Monday, May 14, 2012

Los héroes



Eran tres, quizás cuatro. Todos vestían de civil, camisas a cuadros y pantalones corrientes. Uno de los hombres consultó su reloj pulsera. Otro tocó a la puerta del apartamento. Tres golpes fuertes con el puño cerrado. Eran más o menos las tres y treinta de la mañana. Nadie abrió.

A una señal, los cuatro hombres sacaron sus pistolas. Las llevaban a la espalda, metidas entre el pantalón y su piel. El que había tocado antes a la puerta, tocó de nuevo, más fuerte, cuatro veces. Pero la puerta que se abrió fue la del apartamento contiguo.

Una voz ronca, aletargada, empezó a protestar por el ruido, pero no la dejaron terminar. Uno de los hombres se abalanzó sobre la puerta, la empujó y se echó encima del viejo enclenque. De un tirón, le jorobó un brazo hasta ponérselo en la espalda. Después, le pegó el cañón de la pistola en la frente.

–Ni te lances, que ésta es la Seguridá –le dijo entre dientes.

Los otros tres hombres engatillaron sus armas y formaron un arco en torno a la puerta que no se abría. Uno alzó un pie, tomó impulso, y le dio una fuerte patada. La cerradura cedió, la madera frágil voló en astillas finísimas. Desde dentro, un grito de mujer les dio la bienvenida.

Los hombres irrumpieron en el apartamento. Uno le fue encima a la temblorosa mujer. De un culatazo en la sien la arrojó al piso, dejándola momentáneamente sin sentido. Los otros dos se dispersaron por el único aposento, la cocinita y el baño, con las armas preparadas.

Cuando se convencieron de que no había alguien más en el lugar, despertaron a la mujer a bofetones. "¡Despiértate, negra!". Uno de los hombres la hizo ponerse de pie, tomándola por debajo de los hombros.

–¿Dónde está? –le gritó otro en la oreja.

La mujer se encogió de hombros. Una protuberancia había empezado a formarse ahora en un costado de su cabeza, donde le habían dado el culatazo. Por más que le torcieron el brazo, el vecino del apartamento de al lado tampoco supo contestar.

Los cuatro hombres se miraron. Uno, que parecía ser el jefe, consultó su reloj y miró hacia el balcón delantero del apartamento. Se fijó, de paso, en los coloridos carteles que adornaban las paredes de la sala. Empezaba a amanecer. Apuntándoles con su pistola, sacó al viejo enclenque y ordenó a la mujer mantenerse de pie, sin moverse, en un rincón de la sala.

Entonces, los cuatro se sentaron a esperar.

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