Friday, June 10, 2011

La historia pudo ser distinta

Hace mucho tiempo, tantos años que me duele acordarme, un pequeño grupo de jovenzuelos se desplazaba a altas horas de la madrugada por la calle 26 de La Habana, muy cerca del cine Acapulco y el edificio que servía de residencia al entonces ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, Raúl Castro, a toda su familia y a su séquito de guardianes, adulones y esbirros.


Pablo Milanés
 El ánimo de aquellos muchachones era, más que festivo, eufórico. Saltaban, brincaban, cantaban y hacían toda clase de aspavientos. Cualquiera hubiera podido suponer que se hallaban bajo el efecto de una fuerte droga. Y hubiera supuesto bien, porque lo estaban. Mientras avanzaban por en medio de la calle, que a esa hora estaba totalmente desierta, los cuatro jovenzuelos se pasaban entre sí un humeante pito de canabis, vulgarmente conocida como mariguana.

Uno de aquellos regocijados viandantes, llamado Pablo Milanés, cantaba a voz en cuello una pieza musical que había compuesto recientemente; otro, llamado Rey Montesinos, avanzaba dando saltitos y de vez en cuando, en pleno aire, hacía chocar sus talones sonoramente. El tercero, Manolo Ballagas, el hijo del poeta, se cuidaba, como siempre, de hacer el ridículo, atento solamente a burlarse de los demás, riéndose delirantemente. El cuarto, Helio Ojeda, un recién llegado de Bulgaria que había obtenido la maldita hierba, giraba sobre sí mismo como un derviche, murmurando incoherencias en alta voz.

Rey Montesinos
Ninguno de los cuatro hacía nada que no estuvieran haciendo en aquella época –los felices 60- muchísimos jóvenes de su edad en París, Nueva York, Londres o Ciudad de México. Pero en La Habana de ese entonces comportarse así en plena vía pública, y más tan cerca de la madriguera del hermano del Máximo Líder, era todo un acto de audacia que afortunadamente no tuvo consecuencia alguna.

Dios quiso que la policía no pillara entonces fumando mariguana a Milanés –recién salido de un campo de concentración para homosexuales- ni tampoco a Montesinos, ni a Manolito Ballagas, el hijo del poeta. Helio Ojeda también salió indemne de aquel trance. Llegados los cuatro al cruce con la calle 23, más abajo, se despidieron sin contratiempos y siguió cada uno su rumbo y su destino.

Pablo Milanés –que por estos días provoca polémicas en Miami- llegó a convertirse en figura señera de la Nueva Trova. Rey Montesinos, pese a todas sus locuritas, se convirtió en director de la Orquesta Sinfónica de la Radiodifusión Cubana. Manolo Ballagas, el hijo del poeta, tuvo un destino más trágico y cayó preso por razones políticas en los 70, pero al final pudo largarse de ese país infernal y dedicarse al periodismo y la literatura en Estados Unidos. Helio Ojeda, que se las daba de fotógrafo, quién sabe dónde andará. En todo caso, no se sabe de él y no news is good news.

Muchas veces me he preguntado qué hubiera sido de nosotros, y de la música y de la literatura cubanas incluso, si una inoportuna patrulla policial se hubiera cruzado con nosotros aquella feliz madrugada y hubiéramos ido a parar a la cárcel por mariguaneros. ¿Se imaginan? ¿O sólo es delirio de grandeza?

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