Monday, January 16, 2012

De las falsas memorias de Manolín

Viaje subrepticio a La Habana (IV)


No había pasado todavía unas horas en La Habana, bajo una fingida identidad, cuando ya casi había cumplido mi objetivo. Ustedes se preguntarán cuál era éste. Paciencia, que yo la necesité bastante para planear lo que hice. ¿No les parece suficiente con haberme colado allá, en las mismas narices de los esbirros, y con esta cara de comemierda que tengo?

Desde que décadas antes el gobierno revolucionario me condenó a seis años de cárcel injustamente, después de haberme torturado sus sicarios durante semanas enteras en las mazmorras de Villa Marista, yo había concebido la idea de vengarme. No sabía exactamente en quién recaería toda mi furia, pero alguien iba a pagar por lo que me habían hecho.

Un día, mientras paseaba en yate cerca de Montego Bay, uno de mis sitios preferidos en el Caribe, se me ocurrió que el beneficiario de todo el odio que guardaba en mí para ellos no podía ser otro que el fiscal que me encausó, un señor enclenque, aspaventoso, de apellido Camacho pero apodado Diente Frío, por la prominencia de sus incisivos. No lo escogí al azar. Hubo algo que lo hizo resaltar en la enorme lista de mis verdugos.

Recuerdo el claro regusto con que exigió, a voz en cuello, en aquella salita que ocupaba el Tribunal Revolucionario Número Uno DOCE AÑOS DE CARCEL PARA MI. Y luego, al final, gritando aún más para superar los claros sollozos de mi mujer, que estaba allí, en aquel tribunal en las faldas de la fortaleza de La Cabaña: “¡SOSTENGO, MANTENGO Y REITERO MI PETICION DE DOCE AÑOS DE CARCEL CON TRABAJOS FORZADOS PARA ESTE REPULSIVO ENEMIGO DE LA REVOLUCION!”.

Pues bien, en Diente Frío concentré todas mis indagaciones posteriores, sobre todo a partir de los años 90, cuando Cuba pasaba por el llamado Período Especial, y yo había entrado inesperadamente en posesión de una importante suma de dinero que me ayudaría a avanzar mis planes de justa venganza.

Pasaba la mayor parte de mi tiempo libre en Nueva York leyendo, escribiendo o pensando en lo que haría con esta sabandija, hasta que un día me enteré de que había caído en desgracia. Y como cualquier cosa con dinero es fácil, no me resultó difícil sobornar a alguien más adelante en Cuba, para que me delatara su paradero. La corrupción estaba que daba al pecho en esa isla infernal, y me aproveché bien de ella. Si había gente dispuesta a dar el culo por dólares, la información tenía también su precio a todos los niveles.

Pude averiguar, así, que Camacho o Diente Frío había sido despojado de todos sus cargos y privilegios como parte de la periferia del caso del general Arnaldo Ochoa, fusilado por tráfico de drogas y traición a la patria. Diente Frío no había hecho nada en absoluto para merecer castigo. Sólo había tratado superficialmente a Ochoa en Angola, pero de todas formas todo el peso de la ley le cayó encima, como a mí años antes. Esto me lo contó -a cambio de buen dinero- un viejo compañero de él que aún trabaja en el Ministerio del Interior, y cuyo nombre me reservo.

Tuve la gran suerte también de que la hija de una de las numerosas víctimas de Camacho, que siempre le había seguido los pasos de lejos al ex fiscal, pudo ponerse en contacto con el exterior, y a través de uno de mis grandes amigos en los servicios especiales de Estados Unidos, hacerme saber las señas exactas de este animal con ropa. Esa fue la chica gótica que me condujo a la Plaza de la Catedral y me lo señaló de lejos. El chofer del taxi era su novio y también el chulo que la controlaba.

Le pagué y me despedí de ella, que seguramente se fue a jinetear en alguna parte del puerto. Tenía buen cuerpecito, y le sacaba ventaja. Y mientras la veía alejarse, meneando el sabroso fondillo que pronto algún italiano o canadiense gozaría, empecé mis propias maniobras para cobrar en la vida miserable de aquella hiena toda la enorme deuda que el régimen comunista había contraído conmigo al meterme en la cárcel. Pronto les diré cómo fue.
 
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