Saturday, May 14, 2011

Obituario de un granuja

Me cuentan que se murió Jorge Timossi. Un obituarista de ese pasquín digital cubano llamado La Jiribilla calificó su fallecimiento nada menos que de “noticia mundial”. Para tratarse de uno de los farsantes y estafadores más grandes del mundo occidental, la expresión se me antoja exagerada pero hasta cierto punto certera.
 
El primero de la izquierda
es Timossi. No sé qué
hace en la cama con tantos machos.

Este argentino, fiel servidor de las agencias represivas del régimen castrista hasta el día de estirar la pata, se valió de la fachada de periodista e intelectual para engañar a medio mundo. No me complace mucho hablar así de un cadáver. Pero tratándose de alguien que quiso despojarme del legado de mi padre, Emilio Ballagas, no puedo evitar hacerlo. Así que ahí va: Timossi fue sobre todo un bola de mierda y en el mundo se respira mejor sin su presencia. Sépanlo sus jefes en La Habana y su familia, donde quiera que esté.

Hará unos diez años, al hacer una búsqueda general en Internet, me percaté de que algunos poemas de mi padre habían sido incluidos sin autorización en una antología publicada por una editorial europea muy seria, nada menos que Grijalbo-Mondadori. Cuando indagué con su departamento de derechos y permisos, se me informó que debía dirigirme a la Agencia Literaria Latinoamericana, según la cual yo era su representado. Aquello me indignó, tratándose de una de las tantas entidades dedicadas a llevarle dinero a los comunistas cubanos bajo el pretexto de difundir cultura.

La funcionaria de Grijalbo-Mondadori con quien crucé varios correos electrónicos se sorprendió de que el heredero de los derechos de Emilio Ballagas le explicara muy tranquilamente que tal agencia no me representaba ni me podía representar, porque hacía muchos años que yo no vivía en Cuba ni necesitaba la representación de ésta. Esta refirió, pues, mi indagación electrónica al señor Timossi, en La Habana.

Lamento no tener ahora a mano el correo electrónico que ese hijo de buena madre tuvo a bien enviarle a Grijalbo-Mondadori. Al parecer, al haber sido descubierto in fraganti en un robo de propiedad intelectual, como muchos de los que habría hecho, no le quedó otro remedio que mostrar su verdadera faz de bandido, agentazo y difamador.

Según Timossi, ya yo no era su representado (como había hecho creer antes a la editorial), sino alguien expropiado de sus legítimos derechos por la simple razón de haberme marchado del paraíso castrista, y que ahora trataba de apropiarme de derechos que no me pertenecían a mí, sino al gobierno cubano. Alegaba, igualmente, el muy bastardo, que de todas formas la agencia que él dirigía sólo había obtenido $50 del libro que había causado esta disputa, cifra que no le parecía muy importante, aunque no tuvo a menos embolsillársela el muy H de P.

Desde luego, no me costó mucho trabajo convencer a Grijalbo-Mondadori de que tal argumento no se sostendría legalmente en ningún tribunal de un país civilizado. Del lado de acá nadie cree que alguien pierde sus derechos de herencia sólo porque se traslade de un país a otro. Tampoco me costó trabajo explicarle a esa empresa las sanciones potenciales en que incurrían bajo la Ley Helms-Burton, sobre todo en momentos en que esa editorial sentaba plaza en Estados Unidos por sus intereses en la casa editora Random House. Y así, el libro titulado Seis poetas cubanos salió discretamente de circulación. No sé siquiera si aparece en los centros espiritistas.

Pero ahí no acabó el acoso de este miserable que, al parecer, pretendía vender algún libro de mi padre, quizás su obra completa, para beneficio del régimen comunista cubano, siempre ávido de dólares. Asustado de perder este negocio, mandó a otro agentazo del castrismo, el supuesto poeta Pablo Fernández, a ponerse en contacto conmigo en Nueva York, para ofrecerme “3,000 ejemplares” de ese libro y $20,000 como fórmula de compromiso, así como un tour pagado por toda la isla.

Conversando con Fernández sobre el tema en la estación ferroviaria Grand Central de Nueva York, a poco de los ataques de las Torres Gemelas, no podía contener mi furia, pero tampoco quería perder la oportunidad de enviar un mensaje claro al régimen. Fingí, pues, que me interesaba su oferta, y como quien no quiere la cosa, le invité a caminar un rato para definir más el acuerdo.

El muy idiota me creyó (bueno, él es todo un imbécil, qué se va a hacer), y salimos a pasear. Nos di rumbo por la avenida Lexington hacia el norte, a medida que oscurecía ya temprano ese otoño, y cuando menos lo esperaba aquel maricón, y en una zona poca transitada a esa hora, lo metí de un empujón en un callejón para basureros, saqué una pistola vieja e inservible que había traído conmigo, lo aplasté con fuerza contra una pared y le pegué su cañón a la cabeza.

–¡Manolito! –chilló él, aterrado. Pero lo callé enseguida de un pescozón. No se atrevió ni a chistar.

–Nunca se te ocurra –le dije despacito y bajo al oído, entre dientes y apretando el cañón contra su frente fría– volver a traerme mensajitos ni propuestas de esos singaos, porque no vas a hacer el cuento, ¿me oíste? Yo no soy como el tipo ese de la CIA con quien te relacionaste en Londres, cuando pensabas irte de Cuba, ni como los segurosos que te dan de comer ahora. Yo no creo en nadie, soy un gorila. ¡Te voy a hacer leña, cabrón! ¿Me oíste? ¿Me oíste?

Con cada pregunta, le hundía más el cañón en la canosa melena que se gasta ese tipejo. Fernández se derrumbó luego poco a poco, resbalando por la pared de ladrillos, hasta caer de rodillas en el sucio pavimento.

–¡Voy a llorar, voy a llorar! –gemía.

Pero no soltó ni una lágrima, qué va. Lo que hizo fue mearse en los pantalones, el muy cobarde emisario de Timossi. Me dio tanta rabia que antes de irme y dejarlo allí le di una patada en las costillas. Y otra. Y otra. Y otra...

No comments:

Post a Comment