Wednesday, April 20, 2011

Acuérdense de la carta a Pablo Neruda

El 'compañero Pablo' nunca
les perdonó las insinuaciones
y ataques.
La carta empezaba así: “Compañero Pablo”. Todos la firmaron. La extensa lista de rúbricas ilustres se lee como un verdadero who’s who del mundo artístico literario cubano de entonces... y hasta un poco de ahora, si nos ponemos a sacar cuentas. Incluye desde Virgilio Piñera, Alejo Carpentier, José Lezama Lima y Nicolás Guillén hasta personalidades más jóvenes como Miguel Barnet, Nancy Morejón, Humberto Solás, Jaime Sarusky y Pablo Armando Fernández. Desde los que se quedaron allá hasta los que después se fueron, con toda razón, como Eduardo Manet, Raúl Molina, Umberto Peña, Tomás Oliva, Fausto Canel y Zenaida Manfugás. Desde los que cayeron presos, como Heberto Padilla y José Lorenzo Fuentes hasta los que murieron, como Rine Leal, Sarita Gómez, Santiago Armada (Chago) y Loló Soldevilla. Como dije, la lista es larga. Larguísima.

La carta a Pablo Neruda se publicó por primera vez el domingo 31 de julio de 1966 en el periódico Granma, órgano del Partido Comunista de Cuba. Se reprochaba en ella al gran poeta chileno el dejarse “manipular” por los “imperialistas”, que supuestamente querían dar la impresión de que la Guerra Fría cedía en el campo de la cultura. Se le criticaba por viajar a Nueva York a recibir un premio del PEN Club mientras tenía lugar la guerra de Vietnam, y de recibir una condecoración de Perú mientras focos guerrilleros trataban de derrocar al gobierno de ese país. En resumen, era una misiva infame, cargada de ataques infundados, pero también de envidia y resentimiento, a la que no escapaban otros intelectuales latinoamericanos a quienes aludía: Carlos Fuentes y Emir Rodríguez Monegal.

“No somos demócratas cristianos, no somos reformistas, no somos avestruces”, declaraban con orgulloso énfasis los firmantes en una parte de la curiosa y furibunda epístola. “Somos revolucionarios”.

Algunos de los firmantes, ahora desesperados
por retratarse con Raúl Castro. No cambian.
En la primera edición de la carta, la que publicó Granma, la lista de firmantes no era del todo extensa; es bueno aclararlo. Grande, pero no enorme. Solamente figuraban en ella las consabidas “estrellas” del firmamento artístico-literario cubano. Léase: Nicolás Guillén, Roberto Fernández Retamar y otras yerbas aromáticas. Había excluido a otros, a un montón, que estaban más dispuestos a firmar aquella mierda que los primeros, si es que era posible. Esto, más que los ultrajantes ataques a Neruda, fue lo que indignó a los que empezaron a firmar aquel engendro después, en una larga sucesión de días que se prolongó hasta el 4 de agosto de aquel mismo año, y que siguió hasta que las manos de firmar se cansaron.

Debo confesar que anduve meditando si firmar o no. No es de asombrarse. En aquel entonces yo era un simple jovenzuelo. Con 18 añitos, yo no estudiaba ni trabajaba, era un delincuente y vago habitual pero aspiraba a ser escritor en un país de escritores cobardes y oportunistas. De modo que sí, pensé en ganar nombre así. Pero enseguida se me antojó casi imposible. ¿Atacar de tal manera al autor de Tango del viudo, uno de mis poemas favoritos? De modo que dejé esa sucia tarea en manos de mis mayores. Eso sí, fui testigo de una carrera insólita en que los candidatos a firmar aquella mierda (muchos, muchísimos) casi se partían las patas para hacerlo.
‘No somos demócratas cristianos, no somos reformistas, no somos avestruces. Somos revolucionarios’.

CARTA DE LOS ESCRITORES CUBANOS
Hace casi 46 años y no se me olvida.

La voz de alerta la dio un poeta bastante conocido que tiempo después cobró, al igual que otros, fama de contestario y disidentón, pero que entonces posaba de experto en esa apestosa superstición que llamaban “estética marxista”. Estábamos en una mesa de la cafetería de la UNEAC un escritor de cuentos fantásticos cuyo nombre me reservo, un actor y jugador de ajedrez de cuyo nombre no me acuerdo (se pasaba el tiempo gritando JAQUETORUM TORUM MORORUM), y este servidor, que no merecía estar entre semejantes luminarias.

El poeta llegó a nosotros muy agitado. Casi no podía respirar. Traía los cristales de los espejuelos nublados de vapor.

–¿Ya se enteraron? –nos preguntó– ¿Ya saben la jugarreta que nos están haciendo?

El escritor de cuentos fantásticos le miró azorado. Se había pasado toda aquella tarde acunando una cervecita, sin animarse a pedir otra.

–¡La carta a Neruda, coño! –exclamó el poeta entonces– Nos han dejado fuera a todos, como siempre.

–Lo vi, pero no me pasó por la mente que... –empezó a decir Jaquetorum, pero el poeta le interrumpió.

–No es más que el comienzo, amigo. Primero, no te dejan firmar –dijo– Ya verás después cómo te excluyen de las antologías, de los elencos, de las organizaciones, de los viajes. DE TODO.

–Siéntate –le dijo entonces el escritor de cuentos fantásticos– ¿Tú crees que ha sido a propósito, chico?

–Qué ingenuo eres –repuso el poeta y futuro disidente, sin acceder a sentarse– Es toda una maniobra para acaparar prestigio revolucionario, para entregárselo a un pequeño círculo intelectual que se las da de vanguardia estética.

–¿Y qué podemos hacer? –preguntó Jaquetorum.

–Ahora mismo vamos a tomar el cielo por asalto –contestó el poeta.

Y casi enseguida subió al cielo, es decir, a la oficina del Poeta Nacional Nicolás Guillén, que estaba en la segunda planta de la Unión de Escritores, y pronto empezó a dar la pataleta para que todos, absolutamente todos, pudieran firmar la carta a Pablo Neruda.

Para empezar, colocaron la carta en la recepción de la Unión, de manera que cualquiera que se llegara por allí pudiera estampar su firma al pie de la misma. Al mismo tiempo, Guillén dio orden a los empleados de la Unión de localizar a cuanto miembro de la organización fuera localizable, a fin de pedirle su autorización para colocar su firma entre las muchas otras que empezaron a acumularse.

Para el 4 de agosto, como ya dije, es decir, apenas cuatro días después, los firmantes eran ya legión. Eso sin contar la copia que estaba en la recepción de la Unión, al cuidado de Recaredo, el maricón cegato que manejaba los teléfonos por esos días. Yo evitaba acercarme por allí, porque ahora la cosa no era de si firmabas, sino que casi te cogían del cuello para que lo hicieras. Hasta que un día, al fin, necesitando hacer una llamada telefónica urgente, me acerqué al teléfono y Recaredo me puso la cartica al frente, y me pidió que firmara.

Tuve suerte. Casi iba a hacerlo, cuando alguien llamó a Recaredo (o a él le entraron ganas de cagar y se fue al baño, no sé bien) y me quedé solo. Y lo que hice fue colgar el teléfono de pronto, tomar aquella copia de la carta con todas sus páginas llenas de firmas, y largarme de allí con ella en el bolsillo. Eché a correr como un loco, y no paré hasta la calle H, y por ahí para arriba llegué a 19 y de allí seguí corriendo hasta G, donde tomé un ómnibus para mi casa, con aquella joya en mis manos. Todavía la conservo. La traje escondida hasta Estados Unidos en 1980. No se pueden imaginar los nombrecitos que están ahí. Quizás los publique en mi próxima novela, Pájaro de cuenta.

Los intelectuales y artistas cubanos no se merecen otra cosa, por pendejos, arrastrados y oportunistas. Algunos ya pagaron con creces sus culpas; otros, ya las pagarán.

Y si quieren leer la carta completa, con algunas de sus ilustres firmas, hagan clic aquí. Se van a llevar una sorpresa con algunos, se los aseguro. En este otro artículo hay asimismo una perspectiva oficial, 44 años después y por Fernández Retamar, tanto de la carta a Neruda como del llamado "caso Padilla". Es para reírse, pero a alguien se le ocurrió enviarme una parte a manera de comentario, como si lo justificara.

1 comment:

  1. "La carta abierta a Neruda, de hace 43 años, apareció primero en Granma y fue republicada en Casa. En sus memorias, Llover sobre mojado, Lisandro Otero contó cómo fue una decisión de la dirigencia revolucionaria que nos dio a conocer el presidente Osvaldo Dorticós a varios escritores. Eran momentos de grandes tensiones en el seno de la izquierda, cuando Cuba, esperanzada en los movimientos guerrilleros, organizó la Conferencia Tricontinental en 1966, y en 1967, estando el Che en Bolivia, la reunión de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS): esta última, presidida por Haydee. Los muchos años pasados no han borrado el malestar de algunos ante lo que fue, hay que reconocerlo, un error de nuestra parte, pues no debió haber sido una carta abierta a un escritor firmada por otros escritores lo que nació de una diferencia partidista: la cual, por añadidura, se disiparía con el tiempo".

    Roberto Fernandez Retamar

    Sobre la revista Casa de las Américas. La Jiribilla. Nov. 2009

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