Wednesday, October 12, 2011

Un alita del 'Pájaro': disfruten

 Muchos van a decir que es mentira, que yo nunca me parecí a ese personaje. ¡Qué más daría yo! Pero todavía hay quienes andan por La Habana y Miami que recuerdan esos tiempos y saben que desgraciadamente fue así. En este otro fragmento de mi novela Pájaro de cuenta conjuro esa época...

No me acuerdo bien, fue hace mucho tiempo. Ha de haber sido cuando el Año del Guerrillero Heroico, es decir, 1968, como le decían en casi todas partes. Los Beatles acababan de estrenarse en la radio cubana con varios años de atraso, al pintor mexicano David Alfaro Siqueiros le habían dado una patada por el culo en plena Rampa, como tardía represalia por su atentado a Trostky, y a Manolo Ballagas, el hijo del poeta, empezaron a confundirlo con Silvio Rodríguez, el cantante. No se sabe por qué. Manolo no cantaba ni comía fruta; pero la gente le paraba en la calle a toda hora para pedirle autógrafos, y las camareras de Coppelia se negaban rotundamente a cobrarle. “Tú no pagas aquí”, le decían, guardándose la cuenta en el escote, entre sonrojos y con mal disimulada coquetería. Por cualquier lugar que pasara, o en cualquier sitio que se detuviera Manolo en La Habana, siempre había un racimo de hermosas colegialas uniformadas que maullaban al unísono, llenas de arrobo, el nombre de su ídolo: ¡Silvioooooooo! Las cosas fueron cobrando para él, poco a poco, ribetes alucinantes: Una mañana, una cuadrilla de camarógrafos de la TV británica y un reportero alemán se presentaron en su casa para entrevistarle. Todos en su vecindario de La Víbora concluyeron que habían albergado en su seno a un impostor. Algunos incluso le retiraron el saludo, con toda razón. Su novia, la bailarina Juanita Baró –con quien habría de casarse al año siguiente– escuchaba perpleja cuando sus amigas le decían que habían visto a Manolo por la televisión. “¿Haciendo qué? ¿¿Cantando??”, preguntaba, azorada. No lo podía creer, ni lo creía. Hasta el escritor mexicano Carlos Monsiváis, de visita en Cuba para el Congreso Cultural de La Habana, se sintió obligado a comentarle lo mucho que se parecía al famoso trovador revolucionario. “Eres idéntico, igualito, mano”, aseguró. Se habían visto brevemente, casi de manera clandestina, en un pasillo del hotel Habana Libre, que estaba cerrado al público para celebrar el evento. Monsiváis le había traído unos libros que Manolito después prestó y perdió. A todas éstas, Manolo no sabía quién cojones era el tal Silvio, porque no tenía televisión y, aunque trabajaba como guionista en el Instituto Cubano de Radiodifusión, sólo escuchaba la radio extranjera, como muchos jóvenes cubanos de esa época. Le picaba la curiosidad, pero le hubiera dado también demasiada vergüenza preguntarle a cualquiera quién era aquel nuevo portento de la canción popular, de quien tantos le tomaban por hermano gemelo. Era la feliz época en que el hijo del poeta se presentaba como “Nolo, Ma-Nolo”, mitando a James Bond, cuyas películas, por supuesto, nunca había visto. 

Nolo, Ma-Nolo.
Entonces, una tarde, camino de la Unión de Escritores, no recuerda por qué ni para qué, se tropezó con la poetisa Belkis Cusa, la mujer de Padilla, que le puso enseguida al tanto de la meteórica carrera del artista, de sus canciones, de sus conflictos, de su inmenso carisma. Era el Bob Dylan cubano, ni más ni menos.
–Te pareces muchísimo –le dijo después.

–¿Tú crees? –preguntó Manolo.

–Cagadito, pregúntale a cualquiera, yo misma me confundí –contestó ella.

Manolo no podía salir de su asombro, porque nunca se había parecido a ningún artista, famoso o desconocido. Su apariencia no tenía nada de particular.

–Coño, gracias –atinó a decir. Pero se notó que no estaba muy convencido.
  –Mira, si quieres, pasa por casa de Olguita mañana por la noche –le dijo Belkis entonces– Silvio va a estar allí, así lo conoces.
Bob Dylan cubano.
Manolo no necesitaba invitación para colarse en las reunioncitas de Olga, Olga Andreu, entonces directora de la Biblioteca de la Casa de las Américas y ex esposa del cineasta Tomás Gutiérrez Alea, más conocido por Titón en ciertos círculos. Se conocían hacía tiempo, y el hijo del poeta formaba parte de ese afortunado grupo de lectores para quien Olguita reservaba cualquier primicia extranjera importante que cayera en sus manos, desde las novelas de William S. Burroughs y André Pieyre de Mandiargues, hasta esas revisticas literarias semiprohibidas, llenas de imágenes y artículos provocadores de la contracultura, que manos amigas le hacían llegar de Europa o Estados Unidos, burlando el implacable bloqueo imperialista. Olga las ocultaba en su oficina, dentro de una gaveta cerrada con llave, y tenía una lista rigurosa para distribuirlas entre sus favoritos. Manolo también formaba parte, más o menos, de otro grupito selecto que se reunía a veces en la sala de su apartamento de la Calle G esquina a 25, a oír jazz y hablar de literatura, cine y otras mierdas, pero sobre todo, a disfrutar el aire acondicionado, que, al igual que ahora, no abundaba en las casas particulares cubanas. Además de Belkis Cusa, estaban siempre invitados el padre del teatro moderno cubano, el dentista Estorino, el arquitecto David Bigelman y Antón, sobre todo el sagaz y viperino Antón, por quien Olguita sentía gran devoción y afecto. “Mientras Antón pueda escribir, todo está a salvo”, solía decir ella cuando quería hacer un comentario optimista en medio del general desconsuelo que casi siempre imperaba en aquellas tertulias. Virgilio alzaba los ojos, exasperado, cuando la escuchaba decir esto; se le antojaba una exageración espantosa (Antón no escribía, sólo copiaba muy bien, a su modo de ver), pero nunca la contradijo, ni tenía por qué. Después de todo, era verdad. Antón podía escribir, y de hecho, estaba escribiendo ya su seminal obra de teatro, Los siete contra Tebas, copiada, como era de esperar, de un clásico griego. El mismo enfant terrible de las letras cubanas, lejos de cagarse en los pantalones y pasar noches de insomnio esperando a la policía, daba tranquilamente los últimos toques a Dos viejos pánicos, la obra con que ganaría el Premio Casa de las Américas ese mismo año. ¿Quién iba a imaginarse que apenas cinco años después, en pleno Año del XX Aniversario, a Nolo, Ma-Nolo, y a otros como él, iban a meterlos presos y hacerles la vida un yogur como enemigos del pueblo? No era tiempo de cagarse todavía. Apenas comenzaba el Quinquenio Gris, Antón podía escribir (o copiar) todavía, gracias a Dios, y en La Habana todo el mundo confundía a Manolito con Silvio Rodríguez, el cantante.

Así que el hijo del poeta, ajeno a todas estas vicisitudes futuras y despreocupado de la vida, como de costumbre, se dispuso a acudir aquella noche a casa de Olga Andreu para verse frente a frente con su doble, y de paso, cruzar divertidos dardos verbales con Virgilio y Antón. Era uno de sus pasatiempos preferidos por ese entonces, cuando poca gente saludable se cagaba en los pantalones, y menos por razones literarias. Se preparó el día antes, escuchando en la radio toda una tanda de canciones de Silvio, que le parecieron simpáticas y a veces hasta subrepticiamente contestatarias, pero en absoluto comparables con las del autor de Blowin’ in the Wind y The Times They Are A-Changin. También consiguió ver en una vieja revista Bohemia algunas fotos del juvenil bardo, no muchas ni muy buenas, y su presunto parecido con él se le antojó más bien remoto y elusivo. Sí, ambos eran jovencitos, desgarbados, enclenques, melenudos y usaban botas cañeras; ninguno de los dos tenía voz, es verdad, pero de ahí a decir que se parecían mediaba un largo trecho. Largo no, larguísimo, porque las diferencias, ciertamente, eran más numerosas que las coincidencias. De todas maneras, Manolo no podía esperar el momento de conocer al famoso trovador y contarle en persona los muchos contratiempos y divertidas ocurrencias que su supuesta semejanza le había acarreado hasta entonces, y también cómo esta falaz leyenda parecía a punto de devorar lentamente su humilde identidad personal. Seguro que se va a reír, pensó.

© Copyright. Manuel Ballagas. Prohibida la reproducción total o parcial sin autorización del autor.



6 comments:

  1. No me jo... Manolo, esta trova es cierta? La pregunta, claro, es retorica; ya se que lo es. Que divertido!, porque lo cierto es que, si me reucerdo de como era Silvio de joven, tienes razon, las semejanzas, si las habia, eran (son) muy pocas. En fin, interesante la anecdota.

    ReplyDelete
  2. Pasó en cierta época y después cesó. Cosas de la vida.

    ReplyDelete
  3. That is too funny! ¿De verdad te parecías a Silvio? Deberías poner una foto tuya de entonces para que comparemos.
    Cariños y gracias...

    ReplyDelete
  4. No me parecía tanto, creo yo. Era sólo un tipo general en que encajábamos los dos: Flaquitos, chupados, con jeans viejos y botas cañeras. Me daba un aire si habías visto a Silvio sólo en fotos y por televisión (como la mayoría de la gente lo veía). Es verdad que aun Belkis me lo dijo, y mi mujer, claro. Muchas otras cosas (y las que siguen en ese capítulo) son imaginarias. La idea de Pájaro de cuenta es que el lector termine diciendo: ¡Qué clase de mentiroso es el Ballagas este! Pero al mismo tiempo se pregunte: ¿Qué parte hay de verdad y qué parte es inventada? Mmmmm...

    ReplyDelete
  5. Estás complacida, Teresita. Te puse una fotico de esa época. Fue difícil, pero encontré una en que se me veía bien.

    ReplyDelete
  6. ¡Gracias por poner las fotos! Pero por Dios, no se parecían en nada...¡tú eras mucho más guapo que ese flaco de Silvio con su cara de hambre!

    ReplyDelete