Thursday, January 26, 2012

De las falsas memorias de Manolín

Viaje subrepticio a La Habana (V)


Olas de todo tamaño y fuerza, batiendo el concreto duro, arrebatándole un grano más a la barrera inmóvil, pétrea. Espuma que se mete y se esparce, con agilidad de reptil, entre las cuevas y retruécanos de los arrecifes. A ratos, me parecía ver emerger de entre estos siniestros agujeros unas garras, un rostro oscuro, levemente monstruoso, una pezuña... Me restregué los ojos. ¿Sería sólo una ilusión?

Confieso que yo nunca le había prestado demasiada atención al muro del Malecón habanero. Quizás por la misma razón que los neoyorquinos ni se interesan por los rascacielos, o los madrileños dan por sentadas las hermosas fachadas de los antiguos edificios que adornan ciertas partes de la capital española. Llámenlo tedio, o mejor, familiaridad. Pero nunca me había percatado de ciertos detalles de ese fuerte y enorme muro que bordea la costa habanera desde su parte vieja hasta los confines de su más moderna barriada.

En los pocos días que permanecí en La Habana, a la espera de cumplir mi misión y largarme, paseé bastante. Recorrí vecindarios que alguna vez conocí, contemplándolos con la indiferente mirada de un transeúnte casual, desamorado. Nunca, a ninguna hora, tropecé con un rostro familiar, que reconociera, o me reconociera a mí. Tenía razón el amigo europeo que gestionó mi pasaporte falso: “Eres otro, distinto, nadie sabe ya de ti, estarás seguro... El tiempo te cambia, hace otro de ti completamente...”

Fuera del Vedado, la Víbora y ciertas partes de Marianao, me paseé, a veces trotando y otras fingiendo que hacía ejercicios de otro tipo, por varias zonas del Malecón. A ratos, me detenía y fingía mirar al horizonte, cuando en realidad buscaba la escena más propicia para la justificada venganza que planeaba ejecutar. Al fin, después de muchas observaciones semejantes, di con una parte del muro que se ajustaba a mis propósitos, cerca del parque de La Punta, pero tirando más hacia la barriada de Centro Habana, en las inmediaciones de un hotel que todavía se llama Deauville, y que ya no es ni la sombra de lo que fue.

Me quedé allí. mirando. Tuve que regalar un par de billetes a algunos pedigüeños que se me ofrecieron como guías y a una putica de veinte años que me prometió una noche deliciosa, lamiéndose los labios pulposos con deliberación.

Cuando me aseguré de estar solo, subí al muro y miré hacia abajo. Magnífico, pensé, al ver la distancia que mediaba entre el muro mismo y los arrecifes: bastante grande, y los picos y protuberancias de las piedras, muy afiladas, claramente letales. Pero sobre todo, las sombras, aquellas sombras de vagos contornos bestiales que asomaban de unos huecos. Salían, atrapaban cualquier cosa, y se lo llevaban lejos, dentro, como si fueran al mismo infierno...

Me acordé de una leyenda que escuché de niño. Alguien, seguramente un anciano, me relató cómo la policía del dictador Machado solía deshacerse de sus adversarios en los años 30. Les amarraban, les daban un piquete con una cuchilla, y les arrojaban a la negrísimas aguas de la Bahía de La Habana, donde los tiburones les despedazaban.

Pero aquellas sombras que veía yo ahora, emergiendo entre las piedra al pie del muro del Malecón, no eran, ciertamente, escualos. No me hubiera atrevido a conjeturar sobre su horrenda naturaleza, pero servirían, estaba seguro, a mis propósitos. Una vez vi a aquellas hambrientas sombras, criaturas del averno, arrebatarse a una gaviota que, ingenuamente, se había posado en los arrecifes, a su alcance. Vi rasgar sus alas, hendir su pecho y triturar su pico en una sangrienta pero brevísima batalla. Después de saciar su apetito, desaparecieron en aquellos huecos con idéntica y borrosa rapidez...

Aquel día deambulé temprano por las calles de La Habana, sabiendo que me despedía de ellas, pues a la mañana siguiente estaría en un avión de regreso a Europa, después de llevar a cabo mi más importante misión. Pasé frente a hileras de casas particulares que despedían humos y aromas pestilentes. Me detuve, medio sonso, frente a los refrigerados edificios oficiales custodiados por policías armados. Una vez -qué horror- tuve que contemplar indolentemente cómo una turba gritona la emprendía a palos y golpes contra una indefensa mujer vestida de blanco...

Al fin, bajé por la calle Empedrado hacia la Plaza. Una musiquita que copiaba al Trío Matamoros salía de la puerta de la Bodeguita del Medio. A la distancia, pude divisar a mi preso momentos después, entre el quiosquito de un pintor ambulante y la mesa de la negra cartomántica. Era él, sin duda alguna. Era Diente Frío, definitivamente, pero sus famosos incisivos de conejo estaban quebrados y podridos. Se había quedado también calvo y en su expresión facial el tiempo había labrado grietas y surcos torcidos, como señas inconfundibles de la maldad que había manchado para siempre su alma. Enclenque y jorobado como el pico de un buitre, allí estaba. “¡Diente Frío, cará!”, me dije, observándole ahora más de cerca mientras acomodaba su mercancía en una mesita y los improvisados estantes de cartón piedra que tenía detrás.

-Interesante... -le dije.

Camacho se viró de pronto, sobresaltado.

-¿¿Eh?? Diga usted -masculló.



Se echaba de ver que temía por algo, quizás que alguna de las numerosas víctimas de sus desafueros le hiciera una emboscada. Se pasó la lengua por los dientes cuarteados. Le miré directamente a los ojos, sondeando algún asomo de reconocimiento. Pero no. Ni remotamente. Entre yo y el infeliz joven de 25 años para el que Camacho había pedido tantos años de cárcel no mediaba parecido alguno. No en balde habían transcurrido casi 40 años...

-¿Usted los fabrica? -pregunté, fingiendo que admiraba aquellos burdos bustitos de yeso que trataban, muy mal pintados con colorines, de representar las caras de José Martí y Fidel Castro. Atrás, en los estantes se exhibían camisetas de pésima tela con una conocida foto del asesino Che Guevara impresa en el pecho.

-Sí, sí -contestó el ex fiscal con expresión ansiosa- ¿Le gustan?

-Oh, claro -respondí- Me querría llevar alguna, si me lo permite...

-Cómo no. ¿Cuál?

-Las dos -dije- Martí y Fidel. ¿Para qué separarlos?

-Oh, no, jajá -dijo Camacho, tomando dos de los bustitos.

-Y un par de esas camisetas también -le dije, antes de que echara los espantosos bustitos en una vieja bolsa de plástico.

-¡Eso! -dijo, tomando las dos piezas- El Guerrillero Heroico.

-¿Cuánto es?

-60 CUC -respondió descaradamente. Y luego, casi en un susurro: Pero si me da 20 dólares o 15 euros es igual.

-¿Será legal?

-No sé -contestó Diente Frío- Pero es más barato, ¿no?

Los dos nos echamos a reír. Este, como todos los otros energúmenos, había entrado ya en la corruptela, si no lo estuvo siempre.

Mientras le pagaba le expliqué que en mi país yo tenía un negocio de venta de artesanías mundiales y me gustaría tener su mercancía en mi inventario. Los ojos se le iluminaron.

-¿De veras? - preguntó, medio azorado. Aparentemente, no podía creer que alguien se interesara por la porquería que él vendía a precios tan exorbitantes.

-Le hablo en serio -dije- ¿Tiene tiempo para conversar?

Camacho miró a su alrededor y me pidió que esperara un momento. Casi de la nada, de un recoveco de la calle Empedrado, salió una putica con cara feísima. El ex fiscal me la presentó como su sobrina. Ella se quedaría a cargo del tenderete mientras nos íbamos a hablar, explicó.

-Perfecto -le dije. Ya para entonces, le estaba midiendo el pescuezo, pero él no lo sabía.

Caminamos sin rumbo un momento. Cuando estuvimos a la puerta del elegante restaurante El Patio, le dije escuetamente: Aquí. El ni lo pensó. Claro, supuso que iba a comer sabroso, y con toda razón. Supuso también que estaba a punto de hacer tremendo negocio con un extranjero loco y salir así de todas sus penurias. Lo que no podía suponer el ex fiscal Camacho, alias Diente Frío, es que, para él, ese día sería el último. No podía tener idea de cómo iba a morir, ni el gusto que me iba a dar matándolo. (CONTINÚA)

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