Friday, February 3, 2012

El prisionero de Rosita Fornés

Hago un alto en las falsas memorias de mi venganza para refrescar con este cuentecito de presidio. Me acordé de esto hace poco, a propósito de una peliculita cubana que van a estrenar en Miami, y se me ocurrió que podría gustarles.


Un año y medio compartiendo la misma litera en aquel campito de reeducación. Yo, en la de arriba, y él, en la de abajo. El, preso común, y yo, un político callado y serio. Un año y medio cruzándonos casi sin decir palabra. “Hey” y “hey” y para de contar.

Huelga decir que no nos conocemos. Nos tratamos, pero no sabemos quiénes somos. Es decir, no nos lo hemos dicho. Y una tarde de esas, un domingo cualquiera que ni él ni yo tenemos nada que hacer y estamos comiendo mierda, tratando de dormir y mirando para el techo oscuro de la barraca, el preso común, más viejo, de unos 50 años, le pregunta de pronto al político, más joven, silencioso, de veintipico de años: “¿Y tú por qué estás aquí, chico?”

Cuando se lo digo se echa a reír. “Tú está loco, compa. Caer cana por eso. Qué va, compay”. A aquel preso viejo se le hace difícil creer que alguien esté jalando más años que él por hablar mierda y escribir boberías. Versos, cuentecitos, chistes. Quizás por eso se anima a explicarme por qué todos le dicen “Fornés” aunque no se llama así. Es la historia de un amor no correspondido, intenso, violento y secreto.

Se endereza después en la litera, me mira y empieza a decirme por qué le condenaron a cuatro años de cárcel con trabajos obligatorios. “Perdí la cabeza”, asegura, meneando la cabeza. “No sé qué me dio, por ésta. Yo era un hombre serio hasta que di con ella”.

Aquí me tienes, comiendo espagueti, comiendo mierda...

Es una historia curiosa, más curiosa que la mía, por supuesto. Fornés (bueno, le decían así) era un hombre de una época anterior a la nuestra. Sus referencias vitales, todos sus “tics”, secretos y fantasías se diferencian mucho de alguien que hubiera nacido a fines de los 40. “Si tú la hubieras visto entonces, comprenderías”, me dice.

No se refería a ninguna diva del cine francés, ni siquiera a la Jane Fonda de Barbarella o la exuberante Claudia Cardinale con que soñábamos todos los muchachos de mi generación. Estaba hablando, me explicó, de una verdadera diosa, “como ya no se fabrican, compay, tú qué vas a saber de eso”. ¿Pero quién? Ni más ni menos que Rosita Fornés, la vedete que encadiló sus ojos adolescentes y siguió después inflamando sus pasiones más adultas.
Me habló de sus muslazos, de sus caderas, y a mi mente sólo venían aquellas imágenes de piernas jamonas, plagadas de celulitis y cubieras de piadosas mallas, que había visto exhibir a la Fornés en algunas fotografías. Siempre me había costado trabajo creer que alguien se pudiera excitar con ella, pero por lo visto me equivocaba. No ha de haber estado mal, pero tampoco era como para perder la libertad.

Mi compañero de presidio me aseguraba que, de haberse conservado en algún refrigerador todo el semen que había derramado por aquella estrella de la TV capitalista y luego la socialista, podría medirse por centenares de litros. “Suficientes para preñar a un batallón”, me dijo “Yo era de muñeca muy suelta, compay”. Cada vez que salía una nueva foto de ella en una revista, casi siempre ligerita de ropas y en poses insinuantes, corría a encerrarse en el baño y se desahogaba tres o cuatro veces, salpicando sus manos frenéticas, las páginas de la revista, y hasta el piso. “¿Tú sabes lo que es eso?”, me preguntó. “De milagro no me tuberculicé”.

Pero no fue sino muchos años después de que cumplió 20 años, mucho después de que dejó de comer tanta mierda y botarse pajas, cuando ya era un viejo desilusionado, cañengo, casado y con tres hijos, que Rosita volvió a su vida para desgraciarlo.

Me contó que acababa de ponchar la tarjeta en la fonda donde trabajaba como mozo de limpieza, cerca de la calle 23, en el Vedado, cuando se le ocurrió ir a tomarse un helado en Coppelia. Entonces, hizo una pausa que me dejó pensando, colgando del precipicio de todas aquellas imágenes y recuerdos que había conjurado él.

“Entré por el pasillo de CMQ”, dijo al fin. “Tú sabes, para acortar el camino y coger un poco de aire acondicionado, y en eso la veo venir por el pasillo, con un vestidito ligero, de colorines, y agitando esas caderas, coño. Tenía el pelo muy rubio, con bucles que le saltaban al andar. Fresca, blanquita, perfumada, elegante, fina... Se metió en el elevador para el segundo piso y yo atrás de ella, no sé ni cómo. Me puse a mil, compay, salté detrás de ella como un tigre. Estábamos solos en el elevadorcito. Y ya casi sabía lo que iba a hacer”.

No le pregunté. Ni me lo quería imaginar tampoco.


“En cuanto se cerró la puerta, me le eché encima”, dijo. “Quería comérmela a besos, compay. Era un sueño. Le abrí el vestido por arriba, le apurruñé las tetas. Y ella dando alaridos, empujándome, dándome patadas. Yo ni las sentía, estaba como loco, no sé qué me pasó. ‘¡Salvaje, asesino! ¡Auxilio! ¡Suéltame!’, se puso a gritar. Y yo, baboseándole el cuello, las tetonas aquellas, mamándoselas, estrujándola...”

Cuando el elevador se detuvo en su cortísimo viaje y la puerta se abrió en el segundo piso, mi compañero de presidio salió corriendo por el pasillo como alma que lleva el diablo, con la famosa vedete detrás de él, chillando y señalándole. “¡Ataja! ¡Ese! ¡Violador!”, gritaba. Enseguida, una agitada fila de corredores se sumaron a la cacería humana. Hasta un locutor de Radio Reloj dejó la cabina y fue en pos de él. Rosita Fornés le seguía de cerca, cubriéndose las tetas marcadas de chupones. “¡Cójanlo! ¡Mátenlo! ¡Cochino!”.

Hasta que alguien se le echó al fin encima y le tiró al piso. Rosita, aparentemente, lo cosió a taconazos con unos zapatos que acababa de traer de Bulgaria, mientras gritaba: ¡Mírenlo, mírenlo, todavía la tiene parada el muy asqueroso! ¡Péguenle! ¡Péguenle en esa cosa!

“Y aquí me tienes, comiendo espagueti, comiendo mierda”, concluyó él, meneando amargamente la cabeza. “Todo por dejar llevarme por los malos impulsos. Todo por culpa de esa mujerzuela”.

Desde entonces, en la cárcel le decían Fornés, como si ella le hubiera bautizado, como si fuera un prisionero de su deseada diva. Y aunque contaba los días que le faltaban para cumplir con la sociedad y regresar a su vida y su familia, me confestó que no se arrepentía en lo más mínimo. “A un gustazo, un trancazo, compay”, me dijo, antes de echarse a dormir otra vez en la litera.

Nunca volvimos a hablar demasiado. “Hey, hey”, y se acabó.

8 comments:

  1. Fecuerdo cuando en Colombia Rosita Fornes fue atacada por un fanatico que le mordio un muslo y le dejo la marca de la arcada.
    Un escandalo!
    Pero por el estilo le paso a Estrella...jugadora de basket en Guatemala cuando echada en el suelo aspirando oxigeno con un aparato ad hoc, un fanatico se le tiro al lado y se formo un escandalo. Un jugador del equipo cubano masculino de basket salio a defendarla y le dieron una chuchillada. Prio le envio un avion para rescatar a todo el equipo. El jugador se apellidaba Escoto.
    Robert A. Solera

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  2. ¡Alabao! Para la gente de mi generación, que sólo conocimos a la añosa diva de Cita con Rosita (en el canal seis, creo que los domingos a las cinco o algo así) se nos hace difícil concebirlo pero en fin, las fotos no mienten. La señora tenía (o tiene, pienso que todavía vive) mendó.

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  3. Saludos..que historieta tan absurda y estupida.....es una Gran Señora...y le deberia haber partido la polla

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  4. Acabo de perder preciosos minutos de mi existencia en leer la bazofia más insulsa y hedienta que haya pasado ante mi vista en los últimos tiempos. En su lugar, “son of a well-known poet” yo me habría cambiado el apellido, para no ensuciarlo con esta excreción.
    - Pedro Pablo Antioquia Edessa

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    1. Bueno, amigo Pablo, por lo visto tienes tiempo que perder y gusto por lo que escribo, porque te lo leíste completico. Sabido es que estas divas provocan fantasías sexuales a veces irrefrenables. Y este señor de veras existe (si no se ha muerto ya). Lo conocí en la cárcel. Así que tu peleíta es con él, y no conmigo.

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  5. ¿Y Usted pagó derechos de autor para utilizar esas fotos que a todas luces, suyas no han de ser?
    P. Asbestos

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  6. Son todas ya de dominio público. Lo verifiqué. Rosita también es de dominio público, en el mejor sentido de la palabra.

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