Friday, November 18, 2011

Por amor al periodismo

Cualquier hecho criticable relacionado con la comunidad cubana de Miami recibe una atención mediática digna de mejor causa. Algo que llena de enorme regocijo a quienes tanto la demonizan. Trátese de protestar por la actuación de un artista residente en la Isla, de insultar a los “dialogueros”, de argumentar la necesidad de mantener el embargo o de cualquier otra muestra de odio e intransigencia, la prensa televisiva, digital y escrita se encarga de que no dejemos de enterarnos. Que conste que no estoy pretendiendo vetar el derecho a informar sobre tales hechos. Se trata además de actitudes que, lejos de respaldar y aplaudir, yo desapruebo. A lo que me refiero es que a ese tipo de noticias se le da mucho destaque, cuando lo cierto es que quienes las protagonizan no representan a todos los exiliados, sino a un grupo que cada vez es más reducido.

Ese interés contrasta con el escaso eco que en esos mismos medios tienen aquellas manifestaciones que son ejemplo exactamente de lo contrario. No van a faltar quienes pongan en duda que tales manifestaciones existan. Por supuesto que las hay, solo que resultan tan escasamente divulgadas, que en muchos casos no trascienden más allá de un circuito muy restringido. En eso los propios exiliados somos, en buena medida, responsables, pues hacemos poco esfuerzo para que se conozcan. Tan obsesionados vivimos en proclamar a los cuatro vientos nuestra oposición al régimen castrista, que apenas nos queda tiempo para otras cosas.

CARLOS ESPINOSA DOMINGUEZ
Un artículo reciente del crítico y profesor Carlos Espinosa Domínguez, publicado en la web cubaencuentro.com (http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/por-amor-al-arte-270642), rescata de la indiferencia generalizada que existe entre nosotros hacia los temas de las letras y la cultura un libro-tributo, al parecer interesante, sobre una de las más importantes figuras del teatro cubano, la fallecida actriz Raquel Revuelta. Su compilador -ya que se trata, según al artículo, de textos en su mayoría ajenos- el traductor y escritor Juan Cueto Roig, ha reunido, por lo visto, una amplia gama de recuerdos, entrevistas y elementos gráficos a manera de homenaje a la que sin duda, y durante décadas, fue la “gran dama” de la escena cubana.

Carlos Espinosa Domínguez
Nada me parece objetable en poner de relieve un libro como Raquel Revuelta, A la memoria de una gran actriz. Es más, el subtítulo me parece que se queda corto, pues Revuelta, a juicio mío, fue mucho más que una gran actriz. De más está decir que el empeño de Cueto Roig es digno de la atención del profesor Espinosa Domínguez, que en contraste con otros críticos/comentaristas suele destacar a menudo elementos y rasgos de la cultura cubana que la mayoría soslaya y olvida. Es digno de la atención de cualquiera que desee informarse sobre la historia del teatro en Cuba.

No puedo pasar por alto, sin embargo, las afirmaciones que sobre el periodismo cubano de la diáspora el profesor Espinosa Domínguez expone en los dos primeros párrafos de su artículo, citados más arriba. Voy a comentarlos desde la autoridad que me dan más de 30 años dedicados a esa ingrata profesión, casi desde que llegué a este país, y sobre todo los muchos años en que me desempeñé como gerente y ejecutivo en esos medios a los que él hace referencia. Las prácticas y la ética del periodismo en Estados Unidos no me son, por lo tanto, ajenas, y puedo hablar sobre ambas con la misma autoridad con que Espinosa Domínguez habla de literatura.

Se queja el profesor de dos asuntos muy concretos. El primero, según él, es el afán de la prensa por destacar “hechos criticables” relacionados con la comunidad cubana. El segundo, de acuerdo con el artículo titulado Por amor al arte, es la escasa atención que ponen a hechos y manifestaciones que, a todas luces, el profesor considera encomiables, y que por esa misma razón aparentemente, “no hallan eco” en esa prensa a la que él se refiere.

Juan Cueto Roig.
Voy a empezar por echar por tierra uno de los mitos más sobados que entre nosotros persiste sobre la prensa, es decir, el que los periodistas y los órganos de prensa para los cuales trabajan tienen por misión destacar esto o aquello, y por consecuencia, la de ocultar o “ningunear” esto o aquello otro. Según esta perspectiva de las cosas que Espinosa Domínguez parece compartir, los periódicos no tienen simplemente una línea editorial que se refleja principalmente en su páginas de opinión, sino que deliberadamente convienen en poner de relieve ciertas noticias, para esconder o velar otras informaciones que, por alguna razón aviesa, se les antojan “impublicables”.

Lamento bajar de su nube a quienes piensan así, pero jamás, en mis décadas de periodismo profesional y serio en este país, he participado ni constatado que alguien haya participado del presunto empeño de “destacar” determinados hechos, por malos o buenos que fueran, ni tampoco he sido testigo de ningún esfuerzo por ocultar nada que sea noticia. Puede que esto ocurra en periódicos del Tercer Mundo e inclusive en algunos del Cuarto Mundo, como Cuba, pero nunca en un periódico serio que se publique en este país. Lo demás son teorías de conspiración.

Al profesor Espinosa Domínguez se le antojan como “hechos criticables” el que grupos de la comunidad cubana exiliada se opongan, por ejemplo, a la presentación en Estados Unidos de artistas provenientes de la isla, o que estos mismos grupos insulten a quienes propugnen diálogos con la dictadura castrista o que prediquen el fin del embargo a Cuba. Tiene derecho a su opinión, pero esto no significa que, por ejemplo, El Nuevo Herald tenga que ocultar lo que dicen esos señores e incluso sus representantes electos, sólo porque a algunos, como Espinosa Domínguez, no comparten esas opiniones y preferirían una apertura hacia La Habana.

La realidad que elude al anális del profesor es que cuando, por ejemplo, un empresario local decide traer al trovador Pablo Milanés a los escenarios de Miami, no cabe duda de que esto constituye una importante noticia, por un montón de razones que huelga mencionar. Todo -y digo TODO- lo que se derive de ella, inclusive la oposición a su visita, es también un elemento que no puede faltar en las informaciones que se publiquen sobre el asunto, por tratarse de una noticia de elevado interés. Por muy minoritaria que parezca a una parte del público ésta o aquélla postura, o por mucho que algunas declaraciones “jeringuen” a determinados lectores, lo cierto es que ningún editor puede pasar por alto las facetas muy diversas que estos hechos suelen tener, a riesgo de convertirse en un simple hazmerreír de la audiencia.

En mis muchos años de labor periodística escuché a menudo quejas de lectores sobre “la poca atención que la prensa presta” a un libro, un evento, una obra teatral o a determinada organización y sus opiniones. El último diario para el cual trabajé -The Tampa Tribune- tenía incluso un documento descargable en línea, de un par de páginas, creo, donde se explicaba claramente las diferentes formas de atraer la atención de los editores para convertirse en noticia publicable en un periódico. Voy a prescindir de todos los detalles, pero una de las primeras acciones a tomar, según el documento, consistía en comunicarse con el periódico en cuestión, es decir, hacer saber a los editores que se había publicado cierto libro, o que se iba a presentar determinada obra de teatro o a celebrar cierto evento, o que cierta organización estaba promoviendo esta o aquella idea.

Por razones obvias, un medio jamás sabrá que existes o lo que haces si no se lo haces saber, y una de las formas más socorridas es la nota de prensa, que ha de distribuirse adecuadamente y que ha de estar redactada de forma que apele al interés directo de los lectores de una publicación dada, y por tanto, del editor que sirve a esa audiencia.

Parece muy elemental, pero si Cueto Roig, por ejemplo, no ha divulgado a los medios la publicación de su libro es muy difícil que estos se vayan a ocupar de él. Y, sobre todo, si no explica en forma clara y atractiva por qué es importante para los lectores de tal o más cual periódico una figura como Raquel Revuelta, los editores de éste -que quizás no tengan idea de quién fue ella- no se tomarán el trabajo de asignar una reseña sobre el libro. No es -repito- que haya alguien mal intencionado que se siente en la redacción de un diario y diga: “¿Raquel Revuelta? Pues no hablaremos de ella. No, señor, ignoramos el libro porque no nos da la gana de destacarla”.

La queja del profesor Espinosa Domínguez, por cierto, no resulta tan fuera de lo común. Es una versión de un lamento muy habitual entre los lectores y lo he escuchado a menudo, aun entre las personas más ilustradas: “Los periódicos”, aseguran, “sólo se interesan por las cosas negativas, mientras que las cosas más positivas de la comunidad no reciben cobertura”.

La triste realidad es que si los periódicos se limitaran a publicar lo que algunos llaman “cosas positivas” o edificantes acabarían por convertirse en simples notarios de cuanto nacimiento, premiecito, fiesta municipal o cumpleaños, y de cuanta noticia linda y muy predecible ocurriese por ahí. Nadie se enteraría de los Watergate, de los terremotos, de los asesinatos y las prevaricaciones que suceden en este mundo, o de hechos tan “criticables” como que determinados grupos y políticos apoyan acciones que a nosotros no nos gustan o consideramos nocivas.

Aun publicando esas “cosas negativas” que tanto se critican, los periódicos siguen perdiendo audiencia. Imaginen lo que ocurriría si se dedicaran a publicar solamente artículos sobre abuelitas que fabrican en sus casas dulces en conserva.

No olvidemos tampoco que lo que algunos consideran “criticable” representa para otros el máximo acierto. Yo, por ejemplo, soy de quienes consideran idiotas a los que propugnan un diálogo con la dictadura castrista. También me opongo al levantamiento del embargo por razones que estaría dispuesto a debatir seriamente -y que he debatido, por cierto- con cualquiera que le interese hacerlo. Creo que todo aquel que se enfrasca en negocios con la tiranía castrista no hace más que fortalecer a quienes en Cuba reprimen, matan y explotan a un pueblo indefenso. A veces me hincha los cojones, además, que los periódicos den espacio a empeños y voces que contradicen mis puntos de vista, y que incluso, a juicio mío, favorece a siniestros agentes de influencia que el régimen de La Habana tiene entre nosotros. Pero lo último que se me ocurriría sería pedirle a cualquier periódico que se desentienda de ellos y sólo me preste atención a mí. Sería estúpido. ¿No les parece?

Dije antes que la difunta Raquel Revuelta fue algo más que una gran actriz, y lo repito. No voy a renegar de eso. Fue directora teatral, mentora de muchos nuevos valores y, sobre todo, fundadora y directiva de Teatro Estudio, uno de los grupos teatrales cubanos más emblemáticos y fecundos de nuestra historia. Pero también, mucho me temo, se portó como TREMENDA HIJA DE PUTA, persiguiendo y haciéndole la vida un yogur a unos cuantos que no se ajustaban a los parámetros de la sociedad comunista por la cual Revuelta luchó incluso mucho antes de que Fidel Castro llegara al poder.

A veces hay que decir verdades, aunque duelan y cada cual elige en su vida con quién se alinea. Nadie se atrevería a hablar ahora, por ejemplo, de la vida del gran filósofo alemán Martin Heidegger sin apuntar que apoyó al nazismo. O referirse al gran escritor francés Louis-Ferdinand Céline sin indicar que fue un contumaz antisemita y que fue aliado también de los ocupantes alemanes de su país durante la Segunda Guerra Mundial. A Raquel Revuelta le toca lo suyo, siguiendo esta lógica, y si Cueto Roig prefiere prescindir de estos detalles en su libro, lo hace a su propio riesgo, algo que es puro asunto suyo, pero por lo cual será criticado en algún momento, estoy seguro. No se puede defender lo indefendible impunemente todo el tiempo, ya se sabe.

Alguien me reprochará, por supuesto, que dedique tanto espacio a comentar dos simples párrafos de una crítica de un libro. Lo lamento, porque tengo los días y hasta las horas contados, como casi todo el mundo, y pocas ganas de perder el tiempo con estas boberías. Otros artículos informativos de Espinosa Domínguez me han descubierto hechos y personas que desconocía. Pero los mitos sobre el periodismo que se perpetuaban en esos dos simples parrafitos son demasiado extendidos como para que pudiera pasarlos por alto.
 
Para poner de relieve las virtudes del libro de Cueto Roig el profesor Espinosa Domínguez no tenía que denostar a una profesión cuyas normas éticas obviamente ignora, y que le hubiera resultado fácil descubrir con sólo acudir a alguien en la Escuela de Periodismo de la universidad donde él enseña. Le hubieran explicado claramente por qué aun las posturas y opiniones “criticables” merecen atención, aunque no nos gusten, y también por qué un buen libro puede quedar fuera del radar de ciertos medios. Como dicen en inglés, shit happens.

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