Thursday, November 24, 2011

De las falsas memorias de Manolín

Viaje subrepticio a La Habana (I)

El funcionario de inmigración del Aeropuerto Internacional José Martí pasó revista a mi pasaporte. Miró la foto y vio mi cara. Nos comparó obviamente. Volvió a leer el nombre. Después, sonrió de oreja a oreja y me devolvió el documento. “Bienvenido a Cuba”, me dijo.

Sin contratiempo alguno, y con mi única maletita, pasé el trámite de aduana rápidamente. Mientras tanto, los cubanos que vinieron en el mismo vuelo se disponían a hacer una larga fila para declarar lo que traían y pagar mucho dinero. Apenas minutos después, me hallaba a bordo de un refrigerado y moderno taxi de chapa estatal, alejándome de Rancho Boyeros y rumbo al vecindario habanero del Vedado.

Al cabo de un rato, el chofer me preguntó de dónde venía. Cuando se lo dije, pareció alegrarse mucho. Me dijo que mi acento le decía que yo provenía de aquel país, cuyos ciudadanos tan bien le caían. “No me diga”, le dije. Enseguida se ofreció como guía espontáneo, y por supuesto, trató de interesarme en alguna mujerzuela que, según él, combinaba la inteligencia y la dulzura con un maduro cuerpo de diosa caribeña que nunca olvidaría. "Es maestra", explicó. "Sabe más de cuatro cosas".

Me hice el bobo y luego rechacé su oferta. Sabía de sobra que subiría la parada, proponiéndome deleites mayores. “Si le gustan más jovencitas, conozco a una de quince años que es un bombón, ¿me oyó? Todavía está en el colegio”, me dijo. Le oí, pero de nuevo rechacé su tentadora oferta, sabiendo que, como en una novela de Jerzy Kosinski, de cuyo título no me acuerdo, me iba a seguir tentando con bocadillos cada vez más delicados y prohibidos. Los abismos de bajeza a que llegan los seres humanos son increíbles.

“Yo sé lo que usted quiere”, aseguró entonces, como si me conociera de hacía mucho tiempo. “Pero tiene que ser discreto, porque me la estoy jugando por usted”.

“¿Ah, sí?”, le dije.

En un vecindario donde viví muchos años antes.
“Doce añitos”, repuso el chofer, en tono muy bajo, atento a mis reacciones a través de su espejillo retrovisor. "Sus padres tienen mucha necesidad y ella está loquita".

Sonreí y le dije que lo pensaría, pero que no había venido a Cuba a buscar mujeres, y mucho menos niñas. Creí que el ladino chofer iba de pronto a empezar a proponerme mancebos, pero me dio la impresión de que algo, no sé exactamente qué, le hizo morderse la lengua. Su expresión se había tornado suspicaz y huraña. Quizás pensó que cualquier nueva oferta que me hiciera podía perjudicarle, o que yo podía ser un policía o amigo de ellos, y guardó silencio hasta que llegamos a la puerta del Hotel Presidente.

Cualquiera hubiera dicho que yo no conocía aquel vecindario al dedillo. Cualquiera hubiera pensado que jamás había pisado aquellas aceras ni mucho menos el umbral de aquel viejo hotel habanero. Pero lo cierto es que había vivido muy cerca allí durante muchos años. Era mi barrio. El portero acudió enseguida a tomar mi maletita y obsequiosamente, como todos en esa Cuba de esclavos y catetos, me mostró el camino hacia la carpeta.

“¿Quién lo iba a decir?”, pensé. Durante décadas postergué el momento de verme sumido en aquel oprimido país de porquería, pero siempre acababa por decirme que no podía aceptar visitarlo bajo las condiciones que se me imponían como cubano exiliado. Llenar planillas, y sobre todo, pagarle un montón de billetes a Fidel y Raúl. Sin embargo, no me resultó difícil lograr lo que quería gracias a un poco de dinero y a un amigo bien conectado que tengo en un país de la Unión Europea.

Mi pasaporte, en efecto, no podía levantar sospechas, porque era totalmente legítimo. Excepto por el nombre y el dato del lugar de nacimiento, todo lo demás, incluyendo la foto y el cuño a relieve, eran perfectamente legales. Me lo habían entregado días antes en un apartamento que visité París, antes de un viajecito por tren que proyectaba hacer a Madrid en el Tren Goya, y la nacionalidad que supuestamente ostentaba era de las que me permitía, con absoluta facilidad, montarme en un avión y partir hacia La Habana sin necesidad de visa, como hacen un montón de pervertidos sexuales todos los días.

¿Para qué coño hace falta comprar un pasaporte cubano y pagar las leoninas tarifas que impone el gobierno comunista a cuantos exiliados quieren viajar a la isla, cuando es fácil disfrazarse de extranjero, fingir un raro acento y presentar un pasaporte como el que yo tenía, que me costo apenas $20 y una gestión tras bambalinas de un viceministro? ¡Cómo me reía de ellos para mis adentros! ¡Qué bien que había envejecido y engordado, y no era ni la sombra del asustado esqueleto rumbero que escapó de aquel infierno mucho antes! Y ahora me trataban como un príncipe...

Me sentía un intruso, un espía, un explorador sin permiso en aquella tierra de pigmeos obedientes. Si tenía alguna duda de aquella primera impresión, la vi reafirmada en cuanto llegué a mi habitación. Una mucama mulata terminaba de cambiar las sábanas y el empleado que me acompañó cargando la maleta me guiñó un ojo pícaramente al marcharse con mi generosa propina en una mano. Enseguida, sin mediar siquiera un preámbulo, la mucama se volvió hacia mí y ofreció proporcionarme una rápida mamadita de bienvenida a cambió de 10 fulas de la Yuma.

Me hice el loco, como si lo estuviera pensando, y la muchacha redujo el precio a 5, es decir, la felación más barata del mundo y la economía globalizada, creo. No era fea, y ha de haber tenido a todo meter 30 años, con una bembita sabrosísima. Pero aun así le dije que no. Le di las gracias, pero rechacé las caricias de sus labios. Pensé que se iba a incomodar, pero no. En Cuba, por lo visto, todo el mundo se ha acostumbrado a que lo humillen o les traten a patadas. Qué horror. La muchacha anotó un teléfono en una hojita de papel y me dijo que se llamaba Yarisleisis, y que la llamara cuando me entraran ganas de gozar. Yarisleisis.

“Claro que sí, claro que sí”, le dije al cerrar la puerta. No estaba de más ser amable, pensé.

Después de descansar un rato y cambiarme de ropa, salí caminando del hotel para cumplir un encargo muy cerca de aquel lugar. Conmigo traía un paquetito que me había prometido entregar no bien llegara a Cuba. Era mi recién publicada novela Descansa cuando te mueras. Miré para todos los lados y nadie me seguía, ni a pie ni en carro. Al cabo de tanto tiempo, todavía me entraba la paranoia. Seguí mi camino. Eran sólo un par de cuadras.

Le había prometido en un e-mail al poeta comunista y miembro del Consejo de Estado de Cuba, Roberto Fernández Retamar, que le enviaría el libro por correo. El me dijo que aceptaba el envío sólo en virtud de su amistad con mi padre. Lejos estaría él de pensar que lo iba a depositar personalmente unos días después en la recepción de la Casa de Las Américas, la institución que él preside. Si lo hubiera sabido, seguramente me hubiera denunciado a la Seguridad del Estado para que me arrestaran allí, ¿pero quién iba a suponer en mí tal audacia? Quería reírme de él así, de todos ellos, cual un resucitado Conde de Montecristo.

Dejé el paquete en la Casa con instrucciones de que se lo entregaran a Fernández Retamar. El empleado que lo recibió lo tomó con mucha seriedad y me preguntó si quería que avisara al destinatario, pero le dije que acababa de llegar de Europa y no disponía de tiempo. Mientras estaba allí, eché un vistazo alrededor para cerciorarme: poco, poquísimo había cambiado. Ni la pintura de las paredes. Todo tan feo y convencionalmente "chic" como cuando estuve allí por última vez, en el 77 ó 78.
 
"El doctor Retamar está esperando el paquete y yo me voy mañana", dije antes de irme. El empleado me dijo que se lo entregaría.

Enseguida me marché y, siguiendo un zigzagueante rumbo por entre las callejuelas que cruzan la Calle Tercera, regresé al hotel, a cuya puerta me aguardaba el flamante Citroën color crema que había arrendado para movilizarme en esos días por La Habana. No bien me entregaron las llaves del auto, me dirigí a un sitio que me moría por ver otra vez y donde quería constatar de nuevo que, al paso de los años, me había vuelto, además de valiente, irreconocible...
 
(CONTINUARA)

3 comments:

  1. Quiero ver en qué termina esto... espero los próximos capítulos con ansiedad perruna.
    ¡Feliz Día de Acción de Gracias!

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  2. Gracias tengo que darle a Dios por alguien que, com tú, me lee tan enseguida. Cada vez que comentas algo me apeno, porque pienso: Tanta mala palabra y desparpajo... ¿Qué pensarán Teresa y sus estudiantes de mí? No quiero ni imaginarlo. Bueno, pásala bien con los tuyos y trata de no comer demasiado.

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  3. Excelente, manolito, qué te puedo decir! Happy Thanksgiving! Recuerda q mantenemos la oferta.

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