Thursday, June 23, 2011

El día que tomé la Casa por asalto



Una guarida de bandidos.
  Nunca me invitaban a las recepciones. Yo creo que ni ganándome el Premio Nobel me iban a invitar. En La Habana de aquel entonces, donde hubiera que comer y beber, era como una fortaleza inexpugnable, un coto para privilegiados del régimen, y yo era un marginado total, por escritor maldito y librepensador. También por ser un chiquillo mentecato e insoportable, pero eso es harina de otro costal. Eso sí, siempre me las arreglaba para colarme, aun en las fiestas más selectas.

Como cuando la Unión de Escritores le dio un agasajo a los delegados a la Conferencia Tricontinental y vinieron guerrilleros y farsantes de todas partes del mundo, posando de revolucionarios. Se suponía que habría una seguridad enorme, y con todo, me metí. O en el mismo fiestón del Salón de Mayo que ya les conté. Con un poco de suerte, astucia y amiguetes terminaba dentro, con un jaibolito en una mano y una masita de puerco en la otra. Ganarle esas pequeñas batallas a aquella chusma que lo acaparaba todo, me daba un placer increíble. Bueno, yo era muy inmaduro. Algunos piensan que todavía lo soy.

Una noche, a comienzos de 1967, un amigo y yo ponderábamos aburridamente qué hacer en una cafetería de mala muerte del Vedado, cuando caímos en la cuenta de que en aquel mismo momento precisamente se celebraba la entrega de los premios Casa de las Américas, a pocas cuadras de donde nos comíamos un miserable par de croquetas de ave –de averigua- seguidas de sendos vasos de agua del tiempo. Lo único que había.

No hay que decir que en tales festejos literarios se comía y bebía a más y mejor, al margen de cualquier penuria nacional. Para un par de delincuentes y vagos habituales como mi amigo yo (o hampones, al decir de Fernández Retamar), aquella entrega de premios nos venía que ni de perilla para calmar nuestra hambre de sed y justicia. Habría en la fiestecita de la Casa abundancia de whisky, mojitos y daiquiríes, amén de generosas bandejas de panecillos de jamón y queso, pinchos de camarones y, por supuesto, las anheladas masitas de puerco, cómo no. El asunto era colarse. ¿Y cómo? ¿Bajo qué pretexto?

En semejantes casos era bueno agenciarse a alguien, un conocido, que ya estuviera dentro, es decir, un invitado legítimo a quien usar como trampolín. Era una treta que ya me había dado buenos resultados antes. Fingir que traía un mensaje urgente, casi de vida o muerte, para cierta persona, y una vez la convocaran a la puerta, pasarle el brazo por encima y seguir andando tan campantes, hasta mezclarnos con el resto del público.

Mi amigo no conocía a nadie en la fiesta de la Casa; él era casi un animal con ropa y no tenía conocidos en ninguna parte, pero yo, señores, conocía nada menos que a Pablo Armando Fernández. Ya les he hablado de él, creo.

Si ustedes conocen bien a ese personaje, sabrán que merece ser víctima de cualquier engaño, patraña, injuria o algo peor. A fin de cuentas, ha pasado toda su vida fingiendo que es poeta, y hasta convenciendo a algunos tontos de que lo es, con un librito titulado nada menos que Toda la poesía. Pablo tenía, además, un montón de amigos en la Casa, de ahí que supusiéramos, muy acertadamente, que se encontraba aquella noche en la entrega de los premios, y bastante cerca de la carne y el ron, por cierto.

Corrimos, pues, a un teléfono público que había cerca de la cafetería el Pan Dormido, y en seguida llamamos a la pizarra telefónica de la Casa. Mi amigo era experto en imitar voces por teléfono. Se apretó la nariz, y con su mejor acento británico pero hablando español, pidió que le comunicaran urgentemente con Pablo Armando. En cuanto éste se puso al teléfono mi amigo se identificó como agregado cultural de la embajada de Gran Bretaña en La Habana, explicándole después que el editor principal de Penguin, Joseph Cohen, acababa de llegar al aeropuerto de La Habana, de forma inesperada, y se disponía a trasladarse a la Casa de las Américas para discutir con él la publicación inmediata de un libro suyo. Mucho le agradecería, agregó, que Pablo le esperara a la puerta del salón de conferencias, donde trataría de encontrarle.

-¡Sí! YES, YES! –gritaba el supuesto poeta– Tell him I’ll wait for him! At the door! YES!

No tardamos en personarnos en la puerta del salón de conferencias. Subimos por las escaleras de la ilustre institución, desprovistos de invitaciones y ropa decente, pero con todo aplomo, seguros de nosotros mismos y de que nos íbamos a colar y comer sabroso aquella noche.


El fingido poeta se hallaba apostado a la puerta de entrada, vestido como un príncipe y mirando ansiosamente a un lado y otro. Oteaba el horizonte en busca de la gruesa figura del anciano Cohen, su futuro editor, cuando tropezó de pronto con mi cara. Creo que en ese mismo instante se dio cuenta de la engañifa, pero no le dimos tiempo a recuperarse ni mucho menos huir. “Saludos de Cohen”, le soplé al oído, mientras mi amigo y yo le tomábamos inmediatamente por ambos brazos, y con él de escudo, nos abrimos paso en el lugar sin contratiempos. La fiesta estaba en su apogeo.

–No te lo voy a perdonar jamás, Manolito... Jamás –gemía Pablo, retorciéndose en nuestro abrazo.

–Cállate, cabrón –mascullaba mi amigo.

–Me fueron a buscar mientras anunciaban los premios, qué vergüenza...

–Me lo imagino –intercedí yo.

–Eres un canalla, un canalla...

–Lo sé –dije al fin, soltándolo en medio del salón. Mi amigo hizo lo mismo. Dejamos al seudopoeta llorando solo, regodeándose en su mariconería, y enseguida nos fuimos a forrajear, cada uno por su cuenta.

Me arrimé rápidamente a un grupito donde pontificaba Julio Cortázar. Despuntaba éste por su tamañón y cara rarísima, como de un hombre de las cavernas. Hablaba de esto y de aquello, de su largo y zigzagueante viaje de París a Praga y de Praga a Canadá, y de Canadá a La Habana. “Un viaje de cronopios”, aseguraba. Qué clase de comemierda.

De lejos, vi a mi amigo saludar efusivamente a un par de personajes a quienes no conocía y después caerle en grande a la mesa de los licores. Ya era momento de empezar a gozar. Las bandejas pasaban de un lado a otro, cargadas en alto por camareros diligentes, vestidos de blanca chaqueta y negros pantalones, como en los buenos tiempos. Los camaroncitos hacían guiños desde las alturas, las masas de cerdo se derramaban sobre el piso. Estiré un mano y alcancé una, y después, otra. Tenía ya los labios resplandecientes de grasa. Y en eso...

–Es el hijo de Emilio Ballagas –oí que alguien decía de pronto, poniéndome una mano sobre un hombro. Me volví para verle. Era Pablo Armando, queriendo congraciarse con Cortázar y vengarse de mí seguramente.

–¿Hijo de quién? –preguntó una mujer con mirada demencial y cuerpo de jicotea, a quien identifiqué enseguida como Haydée Santamaría, la Heroína del Moncada y presidenta en jefa de la Casa. Nadie se molestó en satisfacer su estúpida curiosidad. Como siempre, la ignoraron.

El autor de Rayuela me miró entonces, y con inconfundible acento gardeliano, me dijo: “Oh, mucho gusto. La poesía de su padre significó mucho para mí”.

Le di las gracias y me escabullí. Haydée seguía preguntando en voz bajita: “¿Hijo de quién, hijo de quién?”. Nadie le contestaba aún.

Empecé a dar vueltas entonces, cazando las bandejas de las golosinas. En un rincón, vi a mi amigo hablar animadamente nada menos que con José Lezama Lima. Seguro hablan de pelota, pensé, porque mi amigo sabía poco de literatura. Vagabundeaba por las calles, siempre con un libro en la mano, enrrollado cual garrote, pero de escritor, nada. Y de lector, poco.

Comí por momentos camarones, cerdo, rosbif, panecillos de atún, todos deliciosos, no dignos de burgueses, sino de aristócratas. Al fin, me dirigí a la mesa de los licores y pedí tranquilamente un scotch.

El negrito que atendía los bebestibles (Ernesto, no se me olvida ese nombre) me miró de reojo. Los amanuenses suelen ser así, suspicaces de aquellos a quienes no reconocen como sus superiores. A veces, necesitan que les recuerden quién manda, así que le pedí de golpe, con tremenda autoridad, el primer scotch, y después otro y otro y otro... Para que aprendiera.

Al poco rato, Ernesto andaba preguntando entre toda la “superioridad” quién era “ese chiquito que no hace más que pedir whisky”. Por supuesto, para entonces yo estaba ya medio en nota y me importaba un bledo lo que dijera aquel imbécil arrastrado. Busqué a mi amigo, pero no le vi. ¿Se habría ido sin despedirse? No hubiera sido la primera vez. Bueno, yo me largo también, pensé.

Así que salí del salón, tomé la escalera y justo cuando llego al primer descanso veo la puerta de una de las grandes y elegantes oficinas que había –y hay todavía, por supuesto– en el edificio de la Casa. Barnizada, resplandeciente. Se me ocurrió que podía ser la de algún funcionario importante. Desde luego, con mi mente ofuscada por el alcohol y los instintos de delincuente juvenil que me gastaba entonces, se me ocurrió que podía encontrar allí algo que robarme. Ladrón que roba a ladrón...

Miré de un lado a otro, y después de fingir un momento que me anudaba el cordón de un zapato para dejar pasar a una pareja que se iba de la fiesta, y asegurarme de que estaba solo, me acerqué a la hermosa puerta y tanteé su manija. Para mi asombro, la cerradura cedió y enseguida pude abrir. Nadie me vio deslizarme hacia dentro y cerrar la puerta tras de mí.

El lugar era amplísimo, una oficina decorada con gusto muy refinado y moderno. Adentro, se respiraba cultura por todos lados, si es que la cultura se puede respirar. Creo que no, pero en fin. Había cuadros de pintores latinoamericanos famosos en las paredes. Hileras de libros recién publicados en estantes barnizados, bonitos, que abundaban en el lugar sin saturarlo. Artesanías indígenas aquí y allá. Luz tenue, tranquilizante. Ah... Me quedo extasiado mirando aquello y pensando en qué llevarme cuando escucho algo así como un quejido, un lamento apagado, y descubro, horrorizado, que no estoy solo.

Sentado a la bella mesa de caoba maciza que se yergue en el centro de la oficina está alguien, una mujer, abatida sobre su superficie, con la mitad de la cara reposando completamente sobre ésta y una mano aferrando una botella de... ¡SCOTCH! Qué casualidad. De pronto, alza la cabeza despeinada, expulsa por la boca torcida un grosero y etílico eructo, y veo entonces su rostro de ojos de mirada demencial: Es la Heroína del Moncada, ni más ni menos. ¿Será posible?


La Heroína del Moncada,
con su mirada demencial.
 Casi echo a correr, de miedo a que me reconociera. (¿Hijo de quién, de quién?). Pero no, ni cuenta se da de quién soy, ni de quién soy hijo, ni de que estoy colado en su oficina quién sabe con qué malas intenciones. De pronto, me da lástima, al recordar que en otra fiesta presencié cómo el poeta y provocador internacional Allen Ginsberg le daba una sonora nalgada. Pobrecita. Le sonrío y ella hace lo mismo.

–¿Qué tal, compañerito? –me saluda, guiñándome un ojo.

–Hola, Haydée, ya me iba –le contesto. Y de verdad iba a hacerlo, me estaba acercando prudentemente a la puerta.

–No te vayas, coño, no te vayas, chico –me pide ella con el inconfundible sonsonete ronco de los borrachos– Métete un trago, que esto se puso bueno ahora, compañerito.

–No gracias, compañera –le digo– Esta noche tengo guardia, no puedo.

–¡Ah! –exclama ella– ¡Muy importante! ¡Con la guardia siempre en alto!

–Así es –le digo. Pero ella insiste.

–¡Déjate de comer mierda, que yo te firmo un papel! –vocifera, agitando la botella.

–¿Usted puede? –pregunto.

–Todo se puede, compañerito –dice la Heroína– ¡Siempre se puede más!

Y se echa a reír estrepitosamente. Carcajadas largas, patéticas que poco a poco, en una metamorfosis de la que no me doy cuenta hasta que termina, se convierten en llanto. Llanto quedo, vergonzante, pero con todo, muy triste.

–Qué mierda, coño, qué mierda... –murmura entonces la Heroína– Tanta lucha y sangre y sacrifico para esto.... ¡PARA ESTO!

Aguzo la vista y veo que está empuñando en la otra mano un papel medio estrujado, a todas luces un documento breve y mecanografiado. Lo agita un poco, como si éste fuera el motivo de su llanto.

–Tanta sangre y lucha para tener que lidiar uno con tantos maricones y vividores como hay aquí –se lamentó, agitando el papel– ¿Tú sabes lo que es eso? El Moncada, la Sierra, Frank, Abel, tantas vidas, tanta sangre derramada... ¡PARA ESTO!

Yo no sabía qué decir. A mí todo aquello me importaba un cojón, como ya deben suponer. La Sierra, el Moncada, y Frank inclusive, no sabía ni quién era. ¿Para qué? El único Frank que yo conocía y tenía en alguna estima era Frank Domínguez, el compositor de Imágenes, una canción excelente, pero dudo que Haydée se hubiera estado refiriendo a él. ¿Abel, el hermano de Caín?

–La vida está llena de decepciones –fue lo que se me ocurrió decirle al fin. A los borrachos, como a los locos, es mejor seguirles la corriente. Uno no sabe lo que pueden hacer.

–Qué mierda... qué mierda... –murmuraba ella, moviendo la cabeza torpemente de un lado para otro, y luego secándose las lágrimas– Tanta lucha para esta porquería de gente... ¡ESTA BAZOFIA! ¡ESTA BURUNDANGA!

Llorando a moco tendido, volvió a pegar la cara sobre la superficie de la mesa. Me quedé mirándola y atento a la puerta, no fuera que entrara alguien. Al fin, empecé a escuchar sus ronquidos: fuertes, inspirados, ronquidos de borracho que duerme a pierna suelta. Me picó la curiosidad y me acerqué a la mesa con cautela, poquito a poco. Cuando estuve bien cerca, estiré una mano, y con mucho cuidado, le quité aquel papel de la mano. Ni cuenta se dio la pobre.

Coño, pensé, al ver quién lo firmaba. Era uno de los ilustres miembros del célebre consejo de redacción de la revista Casa en aquellos tiempos. Hoy, un novelista famosísimo. No voy a decir si vivo o muerto, pero sí muy famoso y laureado, para que lo sepan. Caramba. Quizás les diga algún día, pero hoy me lo reservo. Y en aquella cartica pedía nada menos que un aumentico de 500 dólares americanos a cambio de escribir un poco más para la revista y “arreciar” su lucha por dar a conocer la obra de la revolución cubana en el exterior y salir al paso a sus enemigos. Qué hábil. Y lo quería en dólares, jajá. No en balde la heroína se puso así. Tanta batalla para terminar otorgando sinecuras y dádivas a aquellos aprovechados que andaban regados por el mundo.

Con sigilio, doblé aquella hoja en cuatro partes y me la guardé después en el bolsillo. Pude enviármela después yo mismo por correo cuando me largué, muchos años después, de esa isla infernal, y tuve la suerte de que llegó a la dirección de mi mamá en plena Sagüesera de Miami, y de nuevo, a mis manos.

Detrás de la mesa donde Haydée dormía su angustiada mona, vi que había un rollo grueso, bien armado, de los hermosos affiches que la Casa de las Américas repartía por medio mundo, menos en Cuba, para halagar a sus simpatizantes globales y hacer creer que Cuba era un emporio de bellezas plásticas. Me acerqué y le tomé el peso. No era mucho; sería fácil de llevar conmigo sin despertar sospechas entre quienes salían a esa hora de la recepción. No eran más que affiches, pero podría venderlos a buen precio, porque en Cuba siempre hacía falta algo para tapar los huecos y la suciedad de las paredes. De nuevo volví a mirar hacia la puerta, pero siguió la quietud, así que atrabanqué el rollo y me lo puse debajo de un brazo. Pero entonces vi otra cosa, muy cerca, que me llamó la atención.

Era una botella preciosa, de color verde esmeralda, con una etiqueta llamativa, dorada y de forma casi triangular. Viéndola más de cerca, me di cuenta de que contenía nada menos que un excelente y costoso champán, Dom Perignon. Cosecha de 1962, ni más ni menos. Adherida a una parte de la botella había un sobre del tamaño de una tarjeta de felicitación, que inmediatamente abrí, aunque estaba dirigido claramente a la Heroína del Moncada, que roncaba que daba gusto en aquel momento.

“Para el amigo de todos los cubanos”, decía la tarjeta que encontré dentro, y no me cupo duda inmediatamente de quién era ese amigo. Abajo, firmaba otro de los tantos miembros del consejo de redacción de la revista Casa, un escritor muy famoso entonces y ahora, y desde luego, mucho menos entusiasta del comunismo castrista de lo que era entonces. Da risa recordar toda esa adulonería. Total, para ahora arrepentirse, pero en fin... ¿Amigo de todos los cubanos?

Guardé la valiosa botella destinada a you-know-who en una linda bolsa de papel satinado que encontré cerca y me dispuse a salir de allí a la carrera, cuando oí sonar la puerta de pronto. “¡Coño!”, me dije, y de un salto logré esconderme en un clóset amplio que tenía al lado. Estaba lleno de libros y útiles de oficina, pero al menos me dio un seguro abrigo momentáneo. Através de una hendija, además, pude ver al menos parcialmente a quienes habían entrado.

De espaldas a mi mirada, y bajo aquella luz mortecina, él pudiera haber sido uno de muchos de los que poblaban el mundillo de la Casa, Fernández Retamar, Lisandro Otero, quizás el mismo Cortázar, Roque Dalton, o hasta el pintor Mariano Rodríguez. ¿Qué más daba? No podía definir bien a aquella distancia tampoco. Y ella, Dios mío, podía haber sido cualquiera de las mujerangas que se paseaban por aquella institución, con los muslazos pálidos que enseñó cuando él le levantó, de un tirón, el ligero vestido: Chiki Salsamendi, María Rosa Almendros o Marcia Leiseca Pérez, quién sabe, una de ellas, una de tantas...

Conteniendo el aliento y con los ojos encandilados por aquel insólito espectáculo, traté en enfocarme, de distinguir los rostros, pero no pude. Así de enmarañadas estaban aquellas dos figuras, en sus forcejeos obscenos, sobre una mesa.

–¡Animal que eres! ¡Nos van a ver! –gemía ella.

–¡Déjame, coño, déjame! –bramaba él, rasgándole los pantaloncitos a puros tirones.

–No podías esperar, eres una bestia...

–¡Una bestia, sí! ¡Mira cómo estoy, cojones!

–¡Ay! Me vas a matar, me vas a matar...

–¿Ves lo que me obligas a hacer? ¿Ves?

–¡Me haces daño, animal!

–¡Daño es poco, cabrona!

–Tal parece que me estás violando...

–¡Cállate, puta!

El intercambio acabó con un sonoro bofetón. Los sollozos de ella, poco a poco, se fueron convirtiendo en gemidos de placer, en agitadas expulsiones de aliento y baba, cada vez más acompasadas y fuertes. El la abracaba y golpeaba contra la superficie de la mesa; los pies de ella, todavía con los zapatos de altos tacones, saltaban y saltaban al aire. Y entonces...

–¡Ay, Camilo! ¿ADONDE HEMOS VENIDO A PARAR, COÑO?

La pareja quedó paralizada al escuchar aquel grito ronco, repentino. También el ruido de la botella de scotch que se cayó e hizo añicos en el piso, de un manotazo. Sumidos en su propio gozo, no habían reparado en la figura que reposaba dormida sobre la otra mesa, a sólo unos pasos de ellos. La Heroína había despertado de pronto, y manoteando, le hablaba ahora a un fantasma, sin percatarse tampoco de la presencia de ellos, y mucho menos de la mía.

–¡Ay, Camilo, coño! ¿Para qué tanta sangre, tanta lucha? ¿Para esta mierda? ¡DAN GANAS DE MORIRSE! –rugió, Haydée, lacrimosa. Enseguida, pude ver cómo el hombre, momentos antes poseído por la lujuria, conminaba ahora a la otra mujer al silencio, llevándose un dedo a la boca.

Ambos se quedaron mirando a la Heroína, muy quietecitos, hasta ver su cabeza desplomarse otra vez sobre la mesa. Temerosos de que fuera a despertar otra vez, se desencajaron enseguida. Ella, alisándose el vestido, y él, cerrándose la portañuela apresuradamente. Para mi tranquilidad, se largaron en un santiamén.

Enseguida, salí de mi escondite. Debajo del brazo, llevaba el rollo de los affiches, y en la linda bolsa, la botella de Perignon. Me pregunté si podría escapar indemne de allí con todo aquel botín. Haydée roncaba pesadamente sobre su mesa; no tenía que preocuparme de ella. Me deslicé, pues, hacia la puerta y la entreabrí para ver si no había moros en la costa. Había muchos.

Al parecer, la ceremonia de los premios estaba terminando, y una continua fila de festejantes ebrios descendía por la escalera. Los elevadores eran pequeños en la Casa y, además, seguramente estaban rotos, como casi todo en Cuba. Sin embargo, lejos de ser un impedimento, concluí que aquella desbandada me iba a facilitar la fuga. En cuanto, se produjo un vacío en el flujo de gente, aproveché para salir y cerrar la puerta tras de mí. Poco a poco, me sumé a la hilera que bajaba, y así, llegué hasta la salida en la calle Tercera.

Era mucha la gente y nadie me prestaba atención, francamente. De hecho, algunos se iban también con regalitos: cargaban bolsas, rollos de carteles, libritos. La mayoría eran extranjeros. En eso, me viré y adivinen a quién vi no lejos de allí, fumándose un cigarrito cerca de la jardinería. Era el negrito Ernesto, ni más ni menos.

No me hubiera costado seguir caminando rápido hasta la parada del ómnibus 74, que me dejaría en la puerta misma de mi casa. Pero no pude evitar hacer una última trastada antes de largarme. Despacito, me fui acercando al tipo, y cuando menos lo esperaba, afectando un muy castizo acento español, digno de comedia de equivocaciones, le dije:

–Dígame, buen hombre. ¿Sabe el camino hacia el Campo de Marte?

Ernesto se volvió de golpe, cenizo del miedo. No tenía ni puta idea de qué era el Campo de Marte ni por qué yo precisamente le preguntaba por él. Y sin esperar a que se repusiera, di media vuelta y seguí mi camino.

Días después, me tomé –casi helada– la botellita de champán del amigo de todos los cubanos. De los carteles, me quedé con uno, muy hermoso, que decoró mi casa habanera hasta que nos fuimos en el 80. Los otros los vendí a buen precio, y usé el dinero para comprar cosas en la bolsa negra, y por supuesto, vivir sin trabajar. La cartica del famoso intelectual de izquierda pidiéndole dinero a la Heroína del Moncada la conservo todavía, como otros secreticos. Nadie sabe cuándo nos pueden hacer falta esas cosas.

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