Wednesday, March 23, 2011

Gente especial, hasta en el infierno

Hay quienes se jactarían de ser especiales, distintos al resto de los humanos, aun en los quintos infiernos. Yo no he estado en el infierno hasta ahora, voy a aclararles. Pero como una vez pasé por la cárcel, puedo hablar a través de esa experiencia, que es más o menos parecida.

En la prisión de La Cabaña, en Cuba, donde se hacinaban a fines de 1973 cientos de presos políticos, tuve el infortunio de conocer a algunos de estos personajillos. Se las daban de “revolucionarios” y aseguraban que estaban en cana sólo por haber cometido “errores”, y no por contrarrevolucionarios, como el resto de los prisioneros que les rodeaban mañana, tarde y noche.

Tenían en común estos reos “especiales” el hecho de haber sido funcionarios de alto o mediano nivel del régimen castrista. Había algunos que incluso habían sido militantes del Partido Comunista hasta el momento mismo de su arresto, y todavía en la cárcel enarbolaban esa militancia como un motivo de orgullo.

Cundían en santa cólera si a alguien se le ocurría recordarles que, tras haber sido condenados a prisión por un tribunal del régimen, no eran ni mejores ni peores que cualquiera de los que compartían con ellos aquellas galeras infectas. Aseguraban que la revolución, tarde o temprano, reconocería que no eran sus enemigos, y les permitiría ocupar el puesto que siempre ocuparon en su trinchera. Alguno que otro trató de suicidarse, impaciente porque ese momento se le antojaba demasiado lejano.

Había algunos que incluso habían sido militantes del Partido Comunista hasta el momento mismo de su arresto, y todavía en la cárcel enarbolaban esa militancia como un motivo de orgullo.
Como siempre andaban en grupitos separados, medio altaneros y paternalistas, el resto de la población penal política les puso nombretes muy apropiados, como “la guara de los comandantes”, “la gente del Kremlin” y “el pelotón de los reeducados”. Yo no pertenecía a ninguno de estos grupos, pero trataba a alguno que otro de ellos, porque los había conocido antes de que me metieran preso.

Al menos un par de ellos trabaron relación conmigo en los paseos rutinarios que hacíamos a veces en el patio de la cárcel. Pensaron, al parecer, que yo necesitaba su guía y protección, porque se la pasaban aconsejándome cómo debía portarme, de qué cosas no hablar, y con quién nunca debía relacionarme.

Yo los escuchaba fascinado, porque los dos tenían condenas muy superiores a la mía, y si hubiera seguido sus recomendaciones, lo primero que debía haber hecho era apartarme completamente de ellos, para no perjudicarme. Después de todo, yo no era entonces más que un jovenzuelo que aspiraba a ser escritor, y ellos eran todos unos ex funcionarios con exceso de millaje político.

Yo no tenía amigos en la cárcel, pero uno de los pocos con quienes me trataba era un viejo periodista francés que purgaba una inmerecida sanción de 10 años. Lo había conocido en tiempos mejores, y la primera vez que nos encontramos en La Cabaña, me ofreció cigarrillos, y de ahí seguimos conversando e intercambiando cigarros y alimentos.

Aquella pareja políticamente incorrecta me reprochó un día el que me “reuniera” con el francés, a quien calificaron de “agente enemigo”. Yo repuse que sólo lo habían acusado de ser “agente del colonialismo cultural”, algo que se me antojaba tan injusto como risible.

-¿Y tú qué sabes? –me contestó uno de ellos- El hecho es que no te conviene esa amistad.

-¿Y eso a ustedes qué les importa? –insistí.

-Si te ven a ti con él, y después a ti con nosotros, van a pensar que tenemos algo en común –dijo el otro, que había sido viceministros alguna vez.

-¿Y no es así? –le pregunté.

-Para nada –contestó el ex viceministro- Nosotros estamos aquí para corregir nuestros errores y ese señor es un agente enemigo con el que no queremos tener nada que ver.

-Ah, bueno –dije.

Dos días después, me tropecé con el francés en el patio. Me contó que su condena era objeto en esos momentos de una revisión, gracias a una gestión de un grupo sindical de su país. Le deseé suerte mientras compartíamos un cigarrillo y hablábamos de otras cosas.

Al rato, cuando el francés regresó a su galera, la parejita se me acercó para reprocharme otra vez el que me hubiera “reunido” con aquel señor.

-Te lo dijimos una vez y no te lo vamos a decir más... –empezó a decir el ex viceministro.

Yo no lo dejé terminar.

-¿Qué pinga es lo que te pasa a ti, chico? –le dije, a punto de echármele encima.

Por lo visto, no se esperaba aquella reacción mía, porque el muy mariquita se quedó medio paralizado. Fue el otro, uno que se las daba de médico, quien me salió al paso.

-Mira, flaco –me dijo (en ese entonces, todavía me podían llamar así)- Tú te reúnes con quien quieras, pero no nos trates más, por favor, porque no queremos buscarnos más problemas. Allá tú.

En efecto, no hablamos más. Yo seguí tratando a aquel “agente enemigo” que a ellos les causaba tanto pavor, y al paso de los años todos, toditos, fuimos extinguiendo nuestras condenas o saliendo en libertad condicional, después de hacer trabajos forzados en la agricultura o la construcción. Nada de especial para nadie. El francés salió de Cuba eventualmente. Y a todos nos pusieron el mismo cuño de “contrarrevolucionarios” en el carné de identidad.

Al final, todos, toditos, nos largamos del país, a fines de los 70 o comienzos de los 80, con el sambenito de "contrarrevolucionario" a cuestas. En el exilio, me he cruzado con algunos de estos seres tan “especiales” varias veces. Ninguno se ha acercado a mí para recordar aquellos tiempos, ni siquiera para saludarme. Ni falta que hace, porque yo los recuerdo demasiado bien, a todos esos ex militantes y ex funcionarios que se cuidaban tanto y que ahora posan de disidentes serios.

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