Monday, April 16, 2012

Cuadernos de presidiario



Un radiecito alemán

Ya no cuenta los años cumplidos, ni mucho menos los que le quedan por cumplir. ¿Para qué? Son muchos, y los considera bien cumplidos.

El haitiano Odelín es albañil y preso viejo. Hombre serio y mayor, de cuerpo encorvado por el peso de las duras faenas de la obra y la carga de una sentencia que asume como expiación.

Pese a que el reo se expresa lo mismo en patuá que español que en lo que llama graciosamente “francés fino”, no sabe explicar bien, en cualquiera de esos idiomas, por qué hizo lo que hizo. Cada vez que le preguntan, se queda sin palabras.

Coloca su sombrero de guano sobre la rústica mesita de noche que él mismo se fabricó, y que separa su litera de la otra, y se queda pensando, hasta que al fin cuenta lo que recuerda, que es poco y no explica nada.

Cuenta el viejo reo que estuvo casado algunos años con una niña de su pueblo, más linda y alegre que una mañana de sol. Era como una hija que de noche se trocaba en dulce y ardiente hembra, y Odelín se jactaba de tenerla entre suaves plumas, "como una princesa".

Pero un día la princesa le falta. El viejo agricultor regresa de los surcos, todavía aferrado a su machete, para toparse a su hermosa presa aullando de gozo, cubierta por otro macho en la ancha cama que tanto dinero le costó. Un macho más joven, se entiende, y menos trabajador.

A él lo dejó ir sin tocarle un pelo, porque al hombre a quien se le da, no lleva culpa ni hay quien se lo quite. Pero a ella no le oyó disculpas ni ruegos ni lamentos, porque no hubiera podido perdonarla. Los luás no le hubieran permitido semejante sacrilegio.

La degolló, pues, sin darle tiempo a llorar o lamentarse. De un tajo, con su machete, separó la cabeza de aquel hermoso cuerpecito, y todavía tomada de sus ondulados cabellos, colocó la testa sobre el radio alemán de onda corta que tenían sobre la mesita de noche.

No se le olvidan, decía, los ojos de su esposa muerta. Parecían mirarlo, aunque desde otro lugar, como sorprendidos.

“¿Y por qué, Odelín? ¿Por qué la pusiste sobre el radio?”, le preguntan los presos nuevos, sin entender bien lo que les cuenta. La misma pregunta siempre, la que todos se hacen.

El lo piensa, contempla la rústica mesita de noche en que ya colocó su sudado sombrero de guano y responde:

“Fue lo primero que vi, por mi madre. Lo primero que vi después de que maté a esa desgraciada”.

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