Wednesday, March 21, 2012

¿Quién voló El Puente? V


Sigo adelante con la publicación de mis recuerdos de la época en que me sumé al grupo literario nucleado en torno a las Ediciones El Puente, en que revelo eventos sobre los que hasta ahora había guardado total silencio.Dada la extensión de este texto, elegí publicarlo por partes. Les recomiendo encarecidamente que lean las anteriores si no lo han hecho ya.


Confesiones de un joven viejo

Si el infeliz de José Mario creyó que al aceptar las admoniciones de la yegua vieja y distanciarse del conflictivo Allen Ginsberg iba a conseguir salvar a las Ediciones El Puente, y además, su propio pellejo literario y personal, estaba muy equivocado.

José Mario
Al día siguiente de aquella suculenta comida en La Roca, y de plegarse a las exigencias del régimen, se enteró de que habían desaparecido de la imprenta no sólo mi libro de cuentos, sino todos los manuscritos de los libros de El Puente. Acudió a la imprenta y lo que se encontró fue con un gerente hermético y un cajón vacío donde debieran haber estado los libros. Ni idea tenía, el pobre, de lo que estaba pasando.

Había más, un montón de otros detalles siniestros que yo conocía, pero claro, no se los referí. Para entonces no confiaba ya en José Mario. Qué demonios iba a confiar, si se portaba como un puro pendejo. Como todos los demás, es justo decirlo.

Un amiguete en el segundo piso de la Unión de Escritores me había contado que El Moro Fayita había recurrido a Onelio Jorge Cardoso –un cuentista campesino mediocre y acomplejado- para trasladar a las más elevadas esferas, es decir, a Fidel Castro, una copia de mi libro, como muestra de la “basura inmoral y contrarrevolucionaria” que pretendía publicar El Puente.

El sanguinario comandante René Rodríguez, en plena faena.

Cardoso era compinche de putas y borracheras del comandante René Rodríguez, en ese entonces director de la Sección Fílmica de las Fuerzas Armadas, y gran amigo del odioso dictador. El comandante Rodríguez era, además, un sicópata asesino, a quien puede verse en varias fotos publicadas a comienzos de la revolución, salpicado de sangre y sesos, dando el tiro de gracia a prisioneros acabados de fusilar.

Onelio Jorge Cardoso
Todas estas maniobras las había efectuado Jamís a espaldas de Nicolás Guillén, cuyo poder en la UNEAC trataba de socavar creándole conflictos políticos inesperados. De paso, quería acabar con todo lo que oliera a joven literatura. La traición y la puñalada trapeara andaban, como se ve, a la orden del día en aquella inútil institución que supuestamente representaba a los intelectuales cubanos. Daba asco.

Mientras tanto, yo no había cesado de reunirme con Ginsberg, aunque desde que Rodríguez Feo nos había hecho aquellas amenazas, yo trataba de encontrarme con él lejos de sitios oficiales o demasiado visibles. ¿Para qué facilitar la tarea a nuestros adversarios?

Ginsberg, aquí entre nosotros, era igual que los demás intelectuales de izquierda norteamericanos. Todavía estaba en pleno romance con el régimen de Castro. Y tituteaba, el pobre, cada vez que le hablaba de sacar a la luz pública los desmanes que cometían contra nosotros, no fuera que el “imperialismo” y sus medios fueran a aprovechar estos errores para hacer propaganda

¿Se imaginan que incluso escribió en uno de sus diarios de esa época que en su cuarto del hotel Riviera se masturbaba pensando en un Che joven y un valiente Fidel Castro? Qué clase de comemierda, por Dios. También se negó a entrevistarse con un corresponsal extranjero que me ofreció dar a conocer al mundo toda la vigilancia y las detenciones que rodeaban en ese momento la visita de Ginsberg a Cuba.

Pero así y todo, el autor de Howl no podía desprenderse de sus instintos libertarios. Los llevaba en la sangre, al parecer. Así, fui testigo de cómo una mañana llegó a la UNEAC y pidió a Guillén, a José Antonio Portuondo y Félix Pita Rodríguez que exigieran a Castro que legalizara la marihuana, como método de lucha revolucionaria.

También, en un coctel del Concurso Casa de las Américas, después de conversar un ratico con la heroína Haydée Santamaría, y de criticar la forma implacable con que se perseguía a los homosexuales, le dio una sonora nalgada que nos dejó a todos estupefactos, y en particular a ella, que hacía rato que no sentía una nalgada, y menos en público.

En la ciudad de Matanzas, adonde se llevó a los jurados del concurso a una ceremonia santera, Ginsberg saltó como un fauno, al son de los tambores batá, mostrando collares rituales que según él le protegerían de quienes le vigilaban, y sobre todo, de la temible Sección de Lacras Sociales del Ministerio del Interior. La ceremonia acabó invadida por la policía, y con Ginsberg haciéndoles burlescas muecas y gritando contra el uso de la pena de muerte en Cuba.

Peor todavía: en una visita a una unidad militar criticó que no se permitiera a los homosexuales estar en el ejército. Caramba, razonó, si hasta el jefe de las Fuerzas Armadas, el mismito Raúl Castro, era maricón...

Era claramente demasiado. A partir de entonces, hasta el camarero que le servía un vaso de agua a Ginsberg en un restaurante terminaba interrogado.

Una noche, caminábamos el poeta y yo por el Malecón, un poco más allá de la Calle 23, rumbo a La Habana Vieja, cuando me detuve y le apunté en dirección al Morro.

-¿Sabe qué es eso? –pregunté.

-Una vieja fortaleza –contestó él.

-Y una cárcel también –repuse.

Se extrañó mucho.

-Cientos de presos políticos están allí –proseguí- A algunos se les fusila. Pasa a diario.

Ginsberg parecía cada vez más sorprendido de que la pintoresca imagen del “Morro Castle” escondiera algo semejante. Pensaba, me dijo, que los contrarrevolucionarios ya se habían ido todos a Miami.

-¿Y sabe qué? –agregué- A algunos incluso les extraen la sangre antes de fusilarlos...

Seguimos caminando sin hablar más del asunto, pero el poeta pareció abatido.

Al rato, cuando alcanzamos el Paseo Martí, nos despedimos. "Es muy triste", me dijo al estrecharme la mano, "verse atrapado uno en la historia en un lugar tan pequeño". Ginsberg abordó entonces un taxi y yo seguí mi camino a pie.

Se había hecho ya de noche y en cuanto me vi solo, miré hacia atrás, como era mi costumbre. Me percaté enseguida de que alguien, un hombre vestido de traje oscuro, caminaba precisamente sobre mis pasos.

No era un simple transeúnte. El resto de la poca gente que deambulaba por el Prado a esas horas ni me miraba. Caminaban tranquilamente, sin rumbo fijo. Aquel señor, no. Parecía conocer su rumbo con exactitud. Y claramente su rumbo era el mío.

Salí del Prado, caminando hacia la calle Virtudes, cerca de donde estaban los rastros de una zona de burdeles, y él hizo lo mismo enseguida. Doblé a mano derecha en Virtudes, y al ratito, cuando me volví para mirar, él estaba allí, caminando con bríos detrás de mí. No se me despegaba.

Apuré el paso y él hizo lo mismo. Poco a poco, sin darme cuenta, empecé a correr. Desde las ventanucas de las casas, detrás de las típicas rejas de hierro forjado, la gente me miraba azorada. Pensarían que yo era un ladrón o un rascabucheador, de los que abundaban por allí. Sólo faltaba que alguien vociferara el consabido "ataja".

Primero corrí a lento ritmo, y después, a toda carrera. Mi perseguidor no paraba. Corría, corría más que yo. De lejos, le vi que sacaba algo de dentro de su saco, sin dejar de correr... ¿Qué sería? ¿Un arma? Me apuré más. El aire no me daba. Me ahogaba...

-¡Párate ahí, coño! – le oí gritar, más cerca de mí ahora.


(CONTINÚA)

Y en este libro entérense de lo que hacían los escritores cubanos durante el Quinquenio Gris:

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