Monday, October 31, 2011

El día que Manolo Ballagas le aguó la fiesta a Virgilio

Otro fragmentito de mi novela Pájaro de cuenta. Lo demás, ya saben, cuando se publique en enero:


¿Resucitado Rimbaud?
Manolo Ballagas, el hijo del poeta, le resultaba bastante simpático, pero Virgilio no podía soportar esa superficial pose de rebelde sin causa que adoptaba a veces, esas ínfulas de beatnik trasnochado y epatante que se daba, como si andar con el pelo largo y los pantalones apretados fuera la marca auténtica de la poesía. ¿Quién se creía este mequetrefe? ¿Un resucitado Rimbaud? Unos malvados se lo habían presentado una noche en los portales de la Unión de Escritores, acabado de regresar de su último viaje a Europa (el último de su vida también, por cierto, pero entonces no podía saberlo). El padre del teatro moderno cubano le tendió una mano cautelosa, sin levantarse de la silla de mimbre blanco, y sin quitarle la vista de encima, porque estaba seguro de que aquel chiquillo de pelo revuelto, cachetes picados por el acné y ojitos curiosos iba a darle un puñetazo en pleno rostro en cualquier momento. Lo presintió y enseguida se puso en guardia. Maldijo mentalmente a Antón, a Guillermo Rodríguez Rivera y a José Mario, fundador de Ediciones El Puente, por propiciar ese encuentro tan risqué.

Pero no. Aunque alguien (quizás el mismo José Mario) le había dado seguramente a leer para entonces su seminal y polémico ensayo Ballagas en persona, el muchacho no parecía haberlo tomado tan mal como Cintio, Lezama, el padre Angel Gaztelu y casi toda La Habana literaria y pacata de 1955, es decir, las más o menos cien personas que en Cuba se ocupaban de la literatura en esa época. (O sí lo había tomado mal, pensó Virgilio malévolamente, pero ha reservado su venganza para otro momento, cuando la estocada pueda doler más, en el flanco más vulnerable, quizás con un libro-pistola).


Pero no era esto –la agria memoria de aquel ensayo, publicado muchos años antes en Ciclón, para escándalo de muchos, de tantos, de más o menos cien pesonas– o la posible represalia, literaria o no, del huérfano agraviado, lo que ponía sobre ascuas al autor de La isla en peso cada vez que se tropezaba con aquel muchachón, dizque poeta, cuentista y futura carne de presidio. Aunque tales inquietudes pesaban algo, no era el miedo a un fuerte piñazo –curiosa palabra con que los cubanos describen un puñetazo, no se sabe exactamente por qué– la única razón por la que el padre del teatro moderno cubano ponía cierta distancia entre él y Manolo Ballagas, el hijo del poeta. Le caía bien, le saludaba, incluso había tenido la paciencia de leerse algunas paginitas suyas –muy torpes y adolescentes, por cierto– pero había una sola cosa que no le perdonaba, ni le perdonaría nunca, a aquel imberbe atrevido: Que hubiese estropeado –quién sabe con qué mala intención y con la ayuda de quién– uno de sus más divertidos acertijos, el chiste macabro con que solía rematar magistralmente, ante una hipnotizada audiencia, su tertulia nocturna del Carmelo de la Calle Calzada.

“Un hombre recibe un día por correo un extraño paquete”, proponía Virgilio a sus contertulios en medio de una animada sobremesa. “Lo abre y encuentra un brazo derecho perfectamente cortado, como con un bisturí, a la altura del hombro. Inmediatamente, cierra el paquete y se lo envía a otro hombre, que también lo abre, y a su vez, se lo remite después a un tercero, quien, por último, mete el brazo en el paquete y lo arroja al fuego en el sótano de su casa, hasta que queda completamente incinerado. ¿De quién es el brazo y por qué habrían de hacer semejante cosa?”.

Invariablemente, la audiencia quedaba extática en ese preciso momento. Algunos ofrecían las explicaciones más racionales que se les ocurrían. Otros se daban por vencidos de antemano, objetando que el correo jamás permitiría el envío de un brazo humano, sobre todo porque tal paquete al menos habría despedido mal olor. Virgilio sonreía entonces con picardía.

“Bueno, queridos”, declaraba. “Se me olvidó decirles que era un brazo embalsamado”.

Todos se echaban a reír, admirados de su agudeza, su genio, pero sobre todo, no lograban despejar la incógnita. “Dinos, Virgilio, por Dios”, clamaban los contertulios, desesperados. El padre del teatro moderno cubano amenazaba con irse sin aclarar el enigma, y enseguida se formaba el alboroto. Alguien ofrecía pagar un último café y Virgilio cedía con generosa majestuosidad. Volvía a sentarse y repetía el acertijo pacientemente. El divertido ejercicio se prolongaba un cuarto de hora más, hasta que el autor de Electra Garrigó, con aire displicente, accedía a complacer la curiosidad de sus compañeros de mesa, a condición de que no repitieran el chiste en otra parte.

Pero todo el encanto de la original adivinanza se vino abajo estrepitosamente una noche de esas, cuando por razones desconocidas Manolo Ballagas, el hijo del poeta, había obtenido una silla en su tertulia del Carmelo. Virgilio nunca supo exactamente quién lo invitó, o si se invitó él solito (lo más probable, porque era un descarado, ya se sabe), pero en cuanto el enfant terrible de las letras cubanas y azote implacable de Orígenes articuló su consabida adivinanza, Manolo le aguó la fiesta.

2 comments:

  1. Como le aguuo la fiesta? Estamos leyendo el texto en clase y tambien la cantinita, me gusta mucho la sra. Zoe valdez y ojala leamos algo de ella pero es muy dificil en espanol. gracias!
    Fred

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  2. Gracias a ustedes por interesarse. No puse el resto de ese capítulo, porque no quería quitarle interés al libro. Sería como contar el final de una película. Pero si se fijan en la adivinanza que propone Virgilio, comprenderán como le aguó la fiesta: lo que hizo Manoo fue resolver enseguida el acertijo. Y Virgilio no lo puede creer, porque nadie jamás había resuelto esa adivinanza.

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