Monday, April 30, 2012

Ni pluma ni pistola

La pluma, a la izquierda.
Miguelito Barnet no me dejará mentir. Han pasado muchos, muchos años desde que se dedicaba a cazar pinguitas por las noches en las cercanías de la esquina de Infanta y San Lázaro, acompañado de su inseparable Rogelio Martínez Furé. A veces, no encontraban lo que buscaban y tenían que conformarse el uno con el otro. Como dirían las locas: Pan con pan, comida de bobas.

Barnet se tiene que acordar, por supuesto, aunque ahora es presidente de la UNEAC y caza las pinguitas en otras partes, sobre todo en pleno vuelo, como le gusta estar. Se acuerda de lo que voy a contar, porque es uno de los momentos más embarazosos de su existencia. Y mira que los ha tenido.

Me atrevería a decir que más embarazoso que aquel otro, cuando un guardia civil le encontró aquel extraño consolador en el equipaje que trataba de pasar de contrabando por el Aeropuerto de Barajas. Mirando aquel falo plástico, negro, espinoso y temible, el guardia miró al aterrado Barnet y le dijo: “Pero tío, ¿cómo puedes clavarte esto en culo, joder?”.

Más embarazoso lo que voy a relatarles , claro, porque fue una treta bien planeada. Un plan espectacular, muy bien concebido por este servidor, que siempre trata de cobrar la merecida venganza a tanto hijeputa que se la debe en este mundo. Y vaya que si Miguelito me la debía. Y me la sigue debiendo, porque es una cuenta larga, con muchos acreedores, ya lo creo.

Furé: el otro cazador.
Decenas de veces nos evadió en las calles de La Habana, a mi mujer y a mí, cuando yo andaba de hombre invisible en aquel país de mierda, a fines de los años 70, después de haber pasado una temporada en la cárcel, acusado de “diversionismo ideológico” y un montón de otras cosas que no son delito más que allá.

Y nos divertíamos Juanita y yo viendo todas las complicadas maromas que hacía aquel maricón para no toparse con nosotros. Saltaba de acera a acera, desafiaba al tránsito, se tapaba la cara, se trepaba a una mata, fingía un ataque epiléptico, saltaba a un ómnibus en pleno movimiento, todo con tal de no correr el peligro de que alguien le viera saludarnos o hablando con nosotros, un par de meros “contrarrevolucionarios”.
Ah, qué tiempos, Miguelito... ¡Claro que te acuerdas! ¿No le llaman ahora a eso el Quinquenio Gris?

Por eso me sorprendió tanto que, unos doce o quince años después de todo eso, estando en mi casa de Kendall, en Miami, muy lejos de esa isla infernal que todavía flota en el mar, y casi a punto de montarme en mi carro e irme a la redacción del periódico, recibiera una llamada suya.

Doy media vuelta, miro la ventanilla donde debo ver la identificación y origen de la llamada, y me quedo con la duda, porque es un nombre y número que desconozco. Local, pero desconocido. Coño. ¿Quién será a esta hora? Aun así, contesto y escucho, asombrado, su voz, al cabo de tanto tiempo. No sé cómo la reconocí.

-Manolito, qué bueno que te encontré –le oigo decir- Espero que te acuerdes de mí, muchacho. Es Miguelito Barnet.

-Cómo no. ¿Qué quieres? –le digo, con tono de pocos amigos. Y él, como si nada. Esa gente no tiene vergüenza.

-Tenemos que vernos, viejo. Vine a visitar a mi familia y enseguida me acordé de ti. ¿Qué haces? –siguió.

Tanta prosopopeya y tantas preguntas para, al final, arrojar bilis sobre todos los pobres que le abren sus puertas en esta ciudad, empezando por sus primos, a quienes dedicó un poema que debe ser lectura obligada para cualquier exiliado, no sea que de repente, un día de estos, le caiga encima uno de estos parientes incómodos llegados de La Habana con ánimo de “tender puentes” y se les ocurra ayudarles.

-No es buen momento para hablar, iba a salir –le dije, tratando de quitarme de encima a aquel batracio. No le mentía, estaba apurado. A diferencia de él, tenía que hacer.

-Nunca lo es. Tenemos que vernos, Manolillo –insistió el muy desvergonzado.

Ya yo hubiera colgado el teléfono ante tantas claras evasivas, como las mías; pero con tal de pegarte la gorra, esa gentecita es capaz de rebajarse hasta límites increíbles. (Con tal de pegarte la gorra y sacarte también información para la Seguridad del Estado, se entiende, porque siempre hacen eso, preguntan y preguntan).

Entonces, se me ocurrió. Fue mientras rumiaba si cagarme en su madre o darle candela al teléfono allí mismo. Mi mente se iluminó de pronto y concebí, hic et nunc, la genial jugarreta de la que nunca Miguelito se podrá olvidar. Soy un genio, al menos para ciertas cosas, si no para escribir.

-Tú sabes que sí –le dije entonces.

-¿El qué? –preguntó la Barnet.

-Que tenemos que vernos, coño. Almorzar o cenar, conversar, recordar los viejos tiempos –contesté, fingiéndome zalamero- No sabes lo mucho que se te extraña.

-¿De veras? –se sorprendió él.

-Claro –repuse- Tenemos que comer y beber opíparamente. Como nos merecemos, jajá.

Quedamos en vernos la tarde siguiente. Lo cité en una esquina de la Ocho, y no fui a buscarlo a la casa donde estaba parando, para poner distancia de mi participación en aquella trama. Tenía que ser cauto. Una amistad le condujo hasta el sitio aparentemente, y allí le encontré, tomándose un cafecito, cuando pasé a recogerlo.

'...con tal de pegarte la gorra, esa gentecita es capaz de rebajarse hasta límites increíbles'.

Estaba calvo, y más maricón que nunca. No sé ni cómo pude seguir adelante con mis planes. Sentía vergüenza ajena de caminar a su lado. ¿Pero qué más podía hacer? Unos pocos pasos y ya lo tenía en el carro. Le dije que íbamos a cenar en uno de los restaurantes más caros de Miami y él aplaudió, muy feliz, porque según él sus primos lo mantenían a base de “míseros MacDonalds” y “mafonfias” que pretendían ser cubanas. Así dijo, como si se mereciera algo más que eso, mafonfias y hamburguesas.

-Pues hoy vas a comer mucho más que eso –le dije antes de arrancar y tomar rumbo a Coral Gables.

Por aquel entonces, yo tenía uno de los trabajos más sabrosos del mundo. Escribía críticas de restaurantes para El Nuevo Herald, y como crítico, comía por cuenta del periódico en los mejores y peores restaurantes del pueblo. Conocía, pues, como la palma de mi mano todo el entramado gastronómico de la ciudad, y aquello me iba a servir de mucho. No era porque quisiera elegir algo demasiado exquisito, sino porque prefería –dados mis propósitos- hallar un sitio sobre el cual nunca hubiera escrito y al cual jamás volvería, ni por razones profesionales ni por ninguna otra. Así de mayúsculo era el rollo que quería formar.

-¿Te gusta la comida española? –le pregunté a Miguel en algún momento.

-Me encanta –respondió- Tú sabes que yo soy medio español.

Y completo sinvergüenza, pensé, pero no se lo dije. Lo que sí le dije es que íbamos a ir a uno de los restaurantes más deliciosos y caros de Miami.

-No te falta plata, por lo que veo.

Es en lo que más piensan estos canallas. La plata. Tantos años contando moneda inútil y comiendo por la libreta de racionamiento los ha llenado de codicia y envidia. Repuse que no me iba mal, entre una y otra cosa.

-Entre lo que me paga el periódico y otras búsquedas, no puedo quejarme –dije.

-¿Y la CIA? –preguntó él entonces- ¿No te dan nada?

Nos echamos a reír.

-La CIA no paga tanto como algunos piensan –dije al fin- Pero a mí no me han dado nada. Ni siquiera me han pedido que te mate.

Miguelito palideció, pero enseguida recuperó la calma.

-Es una broma, chico, yo sé que tú no eres de esos –dijo.

-Oh, claro –contesté, metiéndome por unos vericuetos de Coral Gables. ¿Y qué sabía él de mí para suponer eso?

Al fin, llegamos. Justo a tiempo, es bueno decirlo, porque el sitio, recién inaugurado, gozaba ya de mucha popularidad. Yo no había hecho reservaciones. Miré alrededor, pero no distinguí a conocido o amigo alguno. Mejor, me dije. Miguelito estaba fascinado con la suntuosidad del lugar. Las lámparas, las mesas de reluciente caoba, los platos que se ya se servían en linda y fina vajilla. Un maître vistiendo esmoquin nos salió enseguida al paso reverenciosamente.

-¿Dos? –preguntó, alzando la mano y mostrándonos dos dedos.

Minutos después, en una mesa apartada, revisábamos el extenso menú, donde algunos platos ni siquiera mostraban los precios, quizas por no provocar el infarto. Había de todo, hasta bogavante, esa langosta europea tan exquisita. Y tournedos, y friturillas de seso, y hasta percebe, uno de esos mariscos que hay que arrancar de peligrosos acantilados antes de que la marea crezca...

-Pide lo que quieras, Miguel, sin pena.

-¿De veras?

-Lo que gustes, que pago yo.

Miguelito revisaba, azorado, aquella interminable lista de tentaciones del paladar, cada una más especial y cara que la otra. La gastronomía en Miami es así. Pasas de precios ridículamente pequeños en ciertos lugares donde se come a las mil maravillas, a lugares donde se diría que la inflación ha llegado con años de anticipo. ¿Cien dólares por una onza de caviar de Beluga?

-¿Hasta el caviar?

-Claro, Miguel. Ya te dije: hay que celebrar. ¿Cuántos años hace que no nos vemos?

-¡Uf!

-Pues ya ves. Pide por esa boca.

El camarero, de almidonado saco blanco y lacito negro, llegó con una helada botellita de Moët-Chandon que pedí para empezar. Cheers!

Los dos alzamos las copas y empezamos a chismear. De este y de aquel. De Antón y Estorino, y de todos los nuevos comisarios culturales. Se reía de ellos Miguel. Cuántas pestes hablaba de Arturo Arango, de Codina, de un montón de otros...

-¿Más champán? –le pregunté.

-Pero si estamos tomando vino –protestó él- No, chico, no...

El había pedido unos percebitos como aperitivo. Y el bogavante como plato fuerte. No podía ser de otra forma. Atenido a que una vez lo comió en Bilbao u otro sitio semejante, y alentado por mí, se fue por esta delicadeza del mar que en aquel sitio se ofrecía por la lindeza de sesenta y cinco dólares la pieza. Y ni hablar de mi tournedos al cabrales, que allí costaba treinta y cinco dólares nada menos. Y el cóctel de camarones con que me entoné el estómago, para empezar. Nada mal, por poco más de veinte fulas. Aquello era una auténtica comelata. Ni hablábamos casi. Sólo para pedir. ¿Más vino? Pues sí, más. ¿Salsa mahonesa extra? ¡Venga! ¡Venga!

En eso, me paré y le dije: Miguel, espérame, que voy a echar una meada. Ni caso me hizo. Cabeceó su asentimiento, fajado con aquel manjar traído quizás del Cantábrico en un jet particular. Lo vi servirse otra copa, untar más mahonesa a las blancas masitas del divino crustáceo, parecido a un erizo. Ah...

Lo que no sabía Miguel es que yo me había estudiado al dedillo el plano de aquel nuevo restaurante. Tengo amigos en todas partes, y algunos de ellos arquitectos y decoradores. Me sabía de memoria, sin haber estado allí, el camino del baño de caballeros, y de allí, a través de un pasillo corto, a la puerta que conducía a la cocina. No me vino mal tampoco tener un conocido entre los lavaplatos, viejo empleado de otro sitio, y que me quiso ayudar.

En resumen: después de mear y sacudírmela concienzudamente (no demasiado, sólo dos veces, porque más de dos ya sería masturbación, y no estaba para eso), caminé derecho a la cocina; le hice una señal a mi amiguete cerca del fondo del lugar, y éste, sin llamar la atención, me buscó y enseguida me escabulló por la puerta de atrás. Nadie más me vio. Una caminatica me llevó luego derechito al parqueo, al frente del restaurante, donde abordé mi Mazda Miata rojo de ese entonces, y me largué de allí, riéndome de lo lindo.

¡Ay, Miguelito Barnet, la que te esperaba!

Me contaron que al cabo de un rato, después de haber limpiado su plato con migajas de pan, y de haber agotado la botellita de Pinot Grigio que quedaba pendiente, el autor de la Piedrafina y el pavorreal empezó a mirar su relojito ruso. Después, miró inquieto en dirección a los baños, hasta que decidió levantarse y caminar hasta allí. Cuando halló el sitio completamente vacío, salió casi corriendo rumbo a la mesa. Pero allí no me vio tampoco, y entonces sí empezó a sospechar.

Indagó primero discretamente con el maître, y después con nuestro camarero. Vistas de lejos, como si hubiesen apagado el sonido de una películas, las negativas de ambos fueron elocuentes: menearon las cabezas, indiferentemente, varias veces, y ante la insistencia de aquel estrafalario comensal, se encogieron simplemente de hombros.

Miguel, resignado, volvió entonces a la mesa, y no se atrevió siquiera a pedir postre ni café cuando el camarero vino a ofrecérselos, muy solícito. De buena gana, se hubiera echado al pico una cremita catalana o un tocinillo del cielo, pero al autor de aquel famoso poema al Ché Guevara, el de pluma por pistola, no sé si se acuerdan, se le antojó imprudente, tomando en cuenta que yo no aparecía por ningún lado y él sólo tenía veinte dolarcitos en el bolsillo. Veinte dolarcitos regalados.

Resolvió, el pobre, dejar pasar el rato, aguardando que por algún milagro yo apareciera. Pero no. Varias horas después, el local estaba vacío, el resto de las mesas tapadas y el gerente dispuesto a cerrar ya, cuando el maître, evidentemente extrañado de la conducta de aquel señor solitario de la solitaria mesa que quedaba por liquidar, se le acercó discretamente con la cuenta metida dentro de dos tapitas de cuero. Algo se olía, porque sin mucha ceremonia, y después de aclararse la garganta, le dijo allí mismo a Miguel que tendría que liquidar.

-Vamos a cerrar ya, caballero, tenemos que cancelar –le explicó, tendiéndole lo que en francés picúo alguien llamaría l’addition.

Miguelito tragó en seco al ver de reojo la cifra. Casi docientos, más o menos, por Dios. ¿Era posible gastar tanto en comida? ¿Y dónde coño estaba Manolito? Del tiro, se le pasó la leve ebriedad que le poseía.

-Mire, señor... –empezó a decir el poeta, casi en un susurro.

Pero el “señor”, es decir, el maître, no quería mirar nada, ni mucho menos escuchar pretexto alguno. Se negó a cambiarle pluma por pistola a Miguelito y sólo exigía, cada vez con más vehemencia, el pago de aquella cuenta, con su correspondiente –y obligatoria- propina del 18 por ciento.

En medio de la ruidosa discusión se escuchaba de cuando en cuando aflorar la chillona voz de la Piedrafina y el pavorreal. Cosas como: Más respeto, soy un representante cultural de Cuba, señor mío. Tengo pasaporte diplomático, óigalo bien. ¡Exijo un teléfono para comunicarme inmediatamente con la Misión Cubana ante la ONU! No puedo pagar lo que no pedí. Esto es una extorsión, una provocación descarada. ¡Llame a este señor, éste es su teléfono, él les tiene que pagar, él me invitó! ¡El fascista Manolo Ballagas! ¡Suélteme! ¡Mida sus palabras!

Pero nadie le hacía caso. Aunque dispuesto a marcharse ya, el personal de cocina y de mesas había formado un círculo férreo y humano en torno a aquel energúmeno que, casi a lágrima viva, amenazaba ahora con irse sin pagar, con inmolarse si fuera necesario. El gerente se había acercado, blandiendo una pistolita que tenía siempre a mano para proteger el negocio de locos y ladrones. Fue en ese momento preciso que llegó, haciendo sonar su sirena ensordecedora y desplegando sus luces, un auto-patrulla de la Policía Metropolitana de Miami.

-What’s going on here? –preguntó, al entrar al local, uno de los dos policías. Parecía un boxeador.

-I’m a cultural representative of the Cuban government –dijo Miguel por toda presentación.

Entonces, uno de los camareros dijo lo que los policías ya sabían antes de llegar:

-This wacko just wants to stiff us for the bill, officer.

-Oh really? –preguntó el fornido policía.

-Dice ques del gobiernoecuba. Parece quecré que tosomos comemierdaquí –dijo entonces el maître, un cubanazo, enseñando la cuenta al policía, que al ver la cifra chifló de asombro.

-¿Ah, sí? –dijo entonces, pegándosele a la cara al malapaga- I don’t know about Cuba, but in America you pay for what you eat, you know.

Miguelito no sabía qué decir. Cambiaba de colores.

-Up with you, buddy –dijo el otro guardia, tomando a Miguelito de pronto por los hombros.

El poeta de pluma por pistola trató de zafarse, pero eso le costó ser arrojado al piso como un saco de papas. Una vez allí, sin atender a sus chillidos y reclamos diplomáticos, fue esposado y obligado a guardar silencio y compostura. Mientras uno de los policías escribía un reporte con un mocho de lápiz, el otro se llevaba al prisionero, dándole empujoncitos por el lomo hasta meterlo dentro del patrullero.

El Nuevo Herald no se enteró de este incidente. Yo no me hubiera enterado tampoco si no lo hubiese provocado. A nadie le importó. Después de todo, ¿quién carajo es Miguel Barnet en este mundo? Pero mi amiguete de la cocina de aquel lugar me contó que el poetastro lloraba como una magdalena mientras se lo llevaban. “¡Fascistas, fascistas!”, mascullaba mientras le ponían la mano en la cabeza y lo metían en el asiento de atrás del carro.

Los primos miamenses de quienes el poeta se había burlado tanto en sus versos pagaron, al fin, la cuenta que ni la Sección de Intereses Cuba quiso pagar, pese al pasaporte diplomático del insultado autor, ahora presidente de la UNEAC. Casi docientos coquitos, bastante. Comida y bebida abundante, para dos. La próxima vez que me llame, le invito a un lugar más caro, así que mejor que la Seguridad le dé dinero.

3 comments:

  1. Sí, estuvo en Chicago recientemente, en una representación, y nada más que hacía mencionar a José Martí, como si fuera un santo al que le rezaba. Pero de los "raperos" cubanos no quería saber. "Que habían hecho mucho daño" decía. Inspiraba asco sobre todo. ¡Cuán bajo puede llegar uno de estos cubanos guatacones!

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  2. No es cierto pero te quedo bien. La credibilidad exige más detalles. Por supuesto, borra este mensaje.

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