Friday, April 27, 2012

La vida imita al arte

Antón Arrufat, el 'rehabilitado'
Leo, muy divertido, el comentario del crítico Carlos Espinosa Domínguez, sobre varios poemas de Antón Arrufat incluidos en una antología publicada hace unos años en México (http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/advertencias-del-rehabilitado-276207). Al parecer, los poemas en cuestión tienen una historia oculta (bueno, Arrufat siempre ha sido gente de secreticos y miraditas, pero no en cuestiones literarias, hay que aclararlo), y Espinosa, sagazmente, la descubrió.
Lo que me divierte no es la buena tarea de Espinosa, sino lo mucho que la vida imita al arte. Cómo muchas de las víctimas del llamado Quinquenio Gris fueron víctimas de su propia ingenuidad política, pero sobre todo, de su continua docilidad al régimen, algo a lo que aludo mucho en mi última novela, Pájaro de cuenta.


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En su artículo, Espinosa cita una anécdota narrada por Arrufat que ilustra esto a las maravillas. El lugar: la oficina de Nicolás Guillén en la Unión de Escritores y Artistas. Los personajes: Guillén y Antón. El motivo de la reunión: convencer a Antón de excluir de un libro suyo ciertos poemas inconvenientes.


“La mañana en que [Guillén] me citó hablamos mucho y de muchas cosas. Todas me impresionaban como incidentales. Parecía bordear el asunto principal, sin decidirse a afrontarlo. Por fin lo hizo. Con embarazo, molesto y como un poco obligado, me dijo que le habían pedido —¿quiénes le pidieron?, nunca lo supe— que a su vez me pidiera sacar varios poemas, tres en total, de mi libro Escrito en las puertas, que estaba por aparecer impreso en la editorial de la misma institución (…) Recuerdo que no me molestó su petición y que apenas me asombré. Como Guillén se presentaba muy sabio en estas cuestiones, no quise ser menos y me mostré igualmente sabio. En un momento me dijo que había sentido en ciertas ocasiones el impulso de escribir poemas parecidos a los míos y en el último minuto renunció a hacerlos. Yo le dije entonces, un tanto sorprendido por su docilidad: ‘Existe entre nosotros una pequeña diferencia: yo los hago’. Mi deber era, y lo sigue siendo, escribir lo que necesitaba escribir. Si llegaba a publicarse o no, ya no me interesaba tanto. La honestidad terminaba en mí y acepté retirarlos, me parece que con una sonrisa. ‘Antón —habló Guillén—, no se preocupe. Guárdelos. Algún día se publicarán»”.


“Acepté retirarlos”. Ah, y... con una sonrisa nada menos. ¿Y acaso no sabe que en aquella época bastaba guardar lo escrito en una gaveta para que te ensalchicharan y te condenaran a seis, ocho, diez o hasta doce años de prisión? Pero él "aceptó" retirarlos, claro.
Por eso nada de esto que Antón relató en uno de sus poemas ocurrió:


ELLOS
Un día vendrán a buscarme,
lo aseguro.
Dos hombres vestidos de hombre
subirán la escalera, que la vecina
ha terminado de limpiar.
Los espero sentado en mi sillón
de siempre: donde escribo.
Me llamarán, saben mi nombre.
Después seré expulsado
de los cursos
y de la Historia.


Es bueno aclarar que nadie vino a buscar a Antón, el discípulo amado de Virgilio Piñera, porque el pobre siempre hizo lo que le pidieron, sonriendo. Nadie le llamó por su nombre ni subió su escalera. ¿Para qué? Lo digo aquí claramente, no sea que la Historia -la de mayúscula- vaya a consignar este espinoso asunto de manera equivocada, como pasa a menudo. Nada, absolutamente nada, le pasó a este pendejo, porque nada hizo que le valiera demasiado castigo.
A otros, claro, los fueron a buscar, pistola en mano por esa época. No sé si acordarán. También los juzgaron y los metieron en la cárcel años y años, pero eso no le importa a nadie ahora, y menos a los historiadores. Antón fue puesto a cargar libros en una biblioteca de Marianao, la máxima humillación que podía permitirse, considerando sus mínimas transgresiones, y ahora, aun así, el muy maricón se considera rehabilitado.

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