Monday, October 10, 2011

Sucedió en Venecia/Sait-on jamais?

Dar con Manuel Ballagas entre los recovecos donde anida su vetusto estudio veneciano es una tarea extremadamente ardua, aun para un cronista habituado a hurgar en las más diversas geografías y en los más complejos entramados urbanos.

Antes de esfumarse en anacrónico rumbo.
 Decididamente, Venecia no se hizo para que la entendiera gente como nosotros. Su lógica antigua se nos escapa; el anacrónico rumbo de sus callejuelas, interrumpidas por fétidos canales, nos confunde, haciéndonos sentir como abejas en colmena ajena, quizás escondrijo de arteras avispas, avispas muertas muchos años atrás. Y cuando, mucho más allá del tiempo y las avispas, el cronista encuentra al fin al novelista, es más por pura casualidad que por inútil ejercicio de voluntad.

Llegados por enésima vez a un mismo rincón oscuro, apestoso y húmedo, unas manos de repente nos toman, para luego arrastrarnos y empujarnos, asustados, dentro del pequeñísimo departamento donde nos encontramos cara a cara con él y le oímos preguntar enseguida:

-¿Sabe alguien que estás aquí? ¿Te cercioraste, al menos, de que nadie te seguía?

Y cuando respondo que no, resopla y exclama, sin contemplación alguna:

-¡Estúpido!

Eso fue antes de otear él mismo por una ventanuca, y después, un poco más tranquilo, invitarnos a tomar asiento en un viejísimo sofá, al pie de un desvanecido gobelino. Ballagas permaneció de pie, una postura que casi no abandonó mientras estuvimos hablando aquella tarde. A pie y caminando, en círculos o en zig-zag, como si sentarse fuese un lujo que no pudiera darse, porque su vida misma se diría que pendiera de su estar alerta, siempre dispuesto a escapar al menor asomo de peligro, quizás del disparo de un francotirador apostado en un techo remoto. U otro peligro similar. ¿Qué peligro? Sólo él sabrá.

Se niega a explicar su presencia en esta ciudad, ni qué le indujo a buscar en ella una morada aunque fuera una como ésta, a todas luces temporal y también muy escondida. Cuando indago si alguien se la cedió en propiedad o él la compró guarda silencio y me pide que hablemos de otros temas: su vida, quizás, su próximo libro, cuyo título pronuncia en voz muy baja (¿por qué? no quiere decir ¿también es peligroso?): Pájaro de cuenta.

Pregunta: Al menos un crítico te reprochó, no sin cierto sarcasmo, que hubieras esperado largas décadas antes de publicar hace más de un año tu primera novela, Descansa cuando te mueras. ¿Por qué esperaste tanto?

Ballagas: ¿Y ese crítico me conoce bien?

P: Parece que sí.

B: Y entonces, ¿por qué se asombra? Debía saber que no me senté a esperar precisamente. ¿No sabe acaso que mi primer libro, Con temor, fue roto en pedazos por el mismísimo Fidel Castro en Cuba, poco antes de la fecha fijada para su publicación? ¿Que el editor que autorizó su publicación fue enviado a los pocos meses a un campo de trabajos forzados y años después fue obligado a exiliarse en Europa, donde murió en raras circunstancias? ¿Tú crees que a mí, un muchachón de 17 años en esa época, me quedó alguna gana de seguir escribiendo? ¿O de que algún loco tuviera ganas de publicarme un libro en Cuba? ¿Qué tú crees?

P: Quién sabe.

B: Claro que no, no seas imbécil. Pude darme con una piedra en el pecho de que no corrí igual suerte que mi libro o su editor, y que pudiera reincidir, dos años más tarde, con un segundo libro, titulado Lástima que no sea el verano.

P: ¿Lo publicaste?

B: Casi. Fue finalista en un concurso literario de autores noveles organizado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Todavía existe. Lleva el nombre de David por no sé qué mártir revolucionario. Delincuente malo como los otros. Uno de tres jurados votó por él para premio, pero incluso así no se publicó. Qué coño se iba a publicar. Todas las copias del mismo fueron enviadas por Nicolás Guillén al Ministerio del Interior, donde fueron archivadas, algo que me consta. A mí no me devolvieron ninguna. Me dijeron que se habían “perdido”. El jurado que votó por el libro fue despedido de su empleo en un grupo teatral y todavía a estas alturas no ha vuelto a publicar un libro en Cuba. En cualquier momento lo encuentran muerto también.

P: Qué horror. ¿Y tu libro era conflictivo políticamente?

B: En absoluto. Y por cierto, era bastante bueno, considerando que se había escrito en Cuba, de donde sale poca buena literatura. Era sólo un libro intimista, medio juguetón, un poco pop, más nada. Apolítico, si lo quieres llamar así. Yo era un comemierda entonces, pero ya yo estaba marcado. Dos intelectuales delatores, el pintor surrealista Fayad Jamís y el cuentista campesino Onelio Jorge Cardoso, habían soplado en el oído de alguien en las altas esferas que yo era un “contrarrevolucionario”, y eso bastó para mantenerme alejado del papel y de la tinta. Creo que el novelista Lisandro Otero hizo lo mismo. Se sumó con gozo a la degollina. Así se ganan méritos en esa pocilga.

P: ¿Todo esto lo sabía el crítico?

B: Supongo que sí. A no ser que haya vivido en Suecia todo este tiempo. De la misma manera que sabe que en Cuba es el gobierno quien autoriza la publicación de cualquier libro. No es que digas, como hacía mi padre: Voy a publicar este libro. Y luego te fueras derechito a Ucar y García con tus cuartillas y el dinero para pagar la edición. El sabe bien cómo era -y es- la cosa en ese país de mierda. Pero entre los cubanos es frecuente hacerse el muerto para ver el entierro que nos hacen... o descubrir siquiera si nos dan sepultura. El tiempo de los bobos se acabó, como dice la canción.

P: Me haces reír...

B: Gracias. Al menos, logré algo.

P: Sin embargo, pudiste publicar críticas de cine, fuiste guionista en la radio cubana...

B: Oh, sí, eran palabras ligeras, se las llevaba el viento... Sin embargo, a menudo amigos que trabajaban en la administración de la radiodifusión me revelaban que, secretamente, representantes de la Seguridad del Estado indagaban por mí en ese organismo, por mi conducta, mis relaciones personales, y pedían también copias de los guiones que escribía...

P: ¿Y qué hacían con ellos?

B: Te diré con absoluta seguridad: los guardaban TODOS. Cuando me arrestaron años después, en 1973, conservaban toda esa papelería. Incluso intentaron utilizar algunos elementos de ella para la causa que abrieron contra mí, y por la cual los fiscales pidieron para mí DOCE AÑOS DE CARCEL.

P: ¿Te condenaron?

B: Sí, pero sólo a seis.

P: Dices seis como si fuera una bagatela.

B: ¿De veras te pareció eso?

P: Sonó a poco, es lo que pienso.

B: Es que después de uno esperar doce, seis años produce un efecto de alivio, ¿no crees?

P: No sé, nunca he estado ante un tribunal.

B: Ni quieras estarlo, mucho menos frente al Tribunal Revolucionario Número Uno de La Habana. Allí uno es culpable aun antes de entrar escoltado por diez guardias armados, como si fuera un enemigo público. ¿Tú sabes cuántas cosas malas hay que hacer en el mundo civilizado para que un fiscal te pida 12 años de cárcel y luego te condenen a seis? Por lo menos tratar de asaltar un banco a punta de pistola. Hay asesinos que salen mejor parados que los acusados de diversionismo ideológico o propaganda enemiga.

P: ¿Y cuánto tiempo pasaste al fin en la cárcel?

B: Sólo cuatro años (SE RIE ESTREPITOSAMENTE).

P: (TRAGA EN SECO) ¿¿¿Cuatro años??? ¿¿¿Solamente???

B: ¿Y tú crees que en Cuba se andan con chiquitas? Yo era un escritor medio raro, había que castigarme, por contrarrevolucionario. Además, sostenía correspondencia con autores extranjeros. ¿Te parece poco?

P: ¿Y lo eras, en serio? Quiero decir, ¿verdaderamente contrarrevolucionario?

Ahora sí soy contrarrevolucionario hasta el tuétano. ¿Para qué negarlo? Todo el daño que puedo hacerles, se los hago. No hago más porque no puedo.
B: (PAUSA PENSATIVA) En aquel entonces, conscientemente, no lo creo. Yo era un jovenzuelo que escribía lo que me pasaba por la mente: artículos, cuentos, poemas, reflexiones en un diario tontuelo, en una libreta vieja... Pajas mentales, tú sabes. Retorcieron cuanto escribí para hacerme parecer un enemigo raigal de la humanidad y entonces condenarme. Ahora, sí. Ahora sí soy contrarrevolucionario hasta el tuétano. ¿Para qué negarlo? Todo el daño que puedo hacerles, se los hago. No hago más porque no puedo.

P: Y tú... ¿te confesaste reo de algún crimen?

B: Oh, claro que sí. Fui torturado física y mentalmente durante meses. Privado de sueño, inyectado con sustancias desconocidas que producían dolor, náuseas y escalofríos. La piel se me ponía casi verde, la epidermis se me cuarteaba y empezaba a caer. Y ellos se reían. Fui encerrado en celdas diminutas y oscuras llamadas clósets, y desnudo, en frigoríficos llamados neveras. También, por lo menos un par de veces, me sometieron a fusilamientos con balas de salva. Me vendaban, disparaban. Yo me desplomaba, creyéndome muerto. O muerto quizás, sin saberlo. De repente, por las noches, entraban a la celda acompañados de perros de presa y la emprendían a bastonazos conmigo. Agentes armados amenazaron con ultimar a balazos a mi mujer y a mi hijo pequeño. Claro que confesé. Confesé incluso que había envenenado todo el trigo de Ucrania.

P: ¿¿¿Y tú estuviste alguna vez en Ucrania???

B: Jamás. Pero me pareció un lindo homenaje a Nikolai Bujarin, que confesó ese delito en Rusia, después de ser torturado durante meses en la Lubianka, de manera muy parecida a como me torturaron a mí.

P: ¿Y por qué te pusieron en libertad dos años antes de cumplir los seis años de tu condena, si se puede saber?

B: (SE ENCOGE DE HOMBROS COMO SOLO EL SABE HACERLO) Qué sé yo. Puede que se cansaran. De atormentarme, quiero decir. Me tuvieron cortando caña de azúcar, dando pico y pala en la construcción. Me movieron de La Habana para Matanzas, de Matanzas para La Habana, después, de La Habana a Camagüey, como María Belén Chacón. ¿Qué más iban a hacer conmigo? En Cuba, diariamente cae gente presa. Uno se despierta cada mañana en su celda o su galera con el ruido torpe de los recién llegados, de las rejas que se abren y se cierran, los gritos y los alaridos. La maquinita no para, campeón. Hay que abrir espacio en las cárceles y campos de trabajos forzados que hay en el país. Ahora mismo, tú ves que lo hacen. Si no, se revientan.

P: Sin embargo, pudiste haber publicado algo en el extranjero...

B: Y lo hice. Algo en España, en una revista llamada Exilio, de lo que no se enteraron los de la Seguridad. Si no, me hubieran echado más años encima, tres o cuatro más, no sé, francamente. Pero más, más años que seis. Fue una temporada mala. Una temporada muerta. Yo, en la cárcel; mi mujer, bajo vigilancia. Esa cosita suelta pude publicar, pero un libro... Sólo cuando llegué al exilio, en 1980, pude haber publicado un librito, si hubiera querido. Otros lo hicieron.

P: ¿Y por qué no lo hiciste?

B: Varias razones. Entre ellas, tenía que trabajar mucho para mantener a mi familia. A mí me gusta, además, darme lujos, comer bien, viajar. Así que me dediqué a ganar terreno profesionalmente, a trepar. Sólo así aumenta el cheque que te dan cada cierto tiempo los dueños de la empresa. Tampoco creí jamás en pagar por publicar un libro. En Miami hay un editor que siempre ha vivido de ese tipo de escritor que es capaz de dar el culo para sacar un librito. ¿Me entiendes? Les cobraba en cierta época cinco mil o siete mil dólares por publicarles. Yo, hermano, preferí gastarme esa plata en mimar a los míos, y hasta mí mismo. Con siete mil estacas puedes poner el down de tremendo carro... o hasta de una casa. Yo prefería que mi mujer y yo vistiéramos bien, y que mi chamaco tuviera su leche y sus medicinas, y todos tuviéramos buen techo, a publicar libros que muy pocos iban a leer.

P: ¿Tan poco leen los cubanos? ¿No serán aburridos tus libros? ¿O demasiado culteranos? Mira, Paradiso, de Lezama Lima, es una maravillosa novela. ¿Pero cuántos hay que la entiendan o quieran entenderla? No te enfades, pero tú no estás a la altura de ese gran maestro...

B: Pues no sé. Virgilio Piñera y su cuate José Rodríguez Feo solían decir que en Cuba apenas cien personas se interesaban por la literatura y el arte, y entre ellas se contaban los propios escritores y artistas, la mayoría de ellos maricones, según Piñera y Pepe Rodríguez. Don't quote me on that. No sé si mis libros son aburridos ni me interesa tampoco si lo son. Es más, ni siquiera me importa si son buenos. ¿Qué voy a decirte? Yo soy así. Ha habido libros malísimos que han perdurado por muchísimas razones, a lo largo de la historia. También los libros que algunos autores consideran excelentes después resultan relegados al olvido. Pregúntale a Cervantes. De él sólo quedó como obra maestra el Quijote, que a él no le gustaba tanto. Y ya ves. Un best-seller.

P: ¿Te comparas, entonces, con Cervantes?

B: Qué coño me voy a comparar. ¿Tú tas loco?

P: Tiene, pues, razón el crítico.

B: ¿En que me demoré mucho en publicar? Por supuesto. Pero es muy fácil tener razón con las cosas obvias. Eso sí, se equivocó si pensó que yo no escribía; siempre escribí todo ese tiempo, hasta en sueños. En Cuba escribía mentalmente, para evadir a la policía. Y ahora veo que tú lo haces también.

P: ¿Perdón?

B: Never mind. ¿Quién te dio mi dirección en Venecia, por cierto? ¿Cómo sabías que iba a estar aquí?

P: No lo sabía. La fuente sólo sabía que tienes este aposento acá. Tampoco sabía de dónde habías sacado el dinero para comprarlo. Esta es una ciudad muy costosa. Y la verdad, tú escapaste de Cuba sin un centavo partido por la mitad. Parece muy raro.

B: Lo sé. Pero no voy a negar que tuve ayuda. Uno de los puntos en que mis torturadores hicieron mucho hincapié mientras me daban patadas por el culo allá, en Cuba, fue en mis supuestos nexos con cierta agencia oscura del gobierno norteamericano. En Cuba, cada vez que caes preso por ser enemigo del gobierno, o acusado de serlo, es algo que siempre sale a relucir.

P: ¿Y era verdad eso?

B: ¿El qué?

P: Lo de esa agencia y tú.

B: Ah... ¿Tanto te intriga?

P: Un poco. Todo este tiempo... Tu jubilación tan temprana... Un estudio en Venecia, viajes a Europa, puestecitos en Washington, Nueva York, buenos sueldos... No me negarás que es muy difícil de tragar, con el hambre que han pasado tantos otros.

B: Sufre, canalla...

P: ¿Vas a responder? ¿Sí o no?

B: Digamos que sí, a partir de cierto momento. No voy a decir cuál, ni si realmente pasó. Desde Cuba o desde aquí. Incluso pasé un detector de mentiras en un motel de Virginia. ¿Qué más da? De alguna manera tenía que cobrar mi cuota de resarcimiento por todo el daño que nos hicieron a mí y a los míos. En algo tenía que colaborar para erradicar el comunismo de la faz de la tierra, como éste trató de hacer conmigo. Y lo hice, con relativo éxito. Ya viste: cayó el Muro de Berlín.

P: Al menos, te pagaron bien.

B: No creas. Del dinero no me puedo quejar. Ellos saben cómo hacer que te llegue. Pero hubiera querido tener algo que no me dieron nunca.

P: ¿Más dinero?

B: No. Permiso para matar.

P: (RISA ESTREPITOSA) ¿Como James Bond?

B: Más o menos.

P: No creas, a veces quisiera tener ese permiso...

B: Ahora que te miro, yo también.

(RIEN LOS DOS A CARCAJADAS)

P: Nada de eso es verdad, por supuesto. Dime que no, por favor.

B: Pues sí que lo es, como muchas cosas en mi blog, y en mis libros. Y también mentira. ¿Por qué no? Dices verdad, ¿y qué has dicho? ¿Aludes a la realidad o a la percepción que de ésta tenemos? Hay muchas versiones de la verdad, tú lo sabes. En esos archivos siniestros de que he hablado tanto, y donde el gobierno cubano anota todos mis pasos, ¿no crees que hay ya evidencia sobrada de mis nexos con los servicios especiales de Estados Unidos? ¿Con esa agencia que ni siquiera te atreves a mencionar? Y aunque no la hubiera, dirían que soy un espía. Les conviene. Todas las acusaciones de esos esbirros son calumnias. Quien no las debe no las teme, y ellos temen mucho, porque me deben bastante. Las sospechas a que aludiste cuando me hiciste esa pregunta, ¿no son ya un indicio claro de esa verdad posible, no necesariamente actual, que tanto te inquieta y les inquieta a ellos? Por eso, para que te quedes tranquilo, te diré sólo que no tengo licencia para matar. Nunca me la han dado. Si me la hubieran dado, ya hubiera matado a unos cuantos de ellos. Pero no la tengo.

P: Menos mal.

B: Excepto en la literatura, claro.

P: Eso es otra cosa.

B: ¿Por qué habría de serlo? Alguien a quien yo mate en la literatura debe darse por muerto, te lo aseguro.

P: ¿Tanta puntería tienes?

B: Mi pluma, o más bien, mi procesadora de palabras, es absolutamente letal.

P: Coño... Entonces, no has de tener muchos amigos escritores.

B: Sólo algunos. Y todos viven lejos.

P: ¿Discutes con ellos lo que escribes? ¿Saben en lo que trabajas?

B: A veces. Otras, no. Hay uno por ahí que se niega a leer cosas mías o de cualquiera de sus amigos escritores, porque asegura que sus opiniones son tan calcinantes, que muchos le han retirado la amistad cuando se las ha revelado. Por eso, asegura, no opina sobre obras de nadie, por muy amigos que sean.

P: ¿Y tiene razón?

B: Qué carajo razón va a tener. Lo que pasa es que no tiene opinión. No la ha tenido nunca. Le cuesta trabajo forjársela, muchísimo. O si la tiene no te la quiere decir a ti, porque prefiere hablar a tus espaldas.  De gente así más vale no ocuparse, al menos en una entrevista.

P: Hablemos, entonces, de tu novela.

B: ¿Cuál de ellas?

P: Las malas lenguas aseguran que copiaste a Pedro Juan Gutiérrez en Descansa cuando te mueras. ¿Has leído la Trilogía sucia de La Habana?

B: Claro, la he leído. Pero esas malas lenguas lo que van a hacer es mamármela bien mamá, porque yo no tengo que copiar a nadie para escribir. Me encantan el mundo y la manera de narrar de Gutiérrez; creo que es el único escritor auténtico que queda en ese foquin país. Pero de ahí a decir que el mundo de La Sagüesera y, sobre todo, el protagonista mío, Manny, son una copia de La Habana de Pedro Juan, y de su alter ego, hay un larguísimo trecho. En lo que coincidimos es en la marginalidad de nuestros personajes, porque ni siquiera nuestros lenguajes se parecen.

P: ¿Qué pasa con el lenguaje?

B: Es algo en lo que los críticos, tan sagaces y sarcásticos, no han reparado del todo. Ninguno. ¿Qué van a reparar? En Descansa... el lenguaje es un protagonista más. Y era hora ya, porque Estados Unidos recién empieza a tener su literatura en castellano. Un castellano propio, claro; uno que no es necesariamente sólo lo que llaman “espánglish”, sino una yuxtaposición de inglés y español en muchas ocasiones. Palabras nuevas, totalmente nuevas. Tú sabes de lo que hablo. Y ningún crítico reparó en eso. Como tampoco ninguno reparó en que Manny no es un “marielito” ni mucho menos, como han dicho algunos. Es más, su origen nacional es bastante difuso. Cuba no se menciona nunca en el libro; es como si no existiera. Como si él mismo la hubiese olvidado a propósito, para convertirse en una especie de refugiado universal, eterno, uno que nunca deja de serlo, porque no sabe de dónde vino.

P: Y tú, ¿te has olvidado de Cuba también?

B: Ya quisiera. Y lo haré, te lo prometo. Tengo que hacerlo, porque no se puede regresar a una patria inexistente, hermano. Esa isla no es ni remotamente la que dejamos. Para mí, sería como regresar a uno de esos pueblos escenográficos en que hace muchos años se rodaban las películas del Oeste. Puras fachadas, cascarones pintorreteados, detrás de los cuales no hay siquiera habitantes, sólo figuras de cartón de tamaño natural. Pero antes de arrojar a ese maldito país enteramente al olvido, como se merece, hay que purgarse de toda buena o mala memoria que de él tengamos. Pájaro de cuenta es precisamente eso. Un asco archivado, una cuenta pendiente; tenía que saldarla. Lanzar ese escupitajo antes de dar la espalda y esfumarme en el horizonte, mientras el sol se pone y la patria de mentiritas queda atrás.

P: ¿Y nunca has regresado a Cuba?

B: Nunca bajo mi identidad. Lo hice el año pasado, desde Europa y con un pasaporte que no llevaba mi verdadero nombre. Fue una prueba. Lo haré muchas veces más. Pero esa vez quería llevar una copia de Descansa cuando te mueras y entregarla en la mismísima Casa de Las Américas, para el doctor Roberto Fernández Retamar. Lo hice sin contratiempos. Nadie me reconoció en parte alguna, ni siquiera cuando visité la Unión de Escritores y pedí que me dieran un tour del lugar. Fue divertido. Se creyeron que yo era un turista ricachón. Trataron de venderme carteles, pinturas. Los pobres. Algún día volveré así y aprovecharé para tomar venganza de todo el daño que me hicieron esos hijos de la gran puta que se llaman mis "compatriotas".

P: ¿Tu propósito a largo plazo, entonces, es no volver a escribir de Cuba en absoluto?

B: A largo plazo todos vamos a estar muertos. Pero eventualmente, sí. Quiero matar a la patria en mi memoria. La novela en que ahora trabajo sigue las peripecias de Manny nuevamente, es decir, es un texto en que Cuba no va a aparecer para nada.

P: ¿No había muerto Manny durante un ciclón en el otro libro?

B: Resucita, eso es lo que ocurre. Y sin acordarse de nada, por cierto. Ahora no vende cable, sino pastillas para esto o aquello. Y de él mismo sólo expone cicatrices de heridas de las que no tiene en absoluto memoria. La mujer le pregunta qué le pasó y él no sabe decirle. Sólo tiene recuerdo del nuevo país que habita, del nombre que tiene, de lo que pasó desde que llegó. De su pesadilla presente. Más nada. Es bastante. El título provisional de esa genial obra es Chivo loco, pero no quiero hablar más de ella. Da mala suerte; soy un poco supersticioso.

P: ¿Y a quiénes escupiste en Pájaro de cuenta, si se puede saber? Escupir es un verbo terrible...

B: Por supuesto que lo es. Y si has leído el fragmento de la novela que anda ya circulando por ahí sabrás hacia dónde apunté el salivazo.

P: ¿A Virgilio? ¿A Virgilio Piñera, casi en vísperas del centenario de su natalicio?

B: Qué coño Virgilio ni Virgilio. Virgilio no existe, es una invención mía. Digo, el Virgilio de la novela. Se llama como él, es verdad, pero es otro, el verdadero, no el que se han inventado muchos por ahí. ¿Conoces al verdadero Virgilio Piñera?

P: Ni idea. No soy tan viejo.

B: Yo sí. Viejo y lo conocí, quiero decir. En el terreno personal, se me antojaba un viejo maniático. Gran conversador. Pero en su vida era un ser patético, te lo aseguro. ¿Te imaginas pasar toda una vida haciéndote pajas o pagando para que te cojan el culo? ¿Te imaginas tratar de ganarte la vida cuando Cuba reía sin haber estudiado, sin tener un titulito de algo? ¿No ganarte nunca un premio, un reconocimiento? ¿Pasar hambre y tener que vivir de las dávidas de un señor tan antipático y grosero como Pepe Rodríguez Feo? Eso, por fuerza, te convertía en un amargado, en un resentido.

P: Pero fue un gran dramaturgo, no lo negarás. Un magnífico cuentista.

B: Oh, sí. Pero la literatura no lo es todo en la vida, brode. Y hay amplia evidencia, AMPLIA, de que Virgilio no podía soportar el éxito ajeno, ni siquiera el talento ajeno. Si alguien publicaba un libro que merecía elogios, se enfermaba. Por su propia confesión, Paradiso, de Lezama, y Los siete contra Tebas, de su discípulo y canchanchán Arrufat, le afectaron mucho. ¿Tú sabes lo que es eso? ¿Que te afecten las buenas obras de tus colegas? A eso yo le llamo complejo de inferioridad. Llegó incluso a darle el pésame a Gastón Baquero cuando se ganó el Premio Justo de Lara, un premio de periodismo. A mi padre se lanzó a denigrarlo a los pocos meses de su muerte. No pudo esperar. Tenía, además, que agredir a la gente de Orígenes. No le perdonaba a Emilio Ballagas que hubiera ganado el Premio Nacional de Poesía y otras distinciones, que tuviera una familia, y que a su muerte, mereciera más elogios aún. Virgilio claramente no estaba feliz con sus propios logros, que eran enormes, como todos sabemos. Para sentirse feliz, tenía que denostar y atacar a otros, arrastrarlos a su fango, a su propio infierno. A eso dedicó gran parte de su miserable existencia. Hasta que llegó la llamada revolución y se vistió de miliciano.

P: Coño. ¿Y de eso trata tu novela?

B: Qué va. De mucho más que de Virgilio Piñera Llera. Describe cómo todo ese resentimiento que hervía entre muchos de nuestros intelectuales, toda esa envidia, se volcó de lleno en la “revolución” de Fidel Castro, la que según Virgilio le dio “carta de naturaleza”. También una vez llegó a decir que algún día se sabría lo bien que hizo en quedarse en el país. Pobrecito. Era un gran escritor, pero como ser humano fue un absoluto gargajo, un foquin comemierda. Ya ves lo que le hicieron, y él, de lo más feliz... Pero él no fue el único, lamentablemente. Hubo más, muchos más. Y más arrastrados también.

P: ¿No temes la reacción de quienes idolatran a Virgilio Piñera y lo consideran un símbolo de la resistencia intelectual contra el totalitarismo?

B: No sé cuántas veces voy a tener que repetirlo. Mi Virgilio Piñera no es quien vivía en la calle N, en La Habana, y que murió gimiendo bajo la mordaza castrista. Lo digo así, pero no lo es. El Virgilio Piñera Llera de mi novela absorbe algunos rasgos del Piñera real, tomados aquí y allá. Su narcisimo oportunista, digamos. Pero no es el Piñera de carne y hueso, aunque los dos -el de la novela y el real- son tremendos cobardones. Se puede tener miedo sin ser cobarde, pero Virgilio era de los que se cagaban literalmente en los pantalones, como muchos intelectuales cubanos en los 70. En cuanto a la reacción de esos groupies de que tú hablas, me tiene absolutamente sin cuidado. Sé que me van a llamar difamador, mentiroso. Van a decir incluso que soy homofóbico. Me importa tres cojones. Hay un académico exiliado que prepara incluso un homenaje a Virgilio, un “congreso”, le llama. Cómo se ve que se fue de Cuba temprano. Me gustaría contarle los horrores que el Virgilio real hablaba de él en Cuba, con qué calificativos políticos se refería a él, por no hablar de toda la mierda que decía sobre las obras teatrales que había escrito en Cuba y en el exilio. Se echaba a la revolución por delante para denigrarlo. Cuando se lo diga, no me va a creer, desde luego. Virgilio ahora es un mártir. Una vez que te conviertes en objeto de culto, brode, te vuelves intocable. Pero entre otras cosas, para eso se ha hecho la literatura, para desmontar esos mitos.

P: Entonces, ¿qué es Pájaro de cuenta? ¿Ficción histórica o puro invento?

B: Aquí entre nosotros, tú has leído una de las pocas copias clandestinas del libro que circulan por ahí. ¿Qué piensas?

P: Que hay verdades y mentiras. Que a Virgilio le seguían los pasos, pero no mandaban, por ejemplo, a que un avión sobrevolara La Habana para localizarlo. Que tenía epígonos, pero Antón nunca copió textualmente una novela de Piñera. Las novelas de Antón son demasiado malas como para eso. Pero no has contestado mi pregunta. El entrevistador soy yo.

B: Cuando tú lo dices. Pero si lees el libro desde el principio, verás que lo precede una cita de Hemingway que lo explica todo muy bien. La ficción, si prefieres considerar a Pájaro de cuenta como tal, a veces arroja luz sobre sucesos que muchos dan por sentados, o consideran absolutamente factuales. El Virgilio ficticio de mi novela provocará, sin duda, reflexiones sobre el Virgilio Piñera que muchos consideran real, aquí y allá: una especie de mártir de la literatura y de la sodomía. No hay verdad absoluta ni permanente. Hace poco, por ejemplo, leí un recuento que, aun a estas alturas, pone en duda que Virgilio siquiera haya dicho la famosa frase de “tengo miedo” en una reunión con Fidel Castro. Supuestamente, Guillermo Cabrera Infante inventó esa frasecita, dicen ahora. Todavía, hace pocos años, en Cuba se culpaba a unos cuantos funcionarios de segundo o tercer orden por la cacería de brujas ocurrida en la década de 1970, ordenada por Fidel Castro y su hermano. Etapa que también, inexplicablemente, alguna gente muy bien enterada, incluso académicos respetados, llaman el “Quinquenio Gris”. ¿Te imaginas tantas mentiras?

P: Entonces, ¿cada cual inventa su propia historia?

B: Efectivamente. Y sus propios héroes y villanos. El propio Virgilio decía que la literatura es un chisme colosal. Esta es mi historia, mi propia versión de sucesos que viví y gente que conocí en esa época. Mi chisme. Mi colosal chisme. Me permito exagerar, cambiar, edulcorar, incluso mentir, y hasta contar verdades a veces. ¿No es eso lo que han estado haciendo Fidel Castro y la Seguridad del Estado todo este tiempo? Quizás el resultado final de mi librito sea algo más cercano a la verdad que muchas versiones oficiales, oficiosas y no oficiales de esé período. Para mí, el proceso terminó cuando me monté en un bote con mi familia y dejé atrás aquel infierno. Pero la máquina de fabricar mentiras, ficciones, no ha parado. Ahora mismo se preparan en Cuba a dar lechada a la memoria de Virgilio, como ya están haciendo con la de Reinaldo Arenas y Guillermo Cabrera Infante. ¿Cuándo se había visto que un quinquenio tuviera más de cinco años?

P: Años más o menos...

B: Una conveniente invención para soslayar el hecho de que la agonía empezó mucho antes y aún no termina. Que entraron fusilando, matando, robando y encarcelando. Y que una vez decretado el fin de ese quinquenio largo, todavía siguen haciéndolo con quienes les venga en gana. ¿Acaso hay un ápice de verdad en la sentencia por la que me condenaron? Dirán que sí. Y yo diré también que sí, que en mi libro hay un poco de verdad, toda la verdad y la mentira que a mí me sale de los santos timbales. Eso sí, había una verdad más elevada que quería exponer en mi libro...

P: ¿Y es...?

B: Que sin nuestra complicidad, sin nuestro miedo cómplice, sin nuestra aquiescencia, nuestra frivolidad y nuestros olvidos, sin nuestro oportunismo, ni ese supuesto quinquenio ni todos los años de horror, opresión y oscurantismo de la llamada revolución hubieran sido posibles. Que incluso algunos de nosotros pusimos el pescuezo dócilmente y pedimos al verdugo que nos cortara la cabeza. Queríamos el estalinismo, lo pedimos a gritos. Y nos lo dieron. ¿No te acuerdas de la famosa carta a Pablo Neruda? ¿No le pedimos cuentas y acosamos a Neruda a mediados de los 60 sólo porque el PEN Club le dio un premio y él decidió ir a recibirlo? ¿No nos consideramos en ese entonces los ungidos, los guerrilleros, los santos, los dueños de la Doctrina y la Verdad absolutas? ¿No la firmaron casi todos acaso, esa cartica, algunos que todavía están allá, otros que incluso fueron a dar a la cárcel y hasta otros que comparten ahora con nosotros el exilio? Mira, mejor no digo nombres. ¡Me dan asco! ¡Siento asco de nosotros mismos! El Virgilio de mi novela, que se declara “sacrílego pero no contrarrevolucionario”, es la síntesis de ese asco...

P: No es para tanto.

B: Ojalá tuvieras razón. En mi novela, el fantasma de mi padre, Emilio Ballagas, se le presenta a Virgilio y le canta las cuarenta. Lo puede hacer porque es un fantasma prerrevolucionario, el único que no puede tener miedo de los segurosos, el único que está por encima de todo el fango, el único santo, alguien del más allá. Por suerte, hay una cualidad que redime mi libro, que resta amargura a ese escupitajo hecho de palabras: el humor que tiñe todo el texto. La sátira salvífica de ese pájaro idiota y cobardón. De lo contrario, hubiera sido cuestión de escribirlo y suicidarse.

P: ¿Qué editorial lo publicará?

B: Saldrá, como mis otros libros, por mi pura cuenta. No tengo tiempo ni paciencia para esperar por los editores y los agentes, y menos en esta mala economía. En cuanto a las fuentes de su futuro financimiento, me las reservo. Ya te las puedes imaginar. Sólo puedo decirte que bastan y sobran para colocar el libro en los mercados necesarios, donde más daño puedan hacer. Es una bomba atómica de palabras, pero no espero un súperventas, por aquello de las más o menos cien personas que entre nosotros se interesan por los libros. Cien no son una multitud. Eso sí, te aseguro que muchos van a querer enterarse de si se les menciona en el Pájaro.

P: ¿Tú crees?

B: Hombre. Resulta claro que si no apareces siquiera mencionado en un libro que abarca el Quinquenio Gris, y pretendes que alguna vez fuiste escritor o eso que llaman intelectual en Cuba, es que has de haber sido muy malo o insignificante. Quien no aparece en mi libro es porque no valió la pena, francamente. Por eso, voy a ir colgando algunas partecitas en mi blog, para que puedan verificar los curiosos si se les menciona o no. Pero sólo van a poder constatarlo definitivamente cuando Pájaro de cuenta se publique en enero. Así que es mejor que vayan reservando su ejemplar desde ahora.

P: Habrá que esperar...

B: Espera, que ahora vengo...

Es un sencillo gesto que indica que la ausencia de Ballagas va a ser breve. Que seguramente ha ido al baño o a buscar algo al fondo de su pequeño escrondijo. No se me ocurrió nada más. Mientras aguardo, echo un vistazo a la espartana apariencia de la sala, sus muebles desvencijados, sus espejos que apenas reflejan nada, y ese gobelino desteñido que alguna vez exhibió un paisaje pastoril... Me pregunto cómo se las arregla para vivir así... Y cuando, al fin, aburridos de pensar, nos levantamos creyendo que vamos a verle de regreso, nos damos cuenta de que el novelista simplemente se ha desvanecido, que ha abandonado la casa seguramente por otra puerta, para evadir otras preguntas más indiscretas. Por más que le buscamos, no aparece. Corremos afuera, damos vueltas en círculos por el vecindario, le llamamos a gritos, y cuando al fin damos con él, no quiere dirigirnos siquiera la palabra. Sólo permite que le tomemos una foto apresurada, cerca de un canal sobre cuyo puentecillo se disponía a cruzar, fugándose en la tarde veneciana...

5 comments:

  1. Hola, sennor Ballagas. Soy estudiante de dr. dovalpage y estoy leyendo su blog para nuestro clase. Es todo basado en la realidad? Y pajaras no es un termino despectivo como fag o es aceptado? Leo su entrevista , muchas gracias por respondar and sorry for my poor Spanish. I really enjoy your blog
    Fred SPAN

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  2. ¿Y cómo le respondo, Fred? ¿Aquí mismo?

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  3. Fred: Supongo que volverás aquí, así que te contesto. La gracia de los textos que coloco en este blog es que hay que adivinar el grado de verdad y mentira (o ficción) que hay en ellos. Soy como ese chico que conociste en tu barrio que siempre hacía cuentos sobre lo que hacía, y tú intuías que él exageraba, y no sabías en qué. Pero te causaba gracia, risa y a veces tristeza lo que te contaba. En cuanto a la palabra pájaro, vayamos por parte. "Pájaro de cuenta", el título de mi novela, próxima a publicarse, es una expresión que significaría en inglés algo así como "scoundrel". Pero yo la uso en los dos sentidos, igual que Fidel Castro la usó en un discurso para referirse a los escritores extranjeros que lo criticaban. Enfatizó "pájaros" para insinuar que eran homosexuales. Y es verdad,´"pájaro" es una palabra derogatoria para denotar homosexual. Peor es "pajarraco" o "maricón". Y aunque en un contexto social, por corrección política, quizás no sea recomendable hablar así, yo no creo que hay malas palabras en la literatura; sólo las palabras que al autor le conviene usar para expresarse. Dime si quieres oír más de todas estas boberías. Saludos a la Dra. Teresa

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  4. ¡Hola, Emilio!
    Me ha encantado la entrevista, y veo que tenemos muchas cosas en común. Yo escribí mi libro "Adolesciendo" cuando tenía 17 años. Mi padre tenía mucho miedo de que yo terminara igualmente en la cárcel, sólo por decir lo que pensaba, y se puso muy contento cuando emigré a Rusia. LLevo muchos años sin escribir, aunque tengo esperanzas de hacerlo otra vez, pues tengo qu trabajar para ganarme la vida.
    Virgilio Piñera es una figura que me llama mucho la atención, por cierto. Pero antes me dijiste que no tenías nada que ver con Emilio Ballagas... Por cierto, si logro abrir un taller de traducción literaria aquó en Moscú, ¿podríamos traducir algún cuento tuyo al ruso? Puede resultar interesante.
    Saludos desde Moscú,
    Verónica

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  5. Hola, Verónica, pero no me llamo Emilio. Me llamo Manuel. Y una vez me preguntaste si tenía parentesco con Emilio Ballagas, y te dije que sí, que fue mi padre. Me alegra mucho saber que alguien se toma el trabajo de traducirme al ruso o cualquier otro idioma. Lo que sí quisiera es que me dijeras cuál cuento quieres traducir. Actualmente trabajo en un par de libros de relatos y quizás alguno de ellos te interese. Y si puedes encontrar a alguien por allá que quiera publicarlo, mejor. Leí tu libro Adolesciendo hace años, cuando te llamabas Verónica Pérez Koniuna, y me impresionó mucho. Eres parte de esa generación de escritoras que, como Zoé Valdés, exponen un mundo insospechado con gran arte de palabra.

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