Friday, August 5, 2011

Cobrando viejas deudas

Nos echamos a la mar aquel día.
Aquí y allá he tenido amigos locos. Y más que locos, desquiciados. Quizás visionarios, pero orates definitivamente.

A poco de llegar a Miami conocí a un viejito medio jodedor en una estación radio muy mala donde trabajaba. Ha de haber tenido entonces como 70 años. Aseguraba haber sido periodista toda su vida, pero –como muchas de las cosas que contaba– me parecían absolutas exageraciones. Bueno, quizás habría escrito obituarios o notitas sueltas en algún diario alguna vez, pero más nada. Tenía más tipo de amolador de tijeras que de periodista, francamente. Pero era inteligente, cómico y generoso.

Un día, cerca del fin de semana, y cuando ya me disponía a largarme de la espantosa emisora, me invitó a acompañarle en una excursión de pesquería. Me extrañó muchísimo, porque nunca le había oído decir que tenía un bote ni que le interesaba el mar.

–Claro que sí lo tengo, y claro que sí pesco –me dijo al percibir mi extrañeza– Es una lancha más vieja que yo, pero está bien cuidada. ¿Vienes o no vienes?

Le dije que sí. Nunca había hecho pesca ni montado en un bote particular. En Cuba, la gente suele montarse en un bote con una sola intención. Es lo que hice para escapar de aquel infierno. ¿Pero pescar? ¿Montar en lancha por deporte? En esa época no tenía dinero ni ánimo para semejantes distracciones.

Quedamos en vernos de madrugada. El viaje hasta los Cayos de la Florida era un poquito largo. Le esperé a la puerta del edificio en que vivía entonces con mi mujer, en plena Pequeña Habana. La Sagüesera. De ahí partimos. Ayudaba que era sábado y el tráfico era mínimo. No había obstáculos en la carretera y se avanzaba rápido. El carro del viejo llevaba el bote a cuestas. No se veía mal: bien pintadito, parecía nuevo de paquete.

Pasamos de Cayo Largo a Isla Morada, y de ahí a Maratón. En un momento dado, el viejo se apartó de la US1 y se metió por unos vericuetos, hasta que dimos con una marinita medio escondida. Un americano colorado, lleno de las arrugas y grietas epidérmicas que dan el sol y el salitre, le cobró un dinerito, y allí apeamos el bote. No tardamos en hacernos a la mar. También me entró tremenda hambre.

Yo no traía mucho, un sangüchito que me envolvió Juanita, pero el viejo venía cargado con bolsas y paquetes que le preparó su mujer, llenos de masas de cerdo, tres flautas de pan, camarones empanizados, papitas fritas, albóndigas y qué sé yo cuántas golosinas más.

–Deja eso, flaco , éntrale–me dijo el viejo, cuando me vio mordisqueando mi escuálido sángüiche. Era una invitación a compartir aquel banquete. Ah, qué tiempos... Todavía me llamaban “flaco”...

Comimos mientras el barquito se alejaba y se alejaba cada vez más de la costa. Cuando al fin acabamos y echamos todos los desperdicios al mar en una bolsa negra de basura, el viejo se acarició la barriga y me dijo: Esto sí es vida.

Entonces fue que vi aquella funda escondida por un costado del bote. Francamente, me preocupó. No sé para qué quería una escopeta si a lo que íbamos era a pescar. Se veía claro lo que era, por la forma de la funda, quiero decir. Un fusil con mirilla telescópica.

–Hay peje que no se deja arrastrar y hay que tirarle –me explicó luego el viejo, sacando el arma de su funda, para tranquilizarme– Además, tú no sabes cuándo te vas a topar con un hijo de puta.

También tenía escondidos en los costados un montón de cosas: una pata de cabra, un bate y hasta un machete.

–Por si un cazoncito de esos se resiste –me dijo, empuñando el afilado machetín y agitándolo un poco en el aire.

El viejo se puso entonces una gorra de pelotero que no sé dónde traía. Me arrojó otra. No había pensado en eso: hay que protegerse la cabeza del sol. Seguimos navegando un buen rato, ahora bajo visera.

Al fin, paramos el motor y echamos una anclilla, para no irnos a la deriva. El viejo sacó pita, anzuelo, plomada para los dos. Nos sentamos a pescar... y a esperar, cada uno en una esquinita. El hacía cuentos y yo escuchaba. ¿Qué otra cosa iba a hacer?

Me dijo que en La Habana había cubierto temas de policía para el periódico Ataja. Veía muertos todos los días. Muertos y vivos, sobre todo vivos que vivían de los bobos. Se echaba a reír y se callaba un rato. Después, volvía a la carga. Cuentos de caminos y de mujeres, todas putas, claro. A veces, picaba un peje. Ninguno era grande y lo devolvíamos al mar.

En eso, vimos pasar una lancha extraña. No cerca, como a media milla de distancia. Tenía un aspecto más o menos sombrío. Cuando vi la banderita, me asusté un poco, lo confieso.

–¿Andan tan cerca? –le pregunté al viejo.

–Natural que sí, son de la pesca –respondió él– Esto es zona internacional.

Movió una mano tratando de abarcar toda el agua que nos rodeaba. Ya no veíamos tierra.

–¿Nunca te molestan? –indagué.

–Na –contestó el viejo.

Yo no estaba tan convencido. Aquel barquito cubano, aunque fuera de pesca, me tenía preocupado. Yo había escapado de aquel infierno como aquel que dice unos días antes. La sola idea de que aquellos hijos de la gran puta me fueran a secuestrar y meterme en una cárcel allá me ponía sobre ascuas. Fue entonces que picó aquel peje.

–¡Cójelo, coño! ¡Pégale! –gritó el viejo.

Tome el bate y me preparé. Aquella bestia marina saltaba que daba gusto. No era enorme, pero tampoco chiquita. Tenía hasta bigotes, creo. Halaba que daba gusto. No me parecía que fuera un tiburoncito ni mucho menos. Era un pez raro, negruzco, de aletas traseras grandes. Tenía también algo que parecían bigotes, cerca de las fauces. No alentaba el apetito, eso sí puedo decir.

-¡Pégale, cojones! –gritó el viejo, arrastrándolo por la pita hasta el medio del bote.

Le pegué, dos, tres veces. El bate se hundía en la carne viscosa del animal. Me daba lástima, pero había que pararlo. Las aletas eran afiladas y las usaba para mantenernos apartados. Al fin, le pegué un golpe tal, que quedó tieso de pronto. El viejo y yo nos quedamos mirando aquello. En eso, el viejo se pasó una mano por la frente y me dijo: ¿Quieres ver una cosa?

Ya me parecía que había visto demasiado, pero le dije que sí. El viejo me hizo levantar el anclita, arrancó el motor y enfiló por un rumbo indefinido. Navegamos tranquilos, mientras él me seguía haciendo historias de su vida, casi siempre tristes.

Se había desenvuelto bastante bien en Cuba, escribiendo para aquel periódico que le pagaba muy mal, pero le permitía cobrar ciertas sinecuras y regalías. Los fines de año recibía cestas y dinerito de algunos de quienes aparecían con frecuencia en las páginas que atendía. Fabricó una casita, tuvo un hijo. Pero todo eso se acabó con la cochina revolución, que cerró todos los periódicos, metió preso a su hijo y luego lo fusiló. El viejo tuvo que ir a Miami con su mujer, dejando atrás su casita y un montón de papeles y recuerdos. Ahora no tenía nada.

–A mí me deben mucho, campeón –dijo, con la vista fija en el horizonte.

–No hay forma de pagar –repuse yo.

–Yo me las cobro de todas formas, flaco –contestó él, dando una voltereta y apagando de golpe el motorcito.

Sacó de la nada un par de remos y me dio uno a mí. Era pequeño, como para una canoa. ¿Adónde íbamos a parar? No tenía ni puta idea de lo que el viejo quería hacer, pero ya me estaba preocupando.

Remamos y remamos hasta vernos inmersos una especie de neblina. El olor a tierra nos llenaba las narices a los dos. Me pregunté: ¿Qué es esto? Pero seguí remando con él. ¿Qué más iba a hacer? Hasta que, de repente, el viejo se llevó un dedo a los labios para conminarme al silencio. Con un gesto, me indicó que guardara el remo dentro del bote. No tiró el anclilla. Esta vez, se quedó al acecho, pero con el barquito levemente a la deriva en aquellas aguas oscuras y quietas.

De pronto, escuchamos un ruido, como de pasos en la hierba, de maleza que se abría. El viejo me volvió a conminar al silencio, mientras tomaba el fusil y lo alistaba para disparar. Me fijé en la mirilla larga que tenía, de esas para ver en la oscuridad, y el cilindro de un silenciador en la punta del cañón. Tragué en seco.

En eso, la neblina se disipó un instante y pudimos verlo como a 20 pies de distancia, caminando entre los marabuzales. Vestido de verde, armado, con un fusil al hombro, jovencito, más joven incluso que yo. El viejo no perdió un segundo. Alzó el fusil, fijó la vista por la mirilla y apuntó, como quien apunta a un ciervo que irrumpe desde la maleza.

El tiro sonó como un estornudo. Pero el soldadito cayó casi enseguida. Ni siquiera tuvo tiempo de sorprenderse, como si del cielo le hubiera caído un rayo. La bala le traspasó la cabeza. El golpe del plomo lo zarandeó y arrastró un poco. Después de que cayó, no lo vimos más.

El viejo tomó el remó y le entró de pronto al agua. No tuvo ni que decirme lo que debía hacer. Lo imité, desesperado. Huimos así un buen rato. Cada minuto me parecía una eternidad. Nunca creí que íbamos a salir de allí ni a llegar a la amplia zona que el viejo había llamado internacional. Y ni siquiera allí me sentí tranquilo. Quería huir de aquel muerto, de aquel muerto joven y casual que el viejo había metido súbitamente entre nosotros. ¿Estaría loco?

Después, en tierra firme, me contó que había hecho lo mismo varias veces, es decir, matado a uno de aquellos soldaditos que custodiaban la isla, sin escogerlos, totalmente al azar. Tendrían, me dijo, más o menos la edad de su hijo fusilado.

–A mí me deben mucho, campeón –explicó.

–Yo sé –repuse– Pero debiste alertarme. No me gustan las sorpresas.

–I’m sorry, flaco –dijo él.

–No importa –dije.

–Es que me deben mucho –insistió. Luego, empezó a llorar de repente. Me dio lástima.

–A mí también –le dije.

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