Thursday, December 29, 2011

De las falsas memorias de Manolín

Viaje subrepticio a La Habana (II)

Cómo iba a olvidarme de esta calle, la famosa Avenida de los Presidentes, o -ahora que no hay presidente que valga- la Calle G. En cuanto enfilé en el carro, trepando hacia la parte alta del Vedado, empecé a reconocer -y a reconocerme- en partes de ella y mi propia memoria.

Recuerdos dulces y amargos: besos y abrazos calientes al abrigo de los arbustos, caminatas solitarias sin rumbo, pero también, años después, aquel corto y veloz viaje en el patrullero del Departamento de Seguridad del Estado, con la punta de una pistola encajada en las costillas y la voz del esbirro sin uniforme gritándome en una oreja: “¡Contrarrevolucionario hijoeputa! ¡Diversionista de mierda!...”

Miré por la ventanilla y me acordé exactamente de cómo subimos aquella misma lomita, después de atravesar la calle Línea como un bólido, sin esperar a que la luz del semáforo cambiara. Así de apurados estaban por encerrarme, por torturarme. Ya empezaban...

Pienso ahora en lo que quiero encontrar más arriba, incluso un poco más allá del sitio al que quiero ir, al que iré, porque hay tanto que puedo ver antes de cumplir mi misión, o más bien, mis misiones, porque no es una sola cosa la que me propongo. Tomar venganza no es tan sencillo como parece. Así que cuando llegó a la esquina de la Calle 17, por donde veo, a la derecha, el campo de juegos de una escuela, no me detengo, sino sigo.

Aprovecho los últimos segundos de una luz verde, acelero y continúo subiendo por G hasta que veo, un poco más arriba, el cruce de 23 con sus familiares edificios, algo cambiados.

Cerca de allí vivía una buena amiga que se suicidó, lanzándose de un balcón, llena de angustia, y otro conocido, que murió de viejo, en su sueño. Una mañana amaneció sin vida, me dijeron. Allí, en uno de esos edificios, conocí también personalmente a Guillermo Cabrera Infante. Fue al lado de donde estaba el restaurante Rancho Luna. Cabrera estaba apendejado, quería que lo dejaran irse, no nos dijimos nada, o muy poco. Creo que ya lo conté una vez.

Ahora, atravieso 23 y me fijo en la turba estrafalaria de jovenzuelos que se mueve por el parquecito central de esa esquina, en torno a un arbusto cortado en forma de campana. ¿A quiénes se quieren parecer? Les dicen roqueros, pero son lo que del lado donde yo vivo llamarían góticos guanabí. Una mezcla de punk anacrónico, con lo que estos cretinos se creen que está de moda en el mundo civilizado.

Algunos tocan guitarras cansadamente; otros andan en parejas. Las niñas de pelo negrísimo, estirado con laca, y labios negrísimos como el betún, sabrosos de mirar, están por todas partes. Se levantan como estatuas perfectas sobre botas de suelas altas que deben darles un calor del carajo, pues les llegan hasta las pantorrillas. Y qué clase de pantorrillas. De tanto subir las lomas del Vedado han desarrollado una piernas envidiables, y al chofer (este chofer al menos) se le va la vista persiguiendo los firmes fondillitos, hasta que los pierdo de vista y acelero hasta el ridículo monumento a José Miguel Gómez, que hace una rotonda, y allí mismo me vuelvo en una U para regresar a la esquina de G y 23 por el otro lado, bordeando el fondo del Hospital Calixto García, hasta que regreso a la misma esquina, por donde está la llamada Casa del Te -algo nuevo para mí- y otra vez cerca de todos esos culitos hermosos.

Freno y le hago señas a un grupo de esas ninfas, que se alborotan claramente a la vista de mi Citroën (no de mí, que lindo no soy, se los aseguro), y le pregunto a una, muy tetoncita, por cierto, si sabe cómo se llega a la esquina de 17 y H. Ella se acerca más, y casi colgando sus pechos sobre el borde de mi ventanilla, me entretiene dándome direcciones. Tiene un tatuaje gracioso, microscópico en una tetica, y un brillantico engarzado en la nariz.

“Baje por aquí hasta allá, y doble allá hasta llegar a tal lugar, y después...”, está diciendo sin que yo la atienda. Incluso se ofrece para acompañarme, pero no le hago swing a esta diosa joven, porque tengo otros planes y ninguno contempla un revolcón, y menos con una menor de edad. Mi misión es otra, pero se agradece la oferta de todas formas. Cuando todas las mujeres atractivas empiezan a tratarte de usted, es hora de guindar el sable, yo creo. (Qué descarao soy, caballeros).

Así que arranco, aprovecho que hay una luz verde y atravieso 23 en sentido contrario al que empecé, loma abajo, de prisa, derechito al sitio donde sé que voy a doblar, y para llegar al cual no necesitaba orientación alguna, porque me lo conozco de memoria. Echo un vistazo a mi reloj. Es casi hora ya, me digo.

Cuando llego a la esquina de la 17, hago una rápida derecha y avanzo hasta la cuadra siguiente, donde doblo derecha otra vez rápidamente y detengo el carro a la sombra de un árbol viejo que reconozco, justo a la vera de una elegante mansión. ¡Cómo no acordarme de donde estaba!

Es nada menos que Villa Cristina, la antigua mansión del banquero Juan Gelats, y desde hace un montón de años sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, más conocida por intelectuales y diletantes como la Uneá. Reconozco también esa verja, esas altas cercas de acero forjado.

Una noche, hace muchas noches y muchos años, ayudé a un amigo borracho -José Hernández, alias Pepe El Loco- a saltarla. Podía haber entrado por la puerta grande, pero en su jalao Pepe quería brincar la cerca y desafiar cualquier autoridad que se le interpusiera, y yo, un muchachón estúpido, le ayudé a dar aquel salto absolutamente mortal. No sé cómo no se partió el pescuezo. Otra vez también atravesé esta impresionante puerta, para colarme en un coctel elegante que daban en honor a los delegados de la Conferencia Tricontinental, casi todos guerrilleros o terroristas hijos de la gran puta. Sorprendentemente, fue más fácil meterme allí de lo que yo pensaba... y con una invitación falsificada por mí. Pero eran tiempos mágicos, se entiende.

Ahora lo son también, pienso. Quiero decir, los tiempos, y la facilidad con que me deslizo en ambientes más o menos hostiles, tóxicos, cerrados, con documentos raros. Contemplo la entrada de este templo de la sabiduría y el oportunismo, y me percato de que algún imbécil decidió agregar un toque rosa a un par de columnitas que custodian la puerta de entrada, una especie de colorete para avivar el rostro de una institución que en medio siglo ha hecho muy poco por los intelectuales y artistas, y que sí ha servido principalmente para controlarles, espiarles y delatarles ante los más altos poderes. Todo esto desde el mandato de Nicolás Guillén hasta el de Miguel Barnet más recientemente. Del sóngoro consongo a la mariconería más estridente. Del tambor a la pluma. ¡Cuánta estulticia e infamia ha abrigado esta casona a lo largo de todos estos años, por Dios!

Así que me hago el bobo, es decir, el turista-inocente-que-allí-pasea-por-absoluta-casualidad. Qué bien me queda. Y traspongo el ridículo umbral que tan bien conozco, mirando en derredor, con los ojos del asombro y la admiración más embelesados. Al cabo de unos pocos minutos de haber subido la corta escalera de acceso al portal, y de pasearme así, casi en círculos y como transportado a celestes planos, por saloncitos y pasillos, alguien al fin se me acerca.

Es una criatura de baja estatura, con aspecto de ratón huidizo, de orejas grandes que custodian un cráneo más bien pequeño, y además, calvo. No le reconozco de antes ni después. Ha de ser uno de tantos “intelectuales” nacidos durante el llamado Quinquenio Gris, es decir, durante la terrible década de los 70, y que ahora designan como de la “Generación Y”, por la tendencia a llevar un nombre que se inicia con esa exótica letra: Yorisvanis, Yumbigladis, Yancaroli, Yontivaris, Yurisleidis, y así por el estilo. Ostenta un bigotito raquítico que apenas basta para esconder, cuando sonríe, una dentadura en estado de cuasiputrefacción.

Me pregunta si busco a alguien y le contesto que no, que sólo contemplo la hermosa arquitectura del lugar.

-Me detuve por aquí y no pude evitar admirarla -digo.

-¿Usted no es de aquí, verdad? -responde él, con los ojos iluminados. Seguramente ve la manera de buscarse unos chavitos conmigo.

-No -repongo, sin dejar de mirar en derredor, sonriendo como un anormal, mientras le digo el país de donde en realidad no vengo- ¿Esto lo construyó la revolución?

-Oh, no -me contesta- Se lo quitó a uno de esos ricachones que se fue de Cuba.

-Qué lindo... -murmuro, pasando una mano por una pared.

-Ahora pertenece a los escritores cubanos -agrega él, con orgulloso timbre.

-¿De veras?

-Sí, señor. ¿Quiere que le enseñe?

-Por favor -digo, volviendo la vista hacia un grupo que parece conversar, sentados en sillas de mimbre- ¿Esos son escritores?

-Algunos, sí -responde él- Hay también artistas plásticos.

-No me diga...

Poco a poco, me he ido acercando a la zona de los portales por donde están, arrastrando conmigo al ratoncito. Recuerdo haber conversado precisamente en ese sitio, ocupando esas viejísimas sillas, nada menos que con Virgilio Piñera. En voz muy baja -hago memoria- me confesó que se arrepentía de no haberse quedado en Europa, cuando pudo. Qué clase de imbécil.

-Así que todos escriben y pintan...

-Más o menos -me dice el ratoncito.

-¿Se puede hablar con ellos? -le pregunto, como alguien que visita un zoológico. Mi guía se sonríe enigmáticamente, como si entendiera el sutil sarcasmo.

Me pasea después por todo el lugar. Ciertamente, pienso, ha cambiado bastante el sitio desde la última vez que estuve ahí, cuando abrí de repente, y sin tocar, la puerta del baño común del pasillo, y tropecé con el más irrisorio y grotesco de los cuadros: nada menos que Pablito Milanés, clavando por detrás, con los ojos cerrados, al presunto poeta Miguel Barnet. ¿Se acuerdan de pluma por pistola, el famoso poemita de tres o cuatro versos? Parece que se gestó allí en el baño de la Uneá. Sólo que aquella vez la pistola la tenía metida hasta la garganta y las plumas de Barnet batían, batían, mientras Pablito gruñía de placer. Parecía un sapo-toro, por mi madre. Casi vomito del asco.

Flash forward a mí, siguiendo al ratoncito que me sirve de cicerone. Me detengo ante un cartel que anuncia la presentación de alguien (arrrrgggggh) que se hace llamar “El Ambia”. ¿Será posible tamaña chusmería? ¿Y de dónde salió esta gentecita? ¿Acaso vivían entre nosotros, listas para manifestarse en cuanto nos fuéramos?

A unos pasos de allí estuvo una vez la biblioteca de la Uneá, donde Pepe Rodríguez Feo me prestó con mucho sigilo una copia de Primer círculo, de Solzhenytsin, y donde por un tiempo ofició una vieja loca espantosa y políglota, Matilde. Pero Matilde fue sucedida por Yvonne, una mulata de ojos verdes que casi te provocaba un orgasmo cuando te mandaba a callar. Era un bombón. La mujer de Pepe Yanes, si mal no recuerdo.

-Por aquí, por aquí, señor...

Me lleva ahora a la cafetería, al famoso Hurón Azul, donde temo encontrarme con alguien que me reconozca, pero no hay mucha gente allí, ni mucho menos alguien conocido. Apenas un par de personajes demasiado ocupados con sus platos para prestarme atención.

El sitio cobra en chavitos y ofrece platos como platanitos fritos a la Piñera y lomo de cerdo a la Lezama Lima. Paradiso es un postre de marañón y Sóngoro consongo una versión del quimbonbó. Hay otro plato que casi me hace estallar en carcajadas: Cielo en rehenes, algo de pollo con arroz y champiñones. ¿Será posible? En mis tiempos, allí se bebía cerveza y se hablaba de cosas serias. No se trivializaba a los escritores. Por favor...

-No tengo ganas de comer ahora -le digo al ratoncito, que con sus gestos y reverencias, trataba de hacerme sentar a una de las mesa. Seguro tenía hambre, el pobre.

-Enséñame algo de lo que pintas -dígole.

Es sólo una treta, porque estoy haciendo tiempo. Desde donde estoy y por donde vamos caminando miro hacia la cerca, y más allá de los jardines, al lugar donde dejé estacionado el carro en la calle, pero no distingo mucho.

Le explico a mi guía, mientras nos dirigimos al fondo del patio, por unos vericuetos que hay entre los árboles, que no soy un artista, sino un hombre de negocios, y sólo quiero comprar un recuerdo bonito que llevarme a casa, quizás un grabado o una serigrafía típicos de la exuberante cultura cubana.

-Todos somos negociantes -afirma él, riéndose.

Ya lo creo. En un tallercito de grabados, localizado al fondo, tenía guardado un montón de litografías más o menos mediocres que pretendía venderme por cientos de chavitos. Sólo pudo sacarme 20, después de mucha puja. Decepcionado, el ratoncito se limitó a indicarme el camino hacia la salida, que yo conocía demasiado bien. Me dirigí, pues, a la puerta de delante, con aquel espantoso grabado enrollado bajo el brazo, y cuando llegué a la calle encontré el carro tal como esperaba: sin gomas y montado sobre cuatro burritos. Pegado al parabrisas, debajo de uno de los limpiadores, había un papelito cuidadosamente doblado que tomé, y tras echarle un vistazo, rompí en mil pedazos. Casi instantáneamente, frenó al lado mío otro automóvil: el taxi que me había sacado del aeropuerto, con el familiar y sonriente chofer al timón. Abrí la portezuela y me monté.

-Llévame adonde sabes -le dije. El tomó rumbo sur, directo a 23, pasando frente a la casita de Roberto Fernández Retamar, y una vez allí, hicimos una derecha. De ahí, a la esquina, donde esperaba mi gótica tetoncita. Frenamos rápido y le abrí la puerta. Sin chistar, la chica montó.

-¿Sabes dónde está? -le pregunté.

La niña asintió, esquivando las miradas que desde alante le dirigía el chofer y cruzando las piernotas, claramente incómoda.

-A la plaza -le dije entonces al chofer.

Minutos después estábamos cerca, a una o dos cuadras del Callejón del Chorro. La Catedral se alzaba cerca. Una legión de catetos se movía por allí, todos tratando de venderte algo. La chica de labios negros desentonaba con aquel entorno colonial, pero parecía conocérselo al dedillo. Tras movernos un poco entre mercachifles y quiosquitos, al fin se detuvo, y sin señarlo muy obviamente, apuntó a un viejo pendejo, raquítico, que oficiaba detrás de una mesita cubierta de artefactos baratos.

-¿Ese es? -le pregunté a la niña. Ella asintió.

-Ese mismo hijoeputa -dijo. Parece que a ella también se las debía.

-Bárbaro -repuse, pasándole el rollo de chavitos con mucha discreción. La niña lo tomó, se lo metió entre las teticas y se largó.

Yo me quedé mirándolo a aquella distancia. Nunca lo hubiera podido reconocer sin ayuda de alguien. Qué cambiado estaba. Y no sólo por viejo. ¿Quién iba a decir que al cabo de tanto tiempo un singao como aquel iba a caer en tamaña miseria? Pero ya ven. Hasta en Cuba Dios hace justicia.

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