Tuesday, March 22, 2011

El día que le tomamos el pelo a Virgilio

El padre del teatro moderno cubano.
Fue en una de esas tardes veraniegas radiantes que se gasta La Habana a menudo, allá por el año 65, 66 ó 67. El dramaturgo, poeta y narrador Virgilio Piñera Llera se disponía a entrar en el local de la Unión de Escritores de Artistas de Cuba en La Habana, cuando se cruzó de repente con un pintoresco personaje.

Llevaba éste puesto uno de esos sombreritos conocidos popularmente en Cuba como “cagua”, no se sabe exactamente por qué. También una de esas camisitas con trabillas a los costados que, por alguna razón, la moda al uso designaba entonces como “guapita”. Cargaba el personaje, asimismo, una cajita de madera de la cual asomaban un martillo, una espátula y una clásica cuchara de albañil.

El padre del teatro moderno cubano se puso en guardia inmediatamente, pues de personajes semejantes –lo sabía por experiencia propia- sólo podía esperar las peores mofas, cuando no insultos y hasta puros empujones. De modo que le puso el ojo discretamente al tipo, mirándole por la parte superior de sus lentes, como quien no quiere la cosa.

El personaje pareció desentenderse también de Virgilio, pero cuando había avanzado unos pasos, casi trasponiendo la verja de Villa Cristina (nombre original del local de la Unión), se volvió de pronto y llamó al anciano afeminado con quien acababa de cruzarse.

-¡Hey, mayol! –le gritó.

Virgilio se volvió inmediatamente, sobresaltado.

-Disculpe –dijo cautelosamente- ¿Habla conmigo?

El hombrecillo se acercó. Era pequeño y medio musculoso, y se gastaba también un bigotillo finísimo.

-Con usted, sí –dijo.

Al padre del teatro moderno cubano, aunque estaba ya sobre ascuas, no le quedó otro remedio que volver sobre sus pasos.

-¿En qué puedo servirle, compañero? –preguntó enseguida. Trataba de congraciarse, sin duda, al utilizar ese apelativo tan revolucionario.

El hombrecillo se acercó y le contestó con una pregunta: ¿Usted trabaja aquí?

Virgilio respondió que no, que sólo era miembro y venía a tomar café allí. ¿Por qué?

-Mire, mayol –dijo el hombrecillo entonces, quitándose el cagua y secándose el sudor de la frente- Usted parece un hombre serio. No se meta ahí. Eso está lleno de maricones.

Hizo luego un gesto abarcador de la blanquísima mansión de las calles 17 y H.

-¿De veras? –repuso el padre del teatro moderno cubano, ahora fascinado- ¿Y son muchos?

-¡Uf! –exclamó el personaje- ¡Muchísimos! ¡Eso es Francia pura, mayol!

-No me diga.

-Si va a entrar ahí, mejor péguese a la pared –aconsejó el hombrecillo burlonamente.

-¿A la pared? –preguntó el autor de Electra Garrigó, desconcertado.

-Sí –dijo el otro- Hay que cuidarse el culo, porque también hay un montón de bugarrones.

-¡Qué horror! –dijo Virgilio, llevándose una mano al pecho- ¿Y son muchos?

-Muchísimos, sí, señor –dijo el hombrecito.

-Y... Y... –empezó a decir el futuro Premio Casa de Las Américas, tratando de contener la risa- Y si me pego a la pared, ¿usted cree que estaré bien protegido?

-Claro, natural que sí –contestó el otro.

-Lo tendré en cuenta, compañero, muchas gracias –dijo Virgilio entonces- No podía imaginarme que aquí fuera a haber tantos maricones.

-Y bugas también –acotó el personaje.

-¡Y bugas! –dijo Virgilio- Muchas gracias por la advertencia.

-Por nada, mayol, pol nada –dijo el otro entonces, despidiéndose con un gesto.

El padre del teatro moderno cubano pasó toda esa tarde y muchas otras, además de largas noches en su tertulia del Carmelo de Calzada, relatando ante amigos y conocidos esta peculiar anécdota, en la cual él llevaba, por supuesto, la mejor parte; en la cual aquel infeliz albañil le advertía de un montón de peligros, de que debía cuidarse bien el culo, sin percatarse de que Virgilio era –quién podia dudarlo- el peligro mismo.

-¿Se imaginan, queridos? –terminaba siempre su historia, con tono triunfal- ¿Venir a protegerme el culo a mí? ¿A MI?

Todos se echaban a reír, pero no se reían precisamente del relato; ni siquiera del pobre albañil a quien Virgilio creyó haber tomado el pelo. Virgilio no lo sabía, pero se reían de la tremenda “máquina” que un grupito de muchachones dizque literatos le habían corrido al padre del teatro moderno cubano en ese entonces, valiéndose de un actor del Conjunto Dramático de Oriente que se hallaba de paso en La Habana por esos días, y que hizo a las mil maravillas el papel de obrero ingenuo y homofóbico que Virgilio se tragó, el muy bobito.

No sé si alguien alguna vez le reveló a Virgilio que yo participé en esta treta junto con otros sobre cuyos nombres guardo discreta reserva. Quizás se haya muerto, el pobre, sin enterarse de que aquella vez nos burlamos de él impunemente. Puede que incluso haya incluido la anécdota del albañil en su inédita autobiografía. Yo no he podido leerla. ¿Quién sabe?

No comments:

Post a Comment