Monday, March 19, 2012

Nunca es tarde si la dicha es buena


A estas alturas, para nadie debe ser un secreto que Cuba es un país de zombis. Cualquier foto tomada al azar en La Habana revelará esa multitud de seres erráticos, babeantes, envueltos en harapos, que deambulan por las calles de la capital cubana sin más propósito que sobrevivir, o “resolver”, como dicen por allá.

Resulta, pues, una lógica consecuencia que el cine se decida, al cabo del tiempo, a reflejar esta cruda realidad. Juan de los muertos, de Alejandro Brugués, un realizador nacido en Argentina y de padres cubanos, ha tomado de fuentes foráneas para dar apariencia a sus muñecos, estoy seguro, pero los zombis cubanos son de absoluta producción nacional.

Bajaron de la Sierra Maestra hace 53 años, y como ninguno de esos monstruos tiene capacidad para producir algo, desde entonces se han dedicado al pillaje, y sobre todo, a alimentarse de sus propios compatriotas, provocando de paso la mayor epidemia de zombificación que el mundo haya conocido hasta ahora.

Era una historia de ribetes tan pero tan truculentos, que los pocos afortunados que conseguían huir de Cuba eran tildados de locos o exagerados cada vez que relataban el cotidiano sacrificio de infelices, y la sanguinaria y demencial naturaleza de aquellas bestias que se presentaban al mundo como simpáticos redentores.

Incluso uno de los más sanguinarios zombis de Cuba, enviado al extranjero en cierto momento para propagar su maligna especie allende los mares, ha sido prácticamente elevado a los altares por la multitud de admiradores que consiguió atraerse, después de que alguien, sin duda un previsor, le clavara una estaca en plena selva.

Cosas de la vida. Lo que verdaderamente sorprende es que sólo recientemente alguien se haya dado de bruces con la realidad de los zombis cubanos. Y que al menos en Juan de los muertos se haya decidido a combatirlos como se merecen, es decir, a machete y a tiro limpio. No es mala película, pero les advierto que se queda corta.

Lástima que después de batallar y embarrarse tanto, los protagonistas del filme de Brugués no puedan quedarse en su lindo país a disfrutar su victoria y conquistar la paz, y que tengan que sumarse al sempiterno éxodo de seres humanos para prosperar en tierra extraña.

Porque aun cuando el héroe de Juan de los muertos asume en la última secuencia la épica tarea de permanecer y enfrentar, él solito, a la legión de voraces monstruos que colman el Malecón habanero, todos sabemos el inevitable final que le espera.


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