Thursday, July 14, 2011

Un comentario sobre mi libro

Desde Manicaragua, y desde el Círculo de Escritores de ese punto en la región central de Cuba, me llega esta inteligente y aguda reseña de mi novela. Toca aspectos que para algunos de los lectores y críticos de esta orilla pasaron inadvertidos, y demuestra que la comprensión de este libro trasciende las fronteras geográficas y experiencias humanas. Ahora, comparto el texto con ustedes.


Galopando entre las olas
Por Fidel Cruz Rosell

La literatura cubana de los últimos cincuenta años, mucho se ha repetido, hay que buscarla a caballo sobre el mar. En un estribo, la de la isla; en el otro, la desarrollada por escritores que emigraron ya hechos, junto a la de autores formados más allá de las fronteras. Aunque no se trata de algo novedoso -Martí en el siglo XIX y Carpentier en la primera mitad del XX, por solo citar dos ejemplos significativos, produjeron parte de sus obras fuera de Cuba-, no es hasta después de 1959 que el fenómeno se acentúa.

Tal situación ha marcado un “aquí” y un “allá” que divide y de algún modo incomunica las diferentes partes del corpus. Para suerte de autores y lectores, alguna que otra vez sucede el milagro: el mar –algún Moisés mediante- abre una brecha para darle paso a la literatura. Así pudo llegar a mis manos la novela Descansa cuando te mueras, opera prima del cubano residente en Miami Manuel Ballagas -hijo del poeta Emilio Ballagas-, quien comenzó su vida literaria en Cuba, publicando algunos cuentos, y, tras su salida del país, ha ejercido por muchos años como reportero de diferentes diarios de la Florida.

Manny, el protagonista, es uno de los muchos emigrados de Cuba, que trata de ganarse la vida en Miami vendiendo TV por cable, cuando en realidad lo que hace es "comerse un cable ", como decimos en buen cubano; pues, en los años ochenta, unos aún desconocen esta tecnología, otros no tienen dinero para pagarla y se la roban, mientras los que sí tienen posibilidades monetarias no disponen de tiempo para ver televisión. Este trabajo lo lleva de un lado a otro (La Sagüesera, Westchester, Kéndal, Hialeah), poniéndolo en contacto con los estratos más bajos de la sociedad miamense.



Fiel al título, se trata en verdad de una novela incansable en al menos dos dimensiones: la del narrador protagonista, que desarrolla una desenfrenada carrera por la supervivencia; e igualmente la del lector, que se deja llevar con agrado por todos los entresijos del argumento episódico, disfrutando un constante fluir que se agradece por la forma amena en que está hilvanada la narración.

La trama es impelida constantemente hacia delante, sin retrospectivas, sin detenerse en causalidades ni preocuparse por cerrar a cal y canto los capítulos. Y esto último emparienta la acción con el ritmo trepidante del decurso vital, que casi nunca termina de plano las etapas, sino que las difumina, dejándolas inconclusas, pudiéramos decir en hilachas, hasta que se van entrelazando con las siguientes.

Manny adopta siempre una posición crítica, de distanciamiento ante el entorno social, y tiene para La Sagüesera los peores epítetos:

Era una verdadera cloaca. Gente sucia, ignorante, pendenciera. No los soportaba, ni ellos a mí. Vivían como animales, hacinados en casitas donde imperaba la podredumbre, el desorden y la promiscuidad. Las mujeres carecían de pudor; los hombres, de respeto y honradez. Todos los días mataban a alguien: a tiros, a puñaladas, a botellazos, sobre todo a traición. No trabajaban, o trabajaban cuando les daba la gana. Se pasaban el día entero tomando cerveza y viendo televisión…

Esa violencia es recurrente en la obra, en sus versiones familiar, laboral y política, aunque mostrada de forma tangencial y en función de la caracterización del narrador-protagonista. Él, que siempre está tratando de evitar las complicaciones, cae una y otra vez, indefenso ante las circunstancias que le rodean. Un mundo en verdad opresivo que lo vapulea a cada instante.

Desde la primera persona del singular, el propio Manny nos cuenta sus aventuras, haciendo hincapié en las sexuales. Porque es precisamente en su rol de Don Juan donde la vida le resulta menos avara. Sin subtramas ni digresiones, toda la acción se centra en él, mientras los personajes secundarios pasan fugazmente para nunca más volverlos a encontrar. Por momentos, cierta sensación cinematográfica trueca al lector en espectador de un filme cuyas escenas son tomadas cámara en mano tras un personaje que no se detiene: entra y sale de los edificios, camina por la calle, conduce el auto... Este perseverante movimiento del narrador le proporciona gran dinamismo a la fábula.

Matancita, un antiguo compañero de presidio de la época de Cuba, es el único que reaparece un instante, pero Manny, fiel a su discurrir en solitario, lo esquiva porque para él todo debe transitar, permanecer a sus espaldas. No hay un solo recuerdo para el pasado en su país, como tampoco para familiares o amigos.

Las mujeres también pasan, de capítulo en capítulo, en una sucesión ininterrumpida de nombres. En muy escasas ocasiones el autor se preocupa por informarle al lector las razones que llevaron a las rupturas. Simplemente desaparecen sin dejar vestigio, para dar paso a la siguiente. Aquí se rompe con preceptos consensuados de que no se debe nombrar al personaje que no se vaya a describir. Mas, en este caso los nombres, siempre latinos, establecen nuevos límites, ahora étnicos, al círculo de influencias del protagonista.

El lenguaje es muy significativo en Descansa cuando te mueras. Refleja el proceso de transculturación a que está sometida la comunidad hispana asentada en Miami. El texto, escrito en español, no desestima la inclusión de palabras del inglés, en unos casos plasmadas en ese propio idioma; en otros, llevadas al español, en una rica y enjundiosa mezcla. El habla abarca un amplio espectro que va desde la norma culta hasta la vulgar, con predominio de la popular.

“Nadie quiere a nadie” es una frase bien cubana, popularizada hasta el delirio a través de una canción de los Van Van, allá por los años ochenta, que se inserta perfectamente en la novela con la clara intención de significar relaciones humanas sostenidas sobre la base del desarraigo afectivo, la incomprensión y el recelo. La frase, siguiendo a Juan Formell, tenía una coletilla de reafirmación (“se acabó el querer”) con la que se pretendía dar la visión de una nueva época sustentada en el principio de “todos contra todos”, en sustitución del romántico “todos para uno y uno para todos” acuñado por Alejandro Dumas en Los tres mosqueteros. Como era de esperar, el estribillo disgustó a algunos y desató comentarios nada halagüeños en la prensa. Manny y Matancita la aprendieron en el presidio y la repiten allá como sentencia acorde a un mundo de embaucadores que no tienen escrúpulos en estafar al prójimo:

Aquí hay mucho farsante haciéndose pasar por cocinero. Están por todos lados. No tienen higiene ni escrúpulos ni vergüenza, y si les pides un pan con bisté, te lo dan lleno de pellejos y nervios; piensan que no te vas a dar cuenta. Guardan la comida de un día para otro, hasta que se pudre o alguien la compra…

Pero hay una frase que el autor convierte en leit motiv para martillarnos sin piedad capítulo a capítulo: “Hacía un calor del coño de su madre”. Con ella da una vuelta de tuerca a las ya difíciles circunstancias que actúan sobre el protagonista, al agregar la adversidad del clima como un antagonista más, un empecinado perseguidor al que no puede burlar ni dejar atrás.

Manny es un inadaptado social: reniega de su pasado pero nunca termina de acomodarse a la nueva realidad que le resulta hostil. En una ocasión trata de escapar, irse de Miami en busca de un mejor destino, pero las cosas se le complican cuando un amigo le falla (nadie quiere a nadie) y se ve precisado a regresar. Queda entre dos aguas, o mejor sería decir: atrapado en la corriente del Golfo, donde mismo han quedado cientos de cubanos en el intento de llegar a la Florida.

La novela se acoge en lo fundamental a los códigos del realismo, si aceptamos la idea (refutada por algunos) de que es viable tal escuela o método artístico. Sin embargo, en ocasiones el autor construye escenas un tanto surrealistas en que se produce una evasión a través de lo onírico y la semiinconsciencia. Se trata de comportamientos extraños, que pudieran estar causados por la ingestión de alguna droga, pero que no queda explicitado en la narración. En el final sí se produce una indudable muda en el nivel de realidad, cuando al personaje primeramente se le anuncia la muerte con la de su doble, luego se le hace invisible a los demás, hasta terminar desapareciendo para sí mismo. Un final que convierte al protagonista en el símbolo de la nada: no hay pasado ni futuro, y el presente termina perdiéndose en el vacío.

Si al inicio hablaba de incomunicación, pienso que Ballagas, desde Miami, con la propuesta ideotemática de Descansa cuando te mueras, establece un punto de contacto con un sector de la literatura que se escribe hoy en la isla: la misma visión amarga del contexto histórico en el que se desarrollan sus tramas.

Fidel Cruz Rosell (Manicaragua, Villa Clara, 1960). Licenciado en Filología. Narrador. Premio en el Concurso Nacional de Cuentos de Amor. Tiene publicados los libros de cuentos Tiempo de examen (Editorial Capiro, Santa Clara, 2000) y Los infinitos espacios del sueño (Editorial Capiro, Santa Clara, 2006). Trabajos suyos aparecen en las antologías Otra vez todo el amor (Editorial Letras Cubanas) y Cuentos de amor (Editorial San Lope, Las Tunas). Actualmente trabaja como Especialista de Estudios Culturales en el Sectorial Municipal de Cultura de Manicaragua.

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