Saturday, March 24, 2012

¿Quién voló El Puente? VI


Sigo adelante con la publicación de mis recuerdos de la época en que me sumé al grupo literario nucleado en torno a las Ediciones El Puente, en que revelo eventos sobre los que hasta ahora había guardado total silencio. Dada la extensión de este texto, elegí publicarlo por partes. Les recomiendo encarecidamente que lean las anteriores si no lo han hecho ya.


Confesiones de un joven viejo

Quise hablar, pero me faltaba el aire. Era como si me hubieran pegado un fuerte puñetazo en plena barriga y hasta me costaba trabajo abrir la boca. La verdad es que nunca había sido buen corredor; me faltaba lo que la gente llama “resistencia”. Mis pulmones no daban. Me ahogaba. Por eso, después de tanto huir, me desplomé en la acera.

-Tú no escarmientas, Manuel –le oí decir a mi perseguidor mientras metía la llave, encendía el carro, daba un giro a la palanca de cambios y apretaba el acelerador.

El Triumph descapotable arrancó y salió como un bólido, sacándonos enseguida de aquel laberinto de callejuelas viejas y sucias cercanas al barrio de Colón. Al timón iba Michel, un personaje trabadito, de baja estatura y amplio bigote, gafas medio oscuras, y también uno de los más antiguos corresponsales extranjeros destacados en La Habana. Amigo mío, por cierto. Y pensar que había estado huyendo de él, en veloz carrera, sin reconocerle, apenas minutos antes. Tuvo que levantarme en peso y arrastrarme él mismo hasta el carro...

-¿Por qué lo dices? –pregunté no bien recuperé el aliento.

-Sigues viéndote con Ginsberg y hablando con él de cualquier cosa sin pensar en las consecuencias –dijo Michel, sin quitar la vista de la calle Galiano, por la que ahora transitábamos a velocidad más razonable- Si no vengo yo, hubieran cargado contigo otra vez, y quién sabe. ¿No notaste que había cuatro que les seguían por el Prado?

Me encogí de hombros.

-Vas a tener que ponerte espejuelos, muchachito –dijo Michel entonces, mirando al espejo retrovisor- Y tu amigo el poeta también. No sé por qué me meto en estos líos, coño.

-¿Nos siguen todavía? –le pregunté.

-Na –repuso Michel- Parece que los pobres no tienen carro para esta tareíta. Pero ya lo tendrán, no te apures. ¿Qué te dijo Allen?

-Que no –contesté- No quiere hablar de nada. Dice que tu agencia es una agencia capitalista y lo va a tergiversar todo para perjudicar a la revolución. Te jodiste.

-Imbécil, ahora sí está frito, no sabe lo que le están preparando –dijo Michel.

Me llamó la atención esa frase, porque aquel personaje –Michel, el enanito de las perennes camisas de náilon y el carrito deportivo- nunca hablaba por gusto y tenía más informantes que Fidel Castro en aquel cabrón país. No dudaba de que estuviera dándole a Ginsberg una voz de alerta a través de mí. Puede que me haya visto cara de mensajero.

Así que al día siguiente, tempranito, llamé al hotel Riviera para contarle a Allen lo que había pasado y lo que Michel me había dado a entender, pero nadie contestó en la habitación, cosa insólita a esa hora. Qué raro, pensé. A no ser que esté dormido todavía.

...me dijo que Allen no estaba y me preguntó si tenía un recado para él. Podía dárselo en cuanto llegara, agregó, muy solícito.
Llamé otra vez un par de horas después y contestó un hombre que me dijo que Allen no estaba y me preguntó si tenía un recado para él. Podía dárselo en cuanto llegara, agregó, muy solícito. Le agradecí y colgué el teléfono inmediatamente. Pensé en ir personalmente al hotel más tarde; aquello ya me tenía alarmado. Seguramente hubiese ido si al rato no suena el teléfono de mi casa. Era José R. Brene, más misterioso que nunca.

-Flaco, se acabó el pan de piquito –fue lo que me dijo sin esperar a saludarme ni anunciar que era él.

-¿Cómo tú dices? –le pregunté.

-Lo montaron en un avión –respondió, dando las señas sin mencionar el santo, algo muy sabio de su parte.

-Ya tú sabes –dije.

-Bien temprano, de madrugada; no le dieron tiempo ni a lavarse los dientes –dijo Brene.

-¿Sabes adónde?

-Ni idea, flaco –dijo.

Una semana después me enteraría de que Ginsberg había sido deportado a Praga sin mayores contemplaciones. Cuando preguntó el motivo a los policías que lo condujeron al aeropuerto le dijeron que por “violar leyes cubanas”, aunque no especificaron cuáles. Registaron su equipaje de punta a cabo. También alertaron a los segurosos checos, que al cabo de unas semanas, expulsaron a Allen de su país.

Ginsberg, montado en un avión con rumbo desconocido.
Pero lo cierto es que, al enterarse aquel día de la expulsión de Allen, José Mario pareció aliviado de que el poeta norteamericano ya no estuviera entre nosotros. Como si se hubiera quitado un peso de encima. Y no lo culpo. Todavía no tenía idea de qué había sido de los libros de El Puente sustraídos de la imprenta, y eso le preocupaba más, por supuesto. Nicolás Guillén había quedado en reunirse con él, pero siempre le daba largas al encuentro, alegando que estaba demasiado “ocupado”.

-Aquí hay gato encerrado –me dijo José, que ya sabía de algunos de los manejos de Fayad Jamís, aunque no todos seguramente- ¿Nadie te ha contado algún chisme?

Le contesté que no. Los únicos chismes que se oían entonces eran los referentes a Ginsberg y "la gente de El Puente". Eso sí, un amigo que estudiaba en la Escuela de Letras me había hablado de “movidas extrañas” durante esos días en la jefatura de la Unión de Jóvenes Comunistas, y de secreteos entre la Comisaria Pestilente y Nicanor, el entonces presidente la UJC en esa escuela. También alguien había visto a La Grulla reunida en una oficina con la Comisaria, sin razón aparente, murmurándole cosas al oído.

¿Qué concluir de todo aquello?

Fue Walterio Carbonell, un brillante ensayista negro y ex diplomático cercano a Fidel Castro, quien rompió la burbuja de silencio y se acercó una tarde a José Mario y a mí en la cafetería de la Unión de Escritores, para invitarnos a una cervecita y soplarnos que se preparaba “algo serio” contra nosotros. Coño.

Walterio era un viejo conspirador y le gustaba rodear a cualquier cosa de hondo misterio aunque no lo tuviera precisamente; pero esta vez no parecía estar exagerando.

-¿Muy serio? –indagué yo.

-Seriesísimo –dijo él.

-¿Qué podrá ser? –se preguntó José Mario.

-Desviaciones políticas, me han informado –dijo Walterio en voz muy baja, pero con absoluta certeza- La bola anda rodando por la Universidad, que hay un libro contrarrevolucionario de por medio. ¿Tienen algún libro así ustedes?

-¿Tú sabes algo de eso, Manolito? –me preguntó José, azorado.

-¿¿Yo?? –respondí, haciéndome el bobito, algo en lo que ya me había vuelto un experto. Sabía que todos no tardarían en enterarse de mi travesura, pero tenía que ganar tiempo de alguna manera. El cuentecito del recluta no había pasado, por lo visto, inadvertido.

Fue por esos días también que empecé a ver un carro largo, negro y hocicudo parqueado continuamente a los pies de mi casa de la Víbora. Un Oldsmobile de los buenos tiempos. Y sus ocupantes, con los ojos apuntando hacia arriba, hacia el balcón de la casa en que vivía con mi mamá y mi abuela. Como si esto fuera poco, mi madre también me contó que Conga, la presidenta del Comité de Defensa de aquella cuadra, se había presentado un día a preguntarle dónde yo trabajaba. Nunca en su vida Conga se había interesado por mí. Y eso en Cuba no pasaba por gusto.


(CONTINÚA)


Y en este libro entérense de lo que hacían los escritores cubanos durante el Quinquenio Gris:

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