Monday, January 2, 2012

Ya viene llegando...

Mi novela está en camino

Las pruebas de imprenta de Pájaro de cuenta deben estar en mi poder para fines de esta semana o comienzos de la próxima. El libro ya tiene su número de ISBN y correspondiente código de barras. Si pasa la prueba de calidad, de tripa y tapas, estará disponible inmediatamente para su venta a través de http://www.lulu.com/ y semanas después, en todos los portales mundiales de http://www.amazon.com/. El precio de esta edición impresa será de US$15.00. Una versión electrónica, en formato ePub, estará disponible a fines de este mes, a un precio módico sugerido por los distribuidores. Así que atentos. Y aquí les va un adelantico:



Es un hecho bien documentado que en los penúltimos días de su existencia Virgilio Piñera –padre del teatro moderno cubano y maricón extraordinaire– era presa de las peores premoniciones y, por ende, de un profundo pavor (el “mucho miedo” a que aludió casi veinte años antes, en una célebre reunión con el Comandante, sólo que ahora creía saber exactamente a qué –y a quiénes– atribuirlo). Solía vérsele deambular en esa época por las calles cercanas al edificio de apartamentos donde vivía, en la Calle N, en el barrio habanero de El Vedado, como un verdadero zombi, con la crispada convicción de que alguien seguía de cerca sus pasos y tomaba nota de sus más mínimos contactos personales en el vecindario, y hasta fuera de él. Cargaba en una pequeña jaba –curiosa palabra con que los cubanos designan una bolsa, no se sabe exactamente por qué– sólo lo indispensable y menos conspicuo, por si las moscas, y a saber: su sobada libreta de racionamiento, una caja de cigarrillos de fabricación nacional, marca Populares, así como una breve lista de compras legítimas, nada sospechosas de mercado negro, es decir, escrupulosamente racionadas. A veces, también, un simple pan con tomates con que aplacar el apetito a media mañana, o un par de jabones para canjear por cigarrillos, su único vicio confesable. Todo lo demás lo había puesto a buen recaudo hacía tiempo: los apuntes de su casi concluida autobiografía, el borrador de una novela, el esbozo de una obra teatral sobre el dramaturgo José Jacinto Milanés, su viejo cuaderno de direcciones y teléfonos, que más bien parecía un listado de todo lo que había valido y brillado en el firmamento de la literatura cubana en los últimos treinta años, vivos y muertos ilustres, y –last but not least– el viejo consolador de sólido y áspero cuero negro que había comprado discretamente en una peculiar tiendecita de Milán, en el último viaje al extranjero que le habían autorizado hacer a mediados de los años sesenta, con la esperanza de que no regresara jamás a Cuba. Por todo, serían unas veinte cajas de papeles y otras cositas más o menos, según ciertos testigos e historiadores. Sólo conservaba en casa las cuartillas, cuidadosamente numeradas, de las traducciones de escritores africanos francófonos que producía a diario mecánicamente, y que, a plazos fijos, entregaba sin falta en su centro de trabajo oficial, el Instituto Cubano del Libro, como muestra de productiva docilidad. Aun de éstas no se fiaba; por algo, cuando las publicaban, ni siquiera se molestaban en darle crédito. Hubiera preferido, desde luego, no escribir en absoluto, ni siquiera rozar con los dedos su vieja maquinilla Royal, grato memento de una época más feliz y menos azarosa, cuando se escondía detrás del seudónimo de El Escriba y su constante teclear podía costarle, a lo sumo, una amistad o un puñetazo, y no necesariamente la cárcel. ¿Pero qué iba a hacer? Por más que se empeñara, no hubiese podido renunciar a escribir, a emborronar cuartillas, de la misma manera que no hubiera podido abstenerse de mamar pinga o tomar por el culo, como había hecho toda su vida casi desde que tenía uso de razón.

Este febril y paranoico estado de ánimo, ese temor crónico, escalofriante, diurno y nocturno, venía rondándolo hacía años, es verdad, pero se agudizó en algún momento tras los arrestos de varios escritores mucho más jóvenes –conocidos suyos en algunos casos, como Reinaldo Arenas, Manolo Ballagas y Daniel Fernández, más conocido como Sakuntala– y sus subsiguientes condenas a penas de prisión. Virgilio temía, no sin razón, hay que decirlo, que los refinados métodos de “convencimiento” empleados en los interrogatorios de estos infelices reos –se hablaba de inyecciones de pentotal, celdas frías y calientes, la “guagua”, el “clóset”, el grito y la amenaza, métodos germano-orientales de despersonalización– les hubieran llevado a revelar, aunque fuese sin querer o de manera puramente tangencial, la sustancia de las comprometedoras conversaciones que había sostenido con ellos a lo largo de los años en los portales de la Unión de Escritores o presidiendo alguna divertida y frívola mesa de tertulia nocturna en el Carmelo de la Calle Calzada. Ahora que lo pensaba, ¿qué podía ser –o no ser– comprometedor? ¿Qué simple frase suya, hasta un chiste, no podía retorcerse al extremo de comprometerle, o meterle en un apuro mayúsculo? No recordaba, eso sí, que en forma tácita, o siquiera implícita, hubiese proferido injuria alguna contra el gobierno revolucionario o cualquiera de sus figuras más encumbradas mientras pontificaba mundanamente en esos sitios, con un cigarrillo encajado entre los dedos de una mano partida en un peculiar y gracioso ángulo de la muñeca, como si sujetara una pipa o algo parecido. Muy lejos de él y de su estatura literaria... y hasta política, si queremos llegar a eso, porque una vez había sido miliciano, ya se sabe. Una vez, al menos, se había puesto la boina negra, la camisa de mezclilla azul y los pantalones verde olivo (verde olvido, pensó jocosamente pero luego se arrepintió de lo pensado). También había escrito un poema de fúnebres metralletas a los caídos en Bahía de Cochinos o Playa Girón; el nombre varía según el color del cristal político con que se mire: “Vamos a ver los muertos de la patria”, ¿se acuerdan? Ese no era simplemente su estilo: ni pedestre ni mucho menos gusaneril. Pero sí le inquietaba que sus perennes ironías y “puyitas” se hubieran pasado de la raya en determinados momentos, o que sus chistes hubieran saltado, sin querer, la barrera invisible del buen gusto al uso, por así decirlo. Sabía que a veces tenía la lengua suelta (rezago del pasado, cuando podía incluso ser un mérito tenerla así, alegre y retozona), y que cualquier comentario suyo podía ser interpretado de manera aviesa –quizás sin mala intención– por un policía malhumorado o carente de imaginación, sobre todo en el clima de cacería de brujas por el que el país atravesaba en aquellos días aciagos, ahora conocidos como el Quinquenio Gris (¿o fue acaso más de un lustro, una década o dos, de terca manía persecutoria, inquisitorial? Nadie sabe, nadie supo, mucho menos el crítico Ambrosio Fornés, quien acuñó el peculiar concepto). Tampoco agradaba a Virgilio la perspectiva de que alguno de aquellos detenidos, presa del miedo, rindiéndose a los amagos de una condena draconiana, o víctima de posibles chantajes, hubiera revelado detalles poco halagüeños de su vida íntima, no muy intensa por esa época, hay que decirlo, pero de todas formas muy compleja, alterna, rara, como la de cualquier locón soltero, anciano y, además, bastante enjuto y feo, como atestiguan sus fotografías de ese entonces. De sólo imaginárselo, de sólo pensar que sus fragilidades privadas, esos escasos gustitos que se había dado alguna vez, y que se daba ocasionalmente ahora, cuando podía, hubieran pasado a formar parte de un siniestro expediente de investigación, de uno de tantos “casos” que se tramaban contra personalidades intelectuales en esa época oscura, Virgilio temblaba de miedo, mucho miedo, un miedo inexplicable a je-ne-sais-quoi. La piel se le ponía de gallina –como corresponde– su fatigado corazón daba un súbito vuelco, sus piernas enclenques flaqueaban, la vista le fallaba, y en fin, se le empezaba a salir la churreta.
 
Copyright by Manuel Ballagas. Prohibida la reproducción por cualquier medio sin autorización previa del autor.

3 comments:

  1. Pobrecito, debió pasarla muy mal entonces, porque el artista que no se siente en libertad para escribir está como atado a un grillete...¡Espero leer el libro prontito!

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  2. ¡¡Feliz hallazgo literario!!
    Comparto el enlace en mi muro de 'Facebook'.
    Gracias.
    Un abrazo de lector.

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