Friday, September 23, 2011

Para que vayan haciendo boca

El texto que sigue es un fragmento de mi novela Pájaro de cuenta, que debe ver la luz en enero del año próximo. A medida que se acerque el momento de su publicación, colgaré otras partes de la obra,  como simple aperitivo. La ilustración de la cubierta del libroes una obra plástica de mi esposa, Juanita Baró, que incluyo en este post. 

Es un hecho bien documentado que en los penúltimos días de su existencia Virgilio Piñera –padre del teatro moderno cubano y maricón extraordinaire– era presa de las peores premoniciones y, por ende, de un profundo pavor (el “mucho miedo” a que aludió casi veinte años antes, en una célebre reunión con el Comandante, sólo que ahora creía saber exactamente a qué –y a quiénes– atribuirlo). Solía vérsele deambular en esa época por las calles cercanas al edificio de apartamentos donde vivía, en la Calle N, en el barrio habanero de El Vedado, como un verdadero zombi, con la crispada convicción de que alguien seguía de cerca sus pasos y tomaba nota de sus más mínimos contactos personales en el vecindario, y hasta fuera de él. Cargaba en una pequeña jaba –curiosa palabra con que los cubanos designan una bolsa, no se sabe exactamente por qué– sólo lo indispensable y menos conspicuo, por si las moscas, y a saber: su sobada libreta de racionamiento, una caja de cigarrillos de fabricación nacional, marca Populares, así como una breve lista de compras legítimas, nada sospechosas de mercado negro, es decir, escrupulosamente racionadas. A veces, también, un simple pan con tomates con que aplacar el apetito a media mañana, o un par de jabones para canjear por cigarrillos, su único vicio confesable. Todo lo demás lo había puesto a buen recaudo hacía tiempo: los apuntes de su casi concluida autobiografía, el borrador de una novela, el esbozo de una obra teatral sobre el dramaturgo José Jacinto Milanés, su viejo cuaderno de direcciones y teléfonos, que más bien parecía un listado de todo lo que había valido y brillado en el firmamento de la literatura cubana en los últimos treinta años, vivos y muertos ilustres, y –last but not least– el viejo consolador de sólido y áspero cuero negro que había comprado discretamente en una peculiar tiendecita de Milán, en el último viaje al extranjero que le habían autorizado hacer a mediados de los años sesenta, con la esperanza de que no regresara jamás a Cuba. Por todo, serían unas veinte cajas de papeles y otras cositas más o menos, según ciertos testigos e historiadores. Sólo conservaba en casa las cuartillas, cuidadosamente numeradas, de las traducciones de escritores africanos francófonos que producía a diario mecánicamente, y que, a plazos fijos, entregaba sin falta en su centro de trabajo oficial, el Instituto Cubano del Libro, como muestra de productiva docilidad. Aun de éstas no se fiaba; por algo, cuando las publicaban, ni siquiera se molestaban en darle crédito. Hubiera preferido, desde luego, no escribir en absoluto, ni siquiera rozar con los dedos su vieja maquinilla Royal, grato memento de una época más feliz y menos azarosa, cuando se escondía detrás del seudónimo de El Escriba y su constante teclear podía costarle, a lo sumo, una amistad o un puñetazo, y no necesariamente la cárcel. ¿Pero qué iba a hacer? Por más que se empeñara, no hubiese podido renunciar a escribir, a emborronar cuartillas, de la misma manera que no hubiera podido abstenerse de mamar pinga o tomar por el culo, como había hecho toda su vida casi desde que tenía uso de razón.
Este febril y paranoico estado de ánimo, ese temor crónico, escalofriante, diurno y nocturno, venía rondándolo hacía años, es verdad, pero se agudizó en algún momento tras los arrestos de varios escritores mucho más jóvenes –conocidos suyos en algunos casos, como Reinaldo Arenas, Manolo Ballagas y Daniel Fernández, más conocido como Sakuntala– y sus subsiguientes condenas a penas de prisión. Virgilio temía, no sin razón, hay que decirlo, que los refinados métodos de “convencimiento” empleados en los interrogatorios de estos infelices reos –se hablaba de inyecciones de Pentotal, celdas frías y calientes, la “guagua”, el “clóset”, el grito y la amenaza, métodos germano-orientales de despersonalización– les hubieran llevado a revelar, aunque fuese sin querer o de manera puramente tangencial, la sustancia de las comprometedoras conversaciones que había sostenido con ellos a lo largo de los años en los portales de la Unión de Escritores o presidiendo alguna divertida y frívola mesa de tertulia nocturna en el Carmelo de la Calle Calzada. Ahora que lo pensaba, ¿qué podía ser –o no ser– comprometedor? ¿Qué simple frase suya, hasta un chiste, no podía retorcerse al extremo de comprometerle, o meterle en un apuro mayúsculo? No recordaba, eso sí, que en forma tácita, o siquiera implícita, hubiese proferido injuria alguna contra el gobierno revolucionario o cualquiera de sus figuras más encumbradas mientras pontificaba mundanamente en esos sitios, con un cigarrillo encajado entre los dedos de una mano partida en un peculiar y gracioso ángulo de la muñeca, como si sujetara una pipa o algo parecido. Muy lejos de él y de su estatura literaria... y hasta política, si queremos llegar a eso, porque una vez había sido miliciano, ya se sabe. Una vez, al menos, se había puesto la boina negra, la camisa de mezclilla azul y los pantalones verde olivo (verde olvido, pensó jocosamente pero luego se arrepintió de lo pensado). También había escrito un poema de fúnebres metralletas a los caídos en Bahía de Cochinos o Playa Girón; el nombre varía según el color del cristal político con que se mire: “Vamos a ver los muertos de la patria”, ¿se acuerdan? Ese no era simplemente su estilo: ni pedestre ni mucho menos gusaneril. Pero sí le inquietaba que sus perennes ironías y “puyitas” se hubieran pasado de la raya en determinados momentos, o que sus chistes hubieran saltado, sin querer, la barrera invisible del buen gusto al uso, por así decirlo. Sabía que a veces tenía la lengua suelta (rezago del pasado, cuando podía incluso ser un mérito tenerla así, alegre y retozona), y que cualquier comentario suyo podía ser interpretado de manera aviesa –quizás sin mala intención– por un policía malhumorado o carente de imaginación, sobre todo en el clima de cacería de brujas por el que el país atravesaba en aquellos días aciagos, ahora conocidos como el Quinquenio Gris (¿o fue acaso más de un lustro, una década o dos, de terca manía persecutoria, inquisitorial? Nadie sabe, nadie supo, mucho menos el crítico Ambrosio Fornés, quien acuñó el peculiar concepto). Tampoco agradaba a Virgilio la perspectiva de que alguno de aquellos detenidos, presa del miedo, rindiéndose a los amagos de una condena draconiana, o víctima de posibles chantajes, hubiera revelado detalles poco halagüeños de su vida íntima, no muy intensa por esa época, hay que decirlo, pero de todas formas muy compleja, alterna, rara, como la de cualquier locón soltero, anciano y, además, bastante enjuto y feo, como atestiguan sus fotografías de ese entonces. De sólo imaginárselo, de sólo pensar que sus fragilidades privadas, esos escasos gustitos que se había dado alguna vez, y que se daba ocasionalmente ahora, cuando podía, hubieran pasado a formar parte de un siniestro expediente de investigación, de uno de tantos “casos” que se tramaban contra personalidades intelectuales en esa época oscura, Virgilio temblaba de miedo, mucho miedo, un miedo inexplicable a je-ne-sais-quoi. La piel se le ponía de gallina –como corresponde– su fatigado corazón daba un súbito vuelco, sus piernas enclenques flaqueaban, la vista le fallaba, y en fin, se le empezaba a salir la churreta.

Así que apretó el culo aquella tardecita. Apretó el culo y también el paso al cruzar la Calle N rumbo a su hogar. Haría sus diligencias más tarde; las pospondría, como tantas otras cosas. No hubiera sido la primera vez que se cagaba en los pantalones y quería estar más cerca de casa, por si tal desdichada emergencia ocurría de nuevo. Además del miedo crónico, era cosa de viejos, lo sabía. Los músculos iban cediendo con los años, debilitándose; era la severa ley de la vida y el tiempo era implacable. No hacía excepciones ni extendía indultos, ni siquiera a los escritores consagrados, ni siquiera al autor de La carne de René, de Electra Garrigó y de ese gran poema (calcado, según lenguas viperinas, del poeta martiniqueño Aimé Cesaire), La isla en peso. Un médico amigo –“entendido” él, por cierto, es decir, igualmente locón– se lo había advertido ya en una consulta: el esfínter era particularmente sensible a los socavones de la tercera edad, sobre todo si se había relajado demasiadas veces, y no sólo para cagar precisamente. “Ay, Antón”, pensó Virgilio maquinal y lastimeramente. Cada vez que pasaba por un trance tan difícil y embarazoso como aquel no invocaba convencionalmente a Dios –le hubiera costado trabajo, era ateo, agnóstico, demoníaco o qué sé yo– sino a aquel discípulo tan brillante, tan agudo, tan irónico, tan venenoso, que se le antojaba casi como hijo suyo, si lo hubiera podido y querido engendrar: Antón, Antón Arrufá, su amigo Antón Arrufá. Pero Antón, como Dios muchas veces, no estaba a mano en ese momento; se hallaba ausente, lejos, prácticamente inalcanzable, desde que lo condenaron a trabajos forzados en el sótano de la infecta Biblioteca de Marianao, la Ciudad que Progresa. Antón, por lo tanto, no podía ayudarle; trabajaba ahora ocho horas al día, como nunca había hecho antes en su vida, para justificar el sueldecito que hacía años le pagaba desganadamente el Ministerio de Cultura, como antes su familia le daba justo el dinero para tomar el ómnibus, pasaje de ida y vuelta. No tenía casi tiempo para compartir tertulias ni tampoco de escuchar cuitas ajenas. Le bastaban las suyas, que eran escasas pero apremiantes. También tenía miedo, mucho miedo, aunque sabía fingir mejor que nadie una sólida presencia de ánimo, un coraje que no tenía, una resignación estoica de la que carecía. No por gusto era un actor frustrado, como casi todos los dramaturgos. Había algo de histrión en él, en el mejor sentido de la palabra. Virgilio le añoraba, en verdad, como paño de lágrimas, aunque como paño de lágrimas podía ser a veces en exceso brusco, ríspido, apabullante. El mismo le había enseñado a ser así desgraciadamente, a hablar mal de todo y de todos, a no tener compasión, a ser implacable, y por eso no se atrevía a quejarse. Aquel Frankenstein intelectual que se paseaba por las calles de La Habana armado solamente de su proverbial maledicencia y un estrafalario paraguas negro, era obra suya, ni más ni menos. Todavía se acordaba de aquella vez, años atrás, al inicio de aquella triste época, cuando sentados a una mesa de la heladería Coppelia y disfrutando de sendas canoas de fresa y chocolate, al amparo de una sombrillita, Antón tuvo la gandinga –los cojones, en buen cubano, pero el caso es que Antón no tiene cojones– de reprocharle el terror que le inspiraba a Virgilio no haber sido mencionado expresamente por el poeta disidente Heberto Padilla en su célebre y forzada autocrítica de 1971.

–Fíjate que la Hebertina habló directamente de Lezama, Antón, pero no de mí, ni por un fugaz segundo –le dijo Virgilio en un susurro, mirando a un lado y otro, ajustándose los viejísimos espejuelos de aro plástico, mientras se llevaba a los labios la fría cuchara– Eso lo dice todo.

–Virgilio, por Dios, no seas tonto, no dramatices; pareces a punto de convertirte en un personaje de Tennessee Williams, sin ninguna virtud ni locura que te redima, te lo juro –contestó el otro, dándole un indiferente mordisco a un sorbete de vainilla.

–¿Tonto? ¿Te atreves todavía a llamarme tonto? ¿Y sólo porque he escrito teatro piensas que voy a dramatizar e incluso copiar a Tennessee Williams? ¿Por qué habría de copiarlo? ¿Sugieres que soy incapaz de toda originalidad? Por favor, Antón. Qué ingenuo eres, mon Dieu. Qué naïf. Hay silencios que son clamores, ¿no te parece? Habló de Lezama, de la Pabla Armanda, hasta de la mulata de fuego, César López, un poeta lamentable, totalmente prescindible en cualquier enumeración seria, pero no de mí –repuso él, en un tono más bajo todavía.

–Creo que te preocupas demasiado, eso es todo –aseguró Antón, saboreando una cucharada de su heladito– Hay algunos que envidiarían tu suerte, seas o no original. Miguel Barnet hizo sacrificios a todos los orishas cuando terminó aquello y su nombre no salió a relucir. Estaba en una verdadera crisis nerviosa, temblando y llorando, me dijeron. Ya se le pasó.

–La Barnet es una verdadera idiota y eso tú lo sabes también –dijo Virgilio, hablando ahora en voz un poco más alta y enfática– ¿Quién se va a ocupar de ella? ¿A quién le importa ni quién querría mencionarla ni mucho menos castigarla? ¿Por qué? ¿Para qué? Lo único que ha escrito es El cimarrón, un libro espantoso y ordinario, cosa de negros viejos. Eso y un poemita oportunista al Che, por favor. Pluma por pistola. ¿Pero a mí? ¿Te parece lógico que la Padilla se refiriera al autor de Enemigo rumor y no al de Las furias? ¿Al Gordo en perjuicio del Flaco? ¿No te parece, al menos, significativo, inquietante, que me ignorara de manera tan obvia? ¿No se te ocurre que podría ser una forma de anularme, literariamente, claro está, antes de echarme el guante y meterme en la cárcel sin más contemplaciones? ¿Algo así como la tardía venganza de Orígenes, traída de la mano del poder?

–A mí, no –dijo Antón tranquilamente. Había acabado con su canoa de fresa y chocolate, y de repente se le fue un eructo, como a casi todo el mundo que termina de ingerir un alimento sabroso. Pidió disculpas llevándose el dorso de una mano a los labios, pero siguió en sus trece.

–¡Pues a mí, sí! –replicó Virgilio, furioso, aunque adaptando de nuevo su voz al matiz confidencial y peligroso de aquel diálogo, es decir, murmurando a gritos, sofocando sus palabras pero a la vez escupiéndolas entre sus dientes torcidos y manchados de nicotina– Significa que estoy señalado, más allá de toda redención posible, marcado para la ergástula, el cadalso o algo peor. Soy carne de presidio, y no de René solamente, como tú supones. Y ese silencio que rodea a mi nombre lo proclama a gritos. Parece mentira, Antón; es como si vivieras en otro mundo, en la luna de Valencia, querida.

Antón alzó las cejas y se secó los labios cuidadosamente con una servilleta de papel.

–Yo no lo creo, desde mi humilde luna, claro; pero en fin, si te apetece la perspectiva de esa humillación... –dijo después, con un tedio transparentemente artificial.

Virgilio estaba fuera de sí. Su frente se cubrió de sudor, las manos le temblaban. Si no se levantó inmediatamente y empezó a dar gritos allí mismo fue por no llamar la atención sobre aquella plática, casi seguramente prohibida y subversiva. Podían estar vigilándolo, y además, hubiera sido de mala educación, sin duda un desafortunado faux pas. ¿Qué iba a decir la gente, es decir, la gente que le conocía y ciertamente podía andar por allí? ¿Que había perdido la razón, su habitual compostura de esfinge tropical risueña? La cara se le puso roja, rojísima, con la furia contenida. Sus ojos centelleaban. Si algo le molestaba de Antón muchas veces era ese aire de mujer fatal, de diva cínica y distraída, esa pose tan marlenesca que adoptaba cuando quería negarse, a propósito, a reconocer lo más evidente, sólo por contrariarle. Era obvio que esto le hacía sentirse superior, como si flotara, indemne, sobre todas las penas y desgracias humanas. ¿Qué se creía este pálido imberbe?

–Humillación es la que tú sufres, querido –dijo al fin Virgilio, en un hilo de voz– Humillación es ese castiguito que te han impuesto, cargando libros de aquí para allá, como la utilera de un circo de caballitos. Entiéndaseme: No me apetece nada en absoluto, mucho menos la humillación de la cárcel con todas sus consecuencias, y como tú supones. Entiéndaseme: No tengo vocación de Oscar Wilde. Pero de que estoy abocado al peor de los martirios, a un castigo ejemplar y muy cruel seguramente, no te debe caber la menor duda, mon ami. Yo todavía cuento, existo, aunque te parezca que no, aunque no haya escrito Los siete contra Tebas. Todavía no me perdonan mis libros, mis obras, mis versos, mis artículos y ensayos demoledores. No me perdonan la audacia de haber hecho soplar los vientos de Ciclón y haber borrado de golpe a Orígenes.

Antón se encogió de hombros. Aunque no lo dijo, la mención por su maestro de su obra teatral premiada y prohibida le provocó un hondo y casi maligno regocijo. En eso, en una mesa cercana, un par de locas más jóvenes, de melenitas, camisas de náilon y patas de campana, que obviamente les habían estado escuchando reñir, soltaron una fuerte carcajada. Una le dijo a la otra: Todo es tan extraño. Y la otra contestó casi enseguida, en tono burlón y grave: ¿Te das cuenta? Virgilio no soportó más. Se levantó de golpe, arrojó unos billetes sobre la mesa para saldar la cuenta y se largó, indignado. Ni siquiera había acabado de comer su helado, pero eructó mientras se alejaba, como casi todo el mundo cuando acaba de comer algo sabroso. En momentos como esos, cuando aun sus mejores amigos le fallaban, solía acudir a su segundo y más seguro paño de lágrimas, Olga Andreu, ex esposa del cineasta Tomás Gutiérrez Alea y antigua directora de la biblioteca de la Casa de las Américas, que ahora purgaba sus pecadillos políticos como productora en el grupo Teatro Estudio, bajo la tutela y vigilancia de la actriz comunista Raquel Revuelta. Pero Olga seguramente estaría en el trabajo, demasiado ocupada para atenderle, y no en su apartamento de la Calle G casi esquina a 23, donde siempre había hallado refugio y consuelo; de modo que Virgilio se fue directamente a su casa, caminando a resisterio de sol Rampa abajo, rodeado de una multitud idiota y ensimismada, echando chispas internamente y con el firme propósito de no dirigirle jamás la palabra a Antón, ni permitirle tampoco que se la dirigiera. Entiéndase: No era simplemente porque su adorado discípulo hubiese pretendido soslayar los obvios peligros que le acechaban después de la autocrítica de Padilla, y de la deliberada supresión que éste hizo de su nombre (ordenada seguramente desde las más altas instancias), sino por haber tenido el atrevimiento, sí, la osadía, de suponer que Virgilio era tan insignificante, tan nulo, tan irrelevante ya en la literatura cubana, tan poca cosa evidentemente, que aquella omisión –¡aquella tamaña omisión!– en el lamentable auto de fe de la Unión de Escritores carecía de importancia y de repercusiones. Habráse visto, pensó. Pero casi a punto de torcer a la derecha en la Calle N, en la esquina misma donde estaban el edificio del Retiro Médico y la tienda Indochina, el padre del teatro moderno cubano y maricón extraordinaire cambió de sentimientos y de parecer. Su corazón se ablandó de repente, como tocado por una rara suerte de compasión. No era la primera vez ni sería la última; su alma era sí, muy volátil. Quizás Antón tenga razón después de todo, pensó. Quizás soy demasiado loco, obsesionado y mariquita, se dijo. Puede que toda su burla, su indiferencia y fina ironía no sean más que su manera de decirme que estoy rindiéndome a un terror gratuito y que, al no ponerme en la picota pública, Padilla sólo dio señal de que me hallo en estado de gracia y, por lo tanto, a salvo de la cárcel y el escarnio. Al menos, el compañero Leopoldo Avila –ese enigmático personaje de nuestras letras, cuya identidad es todavía, muchos años después, objeto de las más contradictorias conjeturas– habló de mí en uno de sus artículos en la revista Verde Olivo, órgano de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, aunque fuera sólo a propósito de Antón y su obrita, por supuesto. La revolución me ama seguramente; conoce mis defectos, mis muchos defectos y rezagos de pasado, pero me acepta como soy. Me critica, me fustiga, me llama caballito de Troya del imperialismo, pero es sólo por guardar las formas; en el fondo me quiere, se propone rescatarme. Es su forma de reconocerme, de decirme: “Pórtate bien, Virgilio, ya llegará tu hora”. Me permite todavía, al menos, traducir textos, jugar con mi maquinilla, pensar a ratos en francés, retozar con mis escritores africanos (de forma completamente figurativa, claro está), pero al menos retozo, respiro, me divierto, existo. Allá Lezama, allá los otros, los contestarios, los disidentes, los contrarrevolucionarios convictos y confesos, los políticos disfrazados de literatos. Algo habrán hecho para merecer sus castigos. ¿Quién sabe qué pecados purgan? “Ay, Antón”, murmuró entonces, perdonando en ese mismo momento a su díscolo discípulo, absolviéndolo silenciosamente de toda culpa.

Copyright: Manuel Ballagas. 2011. Prohibida la reproducción por cualquier medio sin autorización expresa del autor.

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