Friday, October 21, 2011

La cantinita del Comité Central

Otro fragmento de mi novela Pájaro de cuenta, a publicarse en enero próximo. El lugar: El apartamento de Pepe Rodríguez Feo en la Calle N. Los personajes: Pepe ( alias Chorro de Plomo), el padre del teatro moderno cubano, Antón y la Pabla Armanda. Disfruten y comenten, si quieren.

–¿Ya te enteraste? –le preguntó Pepe cuando logró desenroscar la cafetera.

–¿De qué? –preguntó Virgilio, palideciendo. ¿Habría otro preso? ¿Otro preso que no era él? El familiar calambrito empezó a recorrerle las tripas.

–Antón te contará –dijo Pepe.

Antón alzó la vista, pero no habló.

–Alguien se suicidó –murmuró la Pabla Armanda, mirándose las uñas de una mano distraídamente.

–Un hombre apurado –aclaró Antón, con cinismo de femme fatale. Pero no eran sus palabras. Había tomado prestada la expresión de un viejo chiste del caricaturista Santiago Armada, Chago. Virgilio se lo sabía.

–¿Quién? –indagó Virgilio, menos alarmado ya, pero de todas formas, curioso.

–Tú no lo conoces –contestó Pepe.

–Es un poeta menor, uno de esos novísimos sin apellidos –dijo la Pabla Armanda.

–Sobrino nieto de Lino Novás Calvo –se apresuró a decir Pepe, embutiendo la cafetera con borra vieja, usada ya dos veces.

–No me digan.

–El pobre... –dijo la Pabla Armanda, sin sonar remotamente acongojado.

–¿Pero por qué? ¿Por qué? –insistió Virgilio, que de un brinquito se había sentado en el mostrador de la cocina.

–Es una historia graciosa, si la quieres oír –dijo su discípulo amado, haciendo girar el paraguas entre sus manos.

–Trágica y graciosa –acotó la Pabla Armanda.

–Pásame el azúcar –dijo entonces Pepe, sin despegarse de la cafetera y del jarrito en que se proponía armar aquel insulso café. La Pabla Armanda corrió a asistirle, buscando el pomo del azúcar por todas partes, sin encontrarlo. Antón ni se movió de su sitio.

Era, en efecto, un relato de ribetes cómicos, e incluso truculento, si se quiere. Antón y la Pabla Armanda forcejearon por contarlo, pero Pepe les arrebató la voz cantante. Después de todo, estaba en su casa, y le encantaba hacer cuentos, aunque no sabía cómo. Virgilio no podía creer lo que estaba oyendo.

Meses antes, el joven poeta había acudido a la oficina de Cintio Vitier, ese sol del mundo moral, con una delicada súplica. En cualquier otra parte del mundo, un asunto semejante hubiera sido tratado en la trastienda de un almacén o restaurante, como corresponde a las urgencias del apetito, y no en los sacrosantos predios de la Biblioteca Nacional. Pero el joven poeta, que ya había publicado un libro de versos relativamente exitoso, creyó indispensable pedir al autor de Lo cubano en la poesía y otros seminales ensayos su intercesión en unos trámites que corría hacía tiempo para conseguir acceso a los servicios de un modesto plan de almuerzos a domicilio conocido vulgarmente en los círculos literarios cubanos de ese entonces como “la cantina del Comité Central”. No se trataba, ciertamente, de un gran privilegio; tampoco la susodicha cantina proveía a sus beneficiarios platos exóticos que las masas trabajadoras no conocieran ni pudieran adquirir de cuando en cuando; entiéndase: a precio de oro. Eran, más bien, pequeñas porciones de humildes comidas criollas, como carne con papas, masas de cerdo, quimbombó o incluso parguito frito, que ciertas altas instancias del gobierno habían asignado a personalidades literarias muy especiales, casi imprescindibles, de cuya cotidiana alimentación dependía en gran medida el futuro de las letras cubanas. Sucedía, sin embargo, que los envidiosos y resentidos de siempre habían puesto obstáculos a las gestiones que el joven hacía para apuntarse en aquella lista de consagrados comensales, y a pesar de que sus versos habían sido elogiados acertadamente en varias revistas especializadas, incluso por el propio Vitier, las altas instancias habían rechazado el reclamo de aquel talento en ciernes, aduciendo que todavía no era “el momento idóneo” para incluirlo en el limitado plan de almuerzos para intelectuales valiosos.

–Por Dios –dijo Virgilio, asombrado– ¿Y esa lista de ilustres comilones existe todavía?

–Claro que sí –contestó Pepe, como si fuera lo más natural del mundo.

–Es indignante.

–¿Y tú te sorprendes?

–Me pregunto quiénes serán.

–Los de siempre –dijo la Pabla Armanda.

–Tú no estás, Virgilio –aclaró Antón malignamente.

El padre del teatro moderno cubano sonrió. La estocada de su discípulo amado no le tomó de sorpresa.

–Las jerarquías se olvidan, sobre todo a la hora de comer –dijo por toda respuesta.

–No todos lo merecen –sentenció la Pabla Armanda- No todos son grandes poetas.

–Nicolás siempre ha comido por la cantina, me consta, pero es un gran poeta –aseguró Chorro de Plomo.

–¡Esa negra! –exclamó Virgilio.

–Se ha puesto como una ballena –dijo el viperino Antón.

–Es un gran poeta, Guillén, se lo merece –insistió Pepe.

–Poeta y comunista –dijo la Pabla Armanda– Compensa ahora toda el hambre que pasó bajo el capitalismo.

-¿Qué hablas? Esa no ha pasado hambre nunca en su vida, por Dios.

–Es voraz, voracísima.

–Es el elitismo, nunca nos podremos librar de él, es el destino de las islas –aseveró la Pabla Armanda, afectando un tono de resignación.

–Peor que en los tiempos de Orígenes.

–O Ciclón –añadió Antón.

–¡Y que en los tiempos de Papa Montero! –dijo Virgilio socarronamente.

Todos se echaron a reír de aquella ocurrencia y Chorro de Plomo pudo continuar, al fin, su relato. El padre del teatro moderno cubano no podía esperar, porque, como se sabe, era demasiado curioso.

Sucede que pasaron varios meses de aquel encuentro en la oficina de la Biblioteca Nacional. Conmovido por la petición del joven bardo, Vitier, ese sol del mundo moral, había dado curso a gestiones muy discretas para obtener la elusiva cantinita. Debió reunir para ello, en un impresionante dossier, copias de todos los versos publicados e inéditos del hambriento peticionario, certificados de nacimiento, fotografías de él y de sus padres, así como fascímiles de los muchos comentarios elogiosos que su incipiente obra había suscitado ya en revistas nacionales y algunos importantes medios literarios de los países amigos. Agregó a todo esto una carta colectiva de aval, firmada por una docena de personalidades literarias y artísticas cubanas que no sólo atestiguaban la calidad de los versos de aquel joven, sino que se lamentaban también, con sentidas palabras, del pésimo estado de su nutrición, ejemplificada en las escasas libras que pesaba y su permanente expresión de melancolía. Coronaba esta suplicatoria una respetuosa carta de la esposa de Vitier, la poetisa Fina García Marruz, instando al alto mando alimenticio, en nombre del más elemental sentido de la caridad y el futuro mismo de la literatura cubana, a conceder el modesto viático que tanto había hecho para merecer este joven talento, modelo de hijo abnegado, poeta y revolucionario.

Se sentaron a esperar, naturalmente, y no precisamente en una capilla, porque pasó mucho, demasiado tiempo, en realidad varios meses, que es lo menos que demora cualquier trámite en Cuba, exitoso o no. Y justo cuando habían perdido toda esperanza del anhelado viático, el correo trajo hasta la mesa del autor de la seminal novela De Peña Pobre un sobre largo y blanco, de aspecto bastante impresionante, muy pulcro y marcado por el simple membrete de “Cantina del Comité Central”. Vitier, que en su juventud –nadie sabe exactamente por qué– había escrito su nombre con una ridícula “Y” y una más ridícula “TH” intermedia, es decir, Cynthio, no quiso abrirlo sin antes comunicarse con el posible beneficiario de aquella merced culinaria, de manera que le convocó inmediatamente a su oficina para compartir con él las buenas o malas noticias que trajera la carta. Sentados ante la mesa de su despacho horas después, Vitier tomó la mano del joven bardo en la suya, y juntos, en compañía de Fina, rezaron un Padre Nuestro antes de proceder a abrir el sobre cuyo contenido decidiría la sustancia de los futuros almuerzos de aquel infeliz.

–¿¿Y?? –preguntó Virgilio entonces, ansioso.

Chorro de Plomo había hecho de pronto una pausa demasiado larga, justamente cuando no debía. La Pabla Armanda y Antón se miraban, divertidas. Todo el dramatismo se estaba diluyendo. No sabe contar, no sabe contar, por Dios, se repetía el padre del teatro moderno cubano, con los ojos clavados en su amigo del alma y mecenas de antaño, que nunca había sido un buen escritor, por más que se hubiera labrado un sitial en las letras cubanas a base de puros billetes.

–Se mató, coño –dijo Pepe finalmente.

–¿¿Se mató por eso?? –Virgilio preguntó, azorado.

–De un tiro –dijo la Pabla Armanda.

–Se voló la tapa de los sesos.

–El hambre es mala consejera.

–Aun así...

–Y lo más gracioso... –empezó a decir Antón.

–... lo más gracioso es que se mató con una pistola viejísima, muy antigua –interrumpió la Pabla Armanda.

–De tiempo de España, era un recuerdo de su tío abuelo –explicó Pepe, cabeceando.

–No se sabe cómo fue.

–Increíble.

–La pistola la confiscaron, claro.

–Se la llevó la Seguridad del Estado.

–La vida imita al arte –sentenció la Pabla Armanda.

Virgilio se quedó pensativo, moviendo la cabeza.

–Algún día lo voy a meter en un cuento –dijo al fin, cuando recuperó el habla.

–Sí, pero no ahora, no te conviene, acuérdate –dijo Pepe, siempre muy prudente, echando el café en un tazón, al tiempo que movía un dedito en el aire para indicar que podía haber “técnica”.

–No me negarás que es excelente tema literario –repuso el padre del teatro moderno cubano, para quien todo, absolutamente todo, era literatura, es decir, chisme colosal.

–Es una tragedia –murmuró la Pabla Armanda gravemente.

–Igual es literatura.

–Tú, como siempre, Virgilio.

–No cambio, soy inmutable.


© Copyright Manuel Ballagas. Prohibida la reproducción por cualquier medio sin autorización del autor.

5 comments:

  1. Gracias, Zoé y Turandot. Hacerles reír, en medio de tanto dolor y porquería que sufrimos, es un acto mágico. Y ojalá les guste el resto de la novela. De veras está sabrosa.

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  2. Muy estimado Ballagas:

    Muy a punto. Muy a punto. Como debió haber sido sazonado el
    plato al que aspiraba el personaje al que se lo pasaron por debajo de la mesa.

    Rolando Morelli

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  3. Gracias, Morelli. Pero la historieta sigue, porque todo es parte de una novela. En el blog hay otros dos fragmentos de ella. Se llama Pájaro de cuenta y narra los penúltimos apócrifos días de alguien llamado Virgilio Piñera. Sale en enero próximo. Espero que le guste.

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