Thursday, March 22, 2012

Descansa cuando te mueras

Este es un fragmento de mi novela de igual título, la que da nombre a este blog. La publiqué hace un par de años y la lancé en la Feria Internacional del Libro de Miami de 2010. Espero que lo disfruten... y comenten:



Lo conocí en la cárcel; después, lo perdí de vista. Nunca creí que volvería a encontrarme con él, mucho menos aquí. Pero la gente de presidio son como los malos recuerdos; jamás se desvanecen completamente y cuando uno menos lo espera afloran en la vida o la memoria como un tumor maligno. Llegan en bote, en avión, en sueños. ¿Qué se va a hacer?

Me tropecé con Matancita en el mostrador de La Ciguaraya, un cafetín que había en la Primera y la Siete. Casi me atraganto cuando lo vi. Estaba igualito: consumido, raquítico, sin dientes. “¡Nadie quiere a nadie!”, gritó al verme. Era su letanía, su consigna. La tenía tatuada en el pecho, en letras góticas azules y rojas, de un extremo a otro de sus pectorales. En la cárcel la repetía a toda hora. De alguien lo aprendió seguramente.

Nos abrazamos y hablamos un rato, le di mi teléfono. Quedamos en vernos pronto, pero esta ciudad es muy grande y nadie cumple esa promesa. Uno se enreda, hace compromisos, nuevas amistades, en fin, el tiempo no alcanza y hay que trabajar para pagar los biles. Además, yo no quería verlo.

Entonces, un día Matancita me llama para decirme que se había mudado a un bungaló cerca de la Ocho, a cinco o seis cuadras de donde yo vivía. No jodas, le digo. Era una de esas casas viejas, de madera, que todavía quedaban en La Sagüesera. Hornos en verano, frías con cojones en invierno. Vivía arrimado con una centroamericana de treintipico de años. Estuvo vendiendo naranjas; ahora trabajaba por la noche, de security. Era su día franco. Me alegré por él.

-Ven a tomarte un sispá y así conoce a la jeba –me dijo.

Primero le dije que no, puse un par de pretextos bobos, pero al fin accedí. Yo había empezado a vender cable y aquel era mi territorio. La gente no compraba. No tenía mucho que hacer.

-Entra, político –me dijo cuando abrió la puerta. Estaba en chancletas, sin camisa, y tenía puesta una gorra de pelotero. El tatuaje estaba un poco desvanecido, pero no se le había borrado completamente, ni de la piel ni de la memoria.

Hablamos de carros y de la vida. El se había comprado un Dodge del 70 en bastante buen estado. Arrancaba siempre y el aire acondicionado le funcionaba como un cañón. Yo tenía un Cadillac 74 convertible. Era espacioso, veloz, elegante. Los dos eran automóviles enormes que consumían más gasolina que una central termoeléctrica, pero eso ni nos pasaba por la mente. Ninguno de los dos había tenido carro antes.

La conversación derivó, no sé cómo, hacia su mujer. Matancita me aseguró que era buena, trabajadora y tenía tremendo cuerpo.

-Deja que tú la veas –me dijo- Te va a dar un jaratá.

No le hice mucho caso. Matancita era dado a exagerar. Tampoco teníamos los mismos gustos. Ni en carros ni en mujeres.

-Es un cacho de hembra –sentenció.

-¿De qué trabaja? –le pregunté.

-En un bar.

-Ah...

-Yo sé lo que tú estás pensando –me dijo enseguida.

Iba a decirle que yo nunca pienso nada, no soy un pensador, pero no me dejó.

-No me hace mucha gracia –dijo- Además de servir las mesas, tiene que alternar con los clientes. Nada malo, tú sabes. Oírles las descargas, vestirse bonito, conversar con ellos, tumbarles tragos... Se busca buen dinero.

-¿No es peligroso? –pregunté.

-A veces –contestó- Algunos hombres no tienen control.

-Es verdad –repuse.

-Les falta fundamento –dijo él.

La conversación cayó en un bache y estuvimos así un rato, callados y cabeceando, hasta que Matancita se volvió hacia el fondo de la casa y gritó: ¡Mélani! Saca la fría del refrigerador, plis.

Pensé que iba a aparecer, al fin, la india estatuaria de que habíamos estado hablando, pero la que entró al rato fue una chiquilla somnolienta, cargando a duras penas una bandeja de Jáineke congeladas. La puso sobre una mesita, al alcance de los dos.

Mélani era altísima, flaca, de piernas muy largas, pero no debía tener más de doce años. Trece, ahora que lo pienso bien. No era, en todo caso, una edad para andar todavía en pantaloncitos y con los pechos al aire. Me quedé frío. Traté de no mirarla.

-¿Qué te parece la hija postiza que me busqué? –preguntó Matancita.

La niña dio un brinco y se sentó en sus piernas. Enseguida, se metió un pulgar en la boca y empezó a chupárselo como una recién nacida. Matancita me pasó una botella. Me guiñó un ojo y se echó un buche largo, mirando a la niña de soslayo.

Destapé la Jáineke con la mano y me espanté la botella enseguida. Él me pasó otra.

-Está hecha una mujer –dijo, dándole una palmadita en las corvas.

Mélani bajó los ojos y se metió el dedo casi hasta la garganta. Creí que se lo iba a tragar. Jugaba con un mechoncito de su pelo y se acariciaba la punta de la nariz. A veces le daba un desespero increíble. ¡El dedo le entraba y le salía de la boca como un pistón!

-Es muy guajira –dijo Matancita. Luego la increpó: Saluda al hombre, coño. Es amigo mío.

Mélani me miró de lado y sonrió desganadamente. Tenía los labios irritados de tanto chuparse el dedo, muy rojos. Bajó los ojos y siguió mamando. A pesar de que traté de no fijarme, noté que tenía unos pezones bastante pronunciados y oscuros. Parecían gomitas de lapicero. Coño, Manny, es una niña, pensé, apartando los ojos de los capullitos insolentes.

Era enorme también. No cabía en los brazos de su padrastro. Tenía el pelo muy lacio y negro, cortado bajito, casi como un macho. Matancita acabó su cerveza, tomó otra y me pasó una más a mí. Hizo ademán de hacerle cosquillas y la niña se retorció como una anguila en su regazo.

-A ver, dame un besito de novio –le pidió él, de pronto, cuando se sosegó.

-¡No! –chilló ella.

Discutieron un rato. El que sí y ella que no. Al fin, Mélani consintió y se dieron un beso cerrado y corto en los labios. Después, pasó algo. La niña perdió el equilibrio, Matancita la aferró por la cintura. Mélani estalló en carcajadas, se puso histérica. El trataba de controlarla, abrazándola, pero la niña no se dejaba. Las manos resbalaban, Matancita le besaba el cuello y las orejas, ella chillaba, daba pataditas...

-Matancita, brode, voy echando –dije. Fui a levantarme, pero no me dejó.

-Tómate otra cerveza –me dijo.

-Ya me tomé un montón.

-No importa, hay más.

-Tengo que manejar.

-Ah, deja eso, político. ¡Nadie quiere a nadie!

Acepté de mala gana. Abrí otra cerveza y me la eché. Matancita se dio un par de buches.

-Esta niña va a ser tremenda artista. Da clases de balé –declaró.

Mélani se le escapó y empezó a hacer piruetas en medio de la sala. Alzaba una pierna, ponía los brazos en un arco, daba brinquitos en las puntas de los pies, hacía reverencias. Las teticas le saltaban como masas de gelatina. Matancita aplaudía. “¡LLEVA! ¡ECHA!”, gritaba. En eso, se abrió la puerta.

-¡Mélani! ¿Qué hacés, indecente? ¿Qué espectáculo es éste? –tronó la mujer, llevándose las manos al talle.

La verdad es que la india no estaba del todo mal. Alta, con buenas curvas, tiposa. El pelo le daba casi por las nalgas; tremendas nalgas, por cierto. Los ojos le echaban chispas. Eran grandes, muy negros. Tenía los párpados pintados de un azul oscuro y las cejas bien delineadas, como si acabara de maquillarse.

-¿Cuántas veces he dicho que no te quiero ver así delante de las visitas? –gritó. Luego, se volvió hacia mí y me pidió excusas en voz baja: Disculpe, caballero. La niña está imposible. Ernesto la consiente demasiado. No sé qué voy a hacer.

Matancita alzó la vista y abrió otra cerveza, como si con él no fuera. Mélani nos miraba a todos, mamándose el dedo ahora con absoluto desespero.

-¡Andá, pues! ¡Vístete, sucia! –le ordenó la mujer.

La niña se empinó y se sacó el dedo de la boca. Estaba envalentonada, todos nos dimos cuenta. Por un momento, creí que le iba a ir encima a su madre. Me preparé para intervenir.

-What’s the matter, mom? Are you jealous or something? –le preguntó entonces con sarcasmo.

Aquí los hijos siempre desafían a sus padres en inglés, me he dado cuenta de eso.

-¡INGRATA! ¿QUÉ TE CREÉS? –rugió la señora- ¡A mí no me hablás así! Luego alzó la mano y le cruzó la cara de un bofetón. Mélani fue a parar a un rincón. Casi la incrusta en la pared. Cayó de culo, con las piernecitas separadas. Creí que no se iba a reponer, pero se puso de pie casi enseguida, hecha una fierecilla.

-I hate you! I hate you, you disgusting bitch! I hope you die! –chilló.

Dos lagrimones brotaron de sus ojos rabiosos, centelleantes, y después se perdió corriendo en el fondo de la casa. Yo me puse de pie.

-Señora, perdón, ahora sí me tengo que ir –murmuré.

A pesar del escándalo, Matancita se había quedado dormido en la butaca, con la Jáineke a medio terminar hundida entre las piernas. La gorra le tapaba la cara. Roncaba que daba gusto. Se despertó un momentico, levantó la gorra, nos miró con ojos extraviados, y murmuró: “Nadie quiere a nadie”, y enseguida volvió a dormirse. La mujer agitó la cabeza.

-Permítame acompañarlo, por favor –me dijo- No sabe la vergüenza que me da.

La seguí, cabizbajo, hasta el jardincito de la casa. No sabía qué decirle. Atardecía y hacía un calor del coño de su madre. Una mezcla de temperatura y humedad que calaba hasta los huesos y drenaba todos los líquidos, aun a la sombra. Fue entonces que me fijé en ella, quiero decir, en detalle, quizás porque se abrió un poco la blusa para refrescar y me picó la curiosidad.

Tenía unas tetas enormes. Como almohadones. Llevaba puestos una minifalda apretada a medio muslo y unos zapatos de tacones altísimos, que debían provocarle vértigos. Se le marcaban los blumes, no mucho, pero se le marcaban. Creo que le entró vergüenza, porque de pronto se cubrió el escote y sus ojos esquivaron mi mirada con un asomo de coquetería.

-Mi hija ahorita está en una edad muy difícil –dijo al fin.

-No se preocupe –repuse- No es más que una niña.

-Con todo –insistió ella- Es casi una señorita, pues. Ya la vio. No debe exhibirse así. No es correcto, pues. ¡Usted es un HOMBRE..!

Me inquietó la forma en que pronunció esa palabra, hombre, con tan misterioso énfasis. No sé, por alguna razón parecía justificarlo todo, incluso los impulsos más bestiales, los actos más atroces, los deseos más turbios.

-A esa edad no se dan cuenta –siguió diciendo, con una sonrisa medio pícara- Provocan sin saber... Incitan... Tisean mucho... Yo era así también...

-¿Ah, sí?

-No tanto, claro –se apuró a decir- Mis padres me dieron muy buen ejemplo. Eramos de buena posición. ¿No vio cómo se chupa el dedito? ¡Qué babosa!

-Ya se le pasará.

-Ojalá –murmuró- Porque hay tantos hombres malos. Los veo todos los días. Usted los conoce mejor que yo. No se pueden controlar. ¡Son como animales salvajes, pues!

-Es verdad.

-¿Usted tiene hijos? –me preguntó.

-Yo no –contesté.

Ella guardó silencio un momento. Después, me dijo: Su amigo habla mucho de vos, le quiere mucho...

Tuve que echarme a reír.

-Nadie quiere a nadie –le dije al fin.

-Eso no es verdad, no sé de dónde lo sacó. Ernesto lo repite siempre. ¿Por qué?

Me encogí de hombros.

-Es un dicharacho de presidio –respondí.

-Qué horror –dijo ella- ¿Usted estuvo en la cárcel también?

-Allá cualquiera cae preso –le dije.

-Eso he oído –dijo ella. Luego se alisó la falda y se cerró el escote con cierto aire de finalidad.

-Bueno, pues... –dijo, tendiéndome una mano.

Yo fui a hacer lo mismo, pero algo raro me pasó. Ha de haber sido el efecto de la bebida o la forma en que aquella mujer pronunciaba la palabra hombre a cada rato. El hecho es que perdí los estribos. La tomé por el brazo y la atraje bruscamente hacia mí. Olía a algo, a talco, a colonia barata, que movía al desenfreno. Se resistió primero débilmente, hay que decirlo, pero después se rindió al beso poco a poco, dejándose apretar, babosear, morder. Le levanté la falda, ella me masajeó los cojones. Nos restregamos así un rato, pero cuando más entusiasmado estaba, se separó de mí.

-¡No, por favor! ¡Ya basta! ¡No más! –gimió de pronto, apartándome de un empujón. Iba a disculparme, pero no me dio tiempo.

-Lo siento, no puede ser... –murmuró, pasándose el dorso de la mano por los labios- Su amigo es mi novio, por Dios... ¿Qué va a pensar usted de mí?

-Es mi culpa, perdí la cabeza –dije.

-No –me dijo ella, bajando los ojos- La culpa es mía.

-¿Por qué? –pregunté- Fui yo quien le faltó el respeto, señora.

Ella no estaba tan convencida.

-Algo hice seguramente... Mirá cómo estoy vestida, mirá... Parezco una mujerzuela, una cualquiera, pues –dijo haciendo un gesto que a mí se me antojó un poco exhibicionista.

-Señora, eso no es razón... –empecé, pero no pude terminar.

-¡Usted es HOMBRE! –exclamó.

Otra vez la palabrita, pensé. ¿Para qué tenía que repetirla constantemente? ¿Quería volverme loco? ¿Mortificarme la portañuela? Estaba hasta los cojones de tanto bulchiteo, de tanta filosofía barata, de tanto eufemismo y prosopopeya. “¡Usted es HOMBRE, usted es HOMBRE!”. Ya no aguantaba una más.

-Mire, señora –le dije entonces a rajatabla- Usted lo que tiene que hacer es dejarse de putería.

La india se quedó estupefacta.

-¡¿Cómo?!

Empezó a respirar como una asmática, los labios le temblaban, creí que iba a vomitar.

-Y su hijita también –seguí, de todas maneras- Todo lo que sabe lo aprendió de usted, y si sigue así, le van a partir el culo antes de tiempo, ¿me oyó?

-¡Miserable! ¡Canalla! –rugió ella, salpicándome de saliva. Miraba para la casa, miraba para mí. Los ojos le echaban candela. Alzó después los puños en el aire, como si fuera a pegarme. Yo me preparé a esquivarla; no sé boxear, pero me defiendo.

-¡Ernesto! ¡Ernesto! –gritó ella entonces. Se abalanzó sobre mí, pero no llegó a alcanzarme. Algo pasó. Los ojos se le pusieron de pronto en blanco y cayó redonda en el suelo, presa de unos raros espasmos. Coño, me dije.

La india echaba espuma por la boca, se arqueaba y daba tumbos sobre la yerba. Creí que se iba a descoyuntar, o peor, a morirse. Algo definitivo y alarmante, en todo caso. Hubiera querido agacharme, ayudarla; sujetarle la lengua para que no se la tragara, pero no me atreví. Le tengo tremendo respeto a los epilépticos, no sé por qué.

Miré hacia todas partes, pero no había un alma por todo aquello. Sólo el resplandor lejano de los televisores en algunas ventanas. Risas apagadas. Un motor que se encendía y ruedas que arañaban el pavimento a mucha distancia. Así es La Sagüesera de noche: un desierto de linóleo gastado, un aposento apestoso y vacío.

La india seguía retorciéndose en el suelo, como un pollo desnucado. Me empezó a dar lástima, pero el daño ya estaba hecho. ¿Para qué echarme aquel muerto encima? Le di la espalda y eché andar. Prendí un Marlboro, sabiendo que no me iba a dar tiempo de terminarlo. Tenía el carro parqueado a sólo media cuadra de allí. Un Cadillac 74 espacioso, veloz, elegante.

Alguien debería llamar al resquiu, pensé.

Copyright © 2010 by Manuel Ballagas. Prohibida su reproducción por cualquier medio sin autorización del autor.

Puede adquirir el libro o echarle un vistazo haciendo clic AQUÍ

No comments:

Post a Comment