Sunday, November 27, 2011

Cedamos espacio al testimonio


Gerardo Fulleda León
 Mientras desde Cuba se trata de tergiversar y desvirtuar la historia de las Ediciones El Puente a casi 50 años de su cierre por orden de Fidel Castro, y uno de sus sobrevivientes, el dramaturgo Gerardo Fulleda León, en una entrevista (http://www.lajiribilla.cu/2011/n550_11/550_28.html) con la web castrista La Jiribilla, divide a los integrantes del grupo en dos bandos: los que "siguen siendo revolucionarios" y los "resentidos" (entre los que me cuenta), cuelgo aquí este viejo artículo de José Mario, fundador de El Puente, que pone -mejor de lo que yo podría- los puntos sobre las íes... y hasta las jotas. No necesito -ni quiero- decir más. Todos me dan asco.


LA VERIDICA HISTORIA DE EDICIONES EL PUENTE
La Habana, 1961-1965
Por José Mario

La historia de Ediciones El Puente —su gloria y sus vicisitudes— es un aspecto de la literatura cubana contemporánea poco conocido. Aunque algunos autores se han referido a ella parcialmente no ha sido objeto de un minucioso estudio monográfico. Esta circunstancia me obliga, como su director y fundador, a ofrecer un testimonio personal que amplíe y actualice los dos trabajos que publiqué en la revista Mundo Nuevo."Comenzaré por el testimonio del poeta cubano-chileno Alberto Baeza Flores publicado en El Miami Herald: "El Puente agrupa a la generación de los jóvenes escritores, que es la primera surgida junto con la revolución cubana, y que es una generación brillante y crítica. Es la generación —la generación jovencísima— que desde la revolución inaugura, predica y expresa la disidencia contra el autoritarismo cultural". Baeza Flores, que conocía bien nuestros primeros libros, se refería en concreto —me lo me comentó personalmente— a mi poema El Grito (1960), donde,para los que no quisieron ver actitudes libertarias iniciales, ya se decía "Parece apoderarse / de los grupos / el terror / a la disidencia", en clara alusión a la uniformidad que se intentaba imponer a la sociedad cubana, dejando ya por sentado desde nuestros inicios, la inconformidad que marcaría nuestro trayecto y proclamaba el derecho a disentir. Era la misma razón por lo que junto a nuestro texto publicamos, también en el mismo año, el poema de Isel Rivero (actual directora del Centro de Información de Naciones Unidas para España) La marcha de los hurones, de clara reacción contra las formas que adquiría el cambio revolucionario y, a la vez, sorprendente alegato premonitorio del éxodo cubano que se sucedería.

José Mario Rodríguez
Y continúa Baeza Flores: "La casi adolescente Isel Rivero recibe la adhesión del muy maduro Boris Pasternak", en referencia a la carta que recibiera Isel del premio Nobel de Literatura ruso después de enviarle su poema Fantasía de la noche. Estos dos primeros poemarios aparecieron sin el sello de las Ediciones El Puente y fueron publicados por la imprenta de La C.T.C.R. (Central de Trabajadores Cubanos Revolucionaria), pero a partir del siguiente título ya todos los libros aparecerán bajo el sello de El Puente. Son libros de Nancy Morejón, Ana Justina, Reinaldo Felipe (Reinaldo García Ramos), Mercedes Cortázar, etc. y míos hasta completar la lista que conformaría los integrantes de la primera "novísima de poesía" que se publicaría en Cuba y aun en el área de nuestro idioma (la antología de Castellet, Nueve novísimos, es de 1970). La Novísima Poesía Cubana (1962) de Reinaldo Felipe y Ana María Simo, sirvió para exponer el carácter de verdadero movimiento renovador de las Ediciones El Puente, mediante el apelativo de "novísimos". Designación que la práctica mayoría de los antólogos posteriores de la poesía cubana han soslayado por razones políticas o de ignorancia deliberada. En su prólogo los autores dejan bien sentado que van a manifestarse con "todo el rigor" de que son capaces en esos momentos y prosiguen: "Queremos impulsar así un movimiento que erradique definitivamente el amiguismo y la mala fe que han llevado la escasa crítica literaria que existe en Cuba al estado inoperante y lamentable en que hoy se encuentra".

Otra de las características de esta antología es que aparecen dos poetas altamente valorados que habían abandonado el país: Isel Rivero y Mercedes Cortázar, y que, a pesar de los ataques que habríamos de recibir por su inclusión, ponía de manifiesto otro de los propósitos de las ediciones: hacer constar que los escritores que dejaban la Isla seguían siendo tan escritores cubanos como los que se quedaban, que pertenecían a la misma cultura y seguirían siendo publicados por nosotros. La Novísima Poesía Cubana, por el coraje de sus planteamientos y la juventud de sus participantes, nos abriría nuevas perspectivas y junto a ellas sumaría la de sus enemigos, por supuesto, en acecho.

Pasados unos meses de la publicación de la Novísima Poesía Cubana fuimos llamados a la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) por su presidente, Nicolás Guillén —si bien antes habíamos tenido contacto con Roberto Fernández Retamar—, para hablar sobre mi ingreso en la organización, sobre la distribución de nuestros libros por la UNEAC y que El Puente pasara a formar parte de sus publicaciones. Acepté ingresar en la UNEAC y la distribución de los libros; pero no estuve de acuerdo en que nuestra editorial quedase bajo la tutela de las publicaciones oficiales, temiendo con ello perder nuestra independencia. Aunque, es justo decirlo, Guillén me daba seguridades en todo momento de que ellos no interferirían en la elección de los títulos.

Posteriormente, sobre todo después de la Crisis de los Misiles en Octubre del 62, se nos hizo más difícil conseguir cuotas de papel para continuar editando nuevos libros. No obstante, logré, a través de Alejo Carpentier, quien presidía la Editora Nacional, acceder al papel, y al menos durante el año 1963 pude seguir imprimiendo. Para que nos otorgaran esta autorización dije a Carpentier que pensaba publicar una nueva traducción de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust y aunque no creo que se creyera semejante embuste, al menos le sirvió de pretexto para darnos las cuotas necesarias.

Finalmente, ante las dificultades por la obtención del papel y el anuncio de que intervendrían la imprenta donde trabajábamos, no nos quedó más remedio que incorporarnos a la UNEAC, pasando de ser una publicación independiente a una semi-estatal. Fue entonces cuando comenzó nuestra auténtica lucha por la supervivencia, porque aunque Guillén se mostró siempre, al menos delante de mí, tolerante y comprensivo con la idea de que mantuviésemos una actitud crítica e independiente, por otro lado crecía la hostilidad de sectores más dogmáticos e intransigentes de la Sección de Literatura de la UNEAC, que aprovechaban la más mínima ocasión para hacer correr sobre nosotros las historias más negativas.

Durante todo el año 1964 transcurrió nuestra integración en la UNEAC. Uno de los libros salidos de esta cooperación, Poesía Yoruba, de Rogelio Martínez Furé, se agotó al segundo día de estar en las librerías. Además de la publicación de los libros preparábamos la edición de una revista, El Puente, Resumen Literario, cuyos números uno y dos ya estaban prácticamente listos. También durante ese tiempo dimos un recital en el club-teatro El Gato Tuerto con los compositores y cantantes de feeling afines a nuestra poesía: Marta Valdés, Cesar Portillo de la Luz, José Antonio Méndez, Ela O'Farril, entre otros. Era una antigua idea de la que nos había hecho partícipe Alejo Carpentier y que constituyó un enorme éxito por la gran expectación que creaba y por la cantidad de público que quedaba en la calle imposibilitado de entrar. Por otro lado, los ataques hacía mí recrudecieron en las publicaciones de las Juventudes Comunistas y la hostilidad de los sectarios de la UNEAC se hizo más patente.

Si Lunes de Revolución y sus integrantes habían luchado por abrir nuevos espacios de libertad y ampliar los conceptos estéticos que se les quería imponer, nosotros —nacidos en contraposición a ciertas actitudes suyas— intentábamos que prevalecieran esas ideas de libertad de las que no nos sentíamos muy alejados. Lunes de Revolución había sucumbido en 1961 y nosotros creíamos tomar el testigo, pero fuimos atrapados en las mismas redes oficiales. Como señala Cabrera Infante en Mea Cuba: "se hicieron sistemáticas las persecuciones a escritores y artistas por supuestas perversiones éticas (vg. por pederastia, Virgilio Piñera, José Triana, José Mario, destruido el grupo EL PUENTE, Raúl Martínez echado de las Escuelas de Arte junto con decenas de alumnos ejemplares, allí y en las universidades, Arrufat destituido como director de la revista Casa, etc., etc.) cuando en realidad se les castigaba por desviaciones estéticas". Bajo este clima de persecuciones e intolerancia fuimos cubiertos de todo tipo de mezquindades, calumnias e improperios: desde el intento de alentar el Poder Negro, por la cantidad de negros que había en El Puente y mi amistad con Walterio Carbonell, hasta mis actividades sexuales. Pero el pretexto final, el colmo de todo, lo constituyó la visita a Cuba del poeta norteamericano Allen Ginsberg y mis relaciones con él.

A principios de enero de 1965 visitó La Habana Allen Ginsberg invitado por la Casa de las Américas para que formase parte del jurado del Premio de Poesía de ese año. Nosotros le encontramos por casualidad en una céntrica calle del Vedado, aunque habíamos mantenido correspondencia con él, ya que en el número 1 de la revista que pensábamos publicar, El Puente, Resumen Literario, se incluiría una traducción de su poema Howl (Aullido). Nuestras cordiales relaciones con Ginsberg, sus visitas a mi casa y que apareciéramos juntos en varios lugares públicos, como la cafetería de la UNEAC, una recepción en la Casa de las Américas y sus explosivas declaraciones sobre la actualidad cubana y las persecuciones de los homosexuales, nos pusieron, como se dice, "en boca de todos", ser pasto de todo tipo de rumores, y ya se sabe el poder de los rumores en una dictadura, el poder que la noticia alcanza según las intenciones de quienes la propagan.

Un día que salíamos de un acto en el teatro Auditorium, al que fuimos invitados por Ginsberg, Manolo (Manuel Ballagas, hijo del poeta Emilio Ballagas) y yo fuimos detenidos bruscamente en una calle aledaña al teatro, introducidos violentamente en un coche oscuro y conducidos a una comisaría de policía. Unos conocidos que vieron la operación avisaron de inmediato al administrador de la UNEAC, quien se personó en la comisaría. Aún así, los interrogatorios duraron una noche —nos liberaron por la mañana— y se nos acusó formalmente del delito de "andar con extranjeros". En cuestión de días Ginsberg fue expulsado del país.

En el juicio fuimos absueltos, ya que yo pude hablar previamente con la secretaria de Haydeé Santamaría (directora de la Casa de las Américas) y ella me dio seguridades de que no nos pasaría nada, puesto que ya había hecho las gestiones necesarias y todo quedaría en un simple trámite. Por otra parte, Allen Ginsberg había escrito una carta a Manolo exculpándonos de cualquier delito que se nos pudiera achacar en relación con él. Sin embargo, como conté en mi trabajo sobre Allen Ginsberg publicado en Mundo Nuevo (París, abril de 1969) el acoso continuaba: "Una noche conversaba con unos amigos en 23 y O. Se acercó un conocido de la Universidad —¿No te has enterado?— me dijo. —¿De qué?—, le contesté. —Fidel Castro acaba de nombrarlos a ustedes en la Universidad. —¿A mí?— le dije. Fidel, por lo visto, estaba en lo que iba a ser la Escuela de Filosofía y un grupo de alumnos comandados por Jesús Díaz empezó a hablar de la cultura. Fidel se refirió a Carpentier, a la Casa de las Américas y al ICAIC, expresándose despectivamente respecto a Guillén. Uno de los presentes le gritó: —Fidel, ¿y El Puente?—. —El Puente lo vuelo yo—. dijo, agitando un manuscrito que tenía en la mano y prosiguió hablando. (El manuscrito del libro era el de Manolo Ballagas— al decir de Rodríguez Rivera que manifestó haber estado presente.)".

Este chisme o rumor, fuera cierto o no, fue hábilmente difundido por toda La Habana y sus promotores lograron que tuviera la categoría de una información veraz. Según la versión referida el libro aludido por Castro era Con temor, un volumen de cuentos de Manuel Ballagas, cuyo contenido eran los problemas de un adolescente, sus conflictos, sobre todo sexuales, que había sido sustraído de la imprenta por Fayad Jamis y Onelio Jorge Cardoso y hecho llegar a dicho grupo como prueba de que El Puente corrompía a los jóvenes, pues la temática del libro resultaba escabrosa a los ojos de ellos. Y efectivamente el juicio de los censores coincidió con el criterio oficial, cosa que pude comprobar de inmediato. Por esos días buscaba yo el libro de Ballagas y pude comprobar que había sido retirado de las librerías junto a otro de René Ariza. Esto venía a verificar lo que yo ya sabía, la hostilidad manifiesta y permanente de los escritores nombrados respecto a El Puente.

El rumor tomó tales proporciones que pronto fui citado por Nicolás Guillén, quien me comunicó que en vista de lo ocurrido, la UNEAC no podía seguir responsabilizándose de las ediciones de El Puente. En esa misma reunión se mostró sumamente dolido, no conmigo, con quien siempre mantuvo unas relaciones corteses y amistosas, sino respecto a quienes habían sido capaces de hacerse eco de semejante anécdota, agregando que "el proceso normal y espontáneo que debía seguir la cultura cubana había sido interrumpido". Y añadió en un tono más personal: "tú no sabes lo que viene". De esta forma se nos negaba definitivamente el derecho a publicar y ser distribuidos. Esa misma semana cuando fui a buscar la Segunda Novísima de Poesía, que se encontraba en vías de impresión se negaron a entregármela.

A partir de esos momentos mi apartamento fue objeto de vigilancia policial día y noche y se me detuvo cerca de 17 veces (he llegado a contarlas) tan sólo por salir a la calle. El método consistía en conducirme a una comisaría de policía por cualquier motivo y tenerme retenido para interrogarme durante dos o tres horas sobre mis actividades, cualquiera que éstas fueran. Sometido a semejante estado de terror cerré mi apartamento y me fui a vivir a la casa de mis padres. Pasaron un año y meses durante los cuales mi único objetivo se convirtió en hacer los trámites necesarios para abandonar el país.

Aprovechando la situación de indefensión en que me encontraba, Jesús Díaz dio inicio a su particular "limpieza ideológica" en nombre del marxismo-leninismo e hizo oficiales sus ataques contra nosotros a través de La Gaceta de Cuba (abril-mayo, 1966), donde escribió que Ediciones El Puente fue "empollada por la fracción más disoluta y negativa de la generación actuante". Hay que leer bien lo que significaban estas palabras en la jerga castrista del momento, y agregaba: "Fue un fenómeno erróneo política y estéticamente". No pasó una semana de la publicación de esta crítica cuando recibí una citación del ejército mediante el pretexto del Servicio Militar Obligatorio. Su verdadera finalidad era la de concentrarme en un estadio de Marianao con muchas otras personas (al mismo tiempo miles de jóvenes más concentrados en diversos polideportivos con campos de béisbol de toda la Isla con el mismo propósito) para conducirnos a campos de trabajos forzados en Camagüey, verdaderos campos de concentración, llamados eufemísticamente U.M.A.P (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), donde seríamos utilizados como mano de obra barata en régimen de esclavitud. Pero éste es otro asunto —aunque producto del procedimiento anterior— que duró otros nueve meses y terminó con mi exilio definitivo en 1968.

Años después otros integrantes de El Puente, René Ariza y Manuel Ballagas fueron condenados a años de prisión por "diversionismo ideológico". Díaz obtuvo su premio (Casa de las Américas, 1966) y fue nombrado director de El Caimán Barbudo, suplemento literario del diario Juventud Rebelde (órgano de la Unión de Jóvenes Comunistas). Un puesto oficial que habría de durarle poco, pero que derivó en años de obediencia al totalitarismo castrista, durante los cuales, en sus propios términos, "empolló" por más de 25 años las ideas excluyentes y antidemocráticas, influyendo negativamente en algunos sectores de la juventud y facilitando todo tipo de persecuciones en nombre de la revolución. Comportamientos como éste llevaron a Cuba a la intolerancia política y estética más extremas, y han dificultado y siguen obstaculizando la apertura y democratización del régimen. Creo que no puede decirse lo mismo de todos los que participaron en El Caimán Barbudo.

Realmente no hubo nunca una oposición entre El Caimán y El Puente, simplemente nosotros fuimos eliminados y ellos sobrevivieron. No dudo que hubiera personas de buenas intenciones dentro de dicho movimiento, que en parte se alimentó del nuestro. Para terminar, un testimonio de la poeta Nancy Morejón: “El Puente era una editorial abierta, en el sentido más tradicional del término”, en respuesta a una pregunta del profesor y poeta cubano Emilio Béjel en un libro publicado por la Universidad de Puerto Rico. Pero El Puente no publicó sólo a Nancy Morejón y Miguel Barnet, también dio a conocer los primeros libros de Manuel Granados, Georgina Herrera, Joaquín G. Santana, Ana María Simo, Silvia Barros, etc, y a los dramaturgos J.R. Brene, Nicolás Dorr y Eugenio Hernández, quien preparó la Primera Novísima de Teatro. A mí particularmente estuvieron ligados los poetas Delfín Prats, Luis Rogelio Nogueras y el peruano Rodolfo Hinostroza del que publiqué la primera versión de su libro de poemas Consejero del Lobo. En mis manos tuve muchísimos manuscritos de cuentos de Reinaldo Arenas y la primera versión de El Mundo Alucinante para su posible publicación y en la Segunda Novísima de Poesía aparecían Lilliam Moro, Lina de Feria, Guillermo Rodríguez Rivera, Pedro Pérez Sarduy, Pío E. Serrano, Gerardo Fulleda León, entre otros.

El Caimán Barbudo pretendía crear poetas/funcionarios que sirvieran al castrismo, mientras El Puente pretendía sólo conseguir un espacio de libertad creativa y vital. Aquí se encuentra la diferencia y el más significativo motivo de nuestro cierre. Pío E. Serrano ha expuesto recientemente nuestras intenciones mejor que nadie en un libro del Centro Internacional Olof Palme. Sirvan sus palabras de colofón cerrar estas observaciones: "En realidad los participantes de El Puente no estábamos vinculados por una poética común ni por una homogénea disposición política. Esta disimilitud no era obstáculo entonces para la fraternidad en un proyecto común. Lo que sí nos unía era una voluntad de independencia, de autonomía..." La lista de todos los libros publicados por El Puente queda como muestra histórica de nuestro trabajo y nuestras intenciones.

(Tomado de Revista Hispano-Cubana)

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