Thursday, September 22, 2011

'Pájaro de cuenta' se dispone a volar

¿Quién mató a Virgilio Piñera, padre del teatro moderno cubano? ¿Un simple ataque cardiaco o los esbirros de la Seguridad del Estado? ¿O fueron acaso la indeferencia y complicidad de sus colegas aterrorizados? ¿Fue, por ventura, el controvertido dramaturgo un cómplice de su propia muerte? En Pájaro de Cuenta, el autor, Manuel Ballagas, ofrece una versión alterna de los penúltimos días de Piñera –o de alguien que se llama como él- en que la ficción se mezcla con la realidad (y muchas veces la suplanta), para arrojar nueva luz sobre el llamado Quinquenio Gris, uno de los períodos más siniestros de la vida cubana bajo el régimen de Fidel Castro. Desde sus primeras líneas, Pájaro de cuenta nos introduce en la asfixiante atmósfera de esa época en que Piñera, y otros importantes escritores “se cagaban” literalmente del miedo:

“Es un hecho bien documentado que en los penúltimos días de su existencia Virgilio Piñera –padre del teatro moderno cubano y maricón extraordinaire– era presa de las peores premoniciones y, por ende, de un profundo pavor (el “mucho miedo” a que aludió casi veinte años antes, en una célebre reunión con el Comandante, sólo que ahora creía saber exactamente a qué –y a quiénes– atribuirlo). Solía vérsele deambular en esa época por las calles cercanas al edificio de apartamentos donde vivía, en la Calle N, en el barrio habanero de El Vedado, como un verdadero zombi, con la crispada convicción de que alguien seguía de cerca sus pasos y tomaba nota de sus más mínimos contactos personales en el vecindario, y hasta fuera de él”.

El autor, Manuel Ballagas (La Habana, 1948), no es ajeno a la historia que ha desgranado en ficción. De hecho, fue una de las primeras víctimas del Quinquenio Gris. En 1973, tras ser arrestado, interrogado y sometido a indecibles torturas durante meses en un calabozo de la polícia política en La Habana, fue condenado a seis años de prisión bajo cargos de “diversionismo ideológico” y “actividades contrarrevolucionarias”.

Hijo del poeta cubano Emilio Ballagas, su carrera literaria había comenzado temprano, a los 15 años, con la publicación de un relato suyo en la revista Casa de las Américas. Poco después, formó parte del grupo de escritores jóvenes nucleados en torno a las Ediciones El Puente, de cuyo consejo de dirección llegó a formar parte. En 1965, un libro de relatos suyos, Con temor, iba a ser publicado por esa editorial cuando sus pruebas de galera fueron confiscadas por orden de Fidel Castro, quien dictó también el cierre de las Ediciones El Puente. En un rapto de furia, Castro hizo pedazos las pruebas de galera del libro ante un grupo de asombrados estudiantes universitarios, y declaró: “¡Ese puente lo vuelo yo!”.

Un par de años más tarde, Ballagas fue acreedor de un accésit en el Concurso Literario David, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, con el libro de cuentos Lástima que no sea el verano, pero la Unión de Escritores rehusó publicarlo y remitió una copia del mismo al Ministerio del Interior, donde permanece archivado hasta hoy. El miembro del jurado que, pese a varias amenazas en su contra, votó por el libro en el concurso fue sometido a años de ostracismo profesional y vigilancia policiaca. No ha publicado un solo libro desde entonces.

Ballagas trabajó cinco años como guionista y crítico de cine para el Instituto Cubano de Radiodifusión, hasta el momento de su arresto. En 1980, buscó asilo con su familia en una embajada latinoamericana en La Habana, y poco después arribó a Estados Unidos, donde ejerció el periodismo durante décadas, llegando a ocupar cargos ejecutivos en diarios como The Wall Street Journal, The Miami Herald y The Tampa Tribune. Ha publicado el libro de memorias Newcomer, en inglés, y la novela Descansa cuando te mueras. Actualmente reside en el estado de Florida, donde se desempeña como consultor de medios independiente.

Sátira implacable plasmada en un lenguaje permeado de cubanos acentos y dicharachos, Pájaro de cuenta no pretende exaltar al martirologio la figura de Virgilio Piñera, su supuesto protagonista. Más que eso, el libro es un regocijado dicterio contra el establishment literario cubano de aquellos tiempos y estos, donde ni el propio Piñera, con todo su lastre de oportunismo resentido y narcisista, logra salir indemne:

“Todavía se acordaba de aquella vez, años atrás, al inicio de aquella triste época, cuando sentados a una mesa de la heladería Coppelia y disfrutando de sendas canoas de fresa y chocolate, al amparo de una sombrillita, Antón tuvo la gandinga –los cojones, en buen cubano, pero el caso es que Antón no tiene cojones– de reprocharle el terror que le inspiraba a Virgilio no haber sido mencionado expresamente por el poeta disidente Heberto Padilla en su célebre y forzada autocrítica de 1971.
–Fíjate que la Hebertina habló directamente de Lezama, Antón, pero no de mí, ni por un fugaz segundo –le dijo Virgilio en un susurro, mirando a un lado y otro, ajustándose los viejísimos espejuelos de aro plástico, mientras se llevaba a los labios la fría cuchara– Eso lo dice todo.
–Virgilio, por Dios, no seas tonto, no dramatices; pareces a punto de convertirte en un personaje de Tennessee Williams, sin ninguna virtud ni locura que te redima, te lo juro –contestó el otro, dándole un indiferente mordisco a un sorbete de vainilla.
–¿Tonto? ¿Te atreves todavía a llamarme tonto? ¿Y sólo porque he escrito teatro piensas que voy a dramatizar e incluso copiar a Tennessee Williams? ¿Por qué habría de copiarlo? ¿Sugieres que soy incapaz de toda originalidad? Por favor, Antón. Qué ingenuo eres, mon Dieu. Qué naïf. Hay silencios que son clamores, ¿no te parece? Habló de Lezama, de la Pabla Armanda, hasta de la mulata de fuego, César López, un poeta lamentable, totalmente prescindible en cualquier enumeración seria, pero no de mí –repuso él, en un tono más bajo todavía”.

La novela alcanza, dentro de su estilo humorístico, verdaderas cumbres líricas con el encuentro que describe entre el fantasma del poeta Emilio Ballagas –muerto años antes de la revolución castrista– con un Piñera aterrado que pretende justificar ante el espectro el apoyo dado por él al régimen que ahora le vigila y pretende encarcelar bajo diversos pretextos. El fantasma, sin embargo, no le da tregua: “¿El hambre te hizo revolucionario, iconoclasta? ¿Tus furias por un plato de lentejas?”, le reprocha, incrédulo, en cierto momento.

A veces, Pájaro de cuenta se lee como un verdadero who’s who del mundillo literario cubano contemporáneo. Por la novela desfilan Piñera, y además José Rodríguez Feo, Antón Arrufá, Pablo Fernández, Roberto Fernández Retama, Ambrosio Fornés, Reynaldo González, Miguel Barnet, Alfredo Guevara, Cintio Vitier... y hasta el propio autor, Manuel Ballagas, a veces descrito solamente como “el hijo del poeta” o Nolo, Manolo. Pero... ¿son realmente ellos o sólo fantasmas inventados con nombres de personajes de carne y hueso? Puede que el lector nunca llegue a saberlo, como tampoco adivinará el santo y seña del misterioso narrador omnisciente que parece llevar la batuta en esta novela de humor, tragedia y disparate.

En todo caso, el protagonista llamado Piñera define de manera bastante clara en cierto momento la tensa cuerda floja en que pretendieron moverse los intelectuales cubanos de esa época terrible. Al ser increpado sobre su postura ante el régimen de Castro, el padre del teatro moderno cubano se defiende ante un interrogador de la Seguridad del Estado, diciendo: “Soy sacrílego, no contrarrevolucionario”.

Pájaro de cuenta es una novela audaz que no se pretende histórica. Pero la historia que relata fue demasiado real. Las cicatrices perduran y sus víctimas también.

1 comment:

  1. ¡Mil gracias, Manuel! Mañana vamos a leer tu respuesta en la clase, de veras, es un lujo contar contigo,
    cariños

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