Friday, March 9, 2012

¿Quién voló El Puente? II


Sigo adelante con la publicación de mis recuerdos de la época en que me sumé al grupo literario nucleado en torno a las Ediciones El Puente, y revelo eventos sobre los que hasta ahora había guardado silencio. Dado la extensión de este texto, elijo publicarlo por partes.


Confesiones de un joven viejo

La reunión que escindió y cambió de golpe al grupo El Puente no quedó registrada en ningún libro, que yo sepa, pero fue bastante efervescente. Habrá otras versiones por ahí. La mía es la única que me interesa contar. Que otros cuenten las suyas, si es que las tienen o las recuerdan.

Para cuando la comisaria llegó con su peste insoportable, y empezó la discusión, me di cuenta fácilmente de que allí había dos bandos en pugna: el del control y el de la libertad. Ninguno de los “puenteros” parecía darse cuenta, pero era así. ¡Que se iban a dar cuenta! Ninguno se atrevía a pensar en términos de libertad en esa época. Era una palabra “contrarrevolucionaria”, ni se mencionaba.

La comisaria, que trajo consigo un cartapacio que contenía manuscritos de libros en preparación supuestamente plagados de “irresponsabilidades”, “falacias” y “errores”, estaba claramente aliada a Ana María Simo, que al verla llegar, corrió a sentarse a su lado.

Ambas empezaron enseguida a reprochar a José Mario el que usara las Ediciones El Puente como “forma de promoción personal”. Me percaté de que para ese momento La Grulla se había puesto de pie y daba vueltas, calladito, al parecer indeciso sobre qué puesto ocupar o qué bando respaldar. Miraba y miraba su reloj.

Hasta entonces, yo había percibido a José Mario como alguien a quien el mundo y sus ocurrencias le importaban un puro carajo, y nunca hubiera imaginado que ante ataques semejantes fuera capaz de hacer tal acopio de energía, fuerzas y elocuencia para aplastar intelectualmente –y casi hasta físicamente- a sus adversarios.

Reconoció sin ambivalencia que las ediciones le servían de medio de promoción personal. “¿Por qué no? ¿POR QUÉ NO?”, preguntó y se preguntó. Y no tuvo empacho tampoco en decir que lo hacía porque eran su obra, obra que levantó con su propio dinero y esfuerzos cuando ni la comisaria ni Ana María asomaban por el horizonte.

-Esa etapa está quemada, ¿no te das cuenta? –repuso la comisaria, muy seria, sin atreverse a ir más lejos- La nueva etapa exige más responsabilidad, puntería política, ateniéndonos al momento histórico desde el que nos expresamos ahora con nuevas voces.

-¡MIERDA! –rugió José Mario, casi pegando su cara a la de ella- ¿Que me vas a venir a hablar tú de historia y de responsabilidad? ¿Dónde tú estabas cuando yo tenía que suplicarle a Arquimbau que me fiara el dinero de la impresión? ¿Dónde estabas tú cuando había que salir a fletear como una puta las librerías donde colocar los libros? ¿Desde cuándo empezaste a vestirte de miliciana, eh? ¿Quién te da autoridad a ti ni potestad para exigirnos nada a nosotros? ¿Nikitín? No seas atrevida. Somos escritores, creadores, y tú eres.... ¿Sabes lo que eres? NADIE, ¿ME OISTE? ¡NADA!

En medio del silencio sepulcral que se produjo entonces, al final de esa sucesión de frases lapidarias, La Grulla pidió, en voz muy queda, permiso para irse, alegando que al día siguiente tenía que levantarse temprano para una clase en la universidad. Todos le miramos como si fuera un extraterrestre, y él, convencido de que nadie le iba a contestar, se fue de prisa, dando zancadas, hacia una cercana parada de ómnibus, impulsándose siempre con su consabida maletita.

-Me alegra que estén de acuerdo –dijo José Mario sarcásticamente- Porque nosotros pensamos seguir haciendo nuestros libros sin asesoramiento de ustedes y sin permiso de nadie, porque no lo queremos. Y el que quiera hacer otro puente, que lo haga. Yo no me entrometo. Pero éste es el mío, lo he sudado mucho y fleteado mucho, para que alguien me venga a dar lecciones de responsabilidad y política.

Comprendí casi enseguida que José Mario se había anotado una aplastante victoria sobre quienes hubieran querido convertir a El Puente en una de tantas editoriales sumisas y mediocres que abundaban por ese entonces en Cuba, donde el gobierno controlaba ya todas las imprentas. Fue el triunfo de la libertad sobre el control ideológico que se pretendía imponer.

Nadie –ni sus dos contrarias, cómodamente apertrechadas de la superstición marxista y sus manuales rusos- se atrevió a contradecir a aquel embravecido poeta. Algo muy determinante había sucedido en las Ediciones El Puente esa noche de septiembre de 1964. Y en ese momento también, aunque no podía saber claramente por qué, me percaté de que yo personalmente iba a jugar un papel de importancia en el destino de aquel grupo literario y sus publicaciones. ¿Cuál sería éste? Pronto lo supe.

-Quiero que te ocupes, Manolo, de seleccionar toda la narración que se publique en El Puente a partir de ahora –me dijo José Mario unos días después.

No pude creer lo que escuchaba. No había cumplido 17 años y alguien me otorgaba semejante responsabilidad. También se me antojó que ésta podía ser la oportunidad de dar el fuerte golpetazo político que quería a la tiranía... y usando sus propios recursos nada menos. Pero si me sentí feliz, no quise exteriorizarlo mucho. Sabía de sobra que solo malograría cualquier propósito mío.

Unos días antes, la Gaceta de Cuba había publicado la nueva composición del comité de redacción de Ediciones El Puente, y en él me encontraba yo, junto con Fulleda, el teatrista José Milián, Lina de Feria y otros más.

Faltaban de la lista la comisaria apestosa y Ana María. La Grulla no estaba tampoco, y José Mario, en medio de burlas y visajes, me había explicado por qué.

Justo cuando estaban a punto de publicarse los nombres del nuevo comité de redacción, La Grulla se presentó una tarde en la redacción de la Gaceta, muy nervioso y agitado, exigiendo que se publicara una nota que especificara que, por razones personales, él había renunciado a todo cargo en las Ediciones El Puente.

Pese a que le explicaron que su nombre no estaba incluido en el nuevo comité, insistió, casi hasta el llanto, que quería dejar en claro que rompía todo vínculo con el grupo. Y así se hizo, al fin, para evitarle un ataque de nervios peor. Aun así, Nicolás Guillén casi tuvo que llamar a una ambulancia para recogerlo. Quería que le dieran absoluta seguridad de que su renuncia se iba a divulgar.

No bien José me asignó aquella responsabilidad –que en verdad me asustaba un poco entonces- quise demostrarle que era merecedor de su confianza, trayendo a las Ediciones el mejor de los libros posibles. Me acordé entonces de que tenía un conocido que ya era un escritor de elevada talla, aunque casi no se daba cuenta.

Corrí, pues, a la planta baja de la Biblioteca Nacional, donde trabajaba este conocido mío. Se llamaba Reynaldo Arenas y era un simple empleado de la sección circulante, donde en sus ratos de ocio se daba a escribir y escribir.

Le expliqué a Reynaldo que tenía ya la posibilidad de publicar una novela que había terminado y le pedí el manuscrito, que me dio allí inmediatamente. Era nada menos que el libro que años después ganaría mención honorífica en un concurso literario nacional y se publicaría bajo el título de Celestino antes del alba. Empezaba así: “Si tú supieras”...

A José Mario no le hizo falta leer más que las primeras seis páginas para darse cuenta de que aquello era un verdadero hallazgo literario. Aun así, me dijo:

-Es excelente, Manolito. Pongámoslo en la lista, pero antes de publicarlo hay que sacar primero tu libro, que va a ser el inicio de esta nueva etapa de las Ediciones. Vamos a dar un gran escándalo.

-¿Mi libro primero, entonces? –le pregunté.

-Sí –respondió José- Pásalo bien en limpio. No te olvides de numerar las páginas con cuidado. Y por favor –agregó- Saca ese cuento problemático del libro. No lo necesitamos.

No tenía que decirme cuál era.

-¿El del recluta?

-Ese mismo –contestó él- ¿Para qué condenar un libro de antemano por solo uno de sus cuentos? ¿Para qué condenar también a las ediciones? ¿Y el libro de Reynaldo, que es tan bueno? Bastante escándalo vamos a dar, Manolito.

Me encogí de hombros, dándole a entender que estaba perfectamente de acuerdo. Pero la semana siguiente, cuando entregué el manuscrito de Con temor en una imprenta de la zona vieja de La Habana, el cuento del recluta seguía en él. Es más, lo había mejorado, haciéndolo más punzante y conflictivo. Por mis cojones no lo iba a quitar, pasara lo que pasara.

Desde luego, yo no era más que un jovencito inmaduro que actuaba movido por impulsos sin sosiego, y aunque me parecía que estaba haciendo una travesura al desobedecer a José Mario, lo cierto es que todo aquello solo podía tener las peores consecuencias. Pero no me importaba, con tal de satisfacer las ansias de revancha que sentía yo hacia aquel ámbito oprobioso en que me desenvolvía.


Allen Ginsberg
Una noche, cuando me disponía a tomar un ómnibus bastante tarde, después de ver una obra de teatro en una salita del vecindario del Vedado, una sombra salió de entre unos árboles y se acercó a mí con aire amenazante. Enseguida me di cuenta de que vestía uniforme. Policía o algo así.

-Identifíquese, ciudadano –me ordenó

No era la primera vez que me ocurría esto. Cualquiera que haya sido joven en aquel tiempo puede relatar experiencias parecidas. En todo lugar, en cualquier parte, estaban acechando para pedirte papeles. No se sabía por qué. Eran como hienas. Si no tenías documentos, estabas preso. Y si los tenías también, dependiendo de cómo te vieran.

Si el caso es que andabas en bluyín y con el pelo medio largo, y para colmo con sandalias y un librito debajo del brazo, como yo en aquella época, la cosa pintaba bastante mal. Podías ir a parar a los tribunales, y de ahí a un cayo apartado, a purgar tus extravagancias, por "elvispresliano".

No chisté, pero sentí que estaba perdiendo la paciencia, que mi sangre hervía. Aquel guajiro vestido de verde que tenía ante mí me contemplaba con visible desprecio, pero yo no estaba dispuesto a soportar un maltrato más. Había llegado al límite, creo. Así que me agaché e hice como que iba a sacar mi billetera de una media, un lugar muy común en aquel entonces para llevar incluso una caja de cigarrillos.

Pero cuando me levanté no tenía en mi mano un carné precisamente, sino un grueso seboruco que había recogido de pronto al agacharme. Aquel pobre diablo no tuvo tiempo de revirarse, porque de golpe le aplasté la cara con aquella piedra. Se la centré bien centrada. Ni cuenta se dio el muy hijeputa, creo, porque el cuerpo le dio un giro brusco y se desplomó a mis pies, expulsando sangre por la frente y la nariz.

No me contenté con eso y le clavé la piedra otra vez en la cabeza, por detrás. Bien duro, coño. Una vez. Y otra vez. Y otra. No sé de dónde saqué tanta fuerza. Ha de haber sido de la gran rabia que me daban aquellas injusticias, lo mucho que odiaba a los esbirros de aquel régimen. Por fortuna, a esas horas no había un alma en aquella parada de las calles G y Tercera. Nadie me vio.

Cuando hube saciado al fin mis impulsos, me cercioré de que nadie me veía y arrastré el cuerpo inerte y ensangrentado bajo unos matorrales que había en un jardincito cercano. Me parece que oí respirar a aquel infeliz, por lo que deduje que aún vivía, y esto, aunque parezca extraño, me alegró. Lo acomodé bien a la sombra y me aparté de él, justo cuando por la esquina asomaba el ómnibus que esperaba, el último de esa noche, la conocida “confronta”, que me llevaría a mi casa en la Víbora. Así, escapé, asustado incluso de mí mismo.

No había pasado un mes de haber entregado el manuscrito de Con temor en la imprenta cuando me enteré de que algo no marchaba bien con mi libro. Lo supe por boca de un teatrista amigo con quien me tropecé una tarde en la UNEAC.

José R. Brene, autor de la obra Santa Camila de La Habana Vieja, me llamó aparte con mucho misterio y me hizo caminar con él hasta un rincón del patio de la Unión. Brene era bastante más viejo que cualquiera de nosotros, pero un tipo chévere y solidario. Una vez a salvo de los indiscretos, miró para todos lados, prendió un cigarrito y me dijo :

“Flaco, hay tremenda intriga con un libro de ustedes. No me preguntes cuál ni por qué, porque no lo sé ni quiero saberlo, ¿me oíste? Pero el tipógrafo que lo estaba parando, que es secretario del partido en la imprenta, puso el grito en el cielo. Dice que es un libro contrarrevolucionario, inmoral, y él no va a parar hasta que se investigue bien quién lo escribió y quién lo autorizó”.

Yo tragué en seco, aunque aquel desastre era algo que debí haber previsto. De todas formas, me hice el muy enterado, como si no me hubiera estado diciendo algo nuevo, y le prometí a Brene comunicárselo a José Mario tan pronto lo viera. Ni loco lo iba a hacer, claro; pero le dije eso para que Brene no fuera a hacerle el cuento a él, y se descubriera así el forro que yo había metido con el libro.

Fayad Jamís
-El libro ahora está en manos de Fayita; él se lo pidió a la imprenta enseguida, tú sabes cómo es él –siguió diciendo Brene.

-¿Fayita? –pregunté.

-Fayad Jamís –aclaró él, refiriéndose al poeta y pintor conocido familiarmente por “El Moro”. Era un alto cargo de la UNEAC, organización matriz de El Puente, y encima de eso un connotado extremista, que había pedido paredón para su propio hermano, porque éste había conspirado contra el gobierno y estaba preso. Así que arreglados estamos, pensé.

Opté, pues, por guardar silencio absoluto sobre el tema, seguro de que si le comunicaban algo del asunto a José Mario, no tendría ni idea de cuál problema político podía tener el libro. El creía, con toda razón, que yo había suprimido el “cuento conflictivo”.

Yo estaba seguro, desde luego, de que la crisis iba a estallar pronto, y de qué manera. Todos íbamos a salir, como se decía entonces, envueltos en llamas. Estaba tramándole una salida elegante al asunto, pero en medio de todo eso aterrizó en La Habana, procedente de México, el poeta norteamericano Allen Ginsberg, invitado como jurado al Concurso Casa de Las Américas de ese año.

La cosa se iba a poner más complicada todavía.

(CONTINÚA)

Y en este libro entérense de lo que hacían los escritores cubanos durante el Quinquenio Gris:


3 comments:

  1. Sigue, sigue...se lee como una novela. ¡Espero la continuación! Pero en candela ibas a estar cuando el mentado José Mario se enterase de que habías dejado el cuento "conflictivo."

    ReplyDelete
  2. ¿Cómo es que dice esa canción? "No pares, sigue, sigue..." Pues como ven, he seguido. Alguien me mandó un e-mail indignado. Defendía a la Comisiaria pestilente nada menos. Le pedí que lo colgara aquí y por lo visto no quiso. ¡Así que sigo!

    ReplyDelete