Wednesday, September 7, 2011

Escape from New York

Como les he dicho muchas veces: estoy vivo de milagro. Sobreviví al presidio político en Cuba, al asilo masivo de la embajada de Perú en La Habana, al Estrecho de la Florida, al huracán Andrew, y al final, al atentado a las Torres Gemelas de Nueva York.

A mí me tocaba pasar aquel 11 de septiembre, a eso de las 10:30 am, frente a las Torres, por Liberty Street, camino de mi oficina en el Wall Street Journal, en la esquina misma de ese maldito lugar. No estuve allí cuando se desplomó la primera torre sólo porque una compañera de trabajo llamó para avisarme que no debía ir. Y así, me salvé de deambular como un zombi, cubierto de polvo y cal, por la zona baja de Manhattan aquella terrible mañana. O de perecer sepultado por los escombros, entre las torres y el edificio del Deutsche Bank. ¿Quién sabe?

De lo que no me salvé fue de los angustiosos días que siguieron, viendo por todos lados los improvisados altares con letreros, flores y fotos. Aparecían por todas partes, en cualquier esquina de la ciudad, en un poste, sobre un anuncio, sobre todo en las terminales ferroviarias: fotografías y más fotografías de desaparecidos y leyendas escritas a mano indagando su paradero, que todos sabíamos. Hombres, mujeres, jóvenes, niños...

Caminaba yo por Nueva York en esos tiempos desolado, esquivando el dolor, la rabia y las lágrimas, tratando de convencerme de que si había sobrevivido había sido por una causa, de que algún día le cobraría a Bin Laden y a la gentuza que le seguía todas las dificultades y horrores que nos acosaban, sobre todo el recuerdo de aquella gente que vimos lanzarse por las ventanas de las Torres, huyendo del fuego para morir en el abismo.

Creo que fue por aquellos días que decidimos, mi mujer y yo, que no queríamos saber más nada de Nueva York. La famosa manzana se nos antojó envenenada, imposible de tragar. Sus calles se convirtieron para nosotros en laberintos donde sólo acechaba el peligro y el famoso subway en una verdadera ratonera donde en cualquier momento nos podían ahogar con gases venenosos o hacernos estallar en pedazos con una bombita.

En resumen, nos tomó tiempo, pero al fin nos largamos de allí en una sola pieza, afortunadamente, varios años después. Costó trabajo, pero nos fuimos.

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