, y seguir hablando. No vi más aquel cuadro; no quería. Lo juro.

Justo al día siguiente, al término de la jornada de trabajo y olvidada la noche antes, se me ocurrió pasar por la Unión de Escritores. A veces, en la patética cafetería de aquel lugar, se podía encontrar algún mínimo refrigerio o, al menos, un remedio para la sed que no se hallaba en otras partes de la capital cubana, asediada -como se sabe y nos dicen- por un "implacable" bloqueo. No bien entré por la puerta del frente, sin embargo, me di cuenta de que algo no marchaba bien. El empleado de la recepción corrió enseguida a mi encuentro, alarmado.

-¡Vete ahora mismo, Manolito! –me dijo, casi empujándome- No tengo tiempo de explicarte. ¡Vete ya!

Tan alterado le vi, que no me atreví a contradecirle. Me fui, pero bastante molesto y lleno de curiosidad. Como en aquella época era frecuente caer en desgracia sin razón alguna, se me ocurrió que algo semejante me había pasado, por algo que escribí, dije o hice en alguna parte. Así que no podía esperar el momento de enterarme de la razón de aquel disparate.

Al día siguiente mismo llamé por teléfono a la Unión. El empleado de la recepción fue quien contestó y me relató enseguida lo ocurrido. Al parecer, el pintor de marras, cuya obra yo tanto detestaba, había acudido a la Unión el día antes por la mañana, pistola en mano, con la intención de matarme. Sólo Nicolás Guillén, Poeta Nacional, había sido capaz de quitarle el arma y convencerle de que me respetara la vida. No fue fácil, me dijo el empleado. Echaba espuma por la boca, daba gritos y patadas en el piso. Tenía los ojos en blanco y juraba que me iba a poner como un colador.

-¿¿Pero por qué?? –pregunté- ¿Qué le hice a ese energúmeno?

-No sé, no sé –contestó el empleado- Pero quería matarte, Manolito. Por eso te tuve que sacar a empujones, disculpa.

-Caramba...

-Mejor no vengas por aquí en unos días, por favor –agregó él- No sea que se agencie otra pistola...

Seguí su consejo. De todas maneras, la Unión no era uno de mis sitios preferidos en aquella época (sería el año 69 ó 70, no estoy seguro), y raras veces pasaba por allí. Pero al fin, la curiosidad por el tema me picó tanto, que fui a la casona de las calles 17 y H, para saber por qué mi vida había peligrado. Para ello tendría que hablar con el mismo Nicolás Guillén.

No me costó trabajo. No bien llegué, me lo encontré en el vestíbulo de la Unión, conversando y haciendo chistes con alguien. En cuanto me vio, Nicolás se echó a reír y me llevó aparte.

-¿Estás enterado, verdad? –me preguntó con su grave voz.

Le respondí que sí.

-Quería acribillarte a tiros, estaba loco, hecho una furia. No sé qué pasó –dijo el Poeta Nacional.

-Yo tampoco –repuse.

-Según él, hiciste un gesto despectivo, de absoluto desagrado y asco frente a su cuadro, en una galería –afirmó Nicolás.

-¿¿Yo?? –respondí, asombrado.

-Tú mismo –dijo Nicolás.

-Coño.

-No me asombra –agregó el Poeta Nacional- No sería la primera vez que se enfurece por algo así. El es medio paranoico.

-¡Pero yo no hice nada! ¡Ni siquiera miré el cuadro un minuto!

-No importa –explicó Nicolás- El se imagina las cosas, para eso es pintor. Quizás fue la forma en que miraste el cuadro.

Enseguida me contó una anécdota muy graciosa. Según Guillén, muchos años antes, en tiempos de la República, aquel pintor se había desplomado inconsciente en una galería, sólo porque un par de visitantes que no le conocían habían empezado a hacer comentarios adversos sobre sus cuadros a corta distancia de él. Poco a poco, mientras escuchaba cada uno de los comentarios, el pintor había empezado a palidecer y respirar agitadamente, y de repente, se fue al piso, con su pipa humeante en la boca, desmayado.

Lo que entendí es que se trataba, más que de un loco peligroso, de alguien sumamente inseguro. Si era tan susceptible a la opinión ajena, ¿por qué eligió una profesión tan pública como la de artista plástico? La gente tiene derecho a pensar que tus cuadros son una mierda. El mundo está lleno de críticos; de los que elogian y de los que te hacen trizas. ¿Se puede ser tan idiota, tan poquita cosa? En todo caso, aquel pintor estuvo a punto de matarme con su pistola de hacer guardias de milicias. Desde entonces, cada vez que voy a una exposición me aseguro de que el artista no se encuentra cerca de mí mientras echo un ojo a los cuadros. Uno nunca sabe. Hay miradas que matan.

Y ustedes, claro, se están preguntando hace rato quién sería aquel furibundo pintor. No debía decírselos, pero aquí va. Después de todo, no es algo deshonroso querer matar a alguien como yo. Fue Carmelo González. El pobre, ya se murió.

2 comments:

  1. el problema no era el, el problema era un retorcido sistema cultural que imponia ( si mal no recuerdo el Carmelo era poderosito) que imponia a cualquier artista+ filiacion, en la cultura nacional. Despues lo siguieron haciendo. primero decidieron borrar de un plumazo ( es un decir, fue mas bien con un antifumigante de mosquitos) a todos los que pertenecian a la generacion perdida, o sea, nos, y despues la sustituyeron con una cuidadosa seleccion del ISA y la ENA. la Vandomois, esposa del Carmelo, era un poquito pintora como el, y estaba en el Museo junto al copiador de Siqueiros. Dice la leyenda que el Carmelo fue una vez a hacer un mural en .... nada menos que Mexico, ja, ja, ja y le fue negado sin conmiseracion.
    Clara Morera

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  2. Sr. Manuel Ballagas son alucinantes las vivencias que la UNEAC generó y genera; pero ésta es -patética y deliciosa-...No crea entre los pintores hay muchos Caramelos, !perdón!, quise decir Carmelos.Aprovecho esta ocasión para comentarle que la poesía de su papá, Emilio Ballagas(DEP), es un libro de 'cabecera'en mi vida.Bendiciones a usted, familia y amigos. Un beso a la 'Musa Clara Morera'.

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