Wednesday, October 19, 2011

La segunda muerte de Van Gogh

No cabe duda de que entre el auténtico genio y la locura clínica a veces media un minúsculo paso. La locura, desde luego, tiene que ser sublime si quiere acompañar al genio al Olimpo y no al vulgar manicomio. Ah, y se me olvidaba: el genio tiene que producir algo, aunque sólo sean garabatos indescifrables, de manera que, pasado un tiempo prudencial, haya alguna evidencia de esa chispa peculiar de su ánima.

Hace muchos años, una película que vi, Sed de vivir (o Lust for Life, en inglés), me inspiró a valorar las rarezas propias y ajenas, asumiendo que la Posteridad quizás sabría juzgarlas con mejor sentido y serenidad que los adocenados cerebros del presente. ¿No había demostrado eso acaso Vicente Van Gogh con su obra al cabo de una angustiada vida? No bastaba con estar loco, claro, pero ayudaba. Uno podía cortarse una oreja y hasta volarse la tapa de sesos, con tal de legar a la humanidad una obra única, permeada de absoluta genialidad.

Hace pocos días, sin embargo, me entero de que, según unos historiadores, Van Gogh no se pegó un tiro, como en Sed de vivir y otras narrativas al uso de la vida de este pintor, que tanto sufrió y tanta protección necesitó de su familia para sobrevivir. No sólo no se suicidó mientras pintaba uno de sus famosos cuadros -que ahora valen millones- sino que murió muy prosaicamente, por accidente. Unos jóvenes gamberros jugueteaban con un arma, y como era de esperar, se les fue un disparo que acabó con la vida de Van Gogh mientras pintaba tranquilamente en la campiña francesa.

Hace algún tiempo también, creo que hace años, me enteré igualmente de que Van Gogh no se había cortado una oreja en un rapto de sublime demencia, como siempre me habían contado. En un célebre autorretrato le vemos con una venda cubriéndole esa parte de la cabeza y dimos por cierta esta historia, cuando, al parecer, sólo se cortó una parte de la oreja, cosa que no deja de ser dolorosa y requiere vendajes, pero no es tan drástica.

Todo esto no hace más que confirmar mis anteriores observaciones en este blog sobre la versiones de la verdad histórica, y cómo todos los que sustentamos alguna de ellas no debemos sorprendernos cuando escuchamos una narrativa que contradice la nuestra. Quizás sea una manera que tiene la Historia de colocar los hechos bajo una nueva luz que los explique mejor.

De todas maneras, me dolería en extremo enterarme dentro de unos años que Van Gogh no pintó sus célebres girasoles, o que los jovenzuelos que supuestamente le mataron por accidente en realidad se estaban defendiendo de un loco furioso que se hacía pasar por pintor, y a quien su hermano atribuía ciertos cuadros pintados, en realidad, por una monja de clasura de cuyo nombre no sabremos nunca. En fin, la multitud de posibles versiones es enorme. Yo prefiero quedarme con la del genio de Van Gogh, la de su oreja y su suicidio en un momento crucial de su proceso creativo, ¿pero quién sabe? Nunca sabremos realmente si la vida imita al arte.

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