Friday, April 1, 2011

Momentos olvidados por la Historia... y recordados por mi

Ahora que me entero de la muerte del pintor Jorge Camacho, me acuerdo de aquel año en que visitó Cuba por última vez. Fue en 1967. También se aparecieron en La Habana otros dos artistas cubanos afincados en Francia, los escultores Agustín Cárdenas y Tomás Marais.

¿Cómo los dejaron volver, y sobre todo, cómo les dejaron marcharse otra vez? Todavía faltaba mucho, al menos ocho o nueve años, para que empezaran los llamados “viajes de la comunidad”. Ah, qué época tan mágica... La época del Salón de Mayo. No sé cuánto duró, ni podría recordarlo.

Yo era entonces un jovenzuelo insolente, escuálido y ocioso que soñaba con ser escritor. Aquella noche no sabía qué hacer. Estaba tomándome una cervecita en la cafetería de la Unión de Escritores cuando Guerrero, el caricaturista, apuró su trago y me dijo de pronto:

-Vamos, flaco.

-¿Adónde? –le pregunté.

-Al Salón de Mayo –respondió- ¿No tienes invitación?

Le dije que no. Qué invitación iba a tener. A mí no me invitaban a ninguna parte, y menos a ocasiones tan solemnes como la inauguración de aquel evento que se desarrollaba a bombos y platillos en el Pabellón de la Calle 23. Había oído decir que los bocadillos iban a ser por todo lo alto; las masas de cerdo se iban a caer de las enormes fuentes, aseguraban, y el whisky iba a correr como un río interminable.

-Vamos, yo tengo –insistió Guerrero.

Arrancamos y en cinco minutos estábamos allí. Los borrachos corren, no caminan. Cuando llegamos a la entrada, que era por detrás del pabellón, había tres o cuatro segurosos con guoquitoquis revisando las invitaciones. Guerrero sacó la suya, un sobre con letras muy impresionantes, y me dijo bajito: Pégate, flaco. Y así fue: pegados entramos y su invitación contó para dos. Cosas misteriosas de la vida. Los segurosos ni cuenta se dieron de aquel forro que metimos.

'El mural será como un círculo, el huracán revolucionario que envuelve a América Latina'.

Adentro, parecía que habíamos llegado a otro mundo. La modelo Norka, con la cabeza totalmente rapada, y vistiendo un bluyín y una camiseta pintorreteada, daba vueltas como enloquecida en medio de una pequeña muchedumbre de invitados, agitando una banderita cubana. Parecía que buscaba a alguien. Su mirada iba de éste para aquél, de aquí para allá, y daba vueltas, vueltas como un trompo... hasta que al fin, al parecer, dio con alguien, un hombre alto de bigotito, a quien haló hacia el centro del grupo que crecía en torno a ella. Era Carlos Franqui. Todos aplaudimos.

Días más tarde, el poeta Pablo Armando Fernández describiría este episodio así: “Todo fue muy profesional, Manolito. Muy profesional”. Cerraba los ojos y repetía: “Muy profesional, muy profesional”.

A mí me pareció, francamente, un poco ridículo, ¿pero qué más da? Yo no tenía –ni creo que tengo aún- el más mínimo sentido del gusto. Sólo gozaba estar parado ahí, entre tanta gente elegante e importante, con una masita de puerco en una mano y un mojito en la otra, absorbiendo el panorama.

Poco a poco, fue llegando gente más importante aún: el comandante Osmany Cienfuegos, el comandante Piñeiro, Haydée Santamaría, directora de la Casa de las Américas y heroína del Moncada. Coño, cómo les rendían pleitesía todos los guatacones. Pablo Armando casi se arrodillaba para besarles las manos, Norka daba brincos, se abrazaba a ellos. En eso, alguien (creo que fue el mismo Franqui) llamó la atención sobre un asunto más serio.

Se había acordado que los artistas invitados al Salón de Mayo, además de asistir a aquella exposición de sus obras, pintarían un mural colectivo. Les ayudarían en esta tarea los artistas cubanos del patio que estuvieran presentes (más bien pocos). Para ello, oh, sorpresa, se disponía ya de ilimitadas cantidades de pintura en todo los colores del prisma, además de toda clase de brochas, pinceles y espátulas.

Los pocos afortunados pintores cubanos locales que había en el lugar contemplaban aquel derroche con verdadero asombro y codicia. Hacía siglos que no les daban materiales para pintar, dizque porque el bloqueo imperialista no permitía la entrada al país de implementos para las artes plásticas.

-La revolución es un huracán –gritó alguien entonces, en medio de aquel grupo. Hubo rugidos y aplausos de aprobación.

-Buena idea –dijo Franqui- El mural será como un círculo, el huracán revolucionario que envuelve a América Latina, y cada artista tendrá su pedacito del ciclón para pintar.

-¡Sí! ¡Sí! ¡Revolución! –chillaba Pablo Armando, abrazado por Norka. Todos los presentes alzaban sus copas, como si fueran fusiles... hasta yo. Era como el cuarto o quinto mojito que me tomaba, con sus respectivas masitas de cerdo.

Los pintores se abalanzaron sobre los pinceles y las brochas; otros agarraban los tubos de pintura. Al ratico, ya estaba casi pintado el vórtice. Le seguían otras partes. Y así, empezaron a llegar pintores de la calle.

Guerrero se notaba indeciso. Pensé que sería uno de los primeros en poner manos a la obra, cuando lo oí que me decía: Esto no está bien, Manolito Esto no está bien.

-¿Qué pasa? –le pregunté.

-Hay que buscar a Chago. Chago no esta aquí, coño. Oye, Franqui.

Chago Armada
Franqui se volvió. Rebosaba entusiasmo. El evento marchaba a toda máquina, como la revolución latinoamericana. Pero Guerrero le echó un cubo de agua fría con aquello de Chago.

Chago -no se vayan a equivocar- era Santiago Armada, un caricaturista metafísico que era el emplanador de la primera página de Granma, el órgano del Partido Comunista. Su libro El Humor Otro había sido sacado de imprenta años antes bajo sospechas ideológicas. Una exposición suya había sido cancelada poco antes, por pornográfica.

-Chago no, Guerrero, Chago no. Nos va a buscar problemas –le dijo Franqui al caricaturista.

-Es tu amigo, coño, de los tiempos de Revolución. Lo tienes que traer –insistía Guerrero, borracho y lacrimoso.

Al fin, Franqui cedió. Después de todo, algunos pedacitos de aquel mural ya parecían peligrosos, como uno en que se veía a Fidel Castro chupando unos tabacos, con labios de mamalón empedernido.

-No quiero problemas, contrólalo –le advirtió Franqui a Guerrero con gran seriedad. Yo observaba aquel incidente callado, pero divertido. Cualquiera que pusiera a Guerrero a controlar a alguien tenía que estar loco.

-Vamos, flaco –me dijo Guerrero entonces.

-¿Yo?

-Sí, tú –repuso- Yo no me acuerdo de por dónde vive Chago.

-Es por Neptuno arriba –dije. Me resistía a abandonar los tragos y las masitas de cerdo, pero Guerrero me arrastró hasta una limosina vieja que Franqui había puesto a nuestra disposición para buscar a Chago.

El chofer era un negro vestido de traje, que parecía un seguroso. Al menos esa idea me llevé, cuando le vi conferenciar con un grupo de otros vigilantes vestidos de civil que había en el lugar. Cruzó unas palabras en voz muy baja con ellos antes de partir con nosotros rumbo a la calle Neptuno arriba, como yo decía.

-Por aquí, por aquí –repetía yo, a medida que subíamos por esa calle, pasando Galiano y dejando atrás otras callecillas. Era un laberinto.

-Tú estás perdido –decía Guerrero, cada vez más inquieto.

No encontrábamos el lugar y el chofer también parecía impaciente. Entonces, la vi. Quiero decir, la entrada al edificio antiguo y altísimo en que vivía Chago. Tendría como seis o siete pisos y él vivía en la azotea prácticamente. Sin elevador.

-Espérenme aquí –les dije, abriendo la portezuela de la limosina y lanzándome a la acera.

Subí corriendo, a saltos, como sólo podía hacer en aquellos, mis años de juventud. Tendría poco más de 19 años y no me faltaba el aire ni el ímpetu. Cuando llegué al apartamento de Chago, me salió a la puerta Dalia, su mujer en ese entonces. Ni ella ni él creían lo que les decía. Con la peste a ron que traía pensaban que estaba borracho. ¿Pabellón? ¿Pintura? ¿Mural? ¿Masas de cerdo y ron? ¿Carlos Franqui? ¿De qué habla este chiquito?

Pero al fin Chago me entendió, y sobre todo, me creyó. Así que se puso los zapatos para irse conmigo. Fue a coger unos pinceles de un pomo, pero le dije que no hacía falta. Hay pinceles y pinturas de sobra, le aseguré. Chago se encogió de hombros y nos fuimos.

Cuando llegamos, Franqui abrazó a Chago como si hiciera siglos que no le veía. Y era verdad: hacía siglos que no le veía, porque por esa época todos –menos el periódico Granma- le tenían terror al caricaturista, a quien consideraban un loco peligroso, capaz de precipitarte en la cárcel. Le daban la espalda, y si era posible, le ignoraban a como diera lugar. Tenían su parte de razón, Chago era un artista irreverente, pero Franqui se cuidaba como gallo fino. Tenía un viajecito pendiente a Europa, del cual no volvería, ahora se sabe.

Guerrero puso manos a la obra. Prendió un cigarrillo, cogió una brochita y lo vi pegarse a su pedacito de mural. Ahora ni me acuerdo qué pintó. Yo me fui con el chofer a buscar tragos y más masitas de puerco. Las mesas de los féferes estaban copadas, atrás, por los segurosos, a quienes les encanta comer y beber bien gratuitamente, como al resto de la humanidad. Los vi arrebatarse las masitas y vaciar botellas de whisky mientras hacían que vigilaban a todo el que pasaba por allí.

Para cuando volví al sitio del mural, Chago ya estaba pintando. Era una imagen curiosa: un tipo tumbado en la playa, con las manos cruzadas detrás de la cabeza y una toalla tapándole la barriga y parte de las piernas. El sol calcinante del trópico salía su espalda. Y por debajo de la toalla, a medida que Chago pintaba y pintaba, empezaba a salir algo también, algo largo, con catadura de serpiente o de...

-¡Guerrero! –chilló de pronto Franqui.

Guerrero se volvió desganadamente. Estaba concentrado en lo suyo.

-¿Cómo me has hecho esto, Guerrero? –clamó Franqui.

-¿Qué coño tú hablas? –preguntó él.

Hablaba del cuadrito de Chago, que ya estaba casi completo. Franqui palidecía. La sierpe que se había insinuado bajo la toalla ya mostraba claramente su faz: era un falo enorme que se alzaba como un gusano entre las piernas del veraneante. Varios asistentes ya estaban haciendo gestos; otros se reían a carcajadas.

-¿Cómo me has hecho esto, Guerrero? –seguía Franqui, lloroso.

Yo me acerqué para ver lo que hacía Chago. Guerrero también.

-Esto está sabroso –concluyó Guerrero- No sé de qué te quejas.

-¡Guerrero! –exclamó Franqui, más pálido que un cadáver para entonces.

Y cuando Chago, sonriendo como un santico, escribió encima de su dibujo una frase descriptiva, Franqui se desplomó. Por suerte, Norka y Pablo Armando pudieron sujetarle a tiempo, antes de que cayera al piso. "¡Médicos! ¡Médicos!", gritaba Pablo.

Aquello parecía un sainete.

“CUBA, LLAVE DEL GOLFO”, pintó el dibujante antes de echar a un lado los pinceles.

Guerrero y yo nos echamos a reír. A Franqui lo tuvieron que sentar y echarle fresco.

Para entonces, se había hecho tarde. Serían como las dos de la madrugada y me quise ir. Caminé dando tumbitos hasta el fondo del pabellón, donde ya ni las mesas de bebidas y comidas funcionaban. Los segurosos habían dado cuenta del banquete. Caminé un poco más y salí a la calle. Me paré y respiré; alcé la vista para ver el hotel Capri y seguí caminando.

No había cruzado la Calle 21 todavía cuando la misma limosina vieja y negra que nos había llevado a casa de Chago frenó con estrépito al lado mío. Un par de hombrazos vestidos de traje negro me salieron al paso con carnés en las manos. No me molesté ni en mirar qué decían los ID. Vamos, me dijeron, tomándome por los brazos y metiéndome de un empujón en el carro.

Pero esa es otra historia que ya les contaré. Todavía no es el momento.

4 comments:

  1. Muy buena anécdota, sin duda muy real. Así se daban las cosas, pero me quedé con las ganas de saber qué pasó después. Buen cliff-hanger.

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  2. Ja ja ja ! A mi Walterio me encaramo en un andamio con Lolo Soldevilla que me dejo pintar en un cachito. Muy entusiasmada me busque en la foto pero ni con lupa me. Encuentro pero Lolo pudo agarrar cantodad de pinturas, aquellos tubos grandotes y gordos, me. quede con un amarillo y un blanco mas los pincelotes, como tres o cuatro. Fue cuando aqello la patada de lo de Troski en la inauguracion de la funeraria_galeria de23?

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  3. Así se escribe, dice Ballagas al anónimo, para enganchar. Y para Clarita: Qué tiempos, amiga mía. Loló con su nieta, paseando por aquí y por allá.

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  4. Soy la hija de Chago y aunque no lo conoci o no lo recuerdo Sr. Ballagas (yo era muy pequeña cuando visitaría mi casa... de Guerrero si me acuerdo), es agradable lo que Ud. escribio sobre mi padre. Dalia fue su esposa por 40 años hasta el ultimo minuto de su vida y yo, que también me llamo Dalia me siento muy orgullosa de mi padre y de su gran valor por enfrentar una sociedad tan hipócrita y corrupta.

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