Saturday, November 5, 2011

Un fantasma en casa de Virgilio

    
     Foto a color de Emilio Ballagas. Nueva York, 1947.                         

Este es el último fragmento que colgaré aquí de mi novela Pájaro de cuenta. El resto, deberán leerlo en el libro, que debe publicarse en enero próximo. Disfruten:

...parte del grupo de mozalbetes con gafas oscuras se había esparcido, pistola en mano, por todo el vecindario, registrando pasillos y levantando las tapas de cuanto tambucho de basura encontraban a su paso. También arrojaban contra una pared y pedían documentos a cuanto viandante hallaban a su paso. Otro grupo más pequeño, de tres por lo menos, subió las escaleras del edificio en que vivían Virgilio y Chorro de Plomo.

Cuidándose mucho de no ser notados por algún vecino, abrieron la puerta de su apartamento con facilidad. No les tomó más de tres segundos. Si mal no recuerdo –y el teniente coronel Pupo Zapata no me dejará mentir– la Seguridad del Estado poseía entonces –y todavía posee– una llave maestra capaz de abrir la puerta de cualquier casa en la República de Cuba. Sólo echan abajo las puertas para impresionar a los infelices inquilinos, es decir, para que se caguen de miedo, sobre todo de madrugada, y de ser posible, lejos de un inodoro.

Inmediatamente, los mozalbetes procedieron a hacer un registro minucioso del apartamento de Virgilio, tomando gran empeño en mantener en su sitio cualquier objeto, mueble, libro o adorno que tocaban y revisaban, de forma que el pájaro de cuenta no se percatara del furtivo cateo que habían hecho en su hogar mientras estaba ausente. Lo miraban todo a trasluz: recibos, papelitos, hojas de papel carbón, fotografías, pinturas de muchos artistas cubanos seminales, y hasta las incontables figuritas de porcelana que decoraban el apartamento del padre del teatro moderno cubano.

Parecerá mentira, pero mientras los agentes efectuaban este detallado y rápido registro una figura humana, luminosa y transparente, se había materializado tranquilamente entre ellos, más clara y nítida, ahora que la bañaba la luz del día y no tenía intención de asustar a nadie. El fantasma, un hombre relativamente alto, bastante joven y delgado, vestido con un almidonado traje de blanco dril, miró a su alrededor con absoluta extrañeza, como si hubiese aterrizado de pronto en otro planeta, y no precisamente en el suyo.

Ninguno de los policías pudo verle, porque el espectro poseía, como todos los espíritus, el don de hacerse invisible a voluntad, y no tenía intención alguna de revelarse ante aquellos señores cuya conducta le alarmaba tanto, porque en sus tiempos –los tiempos felices en que el fantasma había vivido e incluso conocido a Virgilio– nadie penetraba en casa ajena sin autorización de su dueño, y menos para revisar sus cosas de esa manera desfachatada.

“¿Quiénes serán? ¿Qué harán aquí? ¿Lo sabrá Virgilio?”, se preguntó el aparecido mientras se desplazaba lentamente entre aquellos energúmenos de gafas oscuras que no respetaban ni los papeles más reservados del enfant terrible de las letras cubanas. “Dios mío, ¿a qué hemos llegado?”, mumuró sin ser oído. Luego echó mano distraídamente a un peine, igualmente translúcido y fantasmal, que guardaba en un bolsillo de su camisa, y se echó hacia atrás el pelo muy negro y lacio, con leves entradas de calvicie en cada esquina de su frente.

Mientras el fantasma se peinaba y miraba a un espejo que había en la sala, observó con el rabo del ojo los movimientos agitados de los policías, que tomaban apresuradamente fotos en microfilm de algunos de los documentos con que habían dado en gavetas y escaparates. El fantasma agitó la cabeza, consternado. Le daba mucha lástima, pero no quería esfumarse. No quería perderse un ápice de aquel registro, porque nunca había visto ocurrir semejante cosa en la morada de un simple e inofensivo escritor. De modo que guardó el peine y buscó acomodo en un sillón próximo, que estaba en medio de la sala. Allí se sentó, cruzó las piernas y abrió sobre ellas un libro invisible que tomó de un estante cercano. Los agentes se marcharon enseguida, después de cerciorarse de que todo había sido puesto de nuevo en su lugar, y el fantasma se quedó de pronto solo y aburrido. Cerró el libro sobre sus piernas quietas, echó la cabeza hacia atrás y empezó a recitar entonces, mentalmente, un poema que había escrito muchos años antes, cuando todavía circulaba entre los vivos y nadie perseguía a los escritores de aquella manera:

–Apaga, Muerte, esta indecisa llama...

Casi enseguida, el fantasma se detuvo. No le gustaba hablar de la muerte, ahora que era un cadáver y sólo visitaba a Virgilio para divertirse y confundirle, nada más. Se le ocurrió entonces que debía aprovechar la ocasión para escribir otro poema, muy diferente al que escribió cuando todavía alentaba todos los días con un alma única, inmutable, en las calles de La Habana; para sentarse, inspirado, ante la maquinilla Royal de su antiguo amigo e invocar a la vida esta vez en un poema mejor, concebido desde el más allá. Sin embargo, las palabras, las frases precisas, los versos, no acudían, por alguna razón, a su mente. Así que prescindió de aquel poema nuevo, tan elusivo, que su talento de espectro no lograba atrapar ni en voz alta ni en papel. Lo dejaría para después, para más tarde, quizás para toda la eternidad, como corresponde a un fallecido. Simplemente, no le salía. Además, pensó, ¿quién iba a querer los versos de un muerto? ¿Qué necesidad puede tener un muerto de la poesía?
 
Copyright Manuel Ballagas, 2011. Prohibida la reproducción total o parcial sin autorización del autor. Si se hiciera un link a este texto, por favor especificar su origen.

INVITACION A LA MUERTE
Por Emilio Ballagas

Apaga, Muerte, esta indecisa llama
de aletear tembloroso de falena
y pon sobre mi frente al fin serena
la luz tranquila y la desnuda rama.

Que si yo ardí, querer que se derrama
en mentira carnal y estéril vena,
por la verdad en tu reloj de arena
soy ora la humillada voz que clama.

Busca en mi sangre la raíz dolida
donde la espada de tu arcángel, fiera,
divide el alma de su tosco velo.

Sea la mejor parte conducida
de oscura cárcel a la luz duradera,
que el que pierde la tierra, gana el cielo.

Copyright Manuel Ballagas. Prohibida su reproducción sin autorización previa.

3 comments:

  1. Muy picante y testimonial la novela a publicarse el próximo año, Manuel.Entrañable foto de Emilio Ballagas.Gracias y bendiciones.
    JosEvelio

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  2. Gracias, José Evelio, son tesoros que empiezo a compartir.

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  3. Ya puse aquí mi comentario y se lo comieron, mis compus están muy lentas y terribles a ratos. Dije que me encantaba el capítulo y quye te agradec[ia que hicieras revivir esos años, que aunque de mucho sufrimiento, fueron únicos para mí porque aún estaba viva mucha gente maravillosa, como Virgilio. Y gracias por echar a andar la máquina del tiempo con esa linda foto de tu padre, excelente poeta. Seguiré leyendo los otros y tomaré luego para LLM.
    Gracias y bendiciones.

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