Tuesday, March 6, 2012

¿Quién voló El Puente? I


Doy inicio a la publicación de mis recuerdos de la época en que me sumé al grupo literario nucleado en torno a las Ediciones El Puente, y revelo eventos sobre los que hasta ahora había guardado silencio. Dado la extensión de este texto, elijo publicarlo por partes.

Confesiones de un joven viejo

En aquel país todos o casi todos idolatraban al Comandante. Acudían a sus actos públicos y le aplaudían con fervor. Repetían sus consignas como papagayos y colgaban su retrato por todas partes. Pero yo, en secreto, cuando nadie estaba mirando, le aborrecía profundamente y no cesaba de planear su muerte a diario.

Soñaba a menudo que penetraba en su casa y lo abatía a puros balazos. O que, haciéndome pasar por su mayordomo, echaba una cucharada de tósigo potente en su cotidiano café con leche. Una vez incluso, cuando me enteré de que iba a visitar mi escuela secundaria, me armé de una afiladísima cuchilla para centrársela en medio del pecho no bien le tuviera cerca. Le odiababa tanto... Pero él pasó por allí con su séquito solo fugazmente, y demasiado lejos para cumplir mis propósitos. Fatalidad.

Hice, entre tanto, cuanto pude por largarme de aquella isla infernal. Tramité solicitudes, me apunté en listas interminables. Soñé. Incluso, una noche me eché al mar con un grupito, en una frágil balsa, pero nos hundimos pronto en las negras aguas del Caribe. Sólo yo sobreviví. Mi fe y astucia me salvaron, aferrado a unas tablas, pero tuve que resignarme a vivir de momento en aquella cloaca.

Aplacé, pues, mis planes de magnicidio y oculté toda mi aversión al comunismo bajo una máscara de amable y juvenil aquiescencia. Me sumí en los estudios como un niño aplicado. Acudía a los trabajos “voluntarios”; practicaba el silencio. De noche, a escondidas, escuchaba a los Beatles en la radio extranjera. Supuse, sin embargo, que algún daño, grande o pequeño, podría hacer mientras aguardaba el momento apropiado para dar mi zarpazo final.

A la chita callando, hacía pequeños sabotajes cotidianos, como romper puertas en mi escuela o cualquier otro edificio público, arrojar cerillos encendidos en los basureros para propiciar incendios que parecieran accidentes, o echar tierra y piedras en los tanques de gasolina de los autos oficiales o de aquellos ómnibus espantosos que en ese entonces llegaban de “los países amigos”.

Esto me divertía mucho. Me creía en medio de una de esas películas de la Segunda Guerra Mundial y la resistencia contra los nazis. Como eran los actos aleatorios de un niño majadero, los órganos represivos jamás pudieron detectarme. Seguramente se los achacaron a un inocente y le condenaron a muerte. Con todo y estos frecuentes desahogos, yo no lograba aplacar el rencor que anidaba en mi alma hacia aquel sistema inhumano y su respulsivo líder.

Fue en esa época precisamente en que conocí a la gente de El Puente. Los pobres, no sabían el ciclón que les esperaba. Yo era –como diría un mal traductor de inglés- malas noticias.

Una de esas tardes, en 1964, creo que leyendo el periódico Revolución, un pequeño titular me llamó enseguida la atención: “Corazones ardientes en el Gato Tuerto”. Era parte de la columna farandulera que en esa época escribía un personaje llamado Orlando Quiroga, amigo de todas las vedetes sabrosonas y aparente zar de la vida noctura habanera. No sé qué se habrá hecho de él. Supongo que murió. Pero era muy popular.

La notita anunciaba un recital de poesía y filin auspiciado por las Ediciones El Puente la noche siguiente en ese club nocturno, y citaba varias veces a José Mario, el aparente cacique de aquel grupo literario y jefe de su correspondiente editorial, algunos de cuyos libros había leído ya. César Portillo, Ela O’Farrill, José Antonio Méndez, Elena Burke y otros iban a cantar allí.

 

José Mario, Gerardo Fulleda, Ana María Simo y Ana Justina
    Yo no conocía personalmente a José Mario -a José Mario Rodríguez Pérez, como se llamaba en verdad- pero me había leído su Torcida raíz de tanto daño, junto con los libros de relatos de Guillermo Cuevas Carrión y Ana María Simo; también libros de poesías de Gerardo Fulleda León y Ana Justina. Una vez había hablado por teléfono con José Mario, a raíz de la publicación de un cuento mío en la revista Casa de Las Américas. Habíamos quedado en vernos, pero nunca lo hicimos.

La verdad es que lo que publicaba El Puente no me entusiasmaba mucho. Se me antojaba demasiado oscuro y subjetivo, alejado de las realidades horribles que ya vivíamos y que yo aspiraba a ver plasmadas en la literatura.

Lo de Cuevas Carrión, un libro de cuentos que se llamaba Ni un sí ni un no, sí me pareció de valor. También el libro de una poetisa menos joven, Georgina Herrera, cuyos versos eran de un misterio extraordinario y sencillo. Lo demás, pensaba, era absolutamente prescindible. Eso sí, me intrigaba y atraía la existencia de un grupo como aquel, a contrapelo de la mediocridad general que imperaba en los medios culturales castristas. Al menos, parecían buenas gentes.

Georgina Herrera
Así que acudí a la cita de los “corazones ardientes” con una mezcla de aprehensión y curiosidad. Pensé que iba a tropezar primero con el muro de la consabida capillita; pero con lo que me topé fue con una pequeña multitud que no permitía entrar al emblemático club nocturno fundado por Nicolás Guillén y Felito Ayón.

Había gente, demasiada gente, a la puerta del lugar, tratando de entrar al recital de El Puente. Yo me había disfrazado de adulto, con saco y corbata, pues solo tenía poco más de 16 años. Estaba parado a la puerta del Gato Tuerto, en medio del gentío, viendo lo difícil que me iba a resultar entrar. Ya no cabía un cristiano más allí y había un empleado a la entrada anunciando que solo podían entrar quienes tuvieran invitación.

Se me ocurrió decir entonces, en un vago acento latinoamericano, que había sido invitado por José Mario personalmente y no me iría de allí antes de verlo, pues debía entrevistarle para una revista mexicana. El empleado dudó un poco y se viró después a un señor melenudo, achinado y de nariz aguileña, que acababa de asomarse a la puerta del club, con un jaibol en una mano.

-José –le dijo- Acá el señor...

José Mario no le dejó terminar.

-¿Cuántas veces te voy a decir que no cabe nadie más? –le espetó, como si fuera a irse otra vez.

-Es un periodista mexicano... –murmuró el empleado disculpándose.

José me miró entonces con soberano desdén. De arriba abajo. Salió completamente y se echó hacia atrás el negro mechón de pelo que le caía sobre la frente, y me dijo después, sin mucha convicción:

-¿Mexicano?

-Manolo Ballagas –repuse, muy secamente.

-¡Ballagas! –exclamó él- ¡El hijo de Ballagas! ¿Y mexicano?

-Sí –contesté. El se echó a reír.

-Yo quería invitarte, amigo, pero perdí tu teléfono –dijo José entonces. Y con un gesto me invitó a pasar enseguida al Gato Tuerto, adonde nadie más podía entrar aquella noche. Tuve suerte.

Adentro, pedí un Carta Blanca con ginger ale y contemplé el espectáculo de pie, porque no había un solo asiento disponible. José Mario andaba de un lado a otro del pequeño escenario de aquel sitio, declamando un poema suyo, moviéndose y gesticulando como si le hubieran metido un cohete en el culo o fuera presa del mal de san Vito:

-Has muerto dentro de mí y esta aridez del crimen me hace ávido y terrible...

Quedamos en vernos la semana siguiente en el local de la Unión de Escritores. Me presenté allí un día de esos por la tarde, con un cartapacio que contenía mi primer libro de cuentos, al que había titulado Con temor, no sé por qué. Este libro incluía el relato que había publicado en la revista Casa y otros que había ido acumulando.

Había entre aquellos cuentos adolescentes uno muy fuerte, titulado El recluta, que describía la angustiosa inadaptación de un soldadito a la marcha forzada de un batallón, narrada sarcásticamente por su propio jefe. Me lo había inspirado la reciente instauración del servicio militar obligatorio, una de las tantas cargas que sobre la juventud de aquel tiempo había echado el régimen comunista.

José Mario era una persona culta y a ratos también amable. Cuando no estaba ebrio y no actuaba movido por alguna insidia, podía ser muy agudo y certero en sus juicios literarios. Era igualmente generoso con su tiempo y el dinero que tuviera.

Se leyó mi libro de un tirón esa misma tarde, mientras compartíamos unas cervezas en la cafetería de la Unión, y me dijo después que Con temor era claramente un exabrupto adolescente del que me arrepentiría alguna vez, pero a pesar de todo, a juicio suyo, era merecedor de publicarse.

Nunca había soñado que una editorial de aquel gobierno infame fuera a divulgar aquellos textos concebidos desde la más profunda rebeldía, y por lo mismo, me llené de contento.

El grupo El Puente, sin embargo, se me antojaba demasiado contradictorio. Me costaba trabajo creer que unos jóvenes tan ilustrados, tan críticos de todo, fueran capaces de colocarse de parte de un régimen tan sanguinario y cruel. Su único punto de contención con la dictadura castrista parecía ser su política represiva hacia los homosexuales. Eso era lo único que les oía criticar abiertamente.

Los “puenteros” tenían, aparentemente, una comisaria política que los visitaba de cuando en cuando, para aleccionarles y opinar sobre sus escritos. Era una lesbiana atorrante, de voz bronca y modales torpes, llamada Josefina, Cristina o algo así. Vestía siempre de miliciana y hacía gran ostentación de su deficiente higiene, destilando siempre una peste horrible a sexo mal lavado.

Entre los libracos que esta comisaria siempre llevaba a cuestas estaban un manual soviético de marxismo, de un tal Nikitín, así como folletos de unas señoras llamadas Isabel Monal y Edith García Buchaca, a quienes mencionaba como si fueran la última palabra en materia de estética e ideología.

Hablaba aquella buena señora como si estuviera en posesión de la verdad más absoluta: superestructura, infraestructura, lastre ideológico, filisteísmo, contradicciones antagónicas, conceptos clasistas... Eran fórmulas que manejaba a toda hora. Los de El Puente la escuchaban inexplicablemente embelesados. A mí me daba ganas de vomitar.

En general, los integrantes de El Puente eran autores de indudable talento. Ana Justina era uno de ellos. Me simpatizó mucho por su poesía intimista, muy bien cincelada, y porque no tenía ese afán de ponzoña y chisme que los demás “puenteros” parecían tener.

Gerardo Fulleda era el más convencional de todos. Un negro alto, casi siempre vestido de saco, pretendía ser una especie de T. S. Eliot tropical, moviendo en sus textos sutilezas y asomos de sus experiencias vitales. También escribía obras de teatro que nunca enseñaba a nadie.

De Ana María Simo entendía poco. Hablamos algunas veces, pero solo de temas superficiales. Me gustaba su libro Las fábulas, pero siempre me pregunté qué tipo de literatura aspiraba a escribir: si simples divertimentos a lo Julio Cortázar o algo más hondo y original. Hizo guardia vestida completamente de miliciana, en la Unión de Escritores, hasta el mismo día en que abandonó el país rumbo a Francia, años después.

Y hablando de Francia, nunca llegué a tratar a Guillermo Cuevas, porque para cuando me reuní con José Mario aquella tarde en la UNEAC, en 1964, ya éste se había marchado a París, gracias a una gestión que hizo a favor suyo una amante uruguaya que tenía Fidel Castro por esa época.

Me contaron que una vez, encueros pero con las botas puestas, el Comandante se disponía a clavársela a la urguaya, cuando entre unas cortinas salió Cuevas con las manos encajadas en la cintura, y una pluma de pavorreal en la cabeza, y le preguntó:

-Fidel, ¿usted cree que alguien como yo puede seguir viviendo en Cuba?

El dictador le miró de arriba abajo, con evidente desprecio y asco, y le dijo que no, y al día siguiente dio órdenes de facilitar a Guillermo lo que necesitara para irse. Fue, creo, el más afortunado de todos. Quizás ni él mismo lo sabía.

Otro que se movía en aquel grupo era el amante de José Mario, un petimetre llamado Heberto Norman. No sé de dónde salió. Dudo si llamarle escritor. Un día me contó que vivía cerca de la calle Ayestarán y que su padre le pegaba. Parece que andando en compañía de tantos poetas, se sintió obligado a escribir sus propios versos, para no desentonar. Un día se apeó con un poema que empezaba así:

"No sé si la noche eres tú o un gran culo que nos aniquila..."

La reacción fue tal, que jamás se le ocurrió compartir sus obras líricas. José Mario, en particular, solía repetir esos versos cada vez que quería verle furioso, y fácilmente lo lograba. Hace poco alguien me dijo que Norman trabaja ahora para el Departamento de Historia del Comité Central del Partido Comunista, por cuya cuenta ha escrito al menos un par de libritos. Lindo final.

Pero el más ridículo de todos los miembros de El Puente era uno de cuyo nombre no me acuerdo ahora, por alguna razón. Será que me estoy volviendo viejo o que no es una información tan importante. Pálido, alto y flaco como un ave zancuda, andaba siempre con una maletita a cuestas, citando a St. John Perse mientras se impulsaba, para avanzar, con la mano que cargaba el maletín.

El andar de La Grulla parecía un ejercicio cómico de ballet que José Mario imitaba a menudo, dando zancadas y saltos por las aceras, para diversión nuestra. “¡Miren, miren a La Grulla!”, gritaba, brincando.

Entonces, una noche de esas, José Mario me dijo que lo acompañara a una reunión importante. Le pregunté de qué era, porque hubiera preferido irme al cine. Acababan de estrenar Rocco y sus hermanos, creo. Pero él insistió en que debía asistir. “Ya verás”, me dijo.

El pequeño encuentro tuvo lugar en unos bancos de mármol, casi a los pies de una estatua de Tomás Estrada Palma que todavía había en ese extremo de la Calle G, entre el Hotel Presidente, de un lado, y el edificio del Ministerio de Relaciones Exteriores, del otro. Poco a poco, empezaron a llegar todos.

Estaba Ana María. Y Gerardo. Ana Justina llegó y se puso a leer, apartada. Poco después llegó La Grulla, con su maletita a cuestas. Se sentó, y de cuando en cuando echaba una mirada a su reloj pulsera, obviamente inquieto.
Nancy Morejón

Creo que más tarde apareció Lilliam, una poeta de breves y finos versos, muy hermosa, con un rostro resplandeciente que recordaba, de lejos, a un joven Rimbaud. Conocí allí, por cierto, a Lina de Feria, otra poeta, en ese entonces muy dulce y tímida, acabada de llegar de Santiago de Cuba con el libro Las quejas metido en un sobaco. Vino con Nancy Morejón, la más afrancesada de aquel grupo, y al parecer, buena amiga suya. No recuerdo quién más estaba allí.

La atmósfera era tensa, aunque yo no podía saber por qué. Parecía que todos echaban chispas. Pronto supe que estábamos aguardando la llegada de la comisaria para que empezara la bronca. Por lo visto, nadie se hubiera atrevido a comenzar la reunión sin contar con ella. Lo que yo no podía imaginarme es que de aquel encuentro, en pleno septiembre, iban a surgir decisiones que marcarían mi carrera literaria -y la de algunos otros- casi para siempre.

Y de qué manera...

(CONTINÚA)

Y este libro les dirá qué hacían los escritores cubanos durante el Quinquenio Gris:

1 comment:

  1. Al leerlo me resulta divertido (la comisaria pestilente) pero me da tristeza imaginar lo que sufrirían los que estaban allí, cuánto horror y es tan fácil para un escritor, para cualquier artista,dejarse aplastar por el horror...
    Gracias por compartirlo..

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