Monday, July 18, 2011

Exaltación de un puente derribado

"Celebrando el 50º aniversario de la fundación en La Habana de las Ediciones El Puente (1961-1965), se presentará la compilación crítica Ediciones El Puente en La Habana de los años 60: lecturas críticas y libros de poesía, (Chihuahua, México: Ediciones del Azar, 2011. 632 pp.), cuyo editor es Jesús J. Barquet".

(Más aquí)

Leo con la divertida expresión de quien revisa un soberano disparate la nota publicada hace pocos días en la página web de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Apenas tiene cinco o seis párrafos, pero en tan corto espacio se las arregla el redactor para esconder un mundo de acontecimientos. La comparo con otro artículo publicado hace unos meses en El Nuevo Herald, refiriéndose al mismo libro:

"Con la asistencia de algunos de los poetas publicados por Ediciones El Puente entre 1960 y 1965 en La Habana Cuba, como Belkis Cuza Malé y Reinaldo García Ramos, se celebró el lanzamiento de una reedición que hacía tiempo era necesaria para los que se interesan en la historia de la cultura cubana, ya que los ejemplares de ese grupo habían casi desaparecido desde su ruptura en el año 65". (Más aquí).

¿La UNEAC conmemora el 50º aniversario de la fundación de las Ediciones El Puente? ¿Celebran en La Habana el mismo evento que en Miami? ¿Y por qué el aniversario de su fundación y no el de su clausura, en la que la Unión tuvo más que ver? ¿No parecería más lógico?

Después de todo, fue el propio presidente de la UNEAC en ese entonces, Nicolás Guillén, quien comunicó a José Mario, su director, que no dispondría ya de papel para publicar los escasos títulos asignados a El Puente. Meses después, José Mario era enviado a los campos de concentración de Camagüey. ¿O es que alguien se olvidó de aquello? ¿Es que nadie tiene ya memoria de lo que ocurrió?

¿No se acuerdan de Fidel Castro, echando espumarajos por la boca mientras rompía en pedazos las pruebas de galera de un librito de cuentos titulado Con temor? "¡Ese puente lo vuelo yo!", rugió el dictador, furioso, ante un grupo de estudiantes azorados, en la Plaza Cadenas de la Universidad de La Habana.

¿Se olvidó alguien de que inmediatamente el Poeta Nacional corrió a cumplir las órdenes del Alto Mando y con eso, de golpe y porrazo, quedó sellada la suerte de El Puente, y de muchos de sus integrantes y autores?

Todavía, hace pocos años, la poetisa Nancy Morejón, actual directora de la sección de literatura de la UNEAC, no se explicaba por qué, cada vez que levantaba la mano para hablar en una de las tantas asambleas que organizan los comunistas, le entraba miedo de que alguien le prohibiera abrir la boca, “porque ustedes, la gente de El Puente”...

Pobrecita. También tiene poca memoria, porque su suerte pudo haber sido peor, como ella sabe perfectamente. Y eso que ha firmado cuanta carta, manifiesto o denuncia que la han puesto por delante, años tras año. Y que se las da de escritora tercermundista. Y que trabajó para el tenebroso Ministerio del Interior (según la infaltable Wikipedia: She later taught French at an elite Cuban academy and held posts in Cuba's Ministry of the Interior).

No tiene memoria tampoco el poeta Gerardo Fulleda León, que a mediados de este mes se sentó en el panel organizado en La Habana para “celebrar” los 50 años de la fundación de un empeño que el régimen castrista echó abajo, para luego perseguir, encarcelar, exiliar o reducir al silencio a todos quienes estuvieron vinculados a él, incluyéndole a él mismo, y por supuesto, a la desmemoriada y casi muda Nancy Morejón.


Doblez de canalla.
Pero quien sí elevó su amnesia a doctorado es el titulado académico Jesús J. Barquet, que no contento con una vez haber descrito a los de El Puente como un atajo de locas busconas que deambulaban por La Rampa en los 60, ahora ha reunido en un librito fácil toda la papelería de El Puente que pudo encontrar. Un prologuito y unas cuantas notas críticas completan este empeño, que después de lanzarse en Miami a bombo y platillo, ahora se relanzó en La Habana, como parte de una maniobra castrista para apropiarse del prestigio de sus víctimas y manipular sus memorias en beneficio propio. Parece bastante, sobre todo para alguien que tenía 12 años cuando las Ediciones el Puente fueron cerradas, y unos 15 cuando José Mario partió rumbo al exilio.

¿A quién pretende engañar, dándoselas de experto en El Puente?

Al parecer, ciertos académicos, además de convertirse en miserables amanuenses de la dictadura de la cual huyeron hace décadas, encuentran en la capital cubana el único medio donde sentirse importantes, en medio de una ciudadanía esclavizada y toda una legión de enanos mentales.

Hice bien en no acudir a hacerle el caldo gordo a Barquet cuando presentó en Miami el librito sobre El Puente, como hicieron otros, incluso para entrevistarle y exaltarlo. Mira que me lo recomendaron. "Es un libro excelente", me dijo alguien. Pero coño, me olía algo. Me olía la doblez de este canalla, no sé por qué. Me olía a mierda.

Y, por supuesto, los servicios prestados por este sujeto al régimen han sido ampliamente recompensados ya con un librito publicado por la editorial oficial Letras Cubanas -que le niega tinta y papel a tantos escritores valiosos en la isla- y su correspondiente articulejo de promoción en el órgano del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, conocido como Granma:

Barquet, los puentes y la Patria


MADELEINE SAUTIÉ RODRÍGUEZ
madeleine@granma.cip.cu

Aunque la mayor parte de la producción poética de Jesús Barquet no ha sido concebida en suelo cubano, la Patria, entera y virginal, reviste su obra asaltándola a tan cortos intervalos que casi se le puede percibir —además de en la "superficie"— en cada una de las entrelíneas, aun cuando el texto en cuestión no guarde en apariencia relación con esa realidad espiritual.

Para constatarlo basta con contemplar a vista de pájaro, las páginas de Cuerpos del delirio, volumen donde por primera vez reúne este poeta habanero radicado en Estados Unidos lo mejor de su poesía y que acaba de ser presentado por el poeta y crítico Virgilio López Lemus, en la sala Villena de la UNEAC.

"Siento mucha alegría por presentar la primera compilación de mi obra aquí, pues el público cubano es el público natural de mi poesía, es para él para quien escribo —comentó a Granma Barquet visiblemente feliz con el resultado del trabajo que, acuñado por Letras Cubanas, nace de un cuidadoso proceso de selección por parte del propio autor, quien consigue incorporar a su antología, a pesar de poseer una obra de más de tres décadas de existencia, una unidad que estriba en esa percepción de la que no puede escapar fácilmente.

Sin decir el mar, Un rompido sueño, Naufragios... , por solo citar algunos de sus poemarios, ofrecen desde su propia titulación una añoranza que para palparle los motivos no hay que tocar demasiado fondo, si se tiene en cuenta que a flor de piel de los textos flotan, en un lenguaje al que la metáfora no atenúa las precisiones emocionales, las remembranzas de un pasado pertrechado de vivencias irreemplazables.

La antítesis sentimental, leitmotiv insoslayable en esta factura, halla la expresión perfecta en el poema Eco, donde queda reducido a una economía lingüística impresionante una buena parte del dilema: "Cuando estábamos/ la pregunta era salir./ Hoy que no estamos/ la respuesta es regresar".

Aparecida a partir de 1971 y desde entonces ininterrumpida, la poesía de Barquet sostiene la voz dolorida de la diáspora que no consigue la plenitud del espíritu fuera de "amigos, amores, ángeles, sorpresas y la familia, la verdadera patria".

Portadores de valores simbólicos, conceptos como la casa, el mar, el amor, los puentes y el sexo afloran una y otra vez para incorporar inusitados matices en los que suele hallarse al autor atrapado en su propia red: "La verdad son los restos de esta mentira. La mentira es esta verdad en la que vivo. (... ) A veces me siento como un árbol que anda buscando su terruño. No todas son tierras de vivir, por eso mi casa es (... ) ese dormir siempre tan despierto".

El diálogo sostenido a ratos con la sociedad norteamericana, no lo exonera de la crisis de identidad que suele embargar al espíritu en el exilio: "No sé ahora ni quién soy, tras este haberme vaciado tanto: Adiós a las playas de infinitas holguras". Y aunque tal vez por eso en sus versos los levadizos adquieran, a modo de esperanzadora salvación, una presencia vital. "Pensemos en la paz que nos trajeron los puentes. Pensemos en los puentes que nos traería la paz."

Barquet no sabrá quién es, según él, pero todo esto basta para que le conozcamos de sobra.

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